Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Tercer tiempo

Todo se solucionó en el tercer tiempo. La verdad era que le encantaba charlar y aclarar cualquier duda que hubiera quedado en los jugadores o en los entrenadores.

Aunque fue un tercer tiempo extraño porque no dejó de pensar en él.

Sabía que no podía verlo, al día siguiente jugaba y, además, no pintaba nada con ellos.

Era un espacio para los equipos y los árbitros.

Tras recibir muchos halagos por su actuación y más de una disculpa, regresó a la habitación y miró, por primera vez en muchas horas, el móvil.

Leyó más de una vez el mensaje con el corazón acelerado, no había estado en el campo, pero la había visto. Una sonrisa bobalicona torció sus labios a pesar de lo agotada que estaba y tecleó:

El mensaje no se hizo esperar y Adriana sintió como su corazón se aceleraba.

La verdad era que el tiempo de duración del campeonato se le iba a hacer eterno.

No había contado con todo lo que lo echaría de menos, ni con cuanta fuerza iba a desear que ese hombre estuviera dentro de ella una vez más.

Iba a ser una auténtica tortura mantenerse alejada de él.

Se despertó tarde y descansada. Estiró sus músculos y se dio cuenta de que se había dormido sin preguntarle a Kenneth cómo pensaba dedicarle los puntos ni desearle buenas noches. Pero el cansancio había ganado la batalla, una perdida de antemano.

El resto de la mañana lo pasó tranquila, esperando que llegara la hora para ver el partido de Kenneth. Se uniría a los demás en la sala común y disfrutaría de buen rugby . Tras una frugal comida en un local cercano, regresó con un café para llevar y un dulce en una bolsa de papel.

Era un poco pronto, pero no quería perderse nada del partido, ni los minutos previos.

Al llegar, la sala ya estaba bastante concurrida y se sentó en un sofá libre que encontró cerca del resto de árbitros que habían decidido unirse al espectáculo, al igual que ella.

En la sala había varios jugadores de Argentina e Inglaterra, entre ellos el jugador argentino al que expulsó por esa mala acción hacia su compañero.

Todos la miraban y saludaron con un gesto de su cabeza, pero ninguno se acercó. Mejor así, no tenía ganas de hacer nada que no fuera ver el partido, pero la cosa se tensó cuando los murmullos empezaron a ser algo groseros, algo poco habitual en rugby , aunque de vez en cuando se daba.

Al darse cuenta de que no vería tranquila el partido y que sus compañeros de profesión se sentían incómodos sin saber si intervenir o no, se levantó y, despidiéndose de los demás, regresó a su habitación.

Allí, a solas, podría gritar, molestarse, soltar tacos o lamer la televisión si era lo que le apetecía.

Lejos de miradas. Lejos de susurros malintencionados.

El partido estaba a punto de comenzar, ver a Kenneth llevando con orgullo los colores de su tierra la hizo emocionarse.

La camiseta era de un azul oscuro y en los costados llevaban una franja con tela de tartán en tonos azules y verdes.

Ahí estaba su highlander , solo le faltaba el kilt , e imaginarlo así vestido le provocó tanto calor que tuvo que levantarse a por agua.

El partido dio inicio con el kickoff de Escocia, que puso el balón en juego. Los sudafricanos eran rápidos y fuertes y el primer punto estuvo muy reñido, pero se lo llevó el equipo escocés.

Adriana aplaudía la jugada cuando se dio cuenta de que Kenneth, a través de la pantalla, levantaba la mano como si sostuviera… ¿una cerveza? Y le daba un trago. Tomó el móvil y leyó el mensaje una vez más.

¿Era esa su manera de dedicarle el punto?

¿Brindaba con ella al igual que la primera vez?

La idea de que fuera por eso, de que recordara con claridad su primer encuentro, tanta como ella, la hizo sentirse un poco mareada y zarandeada por todas las emociones que trataba de mantener a raya, pero que cada vez corrían más peligro de desbordarse y arrastrarla a su paso.

—¿Qué es lo que acabamos de ver, Pierre? ¿Acaso el capitán está dedicando el primer punto a alguien?

—No hay rumores sobre que Kenneth Buchanan esté en una relación…, aunque la verdad es que ese gesto va a dar mucho de qué hablar…

—¿Será que el león ha encontrado a su leona?

—¿Quién sabe? Pero me pregunto si la leona rugirá tan fuerte como él…

Adriana solo escuchaba retazos de la conversación y entonces volvió a suceder, Kenneth marcó otro tanto y repitió el gesto. Una vez más levantaba la mano como si llevara una pinta y, después, dio un trago.

El estadio enloqueció, no solo por el juego que estaban regalando ambos equipos, sino por el gesto que no dejó de ser el tema principal del partido. Todos teorizaban sobre qué podría significar y a quién estaría dedicado.

El partido terminó con la victoria para Escocia, que fue halagada porque había desempeñado un gran partido contra uno de los favoritos. También comentaron que sus rivales de grupo estaban haciendo unos partidos muy modestos, alejados de lo que de verdad podían hacer.

Un periodista a pie de campo se acercó a hablar con Kenneth, que tenía una gran sonrisa y los ojos brillantes, borrachos por la victoria.

—Capitán Buchanan —llamó la atención el periodista a Kenneth, que se giró para atenderlo—. Lo primero, darle la enhorabuena por la victoria.

—Gracias, ha sido un gran partido. Reñido y duro, como me gustan —contestó, jadeante.

—Hay algo que ha llamado la atención de todos y no se ha dejado de comentar durante el partido, ese gesto —se detuvo para imitarlo con las manos—, ¿qué significa?

—¿No está claro? Brindo por el punto.

—¿Está dedicado a alguien especial? Porque no ha pasado desapercibido que es la primera vez que lo hace…

—Sí, está dedicado a alguien especial. Le dije que cada punto lo celebraría y se lo dedicaría.

—¿Una mujer, capitán?

—La mujer —recalcó—. Pero no diré nada más hasta que termine el campeonato —aclaró.

—¡Menuda sorpresa! —exclamó el periodista—. Estaré deseando que el campeonato termine para saber más —sonrió con la esperanza de una buena exclusiva llenando sus ojos—. ¿Y lo hace brindado con…? —prosiguió con su interrogatorio.

—Con cerveza, por supuesto —sonrió antes de alejarse para regresar con sus compañeros.

—Estás loco, highlander . ¿La mujer? —lo riñó con una gran sonrisa en la cara. Una que, sabía, duraría días—. Estás peor de lo que pensaba. —Pero su corazón latía a mil por hora y su estómago estaba lleno de mariposas.

Era tarde, pasaba la una de la madrugada, pero el golpeteo insistente la despertó. Se levantó y se acercó a la puerta, al mirar a través de la mirilla, se dio cuenta de que Kenneth estaba al otro lado.

Cuando abrió, se encontró con un hombre feliz y algo ebrio que se lanzó a sus brazos nada más verla. Adriana, con esfuerzo, cerró la puerta; no quería tener líos y, después de que confesara que había alguien especial a quien le dedicaba las anotaciones, tendrían que tener más cuidado todavía.

—Kenneth, ¿qué haces aquí? ¿Te has vuelto loco? —interrogó. Aunque no estaba muy segura de si estaba en condiciones para contestarle.

—Te he echado de menos, ¡maldita sea! —murmuró casi molesto y con voz espesa debido al alcohol.

—¿Me has echado de menos? —preguntó con apenas voz.

Estaba apoyada en la pared de entrada, con las manos a la espalda y los ojos muy abiertos. Sin poder parpadear, sin poder desviar la vista de ese hombre que la volvía loca.

—¿No lo notas…? —susurró la pregunta, acercándose a ella para tomar su mano y llevarla justo donde sus ganas apretaban.

Adriana gimió, vaya si lo notaba, y vaya si le tenía ganas, pero, por el momento, no podía permitírselo.

Kenneth no podía dejar de pensar en hacerla suya ahí mismo, en ese instante, sin reprimirse más y ella no tenía ni la más remota idea de cuánto le estaba costando reprimir todo lo que golpeaba bajo su pecho, queriendo estallar.

—¿No te das cuenta de las ganas que te tengo…? —siguió murmurando, con la voz enronquecida por el deseo y los ojos lleno de ella. Solo de ella—.

Y no estamos en edad de quedarnos con las ganas, Adriana —musitó junto a su oído.

Era un mar de dudas: su cabeza y su deseo no se ponían de acuerdo.

Y ese hombre la hacía dudar y la volvía loca porque estaba justo ahí: entre sus ganas de arriesgarse y el miedo a enamorarse.

Si no lo estaba ya. Tal vez lo había estado siempre porque ese hombre era un pecado en el que no le importaba caer una y otra vez…

Miró la sonrisa que esbozaba el capitán y no dejó de preguntarse si tendría la más mínima idea del desorden que dejaba en ella.

—Adriana…, no sabes cómo me estoy conteniendo para no caer… —susurró con los dientes apretados, colocándose cerca de ella, tanto que sus frentes se tocaban, pero nada más.

Entre ellos había una barrera invisible que parecía impedir que se rozaran excepto por esa zona en concreto.

—¿Caer? ¿Adónde, capitán? —preguntó con apenas un hilo de voz.

—Sobre ti, porque, ¿sabes, Adriana? —ronroneó bajando más la voz, colocando los labios en su oído, provocándole miles de escalofríos que terminaban torturando su sexo.

—¿Qué? —preguntó en el mismo tono que él.

—Tú y yo tenemos muchos orgasmos pendientes… Y pienso cobrármelos todos.

Escucharlo le provocó un gemido que resonó dentro de la solitaria habitación.

Cerró los ojos para tratar de contener todo lo que estaba sintiendo en ese instante.

Todo lo que había ido guardando dentro durante esos meses que habían pasado separados.

La puerta se cerró y supo que se había ido.

Estaba manteniendo el pacto, aunque ahora era ella la que dudaba de si tendría o no fuerzas para ello.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí, parada con el corazón latiéndole como loco y la respiración acelerada, pero fue mucho. Tanto que perdió la noción de él. Cuando logró que su cuerpo se serenase, regresó a una cama que se le antojó más sola y fría que nunca.