Capítulo 27
Maldita noche
Y era extraño pensar en eso porque, aunque estaba en el mismo lugar, los separaban tantas cosas que supo que había algo mucho peor que los kilómetros para una relación.
Los mensajes y las llamadas habían sido casi inexistentes, Kenneth había estado de concentración y necesitaba precisamente eso: concentrarse.
No en ella, eso no le requería ningún esfuerzo, sino en el juego.
Y ella, por su parte, no había estado desocupada.
Así que se conformaría con verlo esa noche por la televisión.
Estaba en su habitación, había tomado la costumbre de verlo jugar ahí, en la intimidad tras las paredes.
De esa forma podía disfrutar de él y de sus dedicatorias, ¿lo haría de nuevo?
No tenía ni idea, le había puesto un mensaje de wasap deseándole buena suerte hacía un buen rato, pero no había obtenido respuesta.
Y, como por arte de magia, pensar en eso hizo aparecer en la pantalla de su teléfono la respuesta que tanto anhelaba.
Los dedos de Adriana temblaron cuando teclearon «yo también», y es que para qué mentir si lo extrañaba a rabiar.
¿Cómo demonios había sucedido? El doble tic se puso en azul y supo que lo había leído, pero no obtuvo respuesta.
No se molestó, sabía que estaría a punto de salir al campo y los locutores le dieron la razón cuando comenzó el jaleo en Stade de Nice y los dos equipos, Escocia y Samoa, se enfrentaban con la mirada en el centro de este.
—¡Dios! Está tan guapo que va a estallar la pantalla —murmuró para sí misma mientras se llevaba un puñado de palomitas a la boca.
El partido comenzó y Adriana disfrutó de cada segundo y, cuando Kenneth marcó y le dedicó el punto brindando con ella, desde su solitaria habitación, brindó con él. Alzó la lata de Coca-Cola y dio un largo sorbo.
El partido se lo llevó de calle Escocia, que se impuso sin esfuerzo, no se dejaba de hablar de que los highlanders estaban haciendo un gran campeonato, siendo el equipo sorpresa del mundial, ya que no estaba en las quinielas iniciales de nadie.
Al terminar, mientras celebraban una vez más la victoria, el periodista a pie de campo se acercó al capitán para entrevistarlo.
—Capitán Buchanan, lo primero, daros la enhorabuena, estáis haciendo un campeonato increíble —lo felicitó.
—Gracias, estamos trabajando muy duro y se está reflejando en los partidos —dio las gracias con una gran sonrisa mientras se colocaba con la mano el cabello húmedo hacia atrás.
—Hay algo que se pregunta todo el mundo, capitán. ¿Conoceremos pronto a la mujer a la que van dedicados todos sus brindis? ¿Cómo es la mujer que ha robado el corazón al capitán de los highlanders?
—Excepcional, siempre dije que me casaría con la mujer que fuera mejor que yo, que me superara, y la he encontrado.
—¿Escucho campanas de boda, capitán?—interrogó el periodista, alucinando con lo que le decía el jugador.
—Si ella me da el sí…, pero eso lo sabremos cuando termine el mundial
—añadió con una gran sonrisa que llenó no solo su cara, también la pantalla.
Y la entrevista terminó ahí, Kenneth se unió al resto de jugadores como si nada, como si no la hubiera dejado flotando sobre la cama porque las putas mariposas no dejaban de agitar las alas con una fuerza contra la que no podía luchar.
Tecleó sin aliento y, después, tiró el aparato a los pies de la cama.
La cama empezó a vibrar y Adriana se dio cuenta de que tenía una llamada entrante.
Se inclinó hacia delante para llegar hasta donde había caído el dichoso teléfono, derramando a su vez algunas de las palomitas, y vio su nombre en la pantalla.
—¿Cómo te atreves a decir algo así frente a todos? —soltó nada más descolgar.
—Porque es lo que siento, Adriana —dijo, sereno y serio.
Y a Adriana esa manera tan natural de decirlo le provocó escalofríos que recorrieron toda su piel, y eso le trajo recuerdos de las manos de ese hombre sobre su piel. En su cuello. Sobre sus labios. Dentro de ella…
—Aunque sea así, Kenneth, no puedes decir algo así en directo. ¿Imaginas lo que pasará si descubren que hablas de mí? Ya te adelanto que lo del vídeo no va a ser nada comparado con esto —replicó.
—¿Por qué estás tan segura de que me refiero a ti, Adriana? —susurró.
Su estómago se congeló, al igual que su corazón. ¿Acaso había alguien más? ¿Aquella joven actriz que conoció en la gala? ¿Sería posible…? No sabía qué decir, se sentía muy avergonzada por haber dado por hecho que era la destinataria de todo eso que confesaba frente a las cámaras.
—Adriana, ¿sigues ahí? —la interrumpió su voz.
—Sí, pero voy a dejarte, estarás agotado y, además, tendrás que acercarte a disfrutar del tercer tiempo.
—¿Estás molesta? —inquirió al notar el cambio en la voz de la mujer.
Kenneth podía imaginarla, con las mejillas sonrojadas, molesta, mordiéndose el labio inferior…, y no pudo reprimir la sonrisa que se dibujó en su cara. Al menos estaba solo, sus compañeros habían terminado antes que él, que se había retrasado por la entrevista.
—¿Por qué debería estarlo? —replicó en defensa.
—Por creer que hay otra que no seas tú.
—Tampoco es que pueda pedirte fidelidad ni nada así, ¿verdad? Al fin y al cabo, fui yo la que te pidió una pausa durante el campeonato —expuso.
Lo cierto era que no sonaba para nada segura de sus palabras porque, al pensar en la posibilidad de que Kenneth estuviera viendo a otra, le había dejado el cuerpo del revés. Tampoco sería tan extraño, era joven, atractivo, famoso…, y llevaban sin verse una eternidad.
—Me gustaría tanto que me lo pidieras… —confesó al otro lado.
La voz de Kenneth llegó suave, cálida, impregnada por la esperanza. Y Adriana sintió que se derretía; era un cubito de hielo bajo el sol de agosto.
—¿Qué desearías que te pidiera, highlander ? —reiteró.
—Que no hubiera ninguna otra. Nunca más. Pídelo, pide lo que quieras porque estoy dispuesto a darte todo lo que desees.
—¿Sería capaz el highlander que llevas dentro a jurar lealtad?
—Lo llevo en la sangre.
—¿Y el león? ¿Sería capaz de aceptar a una sola leona?
—Te lo aseguro. No habría espacio para nadie más. Ya no lo hay, Adriana…
Y esas palabras fueron su perdición. Estaba aterrada, lo estaba de verdad. Como nunca. Y de nuevo la sensación de estar entre la espada y la pared aguijoneaba su cabeza.
—¿Qué piensas, Adriana? Di algo… —suplicó al otro lado.
—Pienso que… —se detuvo, no estaba segura de querer poner voz a esa sensación.
—¿Qué? —la animó al otro lado.
—Siempre es igual contigo, Kenneth —suspiró, rindiéndose—. Siempre me haces estar dividida entre mis ganas de arriesgarme y el miedo que me da enamorarme de ti.
Kenneth no puedo evitar soltar un jadeo.
No se esperaba para nada esa confesión. Lo sabía, muy adentro lo sabía, pero no se había hecho real hasta que lo había escuchado de su propia boca.
La asustaba enamorarse de él, pero ahí estaba ese sentimiento.
No era solo algo que él sentía, era algo de los dos.
Podía entenderla, había demasiadas cosas en contra, pero sortearía los baches del camino por ella, junto a ella.
—Acabas de condenarte, Adriana. Si tenía alguna duda, se acaba de disipar.
—¿De qué hablas?
—Acabas de confesar que tienes sentimientos por mí, es más que suficiente para que vaya a por todas y es lo que voy a hacer. Tal vez todavía estés insegura, pero yo no.
—Kenneth —trató de protestar.
—Tengo que dejarte, me buscan. Nos vemos pronto, sassenach .