Capítulo 23
No solo el campeonato
El avión aterrizó con suavidad, aun así, el contacto de las ruedas contra el suelo la hizo regresar a la realidad. Llevaba días perdida en sí misma, preparándose para lo que llegaba. No solo el campeonato, sino él.
Llevaban meses sin verse en persona, aunque el contacto no había cesado.
Cada día. Cada noche. Sin falta. Y ahora no sabía cómo encararlo cuando lo viera.
Aunque se suponía que iban a dejarlo todo «aparcado», no había resultado así.
No solo no habían dejado la relación en un segundo plano, todo lo contrario, esta había cobrado una fuerza que ahora la tenía descolocada.
Y eso era lo que más la asustaba, no era como si pudiera decirle algo como «llévate tus malditas mariposas, no las quiero», el sentimiento estaba ahí y ya era lo bastante mayor como para asumir que se había enamorado de Kenneth Buchanan, ese salvaje escocés que sabía lo que quería desde el primer momento, y ella también.
Se había empeñado en negarlo, pero ¿a quién iba a engañar si había pasado todos estos años lamiendo la pantalla del televisor cada vez que salía al campo?
Cerró los ojos y se apoyó contra el respaldo, necesitaba hacerse a la idea de que iba a verlo y, más aún, necesitaba hacerse a la idea de que, durante el campeonato, no serían más que colegas. No serían más que un jugador estrella y una mujer arbitrando en categoría máxima masculina.
Nada más salir del avión se dirigió a buscar un taxi, al que entregó la dirección donde se hospedarían; un hotel cercano al Stade Vélodrome, donde arbitraría y donde jugaría él.
El calendario era apretado, tendría que trasladarse de ciudad en ciudad durante el campeonato, pero le hubiera gustado estar en París para el partido inicial, no había sido así.
Tenía que arbitrar al día siguiente a la inauguración, en Marsella, por eso la organización la había alojado en ese coqueto hotel cerca del estadio.
También estaría él, lo sabía. Jugaba su primer partido el día 10 contra Sudáfrica.
Y ella lo vería. Aunque fuera de lejos, aunque no pudiera lamer la pantalla del televisor al estar en vivo.
Pero, en su defecto, podría sentirlo. Verlo pelear por hacerse con el balón.
Nada más entrar, se dirigió a la recepción y, tras la inscripción y la recogida de la llave de la que sería su habitación, caminó hacia el ascensor; tenía prisa por llegar y soltar la maleta.
Había pasado mala noche y el viaje la había dejado agotada. Sabía que Kenneth, de todos modos, estaría concentrado y, aunque por lo general solían alojarlos lo más cerca posible, no la había contactado en varios días, así que no tenía ni la menor idea de si estaba también en ese hotel o no.
El lugar era cómodo; la madera del suelo y las paredes en tonos tierra la hacía, además, acogedora. La cama, doble, ocupaba la mayoría del espacio y un pequeño mueble, situado frente a la cama y de tonos claros, servía de soporte a la televisión.
Justo a la entrada se encontraba un pequeño hueco en la pared que hacía las veces de armario y frente a este, el baño. Dejó la ropa en su lugar y se descalzó. Siempre le había gustado caminar descalza, era una manía que aún conservaba. No solo por el suelo de su casa, también por el del campo.
Le gustaba, cuando el estadio se vaciaba, quedarse unos minutos a solas y pisar, sin las zapatillas, el césped. Notar la fuerza que esa tierra albergaba, toda la que los jugadores habían sudado sobre ella.
Se acercó a la única ventana de la habitación y se sorprendió al ver la piscina.
De repente, le apeteció tomar un baño nocturno, a solas, si se lo permitían.
Se tumbó en la cama, era aún temprano para irse a dormir y para cenar, pero tampoco le apetecía salir a hacer turismo, así que optó por tumbarse en la cama y dejar la mente en blanco, algo complicado cuando todo el espacio dentro de ella estaba ocupado por él.
Tras mil millones de vueltas en las que deshizo la cama, decidió que ya estaba bien de pensar en Kenneth, así que se arregló el pelo, se colocó las zapatillas y decidió dar un paseo por la zona y cenar algo.
Kenneth estaba agotado. La concentración lo estaba dejando exhausto.
Pronto tendrían el primer partido y el entrenador les estaba dando mucha caña y, además, estaba el hecho de su llegada.
Era consciente de que pitaría un partido justo el día anterior a su juego y no podía sacársela de la cabeza; no veía el momento de volverla a ver.
Había mal dormido solo pensando en que iban a estar juntos durante el campeonato.
Aunque hubiera prometido portarse bien y dejar la relación, o lo que fuera que había entre ellos, en pausa.
Por fin, el ascensor se detuvo en su planta y, cuando las puertas se abrieron, se quedó sin aliento.
Dentro, una Adriana tan sorprendida como él lo miraba sin pestañear.
Sus mejillas estaban teñidas de ese tono rosado que tanto le gustaba porque le daba una apariencia inocente que contrastaba con la mujer que había en su interior.
Esa misma a la que le gustaba el juego duro.
Adriana lo miraba sin saber qué decir, de repente se sentía insegura, tímida…
¿cómo demonios debía comportarse? Daba igual, no tuvo tiempo de pensar más.
Kenneth había entrado en el ascensor y, sin previo aviso, la tomó por el cuello y la besó con todo el deseo que acumulaba dentro de su pecho y se extendía por todo su interior, golpeando con fuerza entre sus piernas.
Las manos del hombre en su nuca la dejaron sin aliento, el mismo que él se bebía sin darle tregua, dejándola con las piernas temblando y el corazón a mil por hora. Cuando el beso acabó, Kenneth apoyó la frente sobre la de ella y la miró con unos ojos empañados por el deseo que envolvía a ambos.
—¡Joder, Adriana! Te he echado tanto de menos… —susurró con apenas un hilo de voz.
—Kenneth… —murmuró a su vez, pero no pudo seguir articulando palabra.
Él, como si supiera que lo llegaba a continuación era un veto, volvió al ataque y la besó una vez más.
Sentir los labios de Adriana, su sabor, el calor que intercambiaban con cada jadeo…
lo hizo sentir extraño. Un sentimiento que brotó de su pecho sin previo aviso, uno animal, antiguo, que le exigía que la reclamara como suya.
Que le gritaba que era suya. Que lo había sido desde aquella primera vez, aunque el momento fuese el equivocado. Ahora no lo era.
Sus manos bajaron desde su cuello hasta la cintura de la joven, acariciando cada una de esas curvas que tanto había extrañado.
Antes de darse cuenta, la levantaba usando la pared del estrecho ascensor como sostén y notar sus piernas enroscadas a su cintura, como seductoras serpientes que lo invitaban a pecar, lo hizo jadear con fuerza.
—Joder, Adriana… —susurró—, me vuelves loco.
—Loca debo estar, sí —musitó a su vez.
Kenneth la dejó en el suelo y se recreó en el roce de su cuerpo sobre su pecho al dejarla ir. Estaba preciosa y no pudo evitar recolocarle la melena en su lugar, ese cabello oscuro y sedoso que habían desenredado sus dedos.
—¿Acabas de llegar? —preguntó sin quitarle la mirada de encima.
Adriana solo asintió con la cabeza, se mordía el labio inferior, un acto que la obligaba a contentarse y no morder a ese hombre, lo que en realidad quería hacer.
Marcar con sus dientes cada centímetro de su cuerpo para, después, lamerlo y besarlo.
¿Cómo era posible que le pareciera más atractivo, más sensual y más hombre desde la última vez que se vieron?
Kenneth sonrió, no podía hacer otra cosa para distraer su mente del rostro de Adriana, con los ojos abiertos, las mejillas coloreadas de rojo, la respiración acelerada y sus malditos labios inflamados por el beso que acababa de darle.
Rozó con su pulgar el labio inferior y se apartó tras la caricia con brusquedad. El ascensor había llegado.
—¿Vas a cenar? —preguntó en un susurro.
—Kenneth, yo… —se interrumpió. Quería estar con él, pero también sabía que debía evitarlo durante el campeonato.
Si de nuevo se extendían rumores sobre ellos, la perjudicarían porque pondrían en duda su profesionalidad y era algo que no podía permitirse. Así que se quedó dentro del cubículo metálico y cerró los ojos con fuerza tras pulsar el botón de nuevo.
—Lo siento, yo… —pero su voz quedó interrumpida por la llamada de un hombre a Kenneth.
Este asintió, no hacían falta palabras entre ellos, no en ese asunto.
Y mientras Kenneth observaba cómo desaparecía tras las puertas metálicas, Adriana se llevó los dedos a los labios inflamados y calientes y ese inocente gesto lo golpeó con tanta fuerza que lo dejó sin aire.
Ya lo recuperaría más tarde, ya llegaría su momento.
Ahora comenzaba el último juego y prometía ser duro como ningún otro.
La noche la pasó en un duermevela que no dejaba de arrastrarla fuera de la cama a beber agua o a echársela por encima.
Haberse topado con Kenneth así, de sorpresa, y ese beso que le había dado dentro del estrecho elevador donde apenas había espacio para los dos le habían robado la razón y el sueño.
Estaba claro que lo suyo eran los ascensores…
Había perdido la cuenta de las veces que se había levantado de la cama, de las vueltas que había dado, de los sofocos que la habían consumido, de las veces que se había sorprendido con el teléfono en la mano dispuesta a teclear la palabra «ven» o la cantidad de veces que había pensado en salir e ir a buscarlo aunque no tuviera ni la más remota idea de en qué habitación estaba…
, pero no podía. No ahora que estaba a punto de cumplir su gran sueño; habría tiempo después, todo el que él quisiera regalarle.
La mañana se despertó fresca y ella, tarde, cuando quiso darse cuenta, era pasado el mediodía.
La larga noche le había pasado factura y lo notaba en los huesos, le dolía todo el cuerpo.
Se levantó, se puso ropa deportiva y decidió usar el gimnasio del hotel para estirar todos los músculos.
Tomó solo un bote de zumo de naranja que había en el minibar y se marchó hacia donde se encontraba ubicado el gimnasio. En verdad lo necesitaba.
Suponía que los chicos de la selección de Escocia estarían concentrados, esa noche se daba el pistoletazo de salida del campeonato.
Al día siguiente, ella pitaba uno de los partidos y después jugaba Kenneth.
Dejo escapar el aire, relajada, al entrar a un gimnasio desierto y se dejó la piel en las máquinas y el aire, en la cinta de correr.
Tenía que sacar toda esa tensión fuera o explotaría.