Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Ese mensaje tan revelador

Montada en el avión miraba, nerviosa, el móvil.

No había podido dejar de hacerlo desde que recibió ese mensaje tan revelador de Buchanan.

Estaba claro que la atracción entre ellos no se había apagado con un solo encuentro.

Quizás, lo más razonable fuera alejarse de él todo lo que pudiera o repetir para ver si ese anhelo desaparecía. No lo tenía claro, estaba hecha un lío.

Cerró los ojos para relajarse durante el vuelo, nunca había estado nominada para un premio tan importante y eso la ponía un poco ansiosa. También, estaba segura, el saber que Kenneth estaría presente en la ceremonia. Eso la ponía más tensa aún.

Se arrepentía de no haberle insistido más a Laura para que la acompañara, no debería haber ido sola.

Necesitaría alguien a quien abrazar si ganaba o si perdía.

Los World Rugby Awards eran los premios más importantes del deporte que tanto amaba.

Solo estar nominada ya era un gran reconocimiento, de hecho, solo dos españoles habían logrado hacerse con esa ansiada estatuilla hacía ya varios años.

Kenneth estaba nominado como mejor jugador, y se lo merecía.

Se merecía ganar el premio; había hecho una temporada impresionante.

Puede que la última, así que esperaba que se hiciera con el preciado galardón, pero temía encontrárselo.

Más después de ese mensaje que le dejaba claro que él estaba dispuesto, pero ¿dispuesto a qué?

Solo había dos caminos: o lo averiguaba de una vez, o lo evitaba a toda costa. Y la verdad era que, cuando se trataba del maldito Kenneth Buchanan, su seguridad y su fuerza de voluntad desaparecían como humo al viento.

Lleyó una vez más.

—Maldito seas, Kenneth Buchanan.

El resto del viaje lo pasó en un duermevela que le dejó un terrible dolor de cabeza. Escuchar al capitán informándolos de que estaban a punto de aterrizar fue lo único bueno de todo el vuelo. Cuando la rueda del avión tocó suelo, respiró aliviada y fue de las primeras en abandonar el aparato.

Quería llegar al hotel temprano y descansar.

La organización le había reservado habitación en el mismo hotel en el que se llevaría a cabo la ceremonia y la cena posterior.

Mejor, así podría beber como un cosaco y no correr peligro de regreso a otro lugar.

Ahí lo más que podía pasarle era que se equivocara de planta, o de habitación, o de chico…

Salió del aeropuerto maleta en mano y en busca de un taxi cuando se dio cuenta de que la esperaba.

—Esto no puede ser. ¿De verdad, Buchanan? ¿Has venido a por mí? —masculló, deteniéndose junto a él, que la miraba con una gran sonrisa en su atractiva cara.

—No sé de qué me hablas, sassenach . No es a ti a quien espero. Ni siquiera sabía que llegabas hoy —dijo en tono serio y cortante.

Adriana, que lo miraba a los ojos, desafiante hasta ese instante, bajó la cabeza para que no notara que se sentía avergonzada.

Su cara estaba roja como un tomate, no le hacía falta ningún espejo para saberlo: quemaba.

Se llevó una mano a la mejilla de manera inconsciente y dejó que esta, más fría, la refrescase.

—Siento la equivocación, entonces. Adiós —susurró.

—Era broma, Adriana, era broma —repitió, frenando su marcha—. ¿A por quién más vendría? ¿Crees que me molestaría en dejarlo todo para recoger a alguien que no fueras tú?

—Claro que lo creo, ¿quién soy yo de todas formas?

Kenneth la miró a los ojos, se mordió el labio inferior y dejó que sus ojos se recrearan en su visión. Hasta sin maquillaje lucía espectacular. Y ese rubor que teñía sus mejillas la hacía tan apetecible que su polla protestó bajo los vaqueros. Quería salir y saludarla.

—Vamos, he venido como enlace. La organización pidió que alguien te recogiera porque venías sola y me ofrecí. No iba a dejar que…

—¿Que llegara al hotel sola?

—Vamos, Adriana, ¿todavía estás molesta por el vídeo o es por lo que pasó aquella noche? De verdad que no dije nada, fueron ellos los que adivinaron que, bueno…, algo había pasado.

—No, Kenneth, no estoy molesta. Solo es que me duele la cabeza. Estoy agotada, han sido días muy movidos. De eso que hablas ya ni me acuerdo.

—¿Ya ni te acuerdas? —interrogó, molesto, acercándose más a ella—. ¿Quizás necesite refrescarte la memoria, sassenach ? —amenazó, tomando uno de los mechones que se habían escapado de la cola de caballo que llevaba.

¡Joder! Es que era increíble, ¿cómo podía un hombre hacerla sentir tan… así? Era como si se derritiera, así se sentía, como una vela de cera expuesta al fuego. Derritiéndose gota a gota.

—¿Quién te ha dicho que quiera volver a recordarlo? ¿No has pensado que tal vez lo haya olvidado a propósito? —se defendió.

—Pues sería una pena porque yo no he podido olvidarme de esa noche ni un solo segundo.

Su voz, maldita fuera su voz, se volvió más suave, ronca, y su acento, ese mismo que trataba de disimular, la dejó sin aliento.

Solo podía mirarlo. Estaban en mitad de un aeropuerto hasta los topes de viajeros.

Cualquiera podría reconocerlos y hacerles una fotografía o, peor, un vídeo, y ya había tenido bastante con el de la pedida.

Se obligó a alejarse de él unos pasos para tomar una bocanada de aire que no estuviera infectada de su olor, ese mismo aroma que la hacía temblar de arriba abajo de anticipación.

—Si de verdad estás aquí para llevarme al hotel, vamos. Estoy agotada y mañana nos espera un largo día —susurró, comenzando a andar aun sin saber a dónde debería dirigirse, aunque cualquier excusa que la alejara de él le venía como anillo al dedo.

Kenneth sonrió, con ella no le costaba trabajo esbozarla ni siquiera tenía que fingirla, le salía de forma natural. Como lo era ella.

—No es por ahí, ven, tengo el coche aquí —explicó, tomándola de la mano.

Una vez más iban de la mano, sin soltarla, tomó el equipaje y lo llevó también.

Adriana estaba jodida porque le gustaba ir de la mano con él.

Debía alejarse, mantener la relación a raya, pero cada vez que lo veía tenía el mismo efecto en ella y al final acababa perdiendo la lucha.

Preveía que esa noche no iba a ser diferente.

«¿Y por qué debería serlo? Disfruta, mantenlo ligero, sin presiones, sin obligaciones, solo dos adultos que se sienten atraídos el uno hacia el otro y de vez en cuando tienen sexo. Un sexo es-pec-ta-cu-lar».

Llegaron al aparcamiento y, al acercarse a un Jaguar de tono gris con un diseño más que atractivo, este pitó y las luces se encendieron a la vez que el maletero se elevaba. Esperándolos.

—Wow, ¿ese es tu coche? —interrogó, alucinada.

Se notaba que era un modelo caro, muy caro, uno que ella no podría permitirse quizás hasta dentro de… Nunca, jamás, en verdad.

—¿Te gusta, sassenach ?

—Me encanta, pero…

—¿Pero?

—No parece tu tipo de coche.

—¿Por?

—Es muy… familiar. Esperaba que tuvieras un descapotable o algo así.

—Me gustan los SUV y me gusta cuidar el medioambiente en la medida de lo posible, y este coche es eléctrico. Además, espero tener familia algún día y en un descapotable no creo que fuéramos cómodos.

—Vaya, nunca lo hubiera dicho. De todas formas —continuó mientras entraba en el automóvil y ocupaba el asiento del copiloto—, podrías tener dos —terminó.

—¿Dos? No necesito dos coches.

—Ya veo…

—¿No crees que me juzgas muy a la ligera, sassenach ?

—Deja de llamarme así —refunfuñó.

—¿Ya no te gusta, Adriana? —susurró a su lado.

¡Qué demonios! Se había inclinado hacia ella, mucho.

Demasiado para poder soportarlo. ¿Qué pretendía?

¿Besarla? Lo parecía y lo peor de todo era que incluso cerró los ojos, esperando el contacto de su boca contra la suya.

Pero no ocurrió nada. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que se lo pasaba genial mirándola.

—El cinturón, Adriana, no lo tenías puesto —explicó, tirando de la cinta y encajándola en su lugar—. ¿Qué pensabas que iba a hacer? —la atormentó más, por si no era poca la dosis de vergüenza que se reflejaba en su cara.

—Nada, no sé por qué lo dices, highlander .

—Me gusta que me llames así —susurró.

—¿Sabes dónde me alojo?

—Claro que lo sé, en el mismo hotel que todos —afirmó, rotundo—. El Park Plaza Westminster Bridge London; el Park Plaza, para abreviar.

No dijo nada, tan solo se llevó el pulgar a la boca y comenzó a morderse la uña sin apartar la mirada del frente.

—¿Conoces Londres? —preguntó al cabo de unos minutos.

—Sí, conozco toda Gran Bretaña.

—Eso sí que me resulta curioso.

—¿No puede una chica hacer turismo?

—Claro que sí, pero no sé, me resulta raro que conozcas toda la isla.

—Mi madre y mi abuela materna eran inglesas y, además de eso, tengo predilección por Escocia. Por eso elegí cursar un año aquí. Me asignaron Edimburgo y durante ese año viajé todo lo que pude por Inglaterra y Gales.

—Me pones difícil el proponerte hacer algo que nunca hayas hecho antes aquí… —murmuró.

—¿Algo como qué? —preguntó con curiosidad, ¿qué era lo que quería hacer con ella?

—¡Lo tengo! ¿Has conducido alguna vez aquí?

—Ni loca, no sé conducir por el lado contrario.

—Es muy fácil, si yo conduzco en España, por qué no vas a ser capaz tú de conducir aquí.

—¿Porque vais del revés? —interrogó con ironía.

—Vamos, es muy fácil —la animó, parando el coche.

—¿Pero es que vas en serio? —preguntó sin creerlo al verlo bajarse del coche.

—Claro que sí, venga, cámbiate de lado —pidió, desabrochándole el cinturón, y una vez más lo tenía tan cerca que su corazón se aceleraba y latía alocado. Estaba segura de que podía oírlo, por eso se mordía el labio inferior, otro gesto que hacía con frecuencia y que la volvía loca.

Sin poder contener más tensión, puso sus manos sobre el pecho de

Kenneth y lo empujó con suavidad para que la dejara salir, necesitaba aire, por todos los dioses del mundo. Todos.

—Estás loco, si sucede algo, no es mi culpa, que conste que tú me has obligado —farfulló camino al asiento del conductor.

—Verás que es muy fácil —repitió, montándose en el lugar que antes ocupaba ella.

—Bien, vamos, dime, ¿qué tengo que hacer?

—Conducir —se burló. Adriana hizo el gesto de salir del coche y él la detuvo—. No, no te molestes, vamos. Toma esta calle y sigue recto hasta que te avise, ¿vale? —explicó.

Adriana se colocó en el asiento bien, lo movió para adaptarlo a su altura, comprobó los espejos.

—Debo estar loca —murmuró.

—Así que el color de tus ojos es heredado de tu madre, ¿verdad? —Adriana asintió sin dejar de mirar hacia delante, estaba tensa. A punto de romperse en dos, como si fuera la cuerda de una guitarra—. ¿Cómo es que acabó casada con un español?

El suspiro que dejó escapar fue hondo, profundo, como si tras él se escondiera algún secreto que no quería revelar.

—Lo siento, no quería incomodarte.

—No es eso, Kenneth, es que… mi padre conoció a mi madre mientras hacía un curso de la universidad aquí.

Su carcajada fue suave, más de sorpresa que de otra cosa, y al final ella se dejó contagiar.

—Eso no me lo esperaba. ¿La hija reviviendo la historia del padre?

—¿Revivir? Ni de lejos, no tengo intención de casarme, mucho menos con alguien que vive en otro país —dijo, seria. Convencida de sus palabras.

—¿No quieres casarte? —preguntó sin dar crédito, como si todas las mujeres del mundo desearan casarse por encima de cualquier otra cosa.

—No —soltó, cortante.

—No digo ahora mismo ni a corto plazo, sino en el futuro.

—Tengo muchas cosas que hacer antes de atarme a nadie —aclaró sin pestañear.

Iba tan despacio que los demás conductores no dejaban de tocar el claxon, pero le daba igual, estaba aterrada. Parecía un flan. O una gelatina.

—¿Por qué casarte sería atarte a alguien? Y, de todas formas, si lo consideras así, ¿qué hay más bonito que atarte a la persona que amas?

—Capitán Buchanan, me está dejando petrificada. Nunca imaginé que tras esa imagen de chico sexy y duro hubiera un corazón romántico. No te pega para nada. Pero nada de nada.

—¿Y qué va conmigo? ¿Follarte hasta dejarte sin sentido, Adriana?

Esas palabras la hicieron perder la concentración y no pudo evitar girar la cabeza para mirarlo porque, ¿qué demonios había sido eso?

Y sucedió: el golpe, el grito, el susto…

Había perdido el control del coche por culpa de sus palabras, pegándose a la izquierda más de lo que debía y había estrellado el lujoso y reluciente auto contra otro. Uno que estaba aparcado.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Te lo he advertido! ¿Cómo se te ocurre decirme eso mientras conduzco, Buchanan?

—Lo primero, Adriana, ¿estás bien?

—¡No! Acabo de estrellar tu carísimo coche contra otro, ¿cómo voy a estar bien? —protestó, nerviosa.

—Sal del coche. Vamos a arreglar lo sucedido, para eso están los seguros, lo importante es que estés bien, ¿OK?

—Vale —susurró, bajando.

Una vez fuera, Kenneth la abrazó con fuerza. Temblaba, asustada.

—Adriana, no pasa nada, solo es un coche…, bueno, dos. Pero no pasa nada, para eso están los seguros. Ellos se encargarán de todo —repitió para tranquilizarla.

—Lo siento, es que… ¿cómo me dices esas cosas mientras conduzco por un lado que no es el mío y por una ciudad que apenas conozco?

—Por eso no te voy a pedir disculpas, Adriana. Ya te dejé por escrito que tus «ojalás» puedo volverlos realidad en cuanto quieras.