Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Maldito eco

—¿Dónde vamos? —se atrevió a preguntar después de llevar un rato caminando en silencio, tomados de la mano.

—Todavía no lo sé, a un lugar tranquilo para charlar. Un sitio en el que pueda tenerte solo para mí.

«Tenerte solo para mí» resonó en la cabeza de Adriana. Un maldito eco que no iba a desaparecer con facilidad.

—¿Solo para ti? ¿No crees que es pedir mucho, Kenneth?

—Tal vez, pero no me importa.

—Sigues siendo igual de caradura —bromeó.

—Tampoco veo mucha diferencia entre aquella joven que conocí y la mujer en la que te has convertido.

—Tampoco tú has cambiado tanto. Algunos años más, algunas arrugas nuevas…, pero el mismo ego de siempre —lo picó.

—¿Ego? ¿Yo? ¿De dónde sacas eso, sassenach ? —«Sassenach», era escucharlo llamarla así y dejaba de ser persona, no era más que una llamarada de fuego que necesitaba arrasarlo todo a su paso. Arder con él—.

La verdad es que odio ser tan sexy , pero, lo siento, soy jugador de rugby . —Fingió que lo sentía encogiendo los hombros.

—Salta a la vista que lo odias —siguió con la broma.

Kenneth se detuvo, pero se negó a soltarle la mano. La verdad era que se sentía bien y en su cabeza, aunque los recuerdos se habían ido disipando, la sensación de que siempre le había gustado caminar con ella con las manos entrelazadas se sentía real.

—No recordaba lo bueno que era charlar contigo —susurró.

Se había detenido, pero seguían sin soltarse. Durante unos segundos se contemplaron, pero fuera lo que fuese lo que Kenneth iba a decir se lo guardó y reanudó la marcha.

El corazón de Adriana palpitaba como loco. ¿La había echado de menos?

Ella pesaba que la había olvidado, pero ¿estaba equivocada?

Y, para qué mentir, lo había seguido a lo largo de su carrera profesional y había estado al tanto de lo poco que trascendía de su vida sentimental porque siempre había sido él.

No había sido el momento, ni el lugar, pero sí la persona adecuada.

Lo supo al montarse en el avión de regreso a España, su corazón se rompió de dolor por lo que dejaba atrás.

Esa promesa de un futuro con él que ya nunca sabría si hubiera tenido o no porque desechó la posibilidad antes de dársela.

Caminó en silencio, como un autómata que siguiera las órdenes silenciosas de su dueño.

Cuando llegaron a un pequeño restaurante, entraron y lo escuchó pedir una mesa con privacidad.

Lo oía todo, pero no era capaz de decir nada, su mente seguía enredada en esa confesión que le había hecho.

Era un sentimiento extraño, porque habían compartido algunas noches, tenía un grato recuerdo de sus días junto a él, sin embargo, en realidad, solo eran dos extraños que conectaban por alguna extraña razón. Siempre lo habían hecho.

Un joven los acompañó a una mesa para dos, en una de las esquinas más apartadas del local. A su lado no había ninguna otra cercana. Así que estarían a solas.

—¿Qué te apetece cenar, Adriana? —interrogó sin apartar la mirada.

—No lo sé, ¿y a ti?

—A mí me apetece comerte a ti —soltó sin dejar de mirarla.

Y era cierto, desde que la había visto arbitrar el partido no había pensado en otra cosa.

Esa mujer siempre había tenido algo diferente que lo hacía desear más.

Hubo un tiempo incluso en el que se arrepintió de no haber preguntado nada sobre ella.

Cuando pasaron unos días de su despedida, se lamentó de no haberle preguntado algún dato más para buscarla por redes sociales, como su apellido, o haber tenido su número de móvil español para mantener el contacto.

Trató de no perderlo, pero el número dejó de funcionar en un pestañeo y, al final, se cansó de enviar mensajes o hacer llamadas que sabía que no iban a tener respuesta.

Aunque, si era sincero, después de aquellos días su vida cambió tanto que pronto dejó de pensar en ella.

La vorágine que lo había atrapado lo había absorbido tanto que no dejó tiempo para nada más.

Ahora, de nuevo frente a ella, tenía la misma sensación que aquella primera vez lo embargó; como si fuera la correcta.

Parecía una puta locura, lo sabía, pero lo sentía así.

La atracción que sentía por ella era tan intensa que lo hacía decir cosas como la que acababa de soltar, y ahora no podía dejar de mirarla, hechizado.

Tal vez era por la falta de iluminación en la zona en la que estaban, pero juraría que estaba sonrojada y eso empeoraba la atracción que sentía por ella.

Ahora no solo quería comérsela, quería follársela sin piedad.

Sin compasión. Llevarla al éxtasis hasta que gritara su nombre y cayera rendida sobre su pecho.

Dejar que las sábanas, una vez más, se enredaran en sus cuerpos desnudos, que el amanecer los sorprendiera perdidos entre abrazos, besos, jadeos y pasión.

—Pues lo siento, capitán, pero no estoy en el menú —dijo al cabo del rato, tragando toda la saliva que se había acumulado en su boca.

—Es una lástima. Voy a pedir la carta de postres por si aparecieras en ella

—continuó la broma para relajar el ambiente.

Y lo consiguió, logró que Adriana soltara una gran carcajada que intensificó el rubor de sus mejillas.

—Vaya, Adriana, apenas has cambiado. Parece increíble con todos los años que han pasado…

—Lo sé, mentiría si dijera que me sorprende verte porque lo cierto es que he seguido todos estos años tu carrera —reveló para sorpresa de Kenneth.

—¿Por qué, entonces, nunca trataste de retomar el contacto?

—interrogó ante la revelación que lo había dejado fuera de juego, aunque, por otro lado, debería haber sido fácil de adivinar; ella jugaba y luego había arbitrado y no era tan complicado dar con él porque sabía su nombre y, si la memoria no le fallaba, había dejado claro que era un Buchanan.

—Bueno, no sé, la verdad es que nunca parecía el momento adecuado y, además, tú subías como la espuma dentro del rugby mientras yo trataba de adaptarme a todo.

—¿Cómo terminaste jugando al rugby ? ¿Cómo has terminado siendo la primera mujer en arbitrar partidos internacionales masculinos? —preguntó sin poder aguantar más la curiosidad que esa parte de la vida de Adriana despertaba en él.

—Bueno, por dónde empiezo… —dudó.

En ese instante, la joven camarera se acercó a tomarles nota de la comida y cogió la carta para pedir, porque había estado distraída con la charla con Kenneth y ni siquiera sabía a qué tipo de restaurante habían ido.

—¿Te parece que pidamos el menú degustación? Así podemos probar de todo un poco —sugirió.

—Me parece genial.

—¿Hay alguna cosa que te provoque alergia o intolerancia? —se interesó.

—La verdad es que no —contestó con sorpresa, no era lo normal que alguien se preocupara por cosas así, ¿verdad?

—Pues el menú degustación para dos y, ¿de beber?

—Cerveza, claro —afirmó con una sonrisa.

—Dos cervezas, por favor.

—Alhambra, si puede ser —especificó.

Kenneth soltó una risita entre dientes porque, de nuevo, el recuerdo de parte de aquella conversación que tuvieron por primera vez hacía aparición en su cabeza de golpe y porrazo. Era como si hubiera dejado todo aquello que sucedió en standby y ahora le hubiera dado al play .

La joven camarera se retiró y volvió a dejarlos solos.

—¿Y bien…? —la animó a continuar.

—Cuando regresé a España, una amiga insistió en que jugara un partidillo amistoso con su equipo. Solo iba a ser algo esporádico, y acepté.

La verdad es que me llamaba la atención conocer algo más del deporte que practicabas, así que me lancé.

Y, bueno, cuando puse el pie en el campo de juego, se obró la magia.

Y me enamoré del deporte, de las normas, de los valores…

Y, para mi sorpresa, era buena. Y, bueno, supongo que no es lo normal comenzar en un deporte a una edad tan tardía, tenía ya diecinueve años, y mucho menos normal que en poco tiempo pases a ser titular y comiences a ganar campeonatos… , pero así fue.

—Wow, no dejas de sorprenderme, Adriana.

—Bueno, a ti tampoco te ha ido nada mal.

—Sí, pero, no he sido el primero en nada.

—No sé qué quieres decir…

—Bueno, tú eres la primera mujer en arbitrar partidos masculinos internacionales.

Has roto barreras. Y eso hay muy pocos que lo logren.

Eres una luchadora, eso lo tengo claro y, además, una privilegiada porque has conseguido derribar murallas.

Serás el ejemplo de muchas otras que tratarán de llegar también a un lugar que antes creían vetado. Ahora ya no lo será nunca más.

Sus palabras la hicieron ahogar un gemido, seguía siendo ese chico en aquel bar, pidiéndole que se pensara las cosas, rogándole que no lo mirara con deseo porque quería ser un caballero y, de nuevo, ella deseaba que diera rienda suelta a ese highlander en el que se convertía cuando entraba en el campo de juego.

—Vaya, Buchanan, ya eras bueno con las palabras en aquellos años, pero desde luego que la edad te ha hecho mucho mejor con ellas.

—¿De verdad? Quizás esté usando todas mis armas para… —se interrumpió.

La camarera apareció con las cervezas y tras ellas dejó el resto de platos sobre la mesa. En un principio, Adriana pensó que no iban a caber todos en ella.

—El chef me ha pedido que le traiga también una botella de Retsina —explicó, poniendo en mitad de la mesa una botella de un vino con un tono rosado.

—Muchas gracias —agradeció Kenneth.

—¿Necesitan que les comente algo sobre los platos? —se ofreció.

—No, gracias, me gustaría hablarle de ellos.

La mujer asintió con la cabeza y se retiró de su lado para volver a su trabajo. Adriana miraba, alucinada, el espectáculo que acababan de colocarle frente a los ojos.

—Déjame adivinar … —pidió antes de que Kenneth pudiera decir nada.

—Adivina —pidió con una gran sonrisa.

—Vale, no tengo claro qué son la mayoría de los platos, pero este de aquí

—señaló—, sé que es musaka. Así que…, ¿estamos en un restaurante griego?

—Premio.

—¿Y qué he ganado? —interrogó sin pensar.

Kenneth la miró a los ojos y se inclinó sobre la mesa. Adriana podía escuchar su respiración entrecortada y el latido de su corazón que, de pronto, se había vuelto loco.

—¿Qué deseas? Pídeme lo que quieras.

—¿Lo que quiera? —preguntó de nuevo con la garganta seca.

Kenneth asintió. ¿Por qué demonios seguía haciéndola temblar?

¿Por qué tenía tantas ganas de recordar cómo era estar con él?

Y, sobre todo, ¿por qué demonios tenía que sentirse tímida con él?

Así que decidió que lo que debía hacer era sacudirse de encima a esa chica de diecinueve años que parecía haberse encaramado a su espalda y comportarse como la mujer de veintiocho que era.

—¿Y si lo que deseo es al capitán de los Lions? ¿También estarías dispuesto a darme lo que pidiera? —se atrevió a preguntar.

Lo cierto era que deseaba saber si estaba o no disponible, desde aquel incidente entre ambos capitanes no se había vuelto a relacionar al capitán de los Lions con ninguna otra mujer, lo que no necesariamente significaba que estuviera solo.

—Sin dudarlo —susurró, y Adriana pensó que se fundiría junto al hierro del que estaba hecha la silla.

Su estómago estaba del revés, las manos de sus palmas, tan húmedas como el valle entre sus piernas y su corazón parecía incapaz de latir a un ritmo normal.

No podía esperar a volver a probar un trocito de ese hombre que tanto la hizo disfrutar hacía años, ¿sentiría lo mismo?

¿Quizás, ahora desde la distancia y siendo más experimentada, no le parecía tan bueno como en aquellas noches?

—Si sigues mirándome así, sassenach , no voy a poder prometerte comportarme como debo —la amenazó usando las mismas palabras que en el pasado.

—Tiene mala memoria, capitán, ¿se le ha olvidado que no me gustan los caballeros, sino los salvajes highlanders ?

Kenneth se agarró a la mesa con tanta fuerza que juraría que, si hubiera sido de madera y no forjada, hubiera sido capaz de romperla.

Esa mujer volvía a hacerlo arder de expectación, le secaba la boca y humedecía su sexo, que no dejaba de recordarle, bajo sus pantalones, que estaba hambriento, de ella.

Adriana supo que la cosa estaba cogiendo una calentura que no era sana para ninguno, así que se obligó a retirar la mirada del hombre que tenía frente a ella y dio un largo sorbo a la cerveza, que había perdido la temperatura.

Era obvio que el calor entre ambos afectaba a todo lo que se encontrara en un radio de un kilómetro, o más.

El sorbo fue largo y refrescó algo su cálido interior.

Soltó la jarra y notó cómo una gota del líquido ambarino resbalaba desde la comisura de su labio hacia la barbilla, pero, antes de poder limpiarla, el dedo de Kenneth estaba ahí, atrapándola, para, segundos después, llevársela a la boca y saborearla.

A ella. Porque eso parecía. No era la gota, no.

Era, de alguna manera, a ella y eso la excitó tanto que tuvo que aguantar un jadeo y tragárselo junto a la cerveza.

—De momento, el postre promete —murmuró de nuevo.

El sonido de su voz en ese tono, rudo, ronco y suave era una combinación que tenía un mágico efecto en ella, era como su punto G. Lo escuchaba y su cuerpo reaccionaba, ¡maldita fuera! Tenía los pezones inflamados, buscaban el calor que esa voz les prometía.

Debía preguntar por otra cosa, algo que la distrajera de las tórridas imágenes que bullían en su cabeza, porque no estaba segura de guardar la compostura y la idea de raptarlo y llevarlo al baño cobraba fuerza en su cabeza.