Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Adriana —la llamó con voz entrecortada—, no me digas que no puede ser. Quiero… quiero intentarlo —confesó cerca de ella, abrazándola, como si tuviera miedo de que escapara.

Lo escuchaba, claro que lo escuchaba, su corazón también, que latía como un loco sin poder recuperar el ritmo normal, lo cierto era que dudaba de volver a recuperarlo algún día: Kenneth Buchanan había cambiado ese compás para siempre.

—Kenneth —lo llamó, colocándose de manera que quedaron cara a cara

—. No puede ser, lo nuestro no puede ser —recalcó con esfuerzo, todavía no había recuperado ni el aire ni la razón.

—¿Por qué? No te estoy pidiendo un compromiso de por vida, Adri, solo quiero que nos demos una oportunidad.

—Es que no puede ser.

—Algún motivo habrá que puedas darme. Porque yo no le veo tanto problema a ver a dónde nos lleva esto. Quizás naufrague, pero ¿y si llega a buen puerto?

—No es el momento, Kenneth.

—Cuando nos conocimos, tuve la sensación de que podríamos ser, pero que no era el momento, ahora no opino lo mismo. Lo he pensado y no creo que haya trabas insalvables. No somos niños, podemos intentarlo.

—Es que no puedo. No sería… ético, Kenneth.

—¿Qué tiene que ver la ética en esto, Adri?

—Quiero centrarme en mi carrera, no te imaginas cuánto tiempo y esfuerzo he invertido en llegar hasta aquí.

—No iba a ser un obstáculo, Adriana, nunca lo sería. De hecho, me enorgullece todo lo que has logrado. Sabes que te apoyaría. Amo este deporte tanto como tú.

—Mi sueño es pitar la final de la Copa del Mundo, Kenneth, no se vería con buenos ojos que tuviéramos una relación. ¿Acaso te has olvidado de lo que pasó con el vídeo de la pedida, como todos lo llaman?

—Sé que estuvo fuera de lugar, ya te pedí perdón. No pensé que…

—Ese es el problema, Kenneth, que no piensas en las consecuencias porque para los hombres esas implicaciones son diferentes a las de las mujeres.

¿Leíste los comentarios? Tú eras el pobre al que habían rechazado y roto el corazón, y yo la árbitra que había estado a punto de dejarse comprar con joyas caras.

Si tuviéramos algo y se filtrara, cosa que no tardaría en suceder, no se hablaría de nada más.

Darían igual mis méritos, mis premios o mis logros, todo se centraría en que tengo un lío con el capitán de los Lions. ¿Lo entiendes?

—Sí, lo entiendo, pero… me pides que renuncie a algo que creo que es bueno.

Sé que es bueno. Conectamos, Adriana, desde aquella primera noche en la que os conocimos lo hacemos.

Lo sabes. Lo sientes también, no me digas que son cosas mías porque no es así.

Lo noto cuando estoy dentro de ti: encajamos.

—Aunque todo lo que digas sea cierto, ahora mismo no puedo pensar en nada que no sea la próxima copa del mundo, Kenneth.

Necesito estar concentrada para lograr mi sueño y no puedo permitirme una distracción tan…

grande —añadió sin dejar de mirarlo—. Si he logrado llegar hasta donde estoy, ha sido entre otras cosas porque me he obligado a no tener distracciones —confesó, y era cierto.

Aparte de alguna que otra relación corta y esporádica, no se había planteado nunca llegar a nada con nadie, quizás la culpa fuera de Kenneth, pero también de las reglas que se había autoimpuesto.

Y él era el único capaz de hacerla desviarse de su camino una y otra vez—.

Así que esto, por el momento, se tiene que terminar.

—No —replicó, serio.

—No es algo unilateral, Kenneth. No puedes decidir por mí.

—Pues es lo que estás haciendo tú, haces validar tu punto de vista sin importarte el mío —protestó.

Adriana no soportaba más la presión, ni sus ojos clavados en los de ella llenos de frustración y puede que dolor, así que se levantó de la cama sin importarle que estaba desnuda.

—Kenneth, vete. Lo siento, pero no puedo dejar que esto vuelva a suceder, ni que entres en mi vida. Ahora no puedo pensar en nada que no sea el campeonato.

—Queda tiempo hasta el campeonato. ¿Y si te demuestro que soy capaz de mantenerlo entre nosotros?

—No, Kenneth, eres uno de los jugadores más mediáticos, la prensa te acechará si se huele que estás con alguien y los rumores podrán acabar con mi carrera. Y no lo voy a permitir.

—Adriana —murmuró, acercándose a ella. Se daba cuenta de que cada vez estaba más lejos de él—.

¿Sabes? Ahora entiendo a la perfección algo que me dijo mi primer entrenador: el mayor enemigo de alguien no es el dolor en tu pecho por la falta de aire, ni el fuego en tus piernas por el esfuerzo, es la voz en tu cabeza que te dice que no puedes más.

Cuando la vuelvas a escuchar gritarte que no puedes, empújala más fuerte, Adriana, y entonces esa voz te susurrará que puedes y ese es el instante en el que descubrirás la persona que realmente eres.

Así que no dejes que esa voz te siga diciendo que no puedes, empújala, Adriana. Por ti, por mí, por los dos.

Adriana lo escuchaba con el corazón encogido, sabía que podía perderlo, pero en su cabeza lo único que de verdad tenía valor era alcanzar su sueño, por encima de todo, por encima de todos, incluida ella misma.

—Lo siento, Kenneth. Déjame sola, por favor.

Y sin más, se encerró en el baño y no salió de allí hasta que no escuchó la puerta cerrarse con suavidad.