Capítulo 24 #2
—Es que promete ser uno de los partidazos del mundial: Francia contra Nueva Zelanda, no querría perderme esto por nada en el mundo. Ojalá me hubieran dejado pitarlo, hubiera sido otro sueño cumplido… —confesó, algo más relajada, a Kenneth.
—Habrá más partidazos que puedas pitar. Solo estás empezando, todavía te quedan muchos años en activo.
—Lo sé —afirmó dándole la razón.
—Tengo la impresión de que va a ser histórico. ¿Cómo te sientes, Adriana, al ser la única mujer arbitrando partidos internacionales? —preguntó el seleccionador.
Adriana lo observó con reverencia, lo conocía de su época de jugador. Había sido bueno, muy bueno, y todavía conservaba el atractivo de su juventud.
—La verdad es que genial, es todo un pago por mis años de esfuerzo —confesó, tragándose la emoción junto a un sorbo de su cerveza.
—Sí, lo es, y haces que las demás mujeres estén orgullosas y tengan un modelo en el que fijarse —añadió el hombre.
—Muchas gracias, lo cierto es que todavía no me hago a la idea de que pueda verse así…
—Pues así es. Ahora mi hija tiene un modelo que seguir, Adriana. Has logrado que muchas jóvenes pierdan el miedo a pelear por llegar a arbitrar en categoría internacional. Te admira muchísimo.
—Vaya, es todo un honor, entrenador Russel, la verdad es que me emocionan sus palabras.
—No es nada más que la verdad —afirmó, tajante, Kenneth a su lado.
Adriana se giró para mirarlo a la cara y, al hacerlo, se dio cuenta de que en sus ojos no había espacio para nadie más que para ella. Y eso provocó un retumbar en su corazón que pasó disimulado solo por el jaleo de la habitación.
Los locutores comenzaron a hablar sobre la alineación hasta que los equipos se plantaron en el campo, algo que agradeció, ya que la conversación la había puesto nerviosa.
Y, de pronto, llegó la magia de los All Blacks.
Todos en el estadio, y en el salón, se quedaron en silencio; estaban a punto de representar su haka.
El corazón de Adriana golpeaba con fuerza en su pecho y tentada estuvo de agarrar la mano de Kenneth para compartir a través de su roce toda esa emoción que la embargaba por dentro, pero no podía, no estaban solos y lo último que quería era otra imagen de ellos, con las manos entrelazadas, corriendo por todo internet como la pólvora.
La haka dio inicio y sus murmullos eran como un hechizo que la dejaba clavada al sitio, la había visto varias veces y siempre le sorprendía la fuerza con la que impactaba en ella, como si fuera imposible acostumbrase a algo así.
Incluso a través de la pantalla, incluso estando a cientos de kilómetros, su fuerza la traspasaba, llenándola.
—A mí también me sigue impresionando —dijo Kenneth en voz baja a su lado, al darse cuenta de que tenía la piel del cuello erizada.
—Siempre he querido saber qué significa…
—«Escuchen con sus oídos, los All Blacks somos uno con esta tierra.
Haremos vibrar esta tierra. Es nuestra hora, es nuestro momento. Eso nos define como los All Blacks. Es nuestra hora. Es nuestro momento. Somos los All Blacks. Nuestra supremacía triunfará y nos llevará a lo más alto.
Helecho plateado. ¡All Blacks, vivir o morir! ¡Todo o nada!».
La voz de Kenneth le traducía lo que los guerreros gritaban y sentía su cuerpo a punto de estallar, no era capaz de contener tanta emoción. Limpió con disimulo algunas lágrimas que rodaban por sus mejillas y sintió el roce de la mano de Kenneth junto a la suya.
Había apoyado esta en el asiento y Kenneth, con disimulo, hizo lo mismo. No parecía que fuera nada, sin embargo, lo era todo.
La cámara se desvió un segundo y enfocó a Daniel Evans, que tenía los ojos humedecidos también.
Lo comprendía, era algo ancestral, algo que rascaba bajo la superficie y llegaba a ese lugar donde quedaban restos de sus ancestros, de todos los que habían peleado antes, de los que habían ido dejando una parte de ellos como herencia.
Y, cuando pensaron que la haka había terminado, llegó el revuelo.
—¿Qué sucede? —preguntó Adriana sin dejar de mirar la pantalla.
Como si los cámaras la hubieran oído, enfocaron de nuevo a los All Blacks, que se acercaban a donde Daniel Evans, su antiguo capitán, estaba sentado. Lo saludaron en maorí, o eso pensaba Adriana cuando comenzó un espectáculo que fue inesperado para todos.
—¿Qué… qué sucede? —inquirió Adriana fuera de juego—. ¿Qué dicen?
—preguntó a nadie en particular, ¿quién allí podría entender maorí?
—Ese joven, Darel Akara, es la joven promesa de los All Blacks, apenas ha cumplido la mayoría de edad, pero va camino de convertirse en leyenda
—aclaró Kenneth a su lado—. Es joven, rápido, inteligente, fuerte…
Recuerda su nombre, Adriana, porque va a dar mucho que hablar.
Adriana se fijó en el joven, lo cierto era que tenía un carisma mágico y su pelo largo y trenzado, recogido en una cola desordenada, y sus tatuajes maoríes adornando sus brazos, su cuello… no hacían más que enfatizar ese carisma.
Darel comenzó a dar órdenes en maorí. Susurraba palabras en voz baja y los demás lo seguían con los movimientos de su cuerpo, rodillas flexionadas, manos dobladas sobre la cadera, golpes en los muslos…
—Darel les dice en maorí que se preparen —explicó Kenneth en un susurro al que todos los allí reunidos prestaban atención.
Y, si todo era espectacular en el campo, más lo fue ver a Daniel Evans levantarse del asiento y empezar a hacer la haka frente a su antiguo equipo, que no dejaba de observarlo: se la dedicaban a él.
Daniel se unió a Darel en los susurros, dos capitanes al unísono, unidos por algo tan profundo que escapaba a la compresión de la mayoría.
Adriana se limpió las mejillas, tomó aire y trató de disimular esa emoción que la embargaba por dentro, sin dejar ni un solo lugar sin tocar.
—Daniel le dice que se preparen, que se lleven las manos a las caderas, que doblen las rodillas, que golpeen con sus manos los muslos y el suelo con sus pies lo más fuerte que puedan.
—¿Y ellos? —interrogó, sumida en esa vorágine que parecía magia negra.
—«Lo más fuerte que podamos» —contestó Kenneth.
—Es… mágico… No tengo palabras —susurró, emocionada. Y el roce de Kenneth la sacudió hasta los cimientos.
—¡ Ka mate ! ¡ Ka mate ! ¡ Ka ora ! ¡ Ka ora ! —gritó el equipo en el campo, situado justo frente al lugar que ocupaba Daniel.
—Muero. Muero. Vivo. Vivo. Soy el hombre valiente que fue a buscar el sol y lo hizo brillar de nuevo. Un paso hacia arriba, otro paso más, el sol brilla… —traducía Kenneth.
Y así se sentía Adriana, a punto de morir. Estaba presenciando un espectáculo único, junto a él. ¿Sabría Kenneth lo que significaba para ella eso?
Cuando todo terminó, el estadio quedó sumido en un silencio perturbador, las emociones de todos seguían a flor de piel y el equipo francés estaba tan impresionado como el resto de asistentes. Al igual que todos ellos.
Daniel Evans jadeaba con fuerza, sus facciones no parecían suyas, como si todos sus antepasados se hubieran manifestado a la vez, reflejándose en su rostro.
Y sucedió. Una primera palmada que nadie supo de dónde vino, a la que siguieron una oleada de ellas, un mar de pañuelos para borrar el rastro de las emociones que esa haka había despertado en todos.
—Eso ha sido… impresionante. No hay otra manera de decirlo.
Los All Blacks ha interpretado la haka con la que suelen iniciar los partidos, pero también, para honrar a su antiguo capitán, han interpretado su antigua haka, la que reservan para ocasiones especiales y ha sido una puta pasada… —explicaba el comentarista.
Y tenía razón, lo había sido. Una. Puta. Pasada.
4 Kickoff es el arranque de un partido. Tanto al inicio de la primera parte como de la segunda, el oval siempre se pone en juego con una patada alta.