Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Ese alguien especial —continuó— es mi viejo yo.

El público se quedó en silencio, confuso por una dedicatoria tan extraña.

—Sí, lo sé. No es lo habitual, pero he de agradecérselo a aquel joven que decidió creer en sí mismo cuando nadie más lo hacía, que decidió luchar pese a lo duro que fuera el juego.

Porque amaba el juego duro, algo que, por suerte, no ha cambiado.

Aquel joven que hizo oídos sordos a los «no lo conseguirás», «es muy complicado» y a los «no tienes nada especial que ofrecer».

Ese yo que, pese a su juventud, no se rindió.

Por eso, este trofeo va dedicado a él, porque me enseñó a tocar fondo para llegar a conocerme mejor, a coger fuerzas y empujar hacia arriba.

Así que esta noche me van a permitir que este premio se lo dedique a mi viejo yo.

Adriana se limpió una lágrima que escapaba por sus ojos y rodaba por su mejilla, huyendo a toda velocidad.

Y aplaudió. De verdad. Lo entendía. Todos tenían un «viejo yo» como el de Kenneth, todos tenían frases que perduraban en sus cabezas y en sus corazones, rebotando como viejos ecos que no encontraban paz.

Y los demás la siguieron, porque había llegado a todos, porque todos tenía que agradecer mucho a sus propios «viejos yos».

—Gracias, capitán, un discurso muy emotivo sin duda. Pero no se vaya.

Le vamos a pedir que entregue el siguiente premio —informó la joven, deteniendo la huida de Kenneth.

Este la miró con sorpresa, le dio el trofeo para que lo sostuviera en su lugar y le entregó a cambio un sobre. Al leerlo, no pudo evitar sonreír y, a la vez, sentir la presión sobre sus hombros.

—Es una sorpresa, y todo un honor para mí, hacer la entrega del siguiente premio —dio paso a las imágenes.

Adriana se vio reflejadas en ellas y su corazón latió a mil. ¿Él iba a ser el encargado de dar el premio a quien lo ganara? Ahora estaba el doble de alterada. Por un lado, estaba nerviosa por si lo ganaba o no. Y por otro, porque, si lograba hacerse con el galardón, iba a entregárselo él.

—Quiero dar las gracias a la organización por elegirme para entregar este trofeo.

Los árbitros son nuestros dioses en el campo de juego: nos cuidan, nos ayudan a que, aunque sea un juego duro, sea limpio.

Nos guían para que todos, jugadores, espectadores, entrenadores, locutores…

disfrutemos de él de una manera sana. Lo que más me gusta de todo son nuestras charlas en el tercer tiempo, porque lo que pasa en el campo, se queda en el campo.

Los valores de este deporte me han hecho ser el hombre que soy y me siento muy orgulloso de todo lo que este deporte aporta en su conjunto.

Y, sin más dilación, el premio a mejor árbitro es para…

—se detuvo unos segundos que a Adriana le parecieron eternos, Kenneth miró el nombre y esbozó una gran sonrisa— Adriana de Vera —anunció.

Adriana estaba impactada: no sabía si levantarse e ir a recoger el premio o salir corriendo de allí, tan nerviosa estaba.

Había conseguido algo único de nuevo. Y eso la ponía muy alterada, y verlo a él, esperándola con los ojos brillantes por la emoción, más.

¿Por qué tenía que dejar tan claro que se sentía tan orgulloso de su triunfo?

—Enhorabuena. —Escuchó a los otros árbitros con los que compartía mesa.

—Gracias —murmuró, poniéndose de pie.

«Ahora, Adriana, ve paso a paso. Coge la falda y camina con decisión hasta allí. Te lo has ganado, te lo mereces, no te han regalado nada. Nada. Recuérdalo».

Caminó hasta donde Kenneth la esperaba con ese maldito traje que le sentaba como un guante y que dejaba adivinar con claridad el cuerpo que había bajo la tela y que ella bien conocía.

Se le secó la boca y de pronto todo dejó de existir menos él.

Se sintió, por un loco segundo, como si fuera una novia caminando al altar.

Una novia enamorada para la que toda la parafernalia de la ceremonia desaparecía y solo podía ver al hombre con el que pasaría el resto de su vida.

Pero, cuando llegó a las escaleras, tropezó y perdió uno de los zapatos.

Notó como el rubor bañaba sus mejillas y sus manos temblaban.

Durante un segundo dudó sobre lo que debía hacer con el zapato, pero decidió que el espectáculo debía continuar y lo dejó olvidado en el escalón mientras caminaba sobre la punta de su pie descalzo para igualar al otro, hasta donde Kenneth la esperaba.

—Enhorabuena… —la felicitó acercándose a ella y dándole otros dos besos en la mejilla.

—Gracias —dijo en un susurro—. ¿Otros dos besos? —le echó en cara en voz todavía más baja.

—Claro, no iba a perder la oportunidad —contestó él con una gran sonrisa antes de alejarse y dejarla sola: era su momento.

Adriana miraba el trofeo, emocionada, todos esperaban que dijera algo, pero su voz parecía haber desaparecido dentro de su estómago. Kenneth apareció a su lado y se arrodilló frente a ella, eso hizo que Adriana cerrara los ojos. ¿Estaba loco? No iría a declarársele otra vez, ¿no?

—No irás a darme otra vez ese anillo, ¿verdad? —interrogó en voz muy baja, solo para que él la escuchara.

—Claro que no, ese anillo es muy especial para mí, era de mi abuela. La verdad es que no sé qué hubiera hecho si lo hubieses aceptado, tiene más valor que el diamante más grande que puedas imaginar —susurró a su vez.

Los murmullos de todos los allí presentes no tardaron en cobrar fuerza, hasta que se dio cuenta de que le tomaba el pie para colocarle el zapato que había dejado olvidado en las escaleras. Cuando se lo colocó, aprovechó para rozarla, una caricia en su tobillo que le provocó un intenso escalofrío.

—Gracias —dijo.

Y él se retiró de nuevo a un segundo plano. Una vez más se enfrentaría a todo: a solas.

—Muchas gracias. A todos —comenzó—. Lo cierto es que no he preparado nada porque no pensé hacerme con el galardón.

Todos mis compañeros lo merecen tanto como yo, por lo que el haber sido la elegida lo hace aún más especial.

Y, aunque no he preparado nada, me gustaría decir unas palabras.

Y es que tengo mucho que agradecer, no solo a mi viejo yo

—dijo, mirando de reojo a Kenneth—, también a todos los que estamos en este mundo que tanto amamos. Y, en especial, a todas ellas. Sí, a ellas. A esas mujeres, muchas de ellas sin nombre propio, que no dejaron que el

«no» las detuviera. A todas las que fueron valientes, que siguieron adelante sin importarles las caídas, ni las zancadillas, ni la presión social.

A todas aquellas que, pese a toparse con noes enormes, siguieron adelante, sin dejar que nada ni nada se interpusiera entre ellas y su meta, que lucharon por sus sueños.

A todas aquellas a las que la palabra «no» las hizo más fuertes, más seguras de sí mismas, más decididas.

Las que tomaron valor y se dijeron que podían e iban a cambiar las reglas impuestas.

Me gusta considerarme una de ellas, una de esas mujeres que han roto barreras y espero que, tras de mí, muchas otras lleguen.

Gracias a todos —terminó el discurso, emocionada.

El aplauso llenó el teatro y Kenneth salió de su segundo plano, le ofreció el brazo, que ella no pudo rechazar, y se dirigieron juntos hasta las escaleras que separaban la zona de la entrega de premios de las mesas.

—Te lo has ganado. Lo mereces y, desde luego, eres todo un ejemplo a seguir, Adriana.

—Sabes que no todos piensan igual, ¿verdad?

—Caminar contigo del brazo después de lo que has logrado tú sola, gracias a tu esfuerzo y buen trabajo, es todo un honor para mí. Nunca me he sentido tan orgulloso como ahora, estando a tu lado en este momento: tu momento. Eres digna de los libros de historia —confesó con admiración.

—Gracias, Kenneth —susurró con apenas un hilo de voz.

—No es más que la verdad —insistió.

Bajaron las escaleras así, entre aplausos y felicitaciones de los asistentes junto a los que pasaban, hasta que Kenneth la dejó en su asiento y él ocupó el suyo.

El resto de la velada no pudo dejar de mirarla, era una mujer digna de admirar. Era una mujer con la que le encantaría pasar el resto de su vida. Tal vez la cosa no funcionara, pero estaba dispuesto a intentarlo porque sabía que ella merecía la pena.