Capítulo 19
Clavada en ella
Adriana estuvo el resto de la velada con un nudo en la garganta que apretaba más fuerte de lo necesario. Las palabras de Kenneth la habían afectado y, cada vez que miraba a su sitio, lo encontraba con la vista clavada en ella.
Quería ignorarlo, pero no podía. No había dudado en dejarle claro que tenía interés en ella más allá de un encuentro y eso la ponía muy nerviosa porque había soñado con él muchas noches, muchos días.
Lo admiraba en lo profesional como a pocos y a eso tenía que añadir que lo conocía de forma íntima.
Muy íntima. Y que juntos, en la cama, se entendían a la perfección.
Tal vez por eso se sentía tan confusa, y era algo que no podía permitirse.
No quería distracciones en ese momento de su vida y Kenneth Buchanan lo era.
La cena se dio por terminada y llegó la hora de los saludos al resto de invitados, hasta ese momento solo habían charlado e interactuado con los de su propia mesa.
Se levantaron para cambiar de sala, la parte distendida se llevaría a cabo en otro salón del hotel.
Por lo que había escuchado de los demás asistentes, era un lugar con mesas y taburetes altos, música de fondo y bandejas repletas de bebidas.
Esperaba que alguna de esas bandejas estuviera llena de cerveza.
—Enhorabuena. —Escuchó una voz desconocida decir a su lado.
Giró la cabeza y se encontró con uno de los jugadores que había compartido mesa con Kenneth, en concreto con Noah Hunter, jugador de los All Blacks.
—Muchas gracias, señor Hunter —dijo sin detener su paso.
—Adriana, ¿verdad? —preguntó con un marcado acento.
—Sí —asintió sin querer alargar la conversación, lo que menos necesitaba era otro clavo…
—Me gustaría invitarla a una copa.
—Muchas gracias, pero tengo un compromiso previo —se excusó, aunque sabía que de nada serviría.
Si iba a pasar un buen rato en el salón, siendo una de las pocas mujeres en él, sería complicado pasar desapercibida o encontrar a alguien con quien de verdad le apeteciera estar. Sí había uno, claro. Pero se había obligado a prometer que estaría lejos de él.
—Es una pena.
—Para mí no, Noah —intervino Buchanan.
—Los hay con suerte, dos premios en una sola noche.
—Es la recompensa por muchos años de trabajo —afirmó, sonriendo.
Adriana miraba a los dos hombres, desde luego que Noah Hunter era bien parecido, pero no podía compararse con el encanto del escocés—. ¿Vamos, Adriana? Quiero presentarte a alguien —aclaró, colocando su mano en la cintura para que lo acompañara.
—Gracias por la felicitación —se despidió del hombre—. ¿Adónde vamos?
—Quiero que conozcas a alguien…
—Kenneth, esperaba poder pasar un rato a solas contigo y… ponernos al día —los interrumpió la voz de la mujer que había entregado el galardón a Kenneth.
—Lo siento, Iris, pero no puedo, tengo asuntos que atender.
—Pensé que habrías echado de menos el anillo de tu abuela, veo que no, pero de todas formas te lo devuelvo —explicó, tendiendo una pequeña caja que Adriana conocía bien.
Miró a la mujer, a Kenneth y al anillo, bufó y se dio la vuelta. Era idiota, eso era. Tomó una copa de una de las bandejas, se la bebió del tirón y decidió que de esa fiesta lo único que le interesaba era su trofeo y ya lo tenía entre sus manos, así que se iría a su habitación.
Caminó hasta la zona de ascensores. La verdad era que nunca le habían gustado este tipo de eventos, pero, de vez en cuando, tenía que acudir a ellos. Escuchó unas pisadas apresuradas, pero no les prestó atención. Entró en el elevador y pulsó la planta en la que se encontraba su habitación.
—¡Adriana! —Escuchó que la llamaba.
Lo ignoró, pulsó otra vez el botón y las puertas se cerraron sin que él pudiera alcanzarla.
—Gilipollas. ¿Así que el anillo era importante? ¿Que tiene más valor que el diamante más grande que pueda imaginar? ¿Por eso se lo da a todas?
El ascensor la avisó de que había llegado con su timbre metálico y, cuando las puertas se abrieron, se encontró a un Kenneth jadeante esperando frente a ellas.
Al verlo, echó un paso atrás para volver a meterse en el ascensor y apretó con rapidez, repetidamente, el botón para que la llevara lejos de allí.
Aunque no iba a tener suerte. Kenneth colocó su cuerpo entre las puertas y estas, al intentar cerrarse, toparon con la muralla y retrocedieron sin presentar batalla.
—¿Qué quieres, Kenneth? —gruñó.
Y, nada más hacerlo, se sintió mal. En verdad no eran nada, ella no había querido ser nada, ni intentar nada, ¿por qué, entonces, estaba molesta? No tenía derecho, ninguno.
—Que hablemos. No es lo que piensas… —comenzó.
Y esa excusa, manida por el paso del tiempo, la molestó más.
—Siempre que una conversación empieza con «no es lo que piensas…» es porque sí es lo que se piensa.
—No le he dado el anillo.
—De todas formas, capitán —dijo, mirándolo a los ojos—, no tienes que darme ninguna explicación. No somos nada —afirmó con rotundidad.
Kenneth parecía molesto y divertido a la vez.
Metió el resto de su cuerpo dentro del reducido espacio, obligándola a echarse hacia atrás hasta que su espalda golpeó la pared del ascensor, y colocó sus manos a ambos lados de la mujer, que no dejaba de mirarlo, confusa.
El sonido de las puertas al cerrarse fue suave, igual que el ding que sonó para avisarlos de que se ponía en marcha.
¿Adónde? No tenía ni idea; había dado a muchos botones al azar.
—¿No somos nada, Adriana? A mí me parece que somos, y mucho —susurró, acercándose a ella un paso más.
—No te equivoques, lo que ha pasado entre nosotros ha sido solo algo esporádico. Creo que te lo dejé claro anoche.
—Mientes.
—¿Miento? —repitió sin creer el descaro de ese hombre.
—Puedo ver en tus ojos el mismo anhelo que hay en los míos —confesó.
Adriana soltó un resoplido de malhumor que acompañó ladeando la cabeza para no mirarlo, además, por si no estaba clara su incomodidad, se cruzó de brazos—. ¿Crees que miento?
—Estoy segura de ello, Kenneth. Lo que no entiendo es el porqué. No tienes ninguna necesidad de mentir para llevarte a la mujer que desees a la cama. Estoy segura de que la chica del anillo está esperando la oportunidad.
—Parece que sí tengo necesidad de ello. No logro meter en mi cama a la única que quiero que se quede a mi lado…
—Si hablas de la periodista española, temo decirte que llegas tarde, está casada —soltó.
—Vaya, vaya…, así que no somos nada ni quieres nada conmigo, pero sientes celos de Iris y también de Yasnaia. Eso me hace muy feliz —susurró, acercándose más a ella.
—Me dejas sin aire —increpó.
—Me alegra saberlo —murmuró de nuevo, con esa puta voz ronca que le parecía lo más sensual del mundo.
Adriana tragó saliva. Cerró los ojos porque necesitaba pensar y verlo no ayudaba.
—Deja de malinterpretar lo que digo, Kenneth.
—Creo que no malinterpreto nada.
—Estás equivocado de nuevo, lo entiendes todo mal.
—Sé que te gusta el juego… duro —susurró, acercándose tanto que su sexo, duro como una roca, rozó entre sus piernas.
Adriana colocó las manos en el pecho del hombre para que le diera un poco de espacio.
—Creo que no eres lo bastante duro para este campo —soltó.
Y se arrepintió porque una vez más caía en sus redes.
«Esta será la última vez que te permitas ser débil frente a él, Adriana. La última».
—¿Me provocas, Adriana? Estoy dispuesto a jugar duro si es lo que quieres, o a dejarme ganar.
—¿No te esperan? —interrogó una vez más. No quería, pero no podía evitar sentir algo de… malestar en su interior.
—No, no me esperan. He tratado de explicarte que entre Iris y yo no hay nada. Absolutamente nada.
—Y, aun así, tenía el anillo de tu abuela. Creo que te pones de rodillas con mucha facilidad, Buchanan —escupió, molesta, usando esa rabia para alejarlo de ella.
—Ante la única mujer que me he arrodillado, Adriana, ha sido frente a ti
—susurró con voz seria, arrodillándose una vez más para su sorpresa.
Adriana no tenía ni idea de qué sucedía, de qué pretendía, ¿para qué se ponía sobre sus rodillas otra vez?
Pero no tuvo la oportunidad de preguntar, Kenneth se coló bajo su amplia falda, la agarró por detrás, atrayéndola más hacia él y metió la boca entre sus piernas arrancándole un gemido profundo que la obligó a agarrarse a la barandilla metálica del ascensor.
—¿Qué demonios haces, Kenneth? —interrogó con apenas aire en sus pulmones.
—Jugar duro, sassenach .
Y notar su lengua sobre su ropa interior, que pareció fundirse por el calor que despertó en ella, acalló la queja que quería gritar; ahora esa protesta se había convertido en otra palabra: su nombre.
Solo deseaba gritar su nombre, una y otra vez, hasta que el orgasmo la atravesara y apaciguara el calor que despertaba en ella cada vez que sus malditas manos la tocaban.
El ascensor se abrió y ella se forzó a abrir los ojos, estaba segura de que moriría si había alguien mirándolos, pero, para su sorpresa y desconcierto, llegaron a una habitación.
—¿Dónde estamos? —logró decir.
—En el sitio donde te voy a follar, sassenach —afirmó bajo la falda.
Kenneth abandonó ese lugar con esfuerzo; con delicadeza, había apartado la fina capa de tela que hacía de barrera y había deslizado un dedo en su interior para rozar con la lengua los húmedos labios de su vagina, el sabor de sus flujos era adictivo, pero no tenía prisa, pensaba tomarla con calma, besar y saborear cada centímetro del cuerpo de la mujer que lo hacía perder la razón como ninguna otra.
Qué ingenua era al compararse con las demás, ganaba a todas. Por goleada.
—Kenneth, yo… —balbuceó.
—Tú quieres esto tanto como yo, no entiendo por qué te resistes, Adriana. Lo veo en tus ojos, son un reflejo de los míos. ¿No ves cuánto te deseo?
—¡Claro que te deseo! ¡Maldita sea! Te deseo desde el primer momento que me topé con tus malditos ojos verdes, Buchanan, pero no puede ser. Ya te lo he dicho, no puedo distraerme con nada. Estoy a punto de lograr lo que he deseado por años, por lo que he trabajado por años: pitar el mundial.
—Lo entiendo, Adriana, lo que no entiendo es por qué estar conmigo afectaría a eso. No hay nada que prohíba…
—No, no lo hay. Legalmente, no lo hay, tienes razón, pero es por ética, Kenneth, ¿lo entiendes?
¿Cómo podría pitar con la cabeza clara un partido en el que jugaras?
Si dejo que esto vaya a más, al final, mi arbitraje se vería afectado aunque no quisiera y, si tu equipo llegara a esa final que tanto deseo pitar, me vería obligada a rechazarlo, y no es lo que deseo, Kenneth
—confesó.
Estaban junto a la puerta de un ascensor que se había ido hacía minutos.
Kenneth la miraba a los ojos, esos ojos que no había podido olvidar en años.
Era sincera y la comprendía, bien sabía él todo el trabajo que había detrás para llegar a dónde habían llegado ellos, pero no quería perderla.
Tenía que haber una solución. No quería perderla otra vez sin pelear y arrepentirse el resto de su vida. Acusarse de haber sido un cobarde.
—Lo entiendo, Adriana, de verdad que lo entiendo, pero ¿estás segura de que es solo sexo? No me malinterpretes, el sexo contigo es jodidamente genial, pero no es solo eso, hay… una conexión entre nosotros que no puedo ignorar. Y eso no quiero perderlo antes de saber a dónde podría llevarnos.
Adriana caminó unos pasos por la habitación.
Estaba confusa, era cierto que ella también había sentido esa puta conexión, tal vez por eso lo siguió a lo largo de los años, tal vez por eso le costaba horrores resistirse a él.
Quizás, incluso, su empeño por llegar a lo más alto del arbitraje estaba relacionado con él, para poder encontrarlo de nuevo.
Estaba en una encrucijada y nunca había sentido tantas dudas.
La elección era difícil: no sabía si alejarse para siempre o correr hacia sus brazos.
—Yo… no sé cómo solucionar esto, Kenneth —confesó con un suspiro ahogado.
—Es fácil, Adriana. Primero, aprende las reglas del juego y luego…, juega mejor que nadie.
Y sus manos agarraron el cuello de Adriana y la besó como si de verdad fuera el último partido, el que le daría la victoria o la derrota.
Y que Dios lo compadeciera, porque sus labios tenían aún el sabor de su sexo y, al mezclarse con el de su boca, sintió que le fallaban las rodillas; esa mujer lo volvía loco de maneras que nunca creyó posible.
Esa mujer lo hacía perder la razón. Y se rendiría. Se rendiría a su juego.