Capítulo 21
Bajo las sábanas
Adriana parpadeó y se desperezó. Había dormido muy bien. Se incorporó, frotándose los ojos, y fue cuando se dio cuenta de que estaba en la cama, no en la tumbona de la terraza. Y los recuerdos regresaron a su mente, adormecida por el cansancio.
Ellos bajo las sábanas. El peso de Kenneth sobre ella, su calor, sus manos acariciando su cuerpo, colándose en su interior. Los suspiros que arrancaba a su pecho, el calor, el sudor de sus pieles mezclándose en uno solo para crear un nuevo aroma, único.
Se tapó la cara con las sábanas y sonrió. Estaba feliz, ¡maldita fuera! Lo estaba, como nunca. Y algo dentro de ella le rogaba que reconsiderara las cosas, que pensara bien si estaba dispuesta a renunciar a la posibilidad de que lo suyo funcionara.
Pero ¿qué garantía tenía? Ninguna. Sin embargo, el hecho de pitar en el mundial era real, más después de haberse hecho con el galardón a mejor árbitra.
—Buenos días… —la saludó, sentándose sobre la cama.
Adriana sacó la cara de debajo de las sábanas y lo miró, llevaba en sus manos una bandeja repleta de platos: huevos revueltos, pan, mermelada y mantequilla, huevos fritos, salchichas, beicon, un par de trozos de tarta, scones , té, zumo de naranja y café.
—Buenos días —saludó a su vez con voz ronca.
—He pensado que estarías hambrienta —susurró.
Y, aunque sus palabras no estaban fuera de tono, a ella le sonaron a provocación; debía estar volviéndose loca.
—Lo estoy, aunque no sé de qué tengo más hambre —confesó.
Kenneth abrió mucho los ojos, sorprendido.
Ella había dado a sus palabras un doble sentido que no esperaba, pero le gustaba.
Podía ver que ya no estaba tan segura con su decisión, que un rayo de luz se había abierto paso en el oscuro túnel.
Ahora tenía una oportunidad, lo sabía y no pensaba renunciar a ella.
—Adriana, si me dices cosas como esta, me lo vas a poner muy difícil.
—¿El qué?
—Que renuncie a ti, a lo que sea que tengamos, a lo que podríamos tener…
—Kenneth, me siento mal porque no dejo de repetirte lo mismo, pero no es el momento adecuado.
—Lo entiendo, Adriana. He pensado mucho en ello, ¿sabes? Cuando nos conocimos, supe que eras diferente, pero no era el momento de complicarme la vida con una mujer, menos con una sassenach —sonrió.
—¿Y?
—Y ahora entiendo que no sea el mejor momento para nosotros porque interferiría en tu carrera, pero me niego a dejarte escapar otra vez sin saber si esto funcionaría. Así que he pensado en una solución.
—¿Has pensado en una solución para lo que sea que tenemos?
—Sí, ya te dije que quiero intentarlo, Adriana.
—Vale, te escucho —dijo a la vez que tomaba un trozo de pan y le untaba mantequilla.
—Vamos a dejar esto en pausa.
—¿En pausa?
—Sí, y cuando acabe la competición, lo retomamos. No eres la única que desea estar en esa final, yo quiero ser el primer capitán escocés en llevar a su equipo hasta la final de un mundial. Y ganarla. Nada me gustaría más.
—¿Así que el capitán de los leones todavía tiene metas por cumplir?
—Claro que sí, dos: una, llevar a mi equipo a la final, la otra eres tú.
Adriana casi se atragantó con el café. Lo miró a los ojos y pudo ver que estaba decidido, que hablaba en serio, y su corazón palpitó acelerado. No era un juego. Lo decía en serio y, donde ella solo veía obstáculos, él veía oportunidades.
—¿Hablas en serio? —interrogó.
—Claro que hablo en serio. Nunca una mujer me ha hecho hablar más en serio.
—Bueno, yo sé de otra que…
—Si lo dices por Yas —la interrumpió—, te diré que, aunque me gustó como mujer y quise intentarlo con ella, nunca sentí lo que siento por ti. Ni de lejos. Es más, no he sentido por ninguna otra lo que siento contigo desde aquella primera noche que nuestras miradas se cruzaron.
Un leve rubor cubrió sus mejillas, no debería, pero ahí estaba. De alguna manera eso la hacía sentir especial y la sensación le gustaba.
—¿Y la mujer despampanante a la que diste el anillo? —preguntó una vez más. Ahora quería saberlo.
—Es una vieja conocida, me he acostado con ella alguna vez, no voy a mentirte, pero nunca le di el anillo.
A la vuelta del partido amistoso, quedamos para cenar.
Me pidió ver el «famoso» anillo y lo olvidé sobre la mesa.
Por eso lo tenía, lo olvidé y ella me lo devolvió.
Nada más. Iris no es nada más. Si te preguntas si ha significado algo para mí, la respuesta es no.
Adriana asintió, se sentía mareada con tanta información y por todo lo que estaba sucediendo. Todo parecía ir a una velocidad vertiginosa que la dejaba atrás sin remedio por más que trataba de alcanzarla.
—No sé qué pensar, Kenneth, no… lo sé. En realidad, nunca fuimos nada…
—Nunca fuimos nada, pero siempre hubo algo, lo sigue habiendo.
Adriana dudó, tenía razón, bien lo sabía ella.
No sabía qué hacer, nunca había sentido tanta inseguridad con respecto a algo.
Se mordió el labio inferior y lo miró a los ojos, a punto de dar el paso a su lado, de arrojarse al abismo para caer en sus brazos, ¿y si lo intentaba?
¿Qué era lo peor que podría pasar? Solo que no funcionara.
¿Y si era eso a lo que en realidad temía?
—Adriana —la llamó con la voz ronca—, ¿y si dejas de darle tantas vueltas y, simplemente, lo intentas?
Y la besó, y su beso la hizo olvidarse de todo, como siempre le sucedía. Esa sensación que tenía entre sus brazos la asustaba como el mismo infierno. No le gustaba perder el control y con él sucedía con facilidad. La hacía olvidarse de todo… menos de él.
—¿Estás seguro de querer intentarlo?
—Te lo digo con cada mirada, es solo que no me miras de verdad —contestó, dejándola con el corazón acelerado.
Kenneth no podía respirar, intentaba aparentar que estaba en calma, pero nada más lejos de la realidad. Sentía que era su última jugada, la que decidiría el juego, no estaba listo para perderlo, pero era una posibilidad.
Y es que… ¿cómo rendirse sin pelear? Esa mujer era un puto tesoro: inteligente, capaz, atractiva, divertida, sexy … y su diosa en la cama.
—Está bien, highlander , tú ganas. Vamos a dejar esto, sea lo que sea en pausa y, cuando acabe el mundial, lo reto…
Pero no pudo decir nada más, la boca de Kenneth la calló por completo. Escuchó la bandeja caer al suelo, notó como el café, o el té, o el zumo, mojaban las sábanas, pero le daba igual. Cuando estaba con ese hombre, todo le daba igual.
Su beso la dejó sin aliento y calentó su interior con ese fuego que rugía con fuerza dentro de su pecho, un fuego eterno que nunca se extinguía y que Kenneth Buchanan era capaz de prender con solo una de sus miradas.
Adriana quería jugar, ser la que mandara. Le había dejado a él hacer las últimas veces, pero ahora era su turno. No solo era dura en el campo de juego, también entre las sábanas y quería dejarle claro que le gustaba llevar la iniciativa también en el sexo.
Con un ágil movimiento, se colocó sobre él, dejándolo tumbado bajo su cuerpo. Su rostro mostraba una sonrisa de sorpresa y expectación y sus ojos estaban nublados por el deseo. Igual que su polla, que no dejaba de moverse inquieta bajo ella.
Su boca se dirigió al cuello masculino, lo mordió y lamió, torturándolo.
Su piel sabía a sal, a deseo, a él. Siguió besándolo tratando de saciarse, de apagar eso que tenía dentro del estómago.
Pero nada parecía hartarla. Se entretuvo en su pecho, mordió uno de sus pezones, que se erizó al contacto con su húmeda lengua.
Bajó hasta su torso, besó cada uno de esos músculos que tanto había deseado lamer cuando lo veía a través de la pantalla y ahora los disfrutaba de verdad.
Era duro, igual que el juego entre ellos. Bajó un poco más, coló sus dedos por el pantalón de algodón que llevaba y el jadeo que escapó de su pecho le pareció el sonido más jodidamente sexy del mundo. Un gruñido gutural, antiguo, casi animal.
Sonrió sobre su pelvis, bajó un poco más y acarició su sexo, grande, erecto, húmedo y, sin pensarlo, lo lamió justo antes de acariciarlo con la boca. Su jadeo la atravesó, erizó el escaso vello de su cuerpo e hizo que el fuego se extendiera por cada centímetro de piel.
Escucharlo gemir y notar como su gran cuerpo se retorcía de placer con tanta fuerza que parecía a punto de partirse le provocaron una sonrisa maliciosa.
Le gustaba saber que estaba bajo su control, que podía jugar con él, hacerlo sentir que no tenía voluntad, que solo era un muñeco sin vida hasta que sus manos se la regalaban.
Repitió la caricia, dejando que su polla entrara y saliera de su boca.
—Adriana, me vas a matar… —susurró apenas sin voz.
—Eso quiero, matarte de placer… —musitó a su vez.
Siguió con la tortura, a la que se unieron sus manos, que acariciaron sus testículos a la vez que besaba esa parte de su cuerpo.
Notaba como cada segundo que pasaba iba haciéndose más grande, más dura; lista para recibirla.
Y no esperó más, se colocó sobre él, dejó caer su cuerpo y permitió que su sexo la atravesara.
El placer fue tan intenso que la obligó a cerrar los ojos, alzar la cabeza hasta el techo y apoyar sus manos en el torso del hombre.
Se movía despacio, sin prisa, disfrutando cada roce, cada intrusión permitida. No podía negar que el sexo con él era, como él había dicho,
«jodidamente genial». Lo era. Lo había sido desde la primera vez.
Su cuerpo se movió con más ritmo a medida que la necesidad de explotar sobre él se incrementaba y, antes de darse cuenta, lo cabalgaba de manera salvaje, se inclinó hacia delante, colocó las manos tras su cuello para moverse mejor y, cuando el orgasmo la atravesó, curvó su cuerpo, alzó la cabeza y gritó su placer frente a la cara del hombre que tantas emociones la hacía sentir.
Fue tan intenso que la saliva acumulada en su boca escapó por una de las comisuras.
Notó como caía en el cuello del hombre y eso lo excitaba más, la agarró por las caderas y la ayudó a moverse con más rapidez.
Con el orgasmo aún coleando en su cuerpo, las embestidas eran más placenteras, porque volvían a alimentar el placer que se negaba a desaparecer.
Y cuando él se corrió dentro de ella, sonrió. Se sentía plena. Satisfecha y feliz.
—Ha sido… Adriana, no voy a dejarte escapar esta vez, tenlo claro.
—Recuerda que hemos decidido dejarlo todo como está hasta que acabe el mundial. Y para eso quedan meses, mucho puede cambiar todo en ese tiempo.
—No me importa esperar, esperaría por ti otros mil años si fuera necesario.
—Cuidado, capitán, suenas como un hombre enamorado.
—Tal vez lo estoy.
—No digas tonterías. Apenas nos conocemos, Kenneth.
—Te conozco, Adriana, he visto tu lado más íntimo, he visto tus ojos cuando no pueden mentir. Además, hablas como si se pudiera controlar el amor, como si no fuera un rayo que cae sobre ti y te deja en el sitio…
—¿Eso he sido para ti? ¿Un rayo? —preguntó bromeando.
—El único que me ha dejado clavado en el sitio.