Capítulo 25
En su salsa
El resto del partido fue una gozada para Adriana, poco a poco se relajó comentando las jugadas, las intervenciones de los árbitros, el ambiente que se vivía en el estadio: estaba en su salsa y echaba de menos a su mejor amiga.
Cuando ya supo que todo estaba acabado para la anfitriona, que, aunque había hecho un gran partido, no se alzaría con la victoria, se levantó con la excusa de ir al baño, pero lo que de verdad quería era irse antes del final.
No podía quedarse a solas con Kenneth porque, si algo tenía claro, era que junto a él su fuerza de voluntad se desvanecía como humo en el aire. Así que prefería salir huyendo como una cobarde antes de tener que enfrentarse al dilema de decirle que no.
Solo consiguió calmar el latido de su corazón una vez que estuvo a salvo tras la puerta de su habitación, como si en realidad hubiera hecho algo malo.
El mensaje de Kenneth parpadeaba en su pantalla como si tuviera luces de neón. Tenía razón, lo sabía y lo cierto era que no le gustaba hacer las cosas así, pero es que con ese hombre nada era válido. Era como si todo se desvaneciera y solo existiera él: su boca, su voz, su risa, sus manos…
«Hay que saber cuándo una pelea está perdida de antemano. Y esta lo estaba», respondió con los dedos aún temblorosos.
—Ese mensaje solo empeora las cosas, Adriana. —Escuchó su voz resonar al otro lado de la puerta. No, no podía ser, ¿estaba frente a su habitación?
—Kenneth, mañana arbitro, por favor… —dijo en voz baja, aunque suficiente para que al otro lado la escuchara.
El ruido de la cabeza del hombre al apoyarse contra la puerta resonó con fuerza y su corazón dio un vuelco. Escucho el susurrar de sus manos sobre la madera, a pesar de estar separados por la rigidez de la superficie.
—Me estás matando, Adriana, el verte y no poder tocarte, ni abrazarte, ni hablar contigo a solas… Todo esto me está dejando sin vida poco a poco…
¿Por qué demonios sus palabras tenían ese efecto en ella? Antes de poder detenerla, su mano tomaba la manivela de la puerta, dispuesta a abrirla, pero se detuvo al escuchar sus pasos alejarse.
Dejó escapar el aire que durante tanto rato había contenido y se metió en la cama, el siguiente día era muy importante para ella y debía conseguir dormir fuera como fuese.
El día la sorprendió con los ojos cargados de sueño, pero la actividad fuera de su habitación era frenética y no pudo quedarse en cama por más tiempo. Esa tarde, a las nueve, pitaba el primero de los partidos que arbitraría en el campeonato del mundo.
No podía negar que la inquietaba y, por más que se empeñaba en repetir que era un partido más, no lo era. Era el primer partido como árbitra principal en un mundial y eso pesaba sobre sus hombros.
Se había preparado a conciencia, no solo física sino también mentalmente. Había comido muy sano, dormido bastante bien, unas noches más que otras, y repasado mil veces el reglamento.
Sabía que estaba preparada para hacer un buen partido, pero la variante de la ecuación, esa que tenía nombre propio, la había descolocado por completo porque no imaginó que volverlo a ver causara tal impacto en ella.
Se levantó y se unió al resto de árbitros para hacer deporte. En las competiciones importantes eran como un equipo más y tenían rutinas de entrenamientos, después tendrían una sesión de revisionado de vídeos para comentar y repasar jugadas.
Tras la larga jornada, regresó a la habitación y se duchó. Agradeció la paz que el sonido del agua al caer le provocó, bastante alboroto había ya dentro de su cabeza. Tras la ducha, se vistió y bajó para reunirse con los demás.
La organización les había preparado un pequeño tour por Marsella con comida incluida. Regresarían a la tarde, para descansar antes de la intensa jornada que los esperaba en la noche. Por lo menos Kenneth jugaba alrededor de las cinco del día siguiente, así que podría dormir todo lo que quisiera.
Una vez reunido todo el grupo, se dirigieron al primer lugar que no fue otro que Puerto Viejo: antiguo motor económico de la ciudad y uno de los puertos más importantes de todo el Mediterráneo desde la época griega.
Había leído que hoy en día se usaba como puerto deportivo y que era uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad, ya que conservaba los antiguos talleres y el Faro de Santa María.
Y así fue, la impresionante vista que se expandía ante sus ojos la dejó sin palabras: los barcos anclados, los edificios frente a ellos y, en la cima de la colina, el faro. Era precioso y le recordó a unos años lejanos en lo que todo era diferente.
El paseo por el lugar les tomó más de lo esperado, pero perderse por las calles cercanas al puerto, dejarse seducir por los olores, por el color que rodeaba todo el pintoresco lugar fue tan fácil que hizo que todo el grupo se olvidara de lo demás.
Se sentaron a comer en uno de los variados restaurantes que plagaban las calles y pidieron, por consejo del camarero que los atendió, la bebida local anisada que tenía el peculiar nombre de pastis y, para acompañarla, un plato de bouillabaisse , el plato más famoso de la ciudad, que consistía en una espectacular sopa de pescado.
Antes de darse cuenta, estaban de regreso al hotel y todos despidieron a Adriana, que debía prepararse para su momento, deseándole suerte.
Antes de pestañear, estaba en el campo del Vélodrome, viendo cómo el capitán de Argentina lanzaba la moneda al aire, ganaba la elección y decidía quedarse con el kickoff en vez de con la elección de campo, que recaía sobre el rival: Inglaterra.
Tras el pitido inicial, una vez más, todo, excepto el juego, el campo y los propios jugadores, desapareció de su mente. Ahora estaba en paz. Solo rugby . Solo juego duro.
La tensión lo iba a matar, quería estar pendiente del partido, pero no era capaz, tan solo la veía a ella. Y el maldito y primitivo pensamiento de que estaba ahí, sola, en mitad de un campo de batalla lleno de hombres rudos, altos y fuertes que, en el mejor de los casos, hacían dos de ella.
Le sudaban las palmas de las manos y no dejaba de mascullar cada vez que los jugadores hacían una jugada que, en su cabeza, podría crear algún tipo de riesgo para ella.
¿Qué demonios le pasaba? Era su trabajo y lo hacía muy bien, sin embargo, esa parte protectora que ella había despertado lo hacía temer por su seguridad.
Y, de pronto, todo se volvió un caos. Argentina llevaba el balón, se giró para buscar a quién pasarlo cuando uno de los ingleses embistió desde atrás tirándolo con fuerza contra el suelo.
El jugador se quejaba sobre el campo y los jugadores ingleses iban a aprovechar la caída para hacerse con el balón, pero uno de los pumas apareció y empujó al que iba a tirarse sobre su compañero herido.
Y eso dio lugar a que los jugadores se enfrentaran unos a otros.
Era una masa de músculos y fuerza descontrolada que ella tendría que aplacar.
Un par de jugadores argentinos agarraron al jugador que había lastimado a su compañero por la camiseta y lo habían alejado del campo, a rastras.
El resto discutía en voz alta y Kenneth sabía que esa polémica jugada llegaría a las manos y, ¡maldita fuera!, estaba furioso. No podía ni imaginar qué sucedería si alguno de ellos le ponía, aunque fuera por error, una mano encima.
Nunca lo molestaban las concentraciones, estaba acostumbrado, sin embargo, en ese momento lo jodía como nunca no estar en el campo, aunque era lo mejor y lo más sensato porque, si estuviera en las gradas, ya habría saltado al campo para sacarla de allí.
Los compañeros comentaban la jugada, pero apenas les prestaba atención, tan solo tenía ojos para ella, que comenzó a caminar de forma segura hasta ellos.
Con gesto serio y transmitiendo una seguridad que calmó un poco el frenético latido de su corazón, se metió en el centro del grupo de hombres y se plantó en mitad, separando con sus propias manos a dos de los jugadores: implacable.
Se quedó sin palabras, ahí estaba, apartando con sus manos a esas moles que podían aplastarla como si fuera una mosca, sin embargo, los ánimos se sosegaron y los jugadores detuvieron el arranque de ira tan pronto como se había iniciado. La diosa llenaba el campo y su pecho.
—Vaya, ¡qué mujer! —comentó con admiración uno de los jugadores sudafricanos.
A punto estuvo el león que llevaba dentro de gruñirle como advertencia, pero no tenía derecho, además, era cierto. Era una mujer que ningún hombre con ojos podría ignorar.
Su presencia en el campo lo llenaba todo, no podían escuchar bien lo que les decía, pero estaba seria. Muy seria. Y tranquila. En ningún momento se la vio alterada ni asustada, a pesar de que cualquiera de esos hombres la arrugaría entre sus manos como papel de periódico.
—Primera jugada polémica del mundial —decían los comentaristas—, tengo ganas de ver cómo se las apaña la árbitra española en este momento.
A mí me daría miedo entrar ahí, pero ella parece que no teme nada.
—Sabe que está a salvo —comentaba el compañero—, por algo ella es la diosa del campo en este instante. Parece que los capitanes han vuelto a ser niños y que su madre los regaña seriamente —se burlaba.
—A mí no me importaría recibir un castigo de una mujer así… —soltó el primer comentarista.
Kenneth bufó, pero tenían razón: los capitanes de ambos equipos bajaban la cabeza, avergonzados.
Tenían las manos entrelazadas por delante y la mirada, clavada en el suelo.
Fuera lo que fuera lo que les estaba diciendo, ambos no podían ni replicar porque ella era dios en el campo y su diosa fuera de él.
El corazón seguía latiéndole a un ritmo desbocado, pero ya no solo por el miedo, sino por el orgullo que sentía.
—La árbitra se interesa por el jugador argentino, parece que le pregunta si se encuentra bien.
—Me gustaría saber qué medidas tomará, ¿qué crees que sería lo más acertado? —interrogó a su compañero.
—Supongo que debería amonestar por obstrucción al jugador inglés.
Esperemos a ver cómo soluciona esta jugada.
Kenneth mantenía la respiración contenida; Adriana hablaba con el jugador argentino que había recibido el golpe, este cabeceaba sin abrir la boca. Después se acercó al jugador que había empujado al puma al suelo con tanta fuerza y sacó tarjeta amarilla5.
El estadio se levantó a la vez que gritaba, silbaba, protestaba, aplaudía… un revuelto de emociones, de opiniones dispares: unas a favor, otras en contra.
—¿Le ha sacado amarilla?
—Lo envía diez minutos al sin bin 6, me parece justo. Ha sido una entrada muy peligrosa y rastrera. No tenía que atacarlo por la espalda —defendió Aiden a Adriana.
Y, antes de que pudieran decir nada más, Adriana se acercó al jugador que de manera tan brusca había sacado a otro de los jugadores ingleses del cuello de encima de su compañero y le dio el mismo castigo.
Y el estadio aplaudió por su decisión.
—Me parece que ha sido lo más acertado. Desde luego el premio por ser la mejor árbitra de la temporada ha sido merecido. No todo el mundo hubiera hecho eso, pero me parece lo más sensato.
—Una gran labor la de la árbitra. La entrada del inglés ha estado fuera de lugar, pero la intervención del argentino tampoco ha sido correcta. Así que creo que ha tomado la decisión más justa y equilibrada —alabó el otro.
Tras esa jugada, el resto del partido sucedió con normalidad y sin más incidencias, que agradeció Kenneth, ya no tenía edad para tanta tensión. Los ingleses se hicieron con la victoria en un partido reñido en la que la actuación de Adriana fue impecable.
—Es buena —afirmó Aiden a su lado.
—Lo es. La mejor.
—Ya te has arrodillado una vez ante ella y te rechazó. Así que ponte las pilas y no la dejes escapar. Es evidente que esa mujer te gusta.
—Es lo que intento hacer, pero me lo pone difícil —confesó. No tenía ningún sentido mentirle a su amigo, menos si era tan evidente para los demás.
—Eso es lo mejor, un juego duro es mucho más divertido y satisfactorio que un juego fácil —bromeó Aiden, dándole una palmada en la espalda a su amigo y capitán—. Vamos a descansar, mañana nos toca a nosotros, qué pena que ella no sea la árbitra… —confesó.
Sin embargo, Kenneth lo agradecía porque estaba seguro de que su atención se centraría en ella y no en el balón.
5 Tarjeta Amarilla: un jugador es suspendido temporalmente cuando es amonestado en un partido por el árbitro y temporalmente excluido del perímetro de juego por el árbitro por un período de diez minutos de tiempo de juego.
6 El sin bin en los partidos es normalmente un asiento en algún lugar entre donde se ubica el personal del campo de juego y los reemplazos de los dos equipos durante el juego.