Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Jadeos

Jadeos. Solo era capaz de distinguir eso. La suite que había reservado en el hotel, situada en la última planta, estaba llena de los gemidos que escapaban de la boca de Adriana y que él hacía suyos. Porque si algo tenía claro era que nada lo iba a parar.

El cuello de la mujer a la que besaba, consumido por un frenesí que solo había sentido con ella, era suave como seda y los roces de la lengua femenina en su boca lo hacían sacar a la bestia que aguardaba en el interior.

Esa misma que solo sacaba cuando el partido se ponía duro.

Duro estaba él. Notar su cuerpo fuerte, firme y cálido a través de la ropa no hacía más que aumentar el deseo, la necesidad de despojarla de todo lo que llevaba.

¡Demonios! Le sobraba en ese instante hasta la piel.

Quería llegar más a fondo; si era cierto que dentro de cada uno habitaba un alma, quería llegar a tocarla.

A rozarla con sus manos, besarlas con sus labios, grabarse en ella.

Dejar una marca perpetua en ese lugar al que nadie había llegado antes.

—Kenneth —comenzó a murmurar, aunque la detuvo.

—Chisss, no digas nada, ahora no. Luego, luego hablaremos, ahora es tiempo de sentir, no de pensar —susurró, y de nuevo se hizo con su boca.

Tras el largo e intenso beso que lo dejó sin aire, mordió el cuello de Adriana, justo en la zona en la que su corazón palpitaba con ímpetu bajo la piel, lamió la zona y gruñó. Esa mujer no tenía ni la más remota idea de los estragos que causaba en su cuerpo, ni en su razón.

—Adriana —susurró, bajando lentamente por su pecho, por su estómago, que quedaba descubierto, hasta volver a quedar de rodillas frente a ella.

Alzó la mirada para verla, era lo más hermoso que había visto nunca, con los labios entreabiertos, jadeante, con las mejillas enrojecidas por el calor que los traspasaba a los dos y con la mirada nublada.

Atrapada en esa red que el deseo sabía tejer con tanta rapidez que quedabas apresado en ella sin darte cuenta. En un parpadeo.

—Kenneth, para. Esto… esto solo me complicará más la vida.

—La vida siempre se complica, Adriana, por eso hay que saber elegir con quién complicársela.

Y no dejó que dijera nada más, desabrochó la falta, que cayó sin vida a sus pies dejando al descubierto esas piernas que tanto le gustaban. Verla de pie frente a él tan solo con los altos tacones y la ropa interior casi le paró el corazón.

Tragó la saliva que se había acumulado en su garganta y se levantó, preso de un deseo que no podía detener. La cogió en brazos y subió la escalera de caracol que había en su habitación y que llevaba hasta la planta de arriba. En ella, una gran terraza se abría solo para ellos, privada.

Las vistas los dejaron sin palabras, o tal vez eran ellos mismos los que lograban ese efecto en el otro.

Frente a ellos se extendía Londres, una ciudad única.

La dejó en el suelo y la colocó junto a la barandilla.

Dio un paso hacia ella y colocó su pecho en la espalda de la mujer que, además de la ropa interior, solo llevaba ese delicado corpiño.

Con dedos torpes, como aquella primera vez que la hizo suya, desabrochó el delicado botón y sacó la prenda dejándola desnuda. Sus manos acariciaron con cuidado la curva de su cadera, su cintura, la piel bajo sus pechos. Gimió junto a su oreja. Un jadeo sensual que la hizo tiritar.

—He soñado tantas veces con esto —susurró.

—¿Con qué? —preguntó con apenas un hilo de voz.

—Con tener un momento contigo. A solas. A oscuras. Desnudos. Sin más ruido que el de nuestras respiraciones.

—Kenneth —murmuró, girándose entre sus brazos, aunque sonó a súplica—. No tenemos ninguna oportunidad, por más que te empeñes, solo seremos un relato corto…

—Pues lo leeré para siempre —rugió, desatando al león que llevaba dentro.

No iba a rendirse antes de pelear, si al final perdía la batalla, que así fuera, pero no iba a darse por vencido hasta que el último pitido diera por finalizado el partido.

La tomó entre sus brazos, su cintura quedó encajada en la barandilla y su sexo se removía inquieto bajo una tela que sobraba.

Su lengua saboreó su boca, sin dejar ni un milímetro sin explorar.

Cada jadeo lo hacía estar más seguro de que ella era la indicada.

Tal vez era una puta locura, pero otras veces había estado interesado en una mujer y no había sentido algo parecido a esto. Fuera lo que fuese.

A veces había que pensar, otras había que dejarse llevar y con Adriana los instintos eran más fuertes que la razón. Y los seguiría hasta el final.

Su boca dejó la de la mujer para cebarse con su cuello, Adriana alzó la cabeza y abrió los ojos, el cielo estaba plagado de parpadeos brillantes que la hicieron sonreír.

Kenneth tenía algo que la hacía caer hacia su lado una y otra vez, aunque tratara de resistirse, quizás, por una vez, debía dejarse llevar.

Disfrutaría de él y, con la luz del día, pensaría en el futuro.

—Kenneth —gimió con su nombre llenándole los labios.

—Adriana, me vuelves loco…, me vuelves loco… —repitió.

La tomó en sus brazos de nuevo y la dejó sobre una de las tumbonas que había en la terraza. La colocó dándole la espalda y besó sus hombros y la curva de su cintura, hasta que llegó a ese glorioso culo, que mordió como el animal en el que estaba a punto de convertirse.

Arrancó el encaje que la cubría y la dejó solo con los zapatos.

Se colocó sobre ella y la acarició con devoción.

Adriana sentía el peso del hombre, su polla rozando entre sus glúteos, la humedad que resbalaba por el sexo masculino y goteaba hasta su piel tersa.

Sus pezones estaban inflamados, al igual que su propio sexo, que palpitaba, alocado, exigiendo más.

La tortura se acentuó cuando Kenneth comenzó a moverse sobre ella sin penetrarla, pero ella lo sentía todo como si lo tuviera dentro. Su polla jugaba con ella, se colaba entre sus piernas, la rozaba y volvía a alejarse mientras las manos grandes del hombre la acariciaban sin parar.

No era capaz de pensar ni de hablar. Tan solo podía cerrar los ojos y dejar que los gemidos tomaran el control de todo.

Siempre le había sucedido con él, no tenía que decir nada para que supiera qué quería en cada momento, a qué ritmo debía de ir o de qué manera la haría llegar al orgasmo.

Tal vez sí que había una conexión entre ellos, pero era sexual.

¿Era suficiente para estar juntos y plantar cara a lo que viniera?

No lo tenía claro y esas dudas eran lo que la hacían no atreverse a dar el paso, no le permitían arriesgar lo que había conseguido por un hombre del que, en realidad, no conocía apenas nada, solo la punta del iceberg.

Dejó escapar un suspiro largo que arqueó su cuerpo, buscándolo, ofreciéndose a él.

Kenneth aprovechó y la colocó de rodillas sobre el asiento.

Se colocó detrás de rodillas y mordió y lamió su trasero a la vez que con sus dedos acariciaba su clítoris, describiendo círculos que la mareaban.

Que la hacían desear más, que la hacían desear tenerlo dentro para siempre.

Los dedos del hombre se movían sin darle tregua y cuando su pene rozó la entrada de su vagina, no pudo hacer nada más que tumbarse sobre sí misma y exponerse ante él, entregándose por completo; solo quería que la penetrara de una vez y que esa deliciosa tortura diera paso a un intenso orgasmo que la dejara tiritando.

—Kenneth —susurró.

—Adriana —dijo su nombre a la vez.

—Quiero… quiero —se detuvo.

—Pídeme lo que quieras —la animó.

—Quiero que me folles.

Y, al escucharla pedirlo con tanta urgencia, no pudo resistirse y con una firme embestida la penetró haciendo que la mujer aullara su placer. Sus manos se aferraron a sus caderas para penetrarla con más fuerza. Necesitaba más, aunque parecía imposible.

Sus gritos de placer lo volvían loco, pero no le importaba vivir con esa clase de locura.

Se movía más rápido, más fuerte, hasta que ella gritó presa del placer que llegaba justo antes del orgasmo y golpeó su nalga.

Eso la hizo excitarse más y, antes de poder frenarse, se corría en su interior a la vez que ella.

Juntos gritaban su placer, juntos jadeaban exhaustos, juntos se echaron abrazados, dejando que las últimas oleadas del goce se extinguieran.

Ninguno de los dos se movió, Kenneth abrazó a Adriana, que seguía de espaldas a él, aunque de lado. La apretó contra su pecho, que todavía retumbaba a la espera de que su corazón se calmara.

—Dios, ha sido intenso —murmuró sin fuerzas.

—Lo ha sido —aceptó sin más.

—Lo mejor de todo es tenerte así —susurró.

Adriana supo, por el tono de su voz, que estaba rindiéndose al sueño.

—¿El qué? —interrogó.

—Tenerte entre mis brazos. ¿Sabes? Me pasó la primera vez que te abracé y sigue sucediéndome ahora.

—¿Qué pasa cuando me abrazas, highlander ?

—Cuando te abrazo así, fuerte, es como si se detuviera el tiempo —suspiró.

—Kenneth, apenas nos conocemos —repitió, más para sí misma, porque estaba empezando a dudar de todo.

—Tenemos toda una vida para hacerlo —replicó.

No podía verlo, pero lo imaginaba. Sus manos estaban agarrándola con fuerza, su pecho empezaba a tener un movimiento más suave, más rítmico, lo que le decía que estaba empezando a ganarle el cansancio.

—Esta será la última vez, Kenneth —pronunció las palabras sin convencimiento.

—No lo creo, todavía tenemos muchos orgasmos pendientes.

—¿Orgasmos pendientes? —repitió con una sonrisa en la boca.

—Hay pocas cosas en la vida de las que me arrepiento y una de ellas fue dejar que te fueras sin tener ninguna manera de mantener el contacto.

No sabes cuánto traté de encontrarte a través de Facebook, pero solo tenía tu nombre, nada más.

Fui un idiota, ¿a quién no se le ocurre pedirle el teléfono a la única de su vida con la que ha tenido este tipo de conexión?

—Creo que has bebido demasiado —bromeó.

—Nunca he dicho algo tan en serio. ¿Estás temblando? —interrogó.

—Un poco.

—Eso es bueno.

—¿Es bueno?

—Por supuesto, dicen que, si te dejan temblando, es que fue buen sexo.

—Creo que tengo que darte las buenas noches.

—No, no te vas a ir. Vas a dormir aquí y mañana hablaremos de lo que vamos a hacer.

El silencio se posó sobre ellos como si fuera un halo protector. Kenneth tomó una manta que había en el suelo y los cubrió a ambos.

—¿No vas a darme las buenas noches, sassenach ? —curioseó.

—No.

—¿No? ¿Por qué?

—Porque mis buenas noches te harían gemir.

Y lo hicieron, gimió, se apretó contra ella, hundió su cara en el cabello enredado de Adriana y se dejó arrastrar a ese sueño en el que esa mujer era parte de su vida.