Capítulo 9
Por la vida
Tras un carraspeo fuerte, miró de nuevo la mesa y señaló el primer plato que vio, aunque estaba claro que era una ensalada.
—¿Qué tipo de ensalada es esa? —interrogó, tratando de que su voz sonara normal, de que ella pareciera normal.
—Es una ensalada muy típica de Grecia, su nombre en horiakiti . Lleva tomate, pimiento, queso feta, aceitunas negras, pepino, cebolla y una mezcla de hierbas aromáticas tradicionales.
—Vaya, conoces la cocina griega.
—Tuvimos un campeonato en Grecia y me enamoré del país y su gastronomía, cada vez que puedo visito algún restaurante griego para recordar aquellos días.
—Suena a que fueron especiales.
—La vida llena de rugby lo es, ¿cierto?
—Cierto. Casi todos mis recuerdos giran en torno a él.
—Esta botella de vino es vino Retsina, lo llaman así porque sellan las botellas con resina, lo que le da a vino un sabor muy particular —explicó mientras servía en las copas un poco del rosado líquido—.
Ese cuenco tiene tzatziki : una salsa de yogur con zumo de limón y eneldo, cuyo sabor es indescriptible.
Puedes tomarlo untado en ese pan de pita. —Señaló el trocito de pan.
Adriana lo tomó y extendió un poco de la salsa sobre el pan, que luego se llevó a la boca. Y tenía razón, la explosión de sabor la obligó a cerrar los ojos.
—Está delicioso —afirmó con una gran sonrisa—. ¿Qué es aquello?
—Eso es spanakópita , es un pastel de hojaldre relleno de espinacas y queso feta.
Aquello de allí —continuó señalando otro plato más alejado—, souvlaki .
Son brochetas de carne. Esas parecen de ternera, aunque también las hay de cerdo y pollo.
Puedes usar el tzatziki para darles más sabor.
La musaka, que sabías bien qué era, y aquello de allí se llama dolmadaika ; son hojas de parra rellenas de arroz con otros ingredientes, creo que cambian según quién las cocine.
Las he probado con pasas, piñones, con cebolla…
Adriana tomó una brocheta y la metió en el tarro con la guarnición. La verdad era que esa salsa convertía cualquier cosa en un manjar de dioses.
—Ahora entiendo por qué los dioses eligieron vivir en Grecia, seguro que fue por esta salsa —soltó con la boca llena.
A Kenneth lo divirtió el comentario y sus carcajadas la contagiaron.
—Tienes razón, yo también lo pensé.
—Vamos a brindar —pidió.
—¿Por? —preguntó con la copa de vino en alto, a la espera.
—Por el rugby , por los reencuentros y por la buena comida.
—Por la vida —terminó él.
—Por la vida —susurró, conforme, y sus copas se tocaron durante algo más de lo esperado.
Y no fue porque no pudieran quitarse la mirada de encima ni porque las copas parecieran una extensión de ellos y se imaginaran juntos, rozando la piel del otro… No, claro que no.
La camarera apareció para romper la magia y Adriana lo agradeció, su encuentro con Kenneth la había dejado alucinada, pero no dejaba de estarlo ni un segundo. De nuevo todo lo que ese hombre decía le encantaba y la enganchaba a él. Quería saber más. Mucho más.
—¿Todo bien por aquí, señores? —interrogó.
—Todo perfecto —asintió Kenneth.
La joven se retiró y Kenneth se centró en Adriana y en la necesidad que bullía en la punta de sus dedos, ansiosos por tocar su piel una vez más. ¿Le abriría las puertas de su cielo? ¿O lo dejaría sumido en el infierno?
—Todavía no sé cómo sucedió —susurró.
—¿El qué?
—Que terminaras como árbitra.
—Bueno, fue… la vida —dejó escapar, echándose un poco hacia atrás, perdida en los recuerdos—.
No ganamos la final de un campeonato muy importante, nos quedamos a las puertas, y me había dicho que, si no lograba ganar, me retiraría.
Pero tuve la suerte de que me llamaran para arbitrar un partido algo más serio.
Pasaba el tiempo entre entrenamientos, partidos y arbitrar en escuelas infantiles.
Pero soy muy de señales, ¿sabes? Creo que el destino está escrito y que solo hay que darse cuenta de lo que te susurra, a veces se pierde entre tanto ruido, pero, si prestas atención, ahí está.
Esperando a que le des la mano, a que te des cuenta de que ese es el camino correcto y cuando me ofrecieron pitar un partido de más categoría, acepté.
Tras ese partido vinieron más y fui creciendo como árbitra, abandoné el juego y me centré en estar en el campo, pero de otra forma.
Al final me decidí a intentar llegar a árbitra internacional y… bueno, lo conseguí.
—Has tenido años moviditos.
—Sí, lo han sido, pero no me arrepiento, soy muy feliz con mi vida, Kenneth.
—Puedo verlo. La verdad es que no podía creer que fueras tú cuando te vi al otro lado de la pantalla. Habían pasado tantos años… y, aun así, sigues siendo tú.
—Creí que no recordarías algo así. Una española que solo estuvo en tu vida durante una semana escasa…
—Estabas equivocada —sonrió—. Estabas impresionante en el Eden Park y, además, me jodiste la apuesta, ¿sabes?
—¿Apuesta? ¿Qué apuesta? —interrogó con interés.
Ahora había cambiado la postura, de nuevo se había inclinado hacia él y es que tenía algo magnético que la obligaba a orbitar alrededor de su espacio.
—Verás…, a los chicos se les ocurrió comentar que la árbitra era una mujer para mí, claro, ellos no conocen nuestro…
pasado común. Y yo, siguiéndoles el juego, les dije que, si hacías que los All Blacks perdieran contra Los Pumas, te pediría matrimonio cuando te viera, de rodillas, en el campo y hasta con el anillo de mi abuela —soltó entre risas.
—¿De verdad? ¿Por eso has hecho esa pantomima? —Él asintió con mucha rapidez—. ¿No se te ocurrió pensar que podría perjudicar mi carrera? —preguntó, algo molesta.
—Lo cierto es que no, por eso debo pedirte disculpas, tampoco esperaba que lo retransmitieran, ni que el vídeo se hiciera viral… —confesó, llevándose la mano a la nuca para frotarla con nerviosismo. Le gustaba que mantuviera viejas costumbres.
—Bueno, lo cierto es que ha dado de qué hablar, quizás ganemos algunos aficionados al rugby , así que te perdonaré, pero solo esta vez y a cambio de la cena. —Kenneth sonrió y alejó la mano de su nuca, más tranquilo—.
Sigues haciéndolo —susurró.
—¿El qué?
—Llevarte la mano a la nuca cuando estás nervioso, avergonzado o inseguro —puntualizó.
—Los malos hábitos son difíciles de olvidar —confesó.
—Así que, por tu regla de tres, soy un mal hábito para ti… —murmuró, aunque él llegó a escucharlo.
—Uno que estoy deseando retomar…
—¿Qué hay de ti? —preguntó para cambiar de tema, a pesar de que ella sí le había seguido la pista.
—Poco, la verdad. Me dediqué a mi carrera en cuerpo y alma.
Ya sabes que los deportistas profesionales tienen una carrera corta y, bueno, la mía llega a su fin.
Ya no soy tan fuerte, ni ágil, ni tan rápido como antes.
Así que, cuando juegue la Copa del Mundo junto a la selección escocesa, tengo pensado retirarme, regresar a Edimburgo.
Tal vez unirme a un equipo más pequeño con el que seguir disfrutando del rugby con menos presión.
O ejercer una profesión relacionada con mis estudios, no lo sé…
—Ya veo. ¿Hay alguien en tu vida? —preguntó, tragándose la vergüenza junto a un sorbo de vino. Sabía genial.
—No, todavía no. Al parecer, el destino no me da señales o soy muy torpe para verlas —bromeó.
—Por el destino —volvió a brindar.
Y él la acompañó, estar con ella era liberador. Siempre había tenido esa sensación de comodidad con ella, parecía increíble que apenas sin conocerla pudiera sentirse así con alguien, ¿sería esa una de las señales del destino que no era capaz de ver?
La velada pasó entre charlas, risas y buena comida.
Era extraño porque parecía que hubiesen vuelto atrás en el tiempo y que la diferencia radicara en que eran más maduros, más experimentados.
Adriana disfrutó los postres como una niña, la baklava, que era una pasta de pistachos, la enamoró porque, además, el pistacho era de sus frutos secos favoritos y los loukoumades fueron la guinda perfecta para su pastel: buñuelos fritos recubiertos de miel y canela.
Canela. ¿Sería cierto que era afrodisiaca?
De todas formas, daba igual, el mejor afrodisiaco para ella era Kenneth Buchanan, lo tenía claro.
El tiempo se escapaba a una velocidad asombrosa, se sentía como un reloj de arena por el que los pequeños granos dorados se escurrían sin control.
Así se sentía al lado de Kenneth. Tras pagar la cuenta, despedirse del chef, que resultó ser un gran admirador, y darle las gracias por todo, salieron a la fresca noche para regresar.
—Te acompaño a tu hotel —ofreció.
—Está cerca de aquí de todos modos.
—Entonces, supongo que nos alojamos en el mismo.
—Es de esperar, ya sabes que suelen juntarnos en los campeonatos, así que lo lógico para simplificar era que nos alojaran juntos.
—Sí, era de esperar. No el hecho de encontrarte aquí, la verdad es que fue toda una sorpresa.
—Para mí también —susurró.
Caminaban despacio, la luna lucía traviesa con esa media sonrisa pícara tan característica y el cielo, a pesar de la contaminación, estaba despejado, por lo que los dejaba ver algunas estrellas parpadear en la oscuridad.
Cada paso que daban se acercaban más y llegó un momento en que sus manos se rozaron. Kenneth estuvo a punto de volver a tomarla, pero ella se alejó y eso lo hizo detener el movimiento.
—¿Vas a arbitrar en la Copa del Mundo?
—Sí, me lo han ofrecido y, por supuesto, he dicho que sí. Será una experiencia única.
—Lo será. Espero llegar a la final.
—A mí también me gustaría llegar a pitarla, pero este campeonato va a ser duro —susurró.
—Me gusta el juego duro, ¿todavía no lo sabes?
—Sí, te gusta el juego duro, y a mí también —confesó.
La conversación se tornó, de repente, muy sensual, o eso pensaba Adriana, que no podía dejar de imaginar lo duro que sería su juego con él.
Entraron en el hotel y se dirigieron a la puerta del ascensor. Al subir, Kenneth esperó que le dijera a qué planta iba o que ella misma pulsara el botón, pero nada de eso parecía que iba a suceder.
—¿A qué planta vas?
—La verdad, Kenneth, es que no estoy muy segura de si es una buena idea que me acompañes a mi habitación.
—¿Tienes miedo? —provocó.
—El que debería tenerlo eres tú —afirmó, pulsando el botón de su planta.
La puerta del ascensor se cerró con un quejido, el mismo que ella aguantaba porque se sentía una bocazas; no había nada de malo, de todos modos, los dos estaban solos, si sucedía algo, sería pasajero y, ya puestos, ¿a quién le amargaba un dulce? A ella no.