Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

El resultado

El teléfono sonó a las cinco y diecisiete de la mañana.

Darel abrió los ojos antes de que terminara la primera vibración.

Llevaba demasiados años pendiente de convocatorias, lesiones y cambios de horario como para ignorar una llamada a esas horas, aunque la pantalla iluminada sobre la mesilla le produjo una inquietud que no supo explicar.

El nombre del doctor Hale aparecía en ella.

No era el médico que lo llamaba cuando había que adelantar un entrenamiento ni cuando algún compañero necesitaba que el capitán interviniera.

Moana Hale era la responsable médica del equipo y solo telefoneaba de madrugada cuando algo no podía esperar.

Se incorporó, apartó la sábana y respondió.

—Dime.

Al otro lado hubo un silencio breve. Darel miró hacia las puertas de cristal de su dormitorio. Auckland seguía a oscuras y el reflejo le devolvió la imagen de un hombre descalzo, con el pelo suelto sobre los hombros y el cuerpo aún a medio camino del sueño.

—Necesito que vengas a las instalaciones —dijo Moana—. Ahora.

—¿Ha pasado algo con alguno de los chicos?

—No. Están todos bien.

La respuesta no lo tranquilizó.

—Entonces habla.

—No por teléfono.

Darel se levantó. El suelo de madera estaba frío, aunque apenas lo notó mientras buscaba un pantalón deportivo y una camiseta.

—Voy para allá.

—No conduzcas si no estás despierto.

—Estoy despierto. Te has encargado de eso.

Colgó antes de que ella pudiera añadir nada.

Diez minutos después salía de la casa con una sudadera negra y las llaves del coche en la mano.

El aire húmedo de la madrugada olía a sal y a tierra mojada.

Vivía cerca del agua porque necesitaba verla cuando regresaba de una gira, como si el mar fuera capaz de devolverlo a su sitio después de pasar semanas entre aeropuertos, hoteles y estadios.

Aquella mañana no miró hacia la costa. Solo pensó en la voz de Moana, en la pausa antes de decir que los demás estaban bien y en todo lo que podía esconderse detrás de una llamada que nadie quería hacer por teléfono.

El tráfico era escaso. Llegó a las instalaciones en menos de veinte minutos y encontró el aparcamiento casi vacío, salvo por el vehículo de Moana y otro que reconoció antes de bajarse.

Daniel Evans lo esperaba dentro. Eso sí consiguió asustarlo.

Darel atravesó la recepción, saludó al guardia de seguridad y siguió las luces encendidas hasta una sala de reuniones.

Daniel estaba de pie junto a la ventana, vestido con vaqueros y una chaqueta oscura, con el cabello todavía húmedo.

Sostenía un vaso de café que parecía haber olvidado beber.

Había abandonado el campo años atrás, aunque seguían entrando en cualquier habitación como si el partido estuviera a punto de empezar y dependiera de ellos cambiar el resultado.

Moana cerró la puerta cuando Darel entró.

—Siéntate —pidió.

—Prefiero estar de pie.

Daniel se giró. Había sido su capitán cuando Darel era poco más que un muchacho al que la camiseta negra le quedaba grande en todos los sentidos.

También había sido quien le enseñó que liderar no consistía en hablar más fuerte, sino en conseguir que los demás confiaran en que él seguiría allí cuando todo se complicara.

La expresión que tenía esa mañana no se la había visto ni siquiera antes de una final.

—Hazle caso —dijo.

Darel tomó asiento. Moana colocó una carpeta sobre la mesa. No la abrió de inmediato. Se sentó frente a él y entrelazó las manos.

—El control que te hicieron el martes ha dado un resultado analítico adverso.

Darel tardó varios segundos en comprender las palabras.

Las conocía, por supuesto. Todos los jugadores las conocían.

Habían recibido charlas, firmado documentos y aprendido a desconfiar de cualquier comprimido que no saliera de las manos del equipo médico.

Un resultado analítico adverso significaba que la muestra A contenía una sustancia prohibida.

Significaba suspensión provisional, investigación, titulares y una pregunta que perseguiría su nombre aunque consiguiera responderla.

—¿Qué sustancia?

—Ostarina.

Darel miró a Moana. Esperó que añadiera algo que diera sentido a aquello, que mencionara un error, una contaminación o una posibilidad remota de que hubiera escuchado mal.

—No tomo ostarina.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Si lo supieras, no estaríamos aquí.

Evans dejó el vaso sobre la mesa y se sentó a su lado.

—Estaré aquí hasta descubrir qué ha pasado.

Darel no respondió. Revisó mentalmente los últimos días: los suplementos preparados por el equipo, las bebidas de recuperación, el analgésico que había tomado dos semanas antes por una contractura y hasta el jarabe que su madre le había obligado a beber cuando se quedó afónico.

Todo estaba declarado. Todo había pasado por Moana.

No compraba productos por internet, no aceptaba nada de un patrocinador sin revisar y llevaba años repitiendo a los jugadores jóvenes que una etiqueta limpia no garantizaba un contenido limpio.

No había margen para una ostarina accidental. O no debería haberlo.

—Quiero ver el informe.

Moana abrió la carpeta y la giró hacia él. Darel recorrió las líneas, el código de la muestra, la fecha, la concentración detectada y el nombre del laboratorio. Las palabras se mezclaban sin que pudiera retenerlas.

—Solicitaremos el análisis de la muestra B —explicó ella—. Tienes derecho a estar presente o a enviar un representante. También necesitamos revisar todo lo que has consumido durante las últimas semanas.

—Ya lo tenéis registrado.

—Lo revisaremos otra vez.

—Hazlo.

Daniel se apoyó en el borde de la mesa.

—Hasta que tengamos más información, quedas suspendido de cualquier actividad con el equipo.

Darel alzó la cabeza.

—La convocatoria se cierra en seis semanas.

—Lo sé.

—El primer partido de preparación es en doce días.

—También lo sé.

—Entonces sabrás que no puedo desaparecer ahora.

Daniel no reaccionó al tono. Quizá porque habría dicho lo mismo en su lugar.

—No tienes elección.

Darel se levantó y comenzó a caminar por la sala.

Necesitaba mover el cuerpo, hacer algo que no fuera permanecer sentado mientras otros le explicaban cómo iba a detenerse su vida.

En la pared había una fotografía del equipo después de ganar un campeonato.

Él aparecía en el centro, con la copa sobre la cabeza y la boca abierta en un grito que entonces había creído capaz de contener todo lo que importaba.

A su alrededor estaban los hombres que confiaban en él para dirigirlos, los mismos que en pocas horas despertarían con la noticia de que su capitán había dado positivo.

—Nadie puede enterarse antes de que hablemos con comunicación —dijo Daniel—. Vamos a controlar el mensaje.

—No hay ningún mensaje que controlar. No me he dopado.

—Darel…

—No he tomado esa mierda, Daniel. Aunqeu está claro que tú sí, por eso has volado desde España.

La voz le salió más alta de lo que pretendía.

—Te creemos —afirmó Moana.

Darel la miró.

—Eso no va a servir de nada cuando lo publiquen.

—Servirá para nosotros.

Durante un instante estuvo a punto de responder que no necesitaba consuelo, que lo único útil era encontrar el error y devolverlo al campo.

No lo hizo. Daniel había perdido partidos, una capitanía y años de vida intentando pelear contra cosas que no podía controlar.

Sabía lo que costaba que un titular se quedara pegado al nombre de un jugador.

Los dos estaban allí antes de que amaneciera porque no pensaban dejarlo solo. Darel tomó aire y regresó a la mesa.

—¿Cuándo lo sabrá la federación?

—Ya lo sabe —contestó Moana—. El organismo de integridad recibió la notificación al mismo tiempo que nosotros. La suspensión se formalizará esta mañana.

—Necesito un abogado.

—Tenemos a Leo Grant en camino —dijo Daniel—. Y se abrirá una investigación independiente sobre el procedimiento, tus declaraciones y cualquier posible explicación del resultado.

Darel volvió a mirar el informe. El código parecía una burla. Una sucesión de números era suficiente para convertir años de disciplina en una sospecha.

—¿Quién la llevará?

Daniel y Mohana intercambiaron una mirada. Fue rápido, aunque Darel la vio.

—¿Quién? —repitió.

Daniel se pasó una mano por la barba.

—No te va a gustar.

—Eso ya lo había imaginado.

Mohana tomó la palabra.

—Mara Quinn.

Darel dejó de oír el zumbido del aire acondicionado.

Durante tres años había conseguido no pensar demasiado en la mujer que lo había tenido sentado frente a ella durante horas, convencida de que la lealtad era una enfermedad que debía curarle.

No lo había logrado siempre. Algunas noches recordaba el ascensor, la distancia mínima entre sus cuerpos y la manera en que Mara lo había mirado antes de marcharse bajo la lluvia.

Después se recordaba que había escrito en su informe que él había entorpecido una investigación y el interés desaparecía con bastante rapidez. Casi siempre.

—No.

—No puedes elegir al investigador —aclaró Moana.

—Que la cambien.

—Está especializada en integridad y procedimientos antidopaje —dijo Daniel—. Es una de las mejores.

—También está convencida de que miento cada vez que abro la boca.

—Eso fue hace tres años.

—No ha tenido tiempo suficiente para olvidarlo.

Daniel ocultó una sonrisa detrás del vaso.

—A mí me parece que la recuerdas con bastante detalle.

Darel le dedicó una mirada que habría hecho callar a cualquiera que no hubiera sido Daniel Evans, excapitán de los All Blacks.

—Busca a otra persona.

—No depende de nosotros —insistió Daniel—. Y, aunque dependiera, ahora mismo necesitas a alguien que no vaya a darte la razón porque llevas una camiseta negra. Si hay un fallo en el procedimiento, Quinn lo encontrará.

—Y si no lo hay, disfrutará escribiendo que el gran Darel Akara era un fraude.

—¿Eso es lo que crees de ella? —preguntó Moana.

Darel volvió a pensar en la sala gris, en los ojos claros de Mara y en la rabia que había sentido cuando ella le dijo que proteger a un compañero podía ser otra forma de dejarlo solo.

Al final había encontrado la prueba que demostraba que Tama no había vendido información.

También había descubierto por qué Darel se negó a dar el nombre de la mujer que salió con él: era la terapeuta que lo estaba ayudando con su adicción al juego y había pedido confidencialidad hasta conseguir que Tama aceptara hablar.

Mara no se disculpó por presionarlo. Él tampoco por haber callado.

—Creo que no confía en nadie —contestó.

—Entonces tendrá que confiar en las pruebas —dijo Daniel—. Y tú estás limpio.

Darel cerró la carpeta. Estaba limpio. Lo había estado siempre.

Había jugado lesionado, agotado y con el cuerpo pidiéndole que se detuviera, pero jamás había tomado nada que no pudiera declarar mirando a los ojos a sus compañeros.

Aun así, un laboratorio afirmaba lo contrario y la persona encargada de decidir qué versión merecía ser investigada era la única mujer a la que no había conseguido olvidar del todo.

—¿Cuándo tengo que verla?

Moana consultó el reloj.

—A las nueve.

Darel dejó escapar una risa sin humor. Faltaban poco más de tres horas.

—Perfecto.

Daniel recuperó el café y le dio por fin un sorbo.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Podrías seguir sintiéndote atraído por ella.

Darel se volvió hacia él. Daniel levantó las manos.

—Solo intento encontrar el lado positivo.

—Hazlo en silencio.

Daniel se apartó de la mesa y abrió la puerta.

—Ve a ducharte, llama a tu familia y no hables con nadie más hasta que llegue Leo. A las nueve nos reunimos con Quinn.

Darel recogió el informe. Al salir al pasillo, el cielo comenzaba a aclararse detrás de las ventanas y las primeras personas llegaban a trabajar.

Para ellos era el comienzo de una jornada normal.

Para él, el día ya se había torcido antes del amanecer.

Mara Quinn iba a entrar otra vez en su vida.

Y esta vez no tenía la posibilidad de levantarse de la mesa y marcharse hasta que ella encontrara la verdad.