Capítulo 11
Las brumas de un sueño
Adriana sabía que debía separarse de Kenneth, obligarlo a levantarse y salir de su habitación, pero no podía. Estar a su lado, relajados, con la mente perdida en las brumas de un sueño que ambos necesitaban era agradable.
Se acomodó de lado y Kenneth pasó el brazo por encima de su cintura, el contacto la reconfortó y, antes de darse cuenta, se dejó llevar por el sueño, que la arrastró sin que opusiera resistencia.
El peso al otro lado de una cama que solía estar vacía la despertó, se giró, frotándose los ojos, cuando lo vio sentado en el filo de la cama con el móvil en la mano, parecía contestar un mensaje.
—Buenos días, capitán —lo saludó con la voz seca y ronca.
—Buenos días, Adriana —la saludó a su vez—. ¿Has dormido bien? —se interesó.
—Sí, muy bien. Estaba agotada —la confesión provocó una sonrisa en Kenneth, que se sentía responsable de parte de su cansancio.
—¿Qué vas a hacer hoy? ¿Regresas a Granada? —Asintió, tirando de la sábana para cubrirse, se había incorporado y parecía que la tela no era bastante para taparla.
—El avión sale esta tarde —informó—. ¿Y tú? ¿Cuándo regresas?
—Esta tarde también, me acaban de escribir los chicos preguntando dónde estoy. Están haciendo las maletas y quieren saber dónde vamos a comer antes de ir al aeropuerto.
—Entiendo. Pues…, no los hagas esperar, Kenneth —susurró.
No era como si no supiera que cada uno tenía que retomar su vida. Aun así, una vez más se quedaba con las ganas de pasar más tiempo con él.
—Sí, supongo que debería irme —dijo en voz baja, llevándose de nuevo la mano a la nuca para frotarla. Algo que le sacó una sonrisa. Había cosas que no cambiaban.
—Sí, deberías irte, Buchanan.
—Adriana… —la llamó titubeando.
—¿Sí? —lo animó a proseguir.
—¿Me darías tu número de teléfono? Es que no me gustaría perder el contacto otra vez…
Adriana lo miró. Se había puesto los pantalones y la camisa que ella había destrozado. Aunque el arreglo disimulaba que no tenía ni un botón en su sitio, no estaba para lucirla. Al menos no tenía que ir lejos, ya que se alojaba en el mismo hotel.
Esbozó una sonrisa y pensó en si de verdad quería mantener el contacto con él o no.
Ahora, de vez en cuando, se verían obligados a verse porque coincidirían, al menos mientras él estuviera en la misma liga que ella.
Y algo en su interior gritaba que sí, que no tenía nada que perder. Así que asintió.
—Dame tu teléfono —pidió.
Kenneth se lo ofreció y ella marcó su número para después llamarse a sí misma. Así tendría su teléfono grabado.
—Ya está —informó, devolviendo el teléfono a su dueño.
—Tengo que irme —dijo a su vez, aunque parecía reacio.
—Lo sé —susurró.
—¿Puedo…? —pidió permiso, acercándose a ella. ¿Quería besarla? Eso parecía, así que asintió, sería extraño decirle que no después de la noche que habían pasado.
Kenneth la besó en los labios, un beso ligero, cargado de cariño y vacío de la pasión de las pasadas horas.
Se alejó de ella hacia la puerta, esa iba a ser su despedida, sin embargo, cuando su mano estaba en la manilla para abrir, se giró y caminó de nuevo hacia ella, que seguía en la cama peleando con la sábana.
Por un momento creyó que la iba a besar, pero no, su boca se detuvo en su frente y la besó.
Ahí. En la frente. Con su gran mano en la nuca de ella, presionando contra sus labios cálidos.
Y ese beso inocente la hizo sentir extraña, rara y, de alguna forma que no comprendía, hambrienta.
—Hasta pronto, Adriana. Cuídate mucho, sassenach —pidió sin apartar sus labios de la frente de ella.
Solo pudo cabecear, la emoción cerraba su garganta, aun sin saber de dónde venía, y siguió mirando la puerta un buen rato después de que él se hubiera ido y, en ese momento, se preguntó si él también había percibido eso tan extraño que sintió cuando se despidió de él hacía tanto tiempo atrás.
Kenneth caminaba hacia el ascensor, iba tarde, lo sabía. Había querido irse de su lado, pero no había sido capaz. El calor de esa mujer era demasiado atrayente y adictivo para dejarlo escapar.
Entró en el ascensor y fue cuando se dio cuenta de lo que había sucedido horas antes: su camisa era la prueba de ello. Estaba destrozada, pero, de alguna manera, le encantaba. Ahora tenía personalidad, ahora tenía algo que contar.
Las puertas se abrieron en su planta, dos por encima de la de Adriana, y caminó por el pasillo con prisa para llegar a su habitación.
No pudo ocultar lo que había hecho tras salir del restaurante porque varios compañeros de su equipo lo esperaban en la puerta.
Tampoco serviría de nada mentir porque sabían que se había ido con ella, así que nada de lo que dijera, a no ser que fuera la verdad, serviría de excusa.
—Capitán —lo llamó Izan—. Estábamos preocupados.
—¿Acaso soy menor de edad? —interrogó medio en broma.
—No, claro que no, es solo que nos ha parecido muy raro que no estuvieras en tu habitación —añadió Cam.
—Pues ya he llegado, deja que abra y haga la maleta —pidió.
Y, al hacer un brusco movimiento con el brazo, la camisa se abrió y todos se dieron cuenta del estado en el que estaba.
—Vaya, vaya…, así que el capitán ha roto su regla —murmuró Aiden.
—¿Qué regla? —interrogó Izan, que era el que menos tiempo llevaba en el equipo.
—La de no dormir con ninguna mujer tras el sexo… —aclaró Aiden.
—No voy a hablar del tema —dijo, seco.
—No me extraña, si ha pasado la noche con Adriana, no sería para menos. Yo no me movería de su lado. Nunca. Jamás. Ni aunque hubiera un incendio —afirmó Izan con una sonrisa.
—Incendio el que tuvo que haber anoche entre los dos para que se haya olvidado de regresar —bromeó Duncan.
—Los hay con suerte —suspiró Bruce.
—Sí, nuestro capitán tiene un trébol en el culo —se mofó Cam.
—Dejad que haga la maleta o perderemos el vuelo —pidió, tratando de alejar a todos de su puerta—. Voy a proponer al comité que cambie el nombre del club, en vez de los Lions, los Buitres, que es lo que parecéis —gruñó, aunque solo despertó las risotadas de los allí reunidos.
—Capitán —insistió Izan, entrando tras él en la habitación—, pero ¿has pasado la noche con ella o no? Porque si no ha sido con ella, voy a buscarla antes de irnos y pedirle su número de teléfono porque esa mujer es toda una mujer.
—Demasiado caballo para tan poco jinete, Izan, no te hagas ilusiones.
Además, ¿con quién más pasaría la noche? No hace falta que lo confirme —dijo en su lugar Cam, que también se había colado en su habitación.
—¿De verdad vais a seguirme todos aquí también?
—Cama sin deshacer… —señaló Bruce como si no fuera obvio.
—Sois solo una panda de cachorros —bufó.
—¿No me digas que aceptó el anillo? —inquirió Aiden con gesto y tono preocupados.
—¡No! Claro que no, solo cenamos y se nos hizo tarde.
—¿Aquí, en España, a «eso» se le llama cenar? —interrogó Izan.
—Vale, está bien, os lo cuento si me dejáis en paz y no volvéis a sacar el tema —pidió, desesperado, mientras se quitaba la camisa.
En un primer momento iba a tirarla, pero, después pensó que estaría bien tener un recuerdo de esa noche con ella, así que la guardó dentro de la bolsa de viaje, de la que sacó una muda limpia—.
No es lo que pensáis, ya nos conocíamos. Y se nos hizo tarde poniéndonos al día.
—Espera, espera, espera… —repitió sin parar Bruce—. La árbitra y tú os conocíais. ¿Desde cuándo? ¿Cómo…?
—La conocí en mi último año de carrera. Ella estaba con una Erasmus en Edimburgo y coincidimos en el mismo pub . Había un tipo muy pesado y borracho que no dejaba de molestarla y me acerqué a echarle una mano…
—¿Adónde, capitán? —lo interrumpió Izan.
Buchanan le tiró lo primero que pilló en la cama: la almohada.
—Ya no cuento más —amenazó.
—Ya se calla, capitán —afirmó, rotundo, Bruce mientras le tapaba la boca al joven.
—La ayudé a deshacerse de ese tipo y nos tomamos una cerveza juntos.
Después…, después pasé una semana con ella, sin datos, sin apenas intercambiar nada personal, solo disfrutando el uno del otro y, luego, se fue. Fin de la historia.
—Sí que teníais mucho de lo que hablar… —masculló Aiden.
—¿Pero seguíais en contacto? —se interesó Cam.
—No, no sabía nada de ella, hasta que la vi arbitrando a los putos All Blacks.
—A eso se le llama destino, capitán.
—¿Por eso aceptaste la apuesta? ¡Nos has engañado!
—¿Engañado? No fui yo quien lo propuso.
—Es que era algo imposible de adivinar que conocieras a la primera y única mujer, de momento, que arbitra en nuestra categoría.
—También me sorprendió, desde aquella semana no había sabido nada de ella.
—Pero… ella de ti sí, ¿verdad? Si ha sido jugadora y luego árbitra…, habrá sido fácil para ella saber de ti.
—Supongo —dijo, encogiendo los hombros—. Bueno, voy a la ducha. Se acabó. Esperadme fuera, no tardo.
Los chicos salieron de su habitación con un murmullo inapagable en el que las teorías sobre lo que acababan de descubrir no dejaban de bailar en sus labios.
—Por cierto —los llamó—. Que quede claro para todos que tengo huevos para eso y para más. No quiero que ninguno vuelva a poner eso en duda. La palabra de un escocés es sagrada, incluso más que la sangre.