Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Errores del pasado

Kenneth la acompañó al aeropuerto, no había excusas, quería hacerlo. No era un joven en busca de un futuro, ahora lo tenía y no pensaba caer en los mismos errores del pasado. Aparcó el coche y tomó la maleta de Adriana, caminando con ella hacia el interior de la terminal.

—Bueno, he de irme, Kenneth.

—Sí, aunque no como quisiera.

—Lo hemos dejado claro, ¿no?

—¿El qué?

—Nuestra situación.

—Sí, lo está. De todas formas, recuerda que es una pausa.

—No dejas que lo olvide, capitán.

—Si es así, significa que he hecho un buen trabajo —sonrió, tomándola por la cintura y dándole un beso suave y ligero en la boca.

—He de irme, Kenneth.

—No me dejes sin saber nada de ti —susurró, besándola, esta vez en la frente. Antes de que se alejara, apoyó la cabeza sobre la de ella, un último intento de retenerla.

—Nos veremos antes de que te des cuenta, al campeonato no le queda tanto para comenzar. Lucha, león, por tus sueños.

—Lo haré, siempre lo hago, ¿todavía no te has dado cuenta?

Adriana esbozó una gran sonrisa, se despidió de nuevo de él con la mano y se dirigió hacia la puerta de embarque. No quería reconocerlo, pero esa despedida le estaba costando más de lo que había imaginado.

Tras recibir el premio como mejor árbitra, no dejó de recibir invitaciones a programas de televisión y cadenas de radio, interesadas en algo tan poco peculiar como su profesión y los logros que había conseguido en esta.

Entró en un huracán de atención al que no estaba acostumbrada y, además, estaban los partidos que debía arbitrar y él. Al final del día, sus mensajes de texto la esperaban para hacerle compañía.

Cada noche, aunque le costaba reconocerlo, esperaba con ansias a que su móvil vibrara al aparecer uno de sus mensajes de texto.

Esa noche, cansada por una jornada que se había alargado más de lo normal, había perdido la noción del tiempo metida hasta el cuello en la bañera.

Tenía los ojos cerrados cuando el móvil la avisó de que era un mensaje de Kenneth.

Lo sabía, no tenía dudas porque le había cambiado el tono a sus mensajes para que sonara el rugido de un león.

Una cosa de niños, lo sabía, pero le encantaba. Le recordaba a él.

Ahí estaba el mensaje, sabía que le llegaría. Él mejor que nadie sabía lo duro que era todo este mundo, sobre todo, cuando empezaban los campeonatos.

Adriana esperaba el mensaje, pero lo que recibió a cambio fue una llamada que la dejó desconcertada. ¿Para qué la llamaba?

—¿Qué sucede? —preguntó al descolgar.

—¿Crees que puedes decirme que estás dentro de la bañera, sin ropa, y que me quede como si nada? ¿Crees que soy un nabo?

—Bueno…, tienes uno entre las piernas —bromeó con una risa suave y ronca.

Kenneth apretó la mandíbula, la echaba de menos como no imaginaba que lo haría. Sabía que era de locos, que para muchos lo sería. Pero el tiempo que había pasado con ella lo había dejado enganchado de una manera que no esperaba. No podía compararlo a ninguna otra relación.

Sabía que ella había sido especial desde que compartieron aquella primera cerveza y ahora no iba a cejar en su empeño de saber si en realidad tenían un futuro juntos o no.

—Adriana —susurró su voz a través del teléfono.

Adriana, al escucharlo, tembló. El agua estaba muy caliente, aun así, su vello se erizó.

Levantó un poco la cabeza y se dejó seducir por su voz, por el titileo de las velas, que lo llenaban todo de aroma a menta y de suaves parpadeos, del goteo del agua que caía todavía por el grifo hasta unirse al resto.

—Kenneth —suspiró a su vez tras un rato.

Era extraño, nunca antes le había pasado con nadie, pero sentía la tensión entre los dos a pesar de los kilómetros, a pesar de estar hablando por teléfono.

A pesar de que solo había susurrado su nombre…

y no había hecho falta más. Su corazón se había agitado, su estómago había dado un vuelco y el agua alrededor de su sexo hervía.

—Sabes que te echo de menos, ¿verdad?

—Lo sé, no dejas de repetirlo.

—Es que es cierto, no imaginé que lo llevaría tan mal, pero así es.

—¿Me echas de menos a mí o a estar dentro de mí? —interrogó siguiéndole el juego.

No podía dejar de pensar en lo excitante que era, mordía su propio labio inferior a la espera de esa respuesta, a pesar de que no tenía claro si le iba a gustar o no lo que dijera.

—Las dos cosas, Adriana, eres la primera mujer que me vacía y me llena

—gimió al otro lado.

—Kenneth, ¿te estás tocando?

—¿Y si así fuera?

Su pregunta la hizo gemir, un jadeo profundo que escapó por su boca, un suspiro que trató de ahogar sin éxito.

—Si así fuera… —se interrumpió tratando de tomar algo de aire—, me uniría a ti —musitó. Apenas un hilo de voz, notaba sus dedos sobre su sexo, acariciándolo a la espera de lo que diría ese hombre que la volvía loca.

—¿Te estás tocando, Adriana? —gruñó.

Podía imaginar su cara: los ojos cerrados, la mano bajo los pantalones, su movimiento rítmico, y eso la excitó más.

—La verdad, highlander , es que en mi mente es tu mano y no la mía la que me acaricia.

Un jadeo ahogado se coló a través del teléfono bajo su piel. El sonido que llegaba hasta ella solo logró excitarla más, y hundió el dedo en su interior. El gemido logró que Kenneth, al otro lado, respondiera con un profundo suspiro.

—¿Y… dónde… te acaricio? —logró articular.

—Dentro, highlander , muy adentro.

Las horas parecían segundos a su lado, así que cuando Adriana salió de la bañera, el agua estaba fría y su piel llena de pequeñas arrugas. Desde la última vez que se habían visto y llegado al acuerdo de dejar lo suyo en pausa, su relación había cambiado.

La distancia y esas llamadas interminables por las noches, los mensajes constantes y esa sensación de anhelo que no hacía más que crecer en su interior con cada cosa nueva que descubría de él habían dado lugar a una relación más… intensa.

Sonaba de locos, lo sabía. ¿Cómo era posible que la distancia los hubiera acercado más? Pero así era. Los días se habían convertido en semanas y después de esa sesión de sexo telefónico deseaba más que nunca volver a verlo.

—¿Sigues ahí? —resonó la voz de Kenneth al otro lado.

—Sí, sigo aquí, aunque me he ido… —bromeó.

La risa suave al otro lado la hizo imitar el gesto aún sin verlo.

—¿Vas a ir ya a la cama?

—Debería, son pasadas las dos de la madrugada.

—Cierto, ya es tarde. ¿Sabes qué me gustaría? —susurró la pregunta, lo que hizo que su voz sonara más ronca y sensual si eso era posible.

—¿El qué? —preguntó a su vez y sin saber por qué su corazón se aceleraba, y algo muy parecido al batir de unas alas se removió en su estómago.

—Me gustaría estar ahora contigo, abrazarte, y que los primeros rayos de sol me sorprendieran todavía dentro de ti.

Silencio. No podía decir nada. Estaba de nuevo húmeda y no por el agua que goteaba por su piel, sino por él. Por su voz. Por esas palabras que soltaba con tanta facilidad como si no parecieran una declaración en toda regla.

—Kenneth… —murmuró.

—Lo sé, estamos en pausa, o algo parecido. Pero eso no significa que no tenga deseos, que no te extrañe y, ¡joder, sassenach !, te echo de menos no sabes de qué manera…

—Kenneth, en breve empezará el campeonato. Cuando termine…

—Vale, es una promesa —la interrumpió—. Todo empezará después del pitido final.