Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Pletórica

Salió del taxi a toda prisa, tener a Kenneth en su cama durante tanto tiempo había atrasado todo el horario que había previsto. Aunque saltarse las normas, de vez en cuando, sentaba genial. Y se sentía así: pletórica.

Pasar con él toda la noche, refrescando los recuerdos que tenían juntos y que con el paso del tiempo había comenzado a dudar de si eran reales o no, había sido genial.

Igual que él. ¿Sería consciente de lo bueno que era en la cama?

No tenía ni idea, pero ella sí: follar con Kenneth Buchanan era lo mejor que había hecho en mucho tiempo.

Entró y se dirigió hacia la zona de embarque, solo llevaba una maleta como equipaje de mano, así que no tenía que hacer nada más que dirigirse hacia allí.

—¡Árbitro! —gritó una voz que resonó por encima de las demás—. ¡Aquí! ¡Estamos aquí! —insistió.

Adriana giró la cabeza y los localizó sin esfuerzo, no era como si fuera algo muy difícil teniendo en cuenta el número y la envergadura de los chicos del equipo de los Lions.

Parecían leones y Kenneth, al que divisó enseguida, ya que sus ojos se vieron atraídos sin remedio hacia el hombre en el que estaba pensando segundos antes, lo parecía más que ninguno de ellos: fuerte, ágil, elegante, con ese cabello oscuro y esos ojos verdes que lo convertían en un imán.

De hecho, más de una fémina los miraba babeando, ella también lo estaba, solo que por uno de ellos. El grupo al completo se acercó a donde estaba y, nerviosa, miró el reloj. No solo porque iba justa de tiempo, sino por él, siempre era por él.

—Adriana —la saludó al llegar a su lado—, ¿tu vuelo sale ahora?

—Sí, está a punto de salir —contestó.

—¿Qué tal la noche, árbitra? —preguntó Izan.

Y, en ese momento, se dio cuenta de que todos lo sabían.

El grupo al completo. Algunos de los más jóvenes del equipo, como Izan, la miraban con la sonrisa bailando en sus ojos y los más mayores, con maldad en ellos.

No había que ser superdotado para saber que se lo había contado a todos.

Y eso la molestó. Mucho. En realidad, estaba furiosa y herida.

—¿Para qué preguntas si, por lo que veo, estáis al día de todo? —inquirió, furiosa.

Sin esperar respuesta alguna y ansiosa por poner distancia y evitar comentarios que no la agradarían, se dio la vuelta y se marchó hacia el sitio donde estaba su puerta de acceso.

Caminaba todo lo rápido que podía cuando la detuvieron agarrándola por la muñeca. Sabía quién era, ¡joder! Reconocería su puta forma de tocarla entre millones de personas.

—Suéltame, Buchanan, no merece la pena perder el vuelo de regreso por ti —dijo con voz seca.

—Adriana, no es lo que piensas.

—¿Y entonces qué es, Buchanan? —preguntó, girándose para enfrentarlo.

La mano masculina seguía sosteniendo su muñeca y parecía molesto también, pero ¿por qué demonios lo estaba?

—No he dicho nada. Solo… —se interrumpió para llevarse la mano libre a la nuca.

—¿Solo…? —lo animó, no tenía todo el tiempo del mundo.

—Me vieron llegar a la habitación con la camisa destrozada, ¿qué crees que pensaron? No tuve que decir nada más porque todos sabían que me marché del lugar de reunión tras de ti.

Adriana fue a abrir la boca, pero volvió a tomarle la delantera.

—Y no, no hubiera servido que negara nada, porque ya sabían que habíamos pasado la noche juntos, pero, más allá de lo que haya imaginado cada uno, no he contado nada sobre lo que pasó.

—¿Y qué pasó, Kenneth? No, deja que te conteste —lo cortó antes de que diera su respuesta—. No pasó nada.

—¿Eso para ti fue nada?

—Nada. Solo un desliz. Un reencuentro entre viejos conocidos que se les fue de las manos, nada más.

—Por como gritabas parecía mucho más —soltó, molesto. ¿A qué venía que dijera que no había sido nada? Él había albergado la esperanza de mantener el contacto, de conocerse mejor, de ver a dónde los llevaba eso que había entre ambos desde que se vieron por primera vez, fuera lo que fuese.

—Eres un gilipollas —replicó, ofendida—. Ahora, déjame —ordenó, tirando de su mano para liberarla de su agarre—. No merece la pena perder el vuelo por nada.

Y, sin más, se alejó hacia su puerta de embarque. Kenneth la miró, impotente, no tenía tiempo de perseguirla, a él no le importaba perder el vuelo por ella, pero no era lo mismo en su caso.

Kenneth la vio alejarse, colocó las manos en las caderas y resopló, molesto.

Iba a coger a Izan por las orejas y lo iba a obligar a hacer cien sentadillas, como poco.

Tentado estuvo de echar a correr y explicarle todo con tranquilidad, pero, por lo que parecía, el destino no estaba por la labor de colaborar tampoco esta vez, así que se giró y caminó hasta donde lo esperaban los demás para embarcar.

Al llegar, Izan parecía arrepentido, sabía que era cosa de la edad, un chico de veinte años no podía dejar de sucumbir a la energía propia de esos años, ni a pensar con otra cabeza que no fuera la que tenía entre las piernas, mucho menos en valorar las consecuencias que sus palabras o actos pudieran ocasionar a él o a otros.

—Capitán, yo… —comenzó.

—Tendrás una semana de entrenamiento doble. Y no quiero protestas.

—Sí, capitán —aceptó con la cabeza baja.

El equipo al completo embarcó y, ya acomodados en sus asientos, se permitió cerrar los ojos y pensar en todo lo que había sucedido.

Cuando el avión tocó tierra, Adriana se desperezó, había dormitado la escasa hora que duraba el vuelo desde Madrid a Granada. Al bajar, el aire frío que llegaba desde Sierra Nevada la activó por completo: ese aire tenía la receta de la vitalidad. De la vida eterna, decían otros.

Salió de la pequeña terminal y se dirigió al aparcamiento, allí había dejado su propio coche, no iba a estar fuera mucho tiempo y creyó que era más cómodo conducir ella misma hasta su ático, situado en una urbanización en las afueras de la capital.

Nada más arrancar, entró la primera llamada a través del manos libres, era Laura, su mejor amiga desde la universidad, la misma que tuvo la culpa de que entrara en ese mundo desconocido que era el rugby para ella y que, al final, se convirtió en el suyo.

—Hola, Laura.

—¿Hola, Laura? ¿Solo eso? ¡Vamos! ¡Cuéntamelo todo! ¡Pero todo! A ver, lo primero, has aterrizado ya, ¿no? ¿Necesitas que me acerque a recogerte? —preguntó.

Eso provocó una sonrisa y la relajó, siempre podía contar con ella.

—No, gracias, dejé en el aparcamiento del aeropuerto mi coche. Ya estoy de camino a casa.

—¿Estás muy cansada o puedo pasarme y cenar contigo? Así me pones al día.

Miró la hora, eran las siete. Todavía era temprano y podrían charlar un rato, estaba segura de que hablar con ella la relajaría y rebajaría la intensidad de su enfado.

—Con una condición, tienes que traer la cena.

—¡Hecho! ¿Qué te apetece?

— Pizza —soltó.

—¿ Pizza ? Vaya, eso huele a problemas. Está bien, dos pizzas medianas y dos tarrinas de helado de chocolate. Ahora nos vemos. Conduce con cuidado. ¡Bessooosss! —se despidió con esa manera tan típica suya en la que alargaba las eses y las oes.

Adriana dejó escapar el aire, la única que sabía qué había sucedido entre ella y Kenneth Buchanan cuando estuvo de beca Erasmus era ella. La misma con la que se había embarcado en esa aventura, la misma con la que comenzó a jugar, la misma que siempre había estado a su lado.

Cuando entró por la puerta del garaje de su edificio, respiró con más tranquilidad, todo había quedado atrás, ahora solo podía, y debía, centrarse en su carrera.

Había peleado mucho para llegar tan alto y no iba a dejar que nada, ni nadie, le jodiese todo el esfuerzo.

Ni el sensual capitán de los Lions que la volvía loca.

Abrió la puerta de su ático y dejó la maleta abandonada en la entrada, se descalzó y caminó sin nada en los pies hasta la terraza.

Le encantaba poder ver desde ella Sierra Nevada, la relajaba como nada en el mundo.

Eso fue, precisamente, lo que la decidió a comprar ese ático en particular; aunque no fuera demasiado amplio, para ella era suficiente.

Tras un rato, entró de nuevo en la casa para sacar del frigorífico una cerveza y regresó a la terraza. El móvil pitó justo cuando daba un sorbo largo a la botella verde, creyó que era Laura, pero se equivocaba. Era un mensaje de él.

—Joder, Kenneth, ¿por qué tienes que insistir? —susurró para sí misma.

Abrió el mensaje y lo leyó varias veces.

—Pues genial, ¿para qué me escribes? —farfulló a la pantalla.

Miró la hora, si habían salido los vuelos más o menos a la misma hora, acababan de llegar; si no recordaba mal, el vuelo a Heathrow era de unas dos horas y media, si habían pillado viento de cola, podrían haberse ahorrado unos minutos.

No contestó, sin embargo, abrió la imagen de perfil y se recreó en ella.

Sus grandes ojos verdes, esos mismos que tanto la ponían.

Verlos cerrarse de placer era algo indescriptible, sus facciones marcadas por el paso de los años que lo hacían más varonil…

Estaba vestido de calle, con una camisa informal abierta sobre una camiseta de un gris desvaído, como si la hubiera lavado muchas veces, y un vaquero.

Nada más. Ese hombre no necesitaba nada más para dejarla sin aliento. Era un puto dios.

Salió de la imagen de perfil y se dio cuenta de que estaba escribiendo de nuevo.

Apareció en su pantalla.

Tecleó rápido. Y, cuando se dio cuenta de que volvía a escribir, dejó el teléfono sobre la mesa, bloqueado, y dio otro largo sorbo a la cerveza. El móvil pitó, signo inequívoco de que había llegado otro mensaje, pero no iba a caer en ese juego. Entre ellos no había nada y así debía seguir.

Por suerte, el ruidoso timbre del portero automático la distrajo. Se levantó a abrir y se relajó cuando vio que era su amiga con dos cajas de pizza y dos tarrinas de helado sobre ellas. La pobre mantenía el equilibrio como podía, así que se dio prisa en abrir.

Dejó la puerta abierta y tomó la maleta para quitarla de la entrada. La dejó en su dormitorio, más tarde la desharía. Se colocó las zapatillas de estar por casa y corrió de nuevo para recibir a Laura.

—¡Holaaa! ¡Tengo una amiga famosa! ¡Estás por todos lados! Lo sabes, ¿verdad? —gritó a la vez que hacía equilibrios para abrazarla con una mano y no tirar lo que llevaba en la otra.

—Lo sé. Y no estoy contenta —dijo, molesta.

—Bueno, lo primero es lo primero. Tráeme una cerveza y luego me pones al día. Te vas un par de días y no veas la que lías, chiquilla.

—Sí, parece mentira…

—Pues no lo es. Tengo aquí la prueba —afirmó, mostrándole en la pantalla del móvil el vídeo.

—¿Lo tienes preparado? —inquirió, sorprendida.

—¿Lo dudabas? Es la película del año y estoy deseando que me cuentes lo que sucedió tras las cámaras.