Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Tan corto como intenso

El trayecto en ascensor fue tan corto como intenso. Ninguno se atrevía a hablar, Adriana supuso que Kenneth seguía pensando en sus palabras. Habían sido una invitación en toda regla.

¿Estaría pensando en tentarla? ¿Y ella? ¿Estaba dispuesta a caer en la tentación? Lo estaba, claro que sí. Había deseado a ese hombre tantas veces como lo había visto jugar. Y ahora…, ahora la provocaba con su juego y ella recordaba muy bien lo intenso que había sido entre ellos.

Al llegar junto a su puerta, se apoyó contra la pared.

Kenneth la miraba sin pestañear, frente a ella y con las manos en los bolsillos.

Al parecer, no tenía ni puta idea de lo sexy que eso lo hacía ver.

Esa mezcla entre tipo duro y a la vez inocente que tan irresistible le resultaba.

Adriana sonrió, parecían dos adolescentes en su primera cita en vez de dos personas adultas con las ideas claras.

—¿Esta es tu habitación? —Adriana no dijo nada, tan solo asintió, expectante—. Supongo que he de darte las buenas noches.

—O los buenos días, dadas las horas… —susurró.

—¿Sabes? —preguntó, acercándose un paso más a ella, eso la hizo morderse el labio inferior y colocar sus manos atrás, entre su espalda y la pared.

Quizás para evitar la tentación de tocarlo, o de echárselas al cuello y besarlo como deseaba hacer desde que lo vio en el puto campo de juego de rodillas, a sus pies—.

Hay algo que me gustaría recordar de nuevo, porque casi lo he olvidado… —susurro, acercándose otro paso.

Ahora estaba tan cerca que su cálido aliento le nubló la mente por unos segundos, los que dedicó a mirar la boca de ese hombre y recordar el hambre que rugía en su estómago, de anhelo.

—¿El qué, Buchanan? —Trató de sonar fría, pero nada más lejos de la realidad.

—A qué saben tus labios —susurró.

Y sus manos, grandes y fuertes, la tomaron por la nuca y su boca se estampó contra la de ella en un beso voraz que la dejó sin aire, agitada y jadeante cuando este acabó.

Lo miró a los ojos, parecía tan afectado como lo estaba ella.

Se alzó de puntillas y esta vez fue ella quien tomó la iniciativa comenzando una secuencia de besos, gemidos y jadeos, que continuaron en su habitación, una vez que fue capaz de abrir la puerta con manos torpes.

Buchanan estaba fuera de sí, todo lo demás había dejado de existir, menos esa mujer y su recuerdo, que ahora lo abrumaba con una fuerza que lograba que sus rodillas flaquearan. Con el pie empujó la puerta, que se quejó del trato con un sordo golpe al cerrarse, y la arrastró hasta la pared cercana.

Necesitaba besarla, tocarla, acariciarla, enterrarse entre sus piernas de una maldita vez o iba a prender fuego a toda la maldita habitación; no, no a la habitación, a todo el puto hotel.

Tenerla contra el frío tabique era toda una tentación, sus manos la tomaron por la cintura y las manos de ella se enredaron en su cuello.

Sentir sus labios en los suyos lo excitaba de una manera que no sabía explicar, y notar su lengua jugando con la suya era una deliciosa tortura por la que cualquier hombre estaría dispuesto a morir.

Subió las manos por su estrecha cintura, acarició la zona sobre las costillas y terminó en su cuello, sosteniéndola mientras la besaba con intensidad, quería que sintiera todo el deseo que despertaba en él en ese instante.

Y cuando la lengua de ella jugó con la suya, un gruñido animal escapó de su boca y necesitó detenerse. Interrumpir todo y apoyarse en la frente de Adriana, que observaba cómo ese hombre, fuerte y rudo, necesitaba tomar aire.

—Adriana, si sigues así, voy a olvidarme de que soy un hombre y voy a ser tan solo un animal.

—Te he dicho muchas veces, capitán, que no me gustan los caballeros.

Me gustan los highlanders guerreros, rudos y cubiertos de barro. Los que juegan duro y no les importa ensuciarse —susurró, recordándolo en los partidos—. Me gusta cuando juegas en el campo, y esta noche tu partido lo juegas en el mío, entre estas cuatro paredes.

—¿Quieres jugar duro, sassenach ? —preguntó con la voz ronca y la mirada, decidida.

Adriana se mordió el labio inferior, expectante. No podía esperar más a tenerlo bajo su cuerpo, cabalgarlo hasta llegar al clímax y gritar su placer. No podía esperar a jadear su nombre, a sentirlo dentro de ella.

—Sí, capitán, ¿estás preparado? —preguntó, colocando sus manos en los hombros del hombre.

La sorpresa lo dejó sin saber qué hacer más que dejarse llevar.

Adriana lo empujó con suavidad por los hombros, hasta que tropezó con la cama y cayó sobre ella.

La joven se colocó entre sus rodillas, que abrió con sus propias piernas para acomodarse mejor.

Sin dejar de mirarlo, dio un fuerte tirón de la camisa que llevaba y disfrutó, con una media sonrisa, de los botones que salieron disparados como pequeños proyectiles azulados.

—Eso sería para una tarjeta roja, señorita árbitra.

—En el campo de juego soy una diosa, no lo olvides, capitán, y estoy exenta de tarjeras rojas o amarillas… —continuó la broma, sacándose el vestido que usaba y del que ahora ya no estaba tan arrepentida de haber llevado.

—Vaya… —susurró Kenneth al verla frente a él.

La luz de la luna entraba por la ventana y se filtraba por la suave cortina que los ocultaba de miradas indiscretas.

Golpeaba sobre su piel coloreada de canela por las horas intensas al aire libre dada su profesión.

Llevaba un conjunto de ropa interior negro de encaje que dejaba poco a la imaginación y sus manos la tomaron por esas caderas perfectas que tanto deseaba acariciar.

Colocó las manos y dejó que estas subieran y bajaran por ellas, cerrando los ojos ante su tacto suave. Tenía una piel que parecía seda y no pudo evitar la tentación de subir y bajar por su cuerpo, sin apenas ropa, para averiguar si el resto de su cuerpo tenía esa misma suavidad.

—¿Te gusta lo que ves, Buchanan?

—¿A quién no le gustaría mirar a una diosa? —murmuró sin apenas voz, tan solo un suave ronquido.

—A mí también me gusta lo que veo —susurró a su vez, arrodillándose entre sus piernas.

Buchanan se tensó mientras la joven desabrochaba el cinturón, el botón y después bajaba la cremallera el pantalón.

Lo empujó hacia atrás para que fuera menos complicado bajarle los pantalones y, una vez en la cama, solo con la ropa interior, se subió sobre él y se deleitó con ese torso que tantas veces, más de las que estaba dispuesta a reconocer, se había imaginado acariciando.

Incluso, en más de una ocasión, se había masturbado con esa imagen en su cabeza y los recuerdos de aquella semana en Edimburgo.

Sus dedos rozaron cada uno de sus músculos y las de Kenneth la tomaron por las caderas, mirándola como si de verdad la adorara. Y, con toda seguridad, era lo que hacía en ese instante.

—Me gustas tanto, Kenneth —confesó para su sorpresa.

—A mí también, Adriana, eres preciosa —musitó.

Se inclinó hacia delante para besarlo y, al hacerlo, el movimiento de su sexo sobre el de él la hizo estremecer y a él, gemir.

Un sonido gutural y profundo que la excitó aún más.

Con una sonrisa maliciosa, volvió a moverse y esta vez tomó a su vez el labio inferior de Kenneth, del que tiró con deseo incontenido.

El hombre sonrió y la apretó más fuerte contra él, quería que notara cómo su deseo explotaba bajo su ropa interior. Y se sintió bien al notar que la humedad de la mujer traspasaba también la suya.

Las manos de Adriana bajaron hasta donde sus cuerpos se unían y metió la mano entre ambos sexos, acariciando su polla y rozando su propio clítoris, lo que la hizo soltar un jadeo profundo que llenó toda la habitación de la misma excitación que sentían en ese momento.

—La cosa se ha puesto… dura —murmuró con una sonrisa en la cara que la hizo más atractiva a los ojos de Kenneth.

—Y más que se va a poner —rugió, levantándose para poder sentirla más.

Así, levantado sobre sus piernas, la tenía más cerca. Todavía podía notar la humedad de la mujer, su mano había quedado atrapada entre ambos cuerpos y su boca ahora la tenía tan cerca que no dudó en besarla con esa hambre salvaje que había despertado en él.

Sus manos acariciaron sus senos, perfectos, suaves, redondeados y turgentes, entreteniéndose con sus pezones, sensibles por el placer.

Bajó la boca a uno de ellos y lo besó y lamió hasta que ella inclinó la cabeza hacia atrás, golpeando con su larga melena sus rodillas.

Repitió el gesto con el otro y la mano libre de Adriana agarró su cuello para decirle sin palabras que quería su boca justo ahí, en su pezón, lamiéndolo, acariciándolo, mordiéndolo, volviéndola loca.

—¡Oh, mi dios! —gritó cuando este la mordió un poco más fuerte de la cuenta, un escalofrío extraño la recorrió. Una sensación que caminaba entre el dolor y el placer intenso.

—Una diosa no merece menos que un dios —murmuró con la boca todavía sobre su pecho.

—Me vuelves loca, Kenneth Buchanan —confesó entre jadeos.

—No más que tú a mí —fue su respuesta antes de levantarse con ella entre sus piernas y volver a buscar el apoyo de la pared.

Cuando la espalda de Adriana golpeó el muro, jadeó y notó como Kenneth se bajaba los calzoncillos y apartaba sus bragas.

—Espera, Kenneth, no te has puesto protección —jadeó.

El rugido del hombre le dijo que pensar en protegerse lo jodía, que no quería tener nada entre los dos, ni esa fina capa que los protegería.

—Estoy sano, sabes que me hacen análisis cada dos por tres y llevo sin tener relaciones varios meses. ¿Tomas la píldora? —interrogó, mirándola a los ojos.

Y, aunque no había suficiente luz, Adriana podría jurar que sus ojos brillaban de deseo.

El hombre empujó entre sus piernas y cerró los ojos por el intenso placer y ella…

ella perdió la poca cordura que le quedaba y se movió a su vez.

Sentirlo dentro fue una jodida maravilla que la obligó a cerrar los ojos y deformó su rostro por el placer que sintió.

¡Joder! Seguía siendo como en sus recuerdos, no, mejor.

Era mejor todavía porque era real y no un recuerdo que empezaba a desvanecerse y del que no estaba segura de cuánto era real y cuánto había sido producto de su cabeza.

Ahora sabía que era real. Que ese placer que la hacía sentir Buchanan había sido así de intenso.

—Mierda, sassenach , quiero morir entre tus piernas —gruñó, moviéndose dentro de ella.

Adriana lo tomó por el cabello y afirmó sus piernas entre su cintura.

Sus movimientos la volvían loca, pero quería más.

Mucho más, sentirlo profundo, hasta el alma.

Kenneth parecía adivinar lo que ella deseaba, volvió a entrar tras salir de su interior, despacio, para que notara su dureza, su deseo.

—Llévame a la cama, Kenneth —pidió cuando pensó que no aguantaría más.

Él no rechistó, tan solo regresó a la cama con ella entre sus brazos, sin salir de su interior.

—Siéntate —ordenó.

Kenneth lo hizo, tampoco se encontraba en una posición como para protestar; se sentó con ella y las manos de la mujer volvieron a empujarlo hacia la cama.

Se levantó y volvió a bajar sobre él, dejando que toda la longitud y grosor de su polla resbalara dentro: profundo, suave, intenso.

Repitió la operación sin prisa, disfrutando de ese instante que tanto había imaginado y, cuando miró al hombre bajo ella, con los dientes apretados, tratando de contener tanto placer, supo que había llegado el momento, así que aceleró sus movimientos y se dejó llevar.

Solo pasión. Solo deseo. Solo intensidad.

Solo placer. Eso eran. Cabalgó a ese hombre con una pasión que la sorprendió hasta a ella, pero con él siempre había sido fácil, siempre se habían entendido en la cama de una manera que pocas personas podrían comprender, se creaba entre sus cuerpos una complicidad que no era propia de su tipo de relación.

Fuera de sí, se apoyó en sus hombros y aceleró los movimientos hasta que gimió su clímax con un grito liberador que fue el detonante para que Kenneth liberara el suyo.

Sus jadeos se mezclaron, las manos de Kenneth apretaron tanto sus caderas que en otras circunstancias le habría causado dolor, pero no ahora.

En ese momento, ese agarre era lo que necesitaba para intensificar los espasmos de placer que la recorrían de arriba abajo, por todo su cuerpo que cayó, sin fuerzas, sobre el hombre, que seguía disfrutando de su propio orgasmo.

Permanecieron así, sin moverse ni hablar, tan solo emitiendo suaves gemidos y jadeos que se iban apagando poco a poco, durante un largo tiempo. Tanto que el sol los sorprendió todavía uno en brazos del otro.