Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Impresionante

Tras arreglar todo con el dueño del vehículo, que estaba en un comercio cercano y fue testigo de todo, llegaron al hotel.

El coche, por suerte, no tenía nada demasiado grave, solo estético.

Adriana no dejaba de sentirse culpable y es que no debería haberle hecho caso, pero ¿cómo se le ocurría decirle algo así mientras conducía?

Al pasar por la puerta del hotel camino al aparcamiento, Adriana se dio cuenta de lo lujoso que era.

Tenía una estructura diferente; la parte de abajo, donde se encontraba la recepción, era más estrecha y por encima sobresalía el gran edificio de cristal con una forma un tanto peculiar, ya que donde debía haber esquinas, no las había; era ovalado por los lados.

—Vaya, la organización no escatima en gastos.

—Es impresionante. Y por dentro, mucho más.

—¿Lo conoces?

—Hemos estado aquí alguna vez de celebración tras las competiciones —explicó.

Aparcaron el coche y Kenneth se hizo cargo de la maleta.

—Puedo llevarla yo.

—Lo sé, pero mi madre me tiraría de las orejas si se enterara de que no he tratado bien a un invitado.

Adriana sonrió, el tirón de orejas le había recordado a la broma que Yasnaia hizo en el programa sobre que estaría bajo las faldas de su madre, ¿sería cierto? No lo parecía…

—Y no, no me meto bajo las faldas de mi madre, aunque sí uso mi kilt cada vez que puedo, y me encanta… —susurró a su lado, provocándole un cosquilleo en el cuello y una sonrisa boba en la cara.

Si imaginaba que había visto el programa, esto acababa de confirmarlo: lo había visto, sin duda. A lo mejor hasta lo tenía grabado…

—¿Es cierta la leyenda? —preguntó, sin embargo.

Su boca se movió y se dio cuenta de lo cerca que volvían a estar. Siempre terminaban muy cerca, tanto que el calor los consumía de inmediato.

—¿Cuál? Leyendas hay muchas.

—Que no usáis nada debajo del kilt —soltó a bocajarro.

Kenneth abrió mucho los ojos y luego dirigió la miraba a la boca de esa mujer que lo volvía loco. Antes de poder frenar el impulso, su mano estaba en el cuello de la joven y con el pulgar acariciaba el labio inferior de Adriana, que ahogó un gemido y apretó las piernas.

—¿Quieres averiguarlo, sassenach ? —preguntó con apenas voz, pegando sus labios a su oído.

Adriana cerró los ojos y se mordió el labio, no podía estar cerca de ese hombre, no podía, punto. La desarmaba. No entendía por qué a su lado se sentía tan… atraída. Así había sido y así era: como si uno fuera madera y el otro la chispa acechando la oportunidad para iniciar el fuego.

—La verdad es que me muero de ganas —confesó.

Y Kenneth no pudo reprimirlo más, la besó. Un beso intenso, hambriento y corto porque era consciente de que el aparcamiento no era el lugar adecuado. La tomó de la mano y entraron en el hotel.

Una vez registrada y con la habitación asignada fueron a la zona de ascensores. En cuanto uno abrió las puertas, se lanzó dentro con ella. Otro cliente quiso tomarlo, pero, para sorpresa de Adriana, Kenneth le cortó el paso.

—Disculpe, señor, pero necesitamos privacidad. Si no le importa, tome otro, por favor —pidió.

Ella observó sin poder creerlo cómo las puertas se cerraban y, una vez solos, Kenneth la besó.

A conciencia. Sus manos tomaron su cuello y la besó con el mismo deseo que hervía dentro de ella.

Su lengua la torturaba, cada roce dentro de su boca, como por arte de magia, causaba estragos entre sus piernas, que, cada segundo que pasaba, estaban más húmedas.

Las manos de Kenneth soltaron su cuello y buscaron las manos femeninas, que tomó y colocó una de ellas alrededor de su cintura. Una vez que notó como la mano de Adriana agarraba su jersey, con la otra tomó la de la mujer y la entrelazó, colocándola sobre la pared fría del ascensor.

La dejó un segundo, necesitaba alejarse y tomar aire, al hacerlo, la vio con los ojos abiertos, jadeante, con esa boca que era perfecta de labios ni demasiado gruesos ni finos, redondeada e inflamada por el contacto.

—Me vuelves loco, Adriana, me vuelves loco —confesó en un susurro.

Y volvió a tomarla por el cuello, esta vez con más rudeza y el beso fue más brusco, más intenso, voraz. Quería devorarla, y ella a él.

Antes de darse cuenta, se aferró a su cuello y las manos del hombre bajaron a su cintura, la elevó y empujó contra la pared y ella aprovechó el impulso para rodearle la cintura con sus largas y fuertes piernas.

—Joder, Adriana, vas a matarme.

—Supongo que lo vamos a averiguar en breve —murmuró junto a su boca, mordiendo el labio masculino.

El gruñido de Buchanan la dejaba claro que no había marcha atrás, las puertas se abrieron en ese instante y Kenneth no esperó, la tomó en brazos: a ella y a la maleta. Como si no pesaran nada.

Adriana sonrió porque lo veía buscar como loco la habitación y, cuando dio con ella, se las apañó para abrir la puerta, entrar con ella y la maleta, que lanzó donde primero pilló, y cerrar la puerta con el pie.

Y en ese instante, cuando estaban a salvo de miradas, el deseo se apoderó de ellos, que dejaron de pensar para solo sentirse el uno al otro, a ellos mismos.

Kenneth no dejaba de besarla, enredaba las manos en su nuca para luego deslizarlas a lo largo de su pelo y eso la hacía cerrar los ojos con fuerza, porque no había nada en el mundo mejor que tener a Buchanan así, desesperado por estar con ella.

A Adriana también le costaba contenerse, sus manos no se saciaban nunca de ese cuerpo esculpido a base de trabajo durante años.

Era firme, suave y duro a la vez y, cuando su polla rozaba su sexo, gruñía de éxtasis.

No había nada mejor en el mundo. No lo había.

De eso estaba segura, había tenido otros compañeros sexuales, sin embargo, con él era diferente.

Lo que la hacía sentir no tenía explicación.

Era capaz de lograr que en su mente solo hubiera espacio para el placer, para el momento, y dejara de pensar en todo lo demás.

—Fóllame, capitán, fóllame —rogó, desesperada.

—Todavía no —murmuró con la mirada velada por el deseo.

Adriana lo vio arrodillarse con lentitud a la vez que tiraba de su pantalón, dejando al descubierto la escasa ropa interior que llevaba. Sus ojos se centraron en su pubis, que acarició con reverencia cuando lo despojó de la prenda para dejarlo libre ante sus ojos.

Antes de poder decir nada, la lengua de Kenneth acariciaba su clítoris y ella tan solo dejó caer su cabeza contra la pared y disfrutar del momento.

La lengua del hombre seguía haciendo estragos en ella, que no podía dejar de gemir y jadear, describía círculos suaves y rítmicos que la volvían loca.

Sus manos, en un intento de contener algo de ese placer que parecía a punto de hacerla estallar en pedazos, se aferraron a su cabello oscuro y lo apretaron con fuerza entre sus dedos.

—Parece que, si es así, no te importa que me arrodille.

—Así puedes arrodillarte todas las veces que quieras, Buchanan.

—Tú lo has dicho, Adriana, luego no te retractes.

Y hundió su lengua más a fondo. Las manos del hombre, hasta ahora quietas, apretaron sus glúteos y los acariciaron sin darle tregua hasta que sus dedos se colaron dentro de ella.

La acariciaba de arriba abajo, sus dedos llegaban hasta su vagina y luego se deslizaban hasta su ano.

La humedad hacía que la caricia fuera como seda y el contoneo de sus manos dentro de ella junto con su lengua en el punto exacto la hicieron gritar una y otra vez sin poder contenerse, sin importar si la escuchaban hasta en España, y podía jurar que se la oiría hasta allí.

—Me vuelves loca, Kenneth, me vuelves loca… —repitió, presa de ese instante que precede a la liberación, al orgasmo.

—No más que tú a mí —confesó.

Tras esas palabras, se levantó del suelo, la levantó y la penetró con desesperación. Sentirlo dentro era la puta gloria y el infierno a su vez. Todo mezclado. Una mezcla extraña y adictiva.

Sin salir de ella, caminó con pasos torpes hasta la gran cama del hotel. Adriana no dejó de besarle la boca y el cuello, sus manos acariciaban una y otra vez su nuca, sus hombros anchos, la firmeza de sus brazos.

Y cuando llegaron a la cama, la dejó caer con cuidado y volvió a penetrarla.

Mirándola a los ojos, dejándola saber cuánto le gustaba estar con ella.

Y, aunque Adriana quería verlo, la emoción que la embargaba era más fuerte que su control y la obligaba a cerrar los ojos.

Algo que no hacía más que intensificar las sensaciones que recorrían su interior, su carne, su piel…

Kenneth se movía en su interior, salía y volvía a hundirse, logrando que se retorciera de placer, subió sus piernas hasta la espalda del hombre para darle más acceso y, cuando la penetró tan adentro que sintió que su sexo iba a llegarle hasta la garganta, jadeó su nombre fuera de sí, al borde del abismo al que se lanzaría de cabeza.

—Eres preciosa —susurró sin dejar de moverse dentro de ella.

Adriana esbozó una sonrisa y clavó las uñas en la espalda del hombre que tanto la hacía sentir, animándolo a que acelerara sus movimientos dentro de ella. Lo necesitaba, si no se corría ya, iba a romperse en pedazos diminutos.

—Voy a correrme, Kenneth —confesó sin dejar de mirarlo con los ojos velados.

Sabía que la expresión de Kenneth debía ser, tan solo, un reflejo de la suya.

—Córrete, Adriana, nada me gusta más que escucharte jadear mi nombre

—rugió como el león que llevaba dentro.

Aceleró sus movimientos y Adriana no pudo soportarlo más.

—Córrete, Kenneth, lléname de ti —pidió a la vez que el grito, que el placer usó para liberarse, rompía su garganta, que no dejó de jadear y gemir.

Su cuerpo se retorcía bajo el cuerpo del hombre, sobre las sábanas que tenía entre sus manos apretadas. Y cuando se unió a ella, arañó el colchón, presa de un éxtasis que nunca había sentido.

Cansados, jadeantes, en busca de un aire que les faltaba con desesperación, se quedaron enredados durante un buen rato. En silencio, sin saber qué decir tras la experiencia tan intensa que habían vivido.