Capítulo 24
Aguantar el tipo
Adriana se miró una vez más al espejo, era consciente de que en la sala común, donde la habían invitado a ver el partido de inicio, estaría él.
Todos los que tenían algún tipo de relación con el rugby , alojados en ese lugar, estarían.
Por eso estaba más nerviosa. Pero tenía que aguantar el tipo, sabía que iban a verse obligados a coincidir e incluso a convivir como era el caso y no podía esconderse como un avestruz o huir sin más.
Debía comportarse como la adulta que era, o que pretendía ser, y ser consecuente con sus propósitos, después de todo, la idea había sido suya.
Aun así, saber que estarían en la misma habitación lo hacía todo más complicado porque en ese instante, sin siquiera tenerlo delante, su cuerpo no era más que un mar de nervios.
Un mar sobrevolado por miles de mariposas que no dejaban de molestarla con sus insistentes aleteos.
—Vale, Adri, estás lista —susurró dándose ánimos y colocándose por milésima vez el cabello.
Se tiró del jersey una vez más, era amplio de un tono azul que quedaba genial con sus ojos, y se subió el vaquero.
Llevaba, además, unas zapatillas cómodas y de un tono similar al del jersey.
No quería ser el centro de atención por su atuendo, ya bastante iba a llamarla al ser de las pocas mujeres, si no la única, que estuvieran en la sala común.
Tomó aire, guardó el móvil y la tarjeta en el bolsillo trasero y se dirigió a la sala.
Kenneth no dejaba de mirar una y otra vez hacia la puerta. Sabía que iba a venir, tenía que hacerlo. Todos estaban ahí reunidos para ver el inicio del campeonato y cenar juntos. Incluidos el resto de árbitros.
El hotel había preparado una cena para todos en la que había pizzas , canapés surtidos, bandejas con diferentes tipos de quesos, cerveza, vino y agua.
Todo estaba distribuido a lo largo de una barra y el resto de la sala estaba llena de sofás, sillones y bancos, situados frente a la gran pantalla.
Le había reservado un sitio, a su lado. No pensaba perder ni una sola de las escasas oportunidades que se le presentaran durante el campeonato.
Ni una. Aunque la tratara solo como a una conocida.
Se jodería y aguantaría esas ganas locas de besarla y abrazarla que lo consumían a fuego lento.
Ya tendría tiempo de desquitarse, de reclamarle todos los orgasmos que tenían pendientes.
Cuando la vio detenerse en la puerta de la sala, su corazón rugió con la fuerza del león que llevaba dentro. Sin pensarlo, se levantó y la llamó antes de que otro se le adelantara.
—¡Adriana, aquí! —gritó.
No imaginaba que su llamada fuera a despertar tanta atención, pero lo había hecho y de pronto todos los presentes dejaron de prestar atención al televisor para centrarse en ella.
El rubor que tan bien conocía Kenneth bañó sus mejillas y…
¡maldita fuera! Eso no hacía más que hacerla más deseable, ese rubor era una provocación en toda regla a sus sentidos.
No podía ni imaginar qué estarían pensando los demás en la sala, pero le daba igual, era suya.
Lo había elegido a él y lo enorgullecía que los demás valoraran a esa mujer.
Sí, le inflaba el pecho saber que otros la deseaban, pero que lo había elegido a él.
Adriana miró hacia la voz y lo vio, al igual que vio a los demás pendientes de ella. Sabía que pasaría, era el problema de romper barreras, que siempre quedaban trozos que sortear.
Caminó despacio, saludando a los que se acercaban a saludarla con una gran sonrisa en la cara y palabras amables, en realidad le gustaba que los compañeros admiraran su tesón y valoraran su lucha hasta llegar donde estaba.
Se detuvo junto al grupo de árbitros, conocía a casi todos y los saludó con cariño, la gran mayoría la habían aceptado de buen grado, no en vano habían sido testigos directos de su esfuerzo y lucha para conseguir el puesto. De pronto, un rostro familiar se acercó a por ella.
—¡Adriana! —la llamó nada más verla.
—¡Aiden! —lo saludó a su vez; era uno de los compañeros de Kenneth, no solo en los Lions, también en la selección escocesa.
Era un buen chico con el que había conectado desde que se conocieron y, a pesar de haber coincidido en contadas ocasiones, entre ellos había nacido algo muy parecido a la amistad.
—Te estaba esperando para ver el partido y, además, nuestro seleccionador quiere conocerte. Te admira mucho y tu trabajo, también.
—¿Gregor Russel quiere conocerme? —interrogó con sorpresa. Aiden asintió sin más—. Es todo un honor —musitó—. Disculpadme —dijo a sus compañeros, despidiéndose con una sonrisa y acompañándolo—.
Cuéntame, Aiden, ¿qué tal todo? —preguntó al joven con una gran sonrisa.
—Bien, muy cansados por la concentración antes del campeonato, nada nuevo. ¿Y tú? Pitas el partido de Inglaterra contra Argentina mañana, ¿verdad?
—Sí, me sudan las manos nada más pensarlo.
—Dale caña a los ingleses… —susurró con una sonrisa gamberra.
Bromeando, llegaron al sitio que habían ocupado Kenneth y el resto de su equipo. Sus miradas se encontraron y Adriana tembló, luchaba sin parar contra el deseo de estar con él y la distancia que debía guardar de momento.
—Señorita Adriana, es un placer conocerla al fin —la saludó el seleccionador y entrenador de la selección escocesa, tendiéndole la mano.
Le gustó el hecho de que no tratara de besarle la mano ni nada por el estilo, porque se habría sentido muy incómoda.
Tras las presentaciones, tocó el turno de Kenneth, que no dudó en saludarla con dos besos en las mejillas, lo que provocó una oleada de cuchicheos y bromas entre los jóvenes del equipo.
Adriana tomó asiento entre Kenneth y Aiden, los dos únicos a los que de verdad conocía y trató de relajarse lo que pudo.
El partido estaba a punto de comenzar y quería disfrutarlo, la había jodido no estar presente ni arbitrando en el kickoff4 inicial, pero a ella le había tocado arbitrar otro partido en otra sede del campeonato y se había tenido que conformar, para suplir ese contratiempo le había tocado estar con Kenneth, aunque ahora, teniéndolo tan cerca que su calor traspasaba la tela de los vaqueros, no estaba tan segura de que «suerte» fuera la palabra más acertada, «tortura» se acercaba más.
—¿Una cerveza? —ofreció Kenneth.
—Sí, gracias —contestó ella.
—He pedido Alhambra, pero no tenían, lo siento.
—No pasa nada, que no me den buena cerveza lo compenso con la buena compañía —sonrió.
Y Kenneth sintió que se iba a volver loco, ¿cómo demonios iba a aguantar todo el puto campeonato ocultando lo que sentía por esa mujer si lo que deseaba era gritarlo a los cuatro vientos?
—Árbitro —la llamó uno de los chicos del que no recordaba el nombre
—. Menos mal que no aceptó el anillo —soltó haciendo referencia al maldito vídeo.
Kenneth miró al joven David con el ceño fruncido, tenía que haberlos advertido de que no sacaran el tema. Así que tomó un canapé y se lo metió en la boca para callarlo. Aiden se carcajeó y golpeó a su compañero en la espalda para que no se atragantara.
—Vamos, capitán, tú fuiste el que tuvo la brillante idea de ofrecerle el anillo de Claddagh a Adriana frente a todo el mundo.
—¿Ese anillo tiene nombre propio? —interrogó de nuevo el chico con la boca llena.
—Para los que somos de ascendencia irlandesa, o irlandeses, sí. Se suele heredar dentro de la familia, la mujer lo da a su hijo para que se lo ofrezca a su futura esposa. Y así ha sido durante años. No sé qué habría hecho el capitán si lo hubieras aceptado —se burló de nuevo.
—¿Tan especial es? —preguntó con curiosidad.
—Sí, el anillo Claddagh es importante no solo por tradición, sino por su significado —comenzó la explicación Aiden, que buscó en su móvil una imagen del anillo—.
Las dos manos simbolizan la amistad, el corazón, el amor y la corona, la lealtad.
Por eso solo puedes entregárselo a la indicada, a esa que consideres tu mejor amiga, a la que ames de verdad y a la que estés dispuesto a ser leal.
—Qué… bonito —murmuró David—. ¡Joder! Qué cursi he sonado —terminó con una carcajada y dando un trago a su pinta.
—¿Eso es verdad, Kenneth? —preguntó ahora, dirigiendo la mirada a él, que solo asintió con la cabeza dando un trago al botellín de cerveza.
—El capitán siempre ha dicho: «Solo me casaré con la mujer que me supere, que sea mejor que yo», aunque todos creemos que está condenado a pasar el resto de su vida atrapado en la caja porque, ¿qué mujer podría superar a nuestro capitán?
Adriana no podía creer lo que escuchaba, ese anillo tenía mucho más que un significado simbólico, era parte de la herencia de su familia. Ahora entendía que le hubiera dicho que era más valioso que el más grande de los diamantes.
—No tenías que haber bromeado con eso, Kenneth… —murmuró en voz baja.
—¿Quién dice que bromeaba? —susurró a su vez, solo para que ella lo escuchara.
Y el corazón de Adriana palpitó como loco.
—¡Ya empieza! —Se escucharon varias voces avisar.
Todos quedaron en silencio y fijaron la vista en la pantalla del televisor, al menos el volumen era alto, porque Adriana temía que todos los allí reunidos escucharan el estrépito que su corazón formaba bajo su pecho.
Golpeaba con tanta fuerza que temía que la abriera en canal y escapara a las manos de Kenneth.
El Stade de France estaba a rebosar, no cabía ni una mota de polvo más. Adriana fijó la vista en la televisión y se obligó a no desviarla ni un milímetro hacia su derecha, el lugar donde él estaba.
La cámara hizo un barrido por todo el lugar, dejando ver cuánta afición esperaba ver el inicio del campeonato.
De pronto, enfocaron las gradas y la imagen se congeló en Daniel Evans y su esposa, Yasnaia Lira.
La verdad era que hacían una pareja espectacular, parecían los dos sacados de un anuncio de perfume.
—¿Habías visto alguna vez el estadio tan lleno? Parece que de un momento a otro va a colapsar —comentó Kenneth a su lado.