Capítulo 7
Algo mágico
Miraba todo a su alrededor. El verde del campo de juego, a pesar de la oscuridad que empezaba a teñirlo todo de sombras, resplandecía. Al menos para ella. Tenía algo mágico, algo que la relajaba y la excitaba al mismo tiempo, como estar con la persona correcta.
Al principio probó por insistencia de una de sus compañeras que ya jugaba, nunca pensó que podría llegar lejos con la edad que tenía.
¿Quién se inicia en un deporte a los diecinueve años y tiene éxito?
Ella, así había sido. Probó una tarde en la que el cielo estaba nublado, nunca lo olvidaría, y ya no hubo marcha atrás. Se enamoró de ese deporte.
—Tiene unas vistas espectaculares —susurró a su lado.
No tuvo que girarse para saber que era él, su voz se había quedado grabada en su mente.
—Sí, el césped tiene algo especial.
—Lo tiene. Por eso todo el que lo prueba queda atrapado por él. ¿Eso te sucedió a ti, Adriana?
¡Maldita fuera! ¡Cómo había echado de menos escuchar su nombre de su boca! Esa pronunciación que tenía, que arrastraba las erres convirtiéndolo en vez de en un nombre más en un susurro sensual.
—Algo así —murmuró a su vez.
No podía moverse. De pronto su cuerpo tiritaba y no de frío, sino de expectación, de anhelo, porque quería volver a estar con ese hombre. Había perdido la cuenta de todas las veces que se había imaginado con él, sobre él, debajo de él, encima, en cualquier postura mientas fuera con él.
Solo le sucedía con él, cada vez que lo veía en el campo de juego, su cuerpo temblaba, quizás porque sabía lo que era estar con él, lo que sentía estando con él.
Ahora lo tenía frente a ella y, aunque su aspecto era más maduro, más rudo incluso, seguía viendo en el fondo de sus ojos aquel joven al que entregó su cuerpo, aquel joven con el que disfrutó tanto en tan poco tiempo.
—Estás preciosa, Adriana. Ha sido toda una sorpresa verte en el campo de juego —confesó.
Demasiado cerca. Tanto que si se acercaba un centímetro más podría prenderse fuego. Sabía que estaba esperando a que dijera algo, pero, cuando abría la boca para decirle lo que fuera, uno de los chicos del equipo los interrumpió.
—¡Capitán! ¡Sois virales! ¡Estáis por todos los malditos lados! —exclamó, emocionado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Kenneth, confuso.
E Izan le acercó su teléfono móvil con una imagen congelada. Kenneth lo sostuvo y Adriana se acercó más para tener una mejor visión de lo que se fuera a reproducir a continuación.
Las imágenes del campo de juego aparecieron y se escucharon las voces de los comentaristas que iban a retransmitir el partido.
—Aquí estamos hoy una vez más para ver buen deporte, deporte del sano, del de verdad. Y el partido de hoy es especial porque lo recaudado con las entradas se donará a una ONG. Nuestros jugadores nunca dejan de sorprendernos.
—Efectivamente, hoy el partido es especial por esa circunstancia y es que nuestros jugadores se implican en todas las buenas causas. Y ahí están, entrando cada uno desde su túnel de vestuarios a la pista.
—El equipo de la selección española se ve espectacular.
—Sí, pero los Lions no se quedan atrás, qué imponente la figura de su capitán, Kenneth Buchanan.
—Tienes razón, aunque ya está rozando los treinta y dos, le queda cuerda para rato.
—¿Sabes? Me recuerda a un guerrero escocés listo para entrar en batalla.
—Tampoco es una observación equivocada. De casta le viene al galgo, que dice nuestro refranero.
—Un momento, un momento, ¿qué sucede con el capitán de los Lions? ¿Por qué se desvía de su camino y se acerca a la árbitra?
—No lo sé, ¿será que el león quiere rugir a la leona?
—No tengo ni… ¡¡¿Qué?!! ¡¿Estoy viendo visiones?! ¡¿Está sucediendo lo que creo que está pasando?!
—¡Lo parece! ¡Lo es! ¡Lo es! ¿Está de rodillas frente a la árbitra?
—Esto es… ¿Se está declarando? ¡Maldita sea! ¿Se está declarando a la árbitra?
—¡Dios! Esto me recuerda… Esto me recuerda a la petición de mano que Daniel Evans nos regaló no hace mucho.
—¿Quizás sea una broma del escocés? Los rumores sobre su enemistad han sido muchos desde aquel partido en el que expulsaron a Evans por una entrada bastante peligrosa a este.
—¿Crees que se está burlando de la petición de mano de Evans?
Sabemos que su relación no es muy buena, pero ¿qué hay de la árbitra? ¿Qué le estará diciendo De Vera?
—No tengo ni idea, pero te aseguro que pagaba por estar ahí y escuchar qué le dice.
—Un momento, ¿lo ha rechazado?
—¡Sí! ¡Lo ha rechazado! ¡El león se larga con el rabo entre las piernas y el anillo de vuelta a su caja!
Adriana miraba la pantalla sin poder creer lo que veía.
—¿Ese número de visualizaciones lleva ya? —preguntó sin poder creerlo
—. ¡Pero si solo han pasado unas horas! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza.
—Menos mal que no aceptó, señorita Adriana, sino hubiera pensado todo el mundo que nuestro capitán la había comprado con joyas… —se burlaba Izan, que parecía tomárselo todo a broma.
—Sí, menos mal que no acepté… Aunque tampoco es que hubiera sido una petición en serio… —murmuró esto último para ella.
—Adriana, yo… —comenzó Kenneth a decir.
Pero no le dio tiempo, salió de la terraza, se disculpó con los entrenadores y dejó el lugar. No estaba para bromas. Estaba molesta. ¿Acaso no había pensado Buchanan en el daño que esa idiotez podría causarle a su carrera?
—¿Adónde vas? —La frenó la voz de Kenneth, que resonó con fuerza.
Adriana se giró para enfrentarlo, pero en realidad no sabía qué decir. ¿Pedirle explicaciones serviría para algo?
—Al hotel, Kenneth.
—¿Por qué de repente?
—Porque estoy molesta contigo y no quiero dar otro espectáculo.
—Adriana, espera, vamos a hablar —soltó, rotundo, tomándola por la mano.
—Kenneth —se quejó en protesta.
—Dime, Adriana… —murmuró sin soltarla.
Ella lo miró a los ojos y supo que no tenía el coraje de decirle que no. Entre otras cosas porque desde que lo había visto sobre el césped lo único que había deseado era tenerlo un rato para ella, a solas. Charlar, ponerse al día y, ¿por qué no?, terminar la noche entre sus brazos.
Creía en las señales, era cierto y, en esta ocasión, estaban unidos por el rugby e iba a ser inevitable no coincidir, no verse, no hablarse…
—Nada. Vamos a tener una buena charla —claudicó.
—Han pasado muchos años, creo que necesitaremos más que una charla
—afirmó.
Y, sin soltarla de la mano, salió con ella del club, dejando atrás el campo de juego e internándose en la ciudad que los acogía y en la noche que despertaba.