Capítulo 18
Aunque doliera
Se arrepentía. Se arrepentía de haber ido sola. Más después de lo que había sucedido con Buchanan. Pero si algo tenía claro era que no iba a sacrificar todo por lo que había luchado por nadie. Ni siquiera por él. Aunque doliera.
Se miró una vez más al espejo del baño y se dio el visto bueno.
Llevaba una falda larga en color verde oscuro, tornasolado y brillante, con bolsillos, y la parte de arriba era un corpiño con la espalda descubierta, de un verde más claro y con pequeñas piedras brillantes.
El zapato de tacón alto llevaba por toda la superficie esas mismas piedrecitas, cuando lo vio, pensó enseguida en Cenicienta.
La verdad era que se veía rara, muy rara.
Más como si fuera a recoger un Óscar, aunque este premio era el equivalente a ellos en su deporte, si se hacía con él, claro.
El moño, bajo y ladeado, la hacía sentirse guapa y le quitaba un poco de sobriedad al conjunto, dándole un toque más informal. Por lo general, solía sentirse poco femenina, quizás por el deporte que practicaba, pero esa noche se veía femenina y delicada. Y le gustaba, a pesar de verse extraña.
—Bien, ya no puedes esperar más, quedan cinco minutos para que empiece la ceremonia.
Había decidido apurar todo lo posible el tiempo, no quería tener que estar mucho rato en la entrada, ni que le hicieran miles de fotos…
, no, no era verdad. No quería darle la oportunidad a Buchanan de acercarse, de hablar con ella.
Ni quería volver a escucharlo decir que quería que se dieran una oportunidad.
No podía darle nada más allá de sexo esporádico.
Salió de la habitación al pasillo del hotel, vacío. Caminó agarrándose el bajo de la falda. Había perdido algo de peso, por lo que la falda no le ajustaba en la cintura y bajaba un poco más, lo que hacía que caminar fuera más incómodo porque tenía la sensación de que se la pisaría.
Llegó al ascensor y, al abrirse las puertas, se lo encontró de frente. Cerró los ojos y maldijo para sí misma. Estaba claro que el destino se divertía jugando con ella: no dejaba de chafarle todos los planes.
—Adriana —la saludó, mirándola de arriba abajo.
—Capitán —saludó ella de manera distante.
—Estás… preciosa —dijo tras titubear. No porque no supiera exactamente cómo se veía, sino porque no encontraba la palabra adecuada para describirla, de hecho, «preciosa» se quedaba muy corta.
—Gracias —susurró.
No le devolvió el cumplido, porque eso iniciaría una conversación que no quería repetir. Se colocó cerca de la puerta, dándole la espalda. No quería enfrentarse a él porque la pondría nerviosa y ya bastante lo estaba antes de la ceremonia.
—Tienes el botón del corpiño desabrochado —susurró—. Permíteme —pidió.
Aunque no era una petición. Y antes de que Adriana dijese nada, los dedos de Kenneth rozaron su cuello, tomando el botón y el delicado enganche, hecho con hilo del mismo color que el resto de la prenda, para cerrarlo.
La parte de arriba no tenía un gran escote por delante, lo más llamativo eran los brillos, sin embargo, por la parte trasera se cerraba al cuello con un botón que era igual a las piedras que adornaban y daban resplandor a la parte de arriba, solo que un poco más grande, y más abajo se abría en la espalda, dejándola al descubierto para volver a cerrarse al llegar a la cintura.
—Estás realmente preciosa, Adriana —susurró junto a su oreja.
Sus manos se habían colocado en la cintura, que quedaba desprotegida al llevar más abajo la falda, y sentir sus malditos dedos sobre ella la hizo contener la respiración.
No lo entendía, de verdad que no era capaz de comprender por qué ese hombre en concreto alteraba todo su cuerpo y su mente dejaba de funcionar.
Se convertía en una muñeca entre sus manos, ansiosa por que jugara con ella y la trajera de nuevo a la vida.
—Gracias —murmuró sin apenas aliento.
—No me voy a rendir, lo sabes, ¿verdad? —musitó de nuevo junto a su cuello, pero a Adriana le sonó a amenaza, una que llevaba oculta muchas promesas, noches de pasión, momentos de risas, viajes, atardeceres junto a la playa, éxitos compartidos…
, y eso era de lo que debía alejarse. De esas promesas que en el fondo anhelaba y que ahora mismo no podía permitirse.
Las puertas del cubículo metálico se abrieron y salió a toda prisa, tropezando con el bajo de la falda, algo que ya había imaginado que pasaría si no tenía cuidado, la mano de Buchanan la sostuvo con fuerza por la cintura y evitó que cayera de boca.
Se recompuso a toda velocidad y le dio las gracias de nuevo antes de echar casi a correr camino a la sala de celebraciones, aunque, esa vez, tuvo la precaución de agarrar la falda para que no volviera a pasar algo así.
La sala donde se llevaría a cabo la entrega de premios era un teatro que el hotel usaba para este tipo de eventos, decorado con la sobriedad que tanto distinguía a los ingleses.
El salón estaba repleto de mesas redondeadas donde se sentarían los invitados.
Cada una cubierta con un mantel de un tono marrón oscuro que quedaba en sintonía con el rojo de la alfombra que lo cubría todo.
Al menos, si volvía a tropezar y caía al suelo, la mullida moqueta amortiguaría el golpe, aunque no la vergüenza.
Las sillas eran de un tono igual al suelo y el escenario se veía diferente por las luces del techo, de un tono azulado, que impactaban sobre el panel que hacía las veces de pared y que era de un tono azul oscuro con puntitos plateados que simulaban un cielo estrellado.
Un joven esperaba en la puerta a los invitados; tras pedirle el nombre y comprobar que estaba en la lista, le pidió que esperara un segundo para acompañarla.
—Capitán Buchanan —saludó, mirando por encima de su hombro.
—Buenas noches. —Escuchó la voz de este a su espalda.
—Síganme, están en mesas contiguas —explicó el joven, que tomó la delantera.
Kenneth acompasó su paso al de ella, que tragó con dificultad. No entendía por qué la ponía tan nerviosa, pero esa sensación cuando estaba a su lado no la abandonaba. Ni con el paso de los años. ¿Quién seguía poniéndose así por un hombre tras tanto tiempo? Ella, desde luego.
El joven les indicó la mesa: a Adriana la habían colocado, como era de esperar, junto a los otros árbitros nominados. Justo la mesa de al lado era la de Kenneth; en ella habían colocado a los jugadores masculinos nominados a «Mejor jugador del año», entre los que se incluía.
Kenneth no dejó de mirarla de reojo durante todo el tiempo que pudo, incluso al comienzar la ceremonia, para la que atenuaron las luces.
La sala estaba en silencio, todos escuchaban a la persona que abría la gala, un viejo jugador que había ganado el premio honorífico por toda su carrera el año anterior.
Adriana fingía que era tan interesante todo lo que contaba el hombre en el escenario que era capaz de hacerla obviar que Kenneth no dejaba de mirarla.
Aunque, de vez en cuando, tomaba un sorbo de agua de la copa para evitar atragantarse con la saliva que se acumulaba en su boca a una velocidad de vértigo.
Los premios se iban sucediendo uno tras otro hasta que tocó el turno de los nominados a «Mejor jugador del año».
En la gran pantalla mostraron imágenes de los nominados en sus momentos más impactantes en el campo.
Cuando las imágenes de Kenneth ocuparon toda la pantalla, dejó escapar el aire.
Ese hombre tenía algo que la hacía olvidarse de todo lo demás.
Debería estar acostumbrada, lo había seguido por televisión durante toda su carrera, pero verlo ahí, sabiendo que lo tenía al lado, era demasiado incluso para ella por mucho que le fuera el juego duro.
Una joven despampanante comenzó a dar las gracias por todo a la organización, Adriana no tenía ni idea de quién era, pero por los comentarios a su alrededor supo que era una joven promesa de la actuación londinense.
—Y los nominados son… —dijo con su perfecto acento inglés a la vez que, una vez más, congelaban la imagen en la pantalla de cada nominado.
El silencio se hizo espeso cuando la joven abrió el sobre, leyó el nombre en el escrito y esbozó una gran sonrisa de satisfacción antes de pronunciar la frase.
—El premio a mejor jugador masculino es para… —se detuvo para crear más tensión todavía—, Kenneth Buchanan, capitán de los Lions.
Toda la sala estalló en aplausos. Sabía que Kenneth estaba bien considerado tanto por el público como por sus propios compañeros. Y la muestra era el estallido de aplausos y vítores, de las «felicidades» y
«enhorabuenas» que no dejaron de darle mientras apretaban sus manos el resto de nominados.
Entonces se giró hacia ella con una gran sonrisa. Adriana no estaba segura de qué hacer, así que por inercia se levantó para felicitarlo y Kenneth no dudó en darle dos besos y un abrazo.
—Te lo dedicaré a ti, Adriana.
—No se te ocurra, ya he tenido bastante con un vídeo viral.
La risa de Kenneth quedó flotando sobre ella mientras este se alejaba camino al escenario para recibir su premio.
—Capitán —lo recibió la joven, saludándolo con dos besos antes de hacerle la entrega.
Pudo ver que Kenneth le susurraba algo a la joven que le provocó una sonrisa que la hizo más bonita. ¿Se conocían? Lo parecía, desde luego. Y tras ese pequeño desliz entre presentadora y jugador, Kenneth procedió a dar su discurso.
—Lo primero que quiero es agradecer esta mención, es bonito que se reconozca el trabajo duro que hay detrás.
Y, aunque he dar las gracias a todas las personas que me han acompañado a lo largo de mi carrera, tantas que no terminaría de nombrarlas ni para los premios del siguiente año —bromeó, sacando algunas risas—, lo cierto es que quiero dedicárselo a alguien en especial.
Adriana tomó aire, cerró los ojos y rezó para que no fuera a ella. Si lo hacía, todos sus logros como árbitra quedarían en nada porque, estaba segura, todos iban a presuponer que lo había conseguido gracias a él, aunque no fuera ni por asomo la realidad.