Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Demasiado poco

Adriana se miró por última vez en el espejo, ahora se arrepentía de haber llevado solo ese vestido.

No tenía ni idea de cuándo le había parecido una buena idea…

Estaba segura de que sería la única mujer entre todos.

Quizás, si la suerte la acompañaba, habría alguna que otra camarera en el lugar donde se iban a tomar una buena cerveza.

Estaba deseándolo, pero su vestido seguía sin convencerla.

Tal vez debería haber elegido unos pantalones corte sastre o algo así.

Ahora le parecía demasiado formal, demasiado corto, demasiado ajustado: demasiado poco.

—Pues ahora te jodes. No has traído nada más y no puedes presentarte allí con la equipación de árbitra —se dijo a sí misma—.

Tampoco es que tengas nada que temer, no has llegado hasta aquí sin vencer tus miedos y llevar un vestido no es el peor de ellos —continuó con su monólogo frente al espejo—.

No, claro que no, lo peor va a ser él. ¡Dios!

¿Por qué después de tanto tiempo sigo temblando cuando estoy frente a él?

Dejó escapar el aire, se arregló el cabello, colocó un poco de brillo en los labios y se dio el visto bueno para enfrentarse a todos esos tipos que le sacaban más de una cabeza y que hacían dos, en algunos casos tres, de ella.

El lugar elegido era el bar restaurante del propio club.

Al entrar, todos los allí presentes se volvieron a mirarla.

Debería estar más acostumbrada, sobre todo, porque desde que era árbitra en la liga masculina las miradas sobre ella eran algo usual.

Sin embargo, ahora no llevaba su ropa de trabajo y eso la hacía sentir un poco intimidada.

Caminó sin tener claro hacia dónde dirigirse; en otro tipo de competiciones había más árbitros y solían hacer piña, pero esto había sido algo diferente, un favor que le habían pedido porque Evans quería ver el estado de su equipo y no podía haber elegido a otro rival, no, tenía que elegir al equipo con el que jugaba Kenneth y, claro, había sido tonta al no caer en la cuenta de la relación amor-odio que tenían esos dos.

¿Debía acercarse a la barra, tomar asiento y quedarse allí, estática?

¿Debía presentarse a los entrenadores formalmente?

¿Sentarse en una de las mesas y beber una buena jarra de cerveza sin más?

O mejor un barril entero, le iba a hacer falta.

—Vamos, Adri, ¿qué coño te pasa? ¿Dónde está tu arrojo? —murmuró.

«Se ha quedado en el campo de juego, justo en el lugar en el que Buchanan se ha arrodillado».

—Hola, soy Daniel Evans —la interrumpió la voz del entrenador de la selección española.

Por supuesto que sabía quién era, pero nunca los habían presentado oficialmente, de hecho, si no se equivocaba, era la primera vez que coincidían en un evento.

Y si Daniel Evans era atractivo en los pósteres publicitarios, en persona no se quedaba atrás.

No necesitaba ni maquillaje ni fotos para lucir…

así. Imponente. Atractivo. No la extrañaba que las mujeres perdieran la cabeza por él a pesar de la fama que le precedía: de donjuán y de ser un poco cavernícola.

—Señor Evans, es todo un placer conocerlo por fin. Capitán de los All Blacks, jugador número 10, en la posición de fly-half2 : hábil y explosivo.

Además, uno de los jugadores con mejor técnica de pie —lo aduló. Aunque no eran palabras vacías, había sido uno de los mejores en sus años en activo.

—Gracias —dijo con sorpresa—, quería felicitarla por el gran partido que ha arbitrado. Se nota que conoce el juego desde dentro —la halagó—, aunque ahora me parece poco reconocimiento después del estudio que ha hecho de mí.

—Gracias, señor Evans. Es un gran halago viniendo de un jugador cuya fama lo ha catapultado hasta el nivel de leyenda dentro del rugby —confesó

—. En cuanto al estudio…, fui jugadora y usted, uno de mis jugadores favoritos. De ahí que sepa tanto sobre su trayectoria.

Lo cierto era que estaba feliz porque un grande de ese deporte que tanto amaba y respetara hubiera notado su gran arbitraje.

—Gracias de nuevo —sonrió—. ¿Conoce al entrenador de los Lions? —interrogó, tomándola del codo y arrastrándola hasta el pequeño grupo donde estaban reunidos los capitanes y los entrenadores.

Una vez allí, su mirada se dirigió a la de Kenneth.

Recién duchado, limpio y con ropa de calle era un espectáculo, pero no podía comparársele al jugador lleno de tierra y dispuesto a pelear cada balón.

En el campo, Kenneth Buchanan parecía un auténtico león: fiero, elegante, veloz, fuerte y audaz.

Solo su presencia hacía que su cuerpo entrara en calor, no podía entender qué tenía ese hombre que la hacía sentir arder.

Había sido de esa forma desde la primera vez que lo vio y ni el paso del tiempo había menguado el deseo que despertaba en ella. Lo extraño era que no le sucedía con nadie más, solo con él. Había sentido deseo por otros hombres, claro, pero no sin apenas conocerlos.

Se decía a sí misma que todo era a causa de su apariencia y de su juego en el campo, un cóctel molotov que le estallaba en la cara cada vez que ponía sus ojos sobre él.

De hecho, no tenía ni idea de cómo había sido capaz de arbitrar sin empezar a arder por combustión espontánea, ni de cómo había conseguido estar pendiente del juego y no solo del capitán de los Lions, pero no podía mentirse: había tenido esa sensación con él desde que lo vio por primera vez.

Llegaron justo a la pequeña reunión y la conversación se detuvo. El rubor bañó enseguida su rostro al saberse el centro de atención de todos ellos, pero lo que más nerviosa la ponía era saber que ese hombre con el que compartió varias noches la miraba sin pestañear.

—Señorita Adriana de Vera —pronunció su nombre completo Evans, lo que logró hacerla volver a la realidad—, estos son el entrenador de los Lions, Conrad Rowell, el capitán, Kenneth Buchanan, al que creo que ya conoce —añadió, disimulando una sonrisa—, y el capitán de la selección española: Jaime Alonso.

Una gran promesa de este deporte —terminó la presentación.

—Encantada, soy Adriana —saludó a todos, estrechando las manos.

Menos a él.

Sin que lo esperara, se acercó y la saludó dándole dos besos en las mejillas. No estaba acostumbrada a que la saludaran así desde hacía tiempo. Por lo general, era algo muy de España y hacía tiempo que viajaba tanto fuera de su país que había tomado por costumbre dar la mano. Siempre.

Tal vez por eso la pilló tan de sorpresa la reacción de Buchanan. O quizás lo que la dejó aturdida fue su olor: masculino, sensual, tan atractivo como él mismo.

—Un placer, señorita Adriana —susurró a su oído. Y una pequeña corriente la recorrió por entero, electrizando su vello y su piel.

—¿Qué hacías de rodillas en el campo de juego, Buchanan? ¿Le pedías matrimonio? —bromeó Evans.

Adriana los miró con sorpresa porque, a pesar del tono amistoso y desenfadado, podía escuchar de fondo uno más tirante.

Suponía que la causa no era otra que la mujer que fue objeto de deseo de ambos.

Había sido todo un escándalo dentro del mundo del rugby cómo los dos capitanes habían peleado por los campeonatos y por la atención de una joven periodista española que se las apañó para atraer a los dos, así como la brutal entrada que Evans le hizo a Buchanan, de tal magnitud que estuvo a punto de tirar por la borda su carrera por ese incidente.

Adriana no entendía por qué esa mujer prefirió a Evans, Buchanan era mucho más…

todo. Aunque apenas pasó tiempo con él, y la gran parte de ese tiempo lo perdieron entre las sábanas, por lo que no conocía apenas al hombre, solo al jugador.

Quizás era el motivo por el que esas ganas insatisfechas por saber más del hombre persistían.

O, tal vez, sus ganas habían aumentado al verlo.

Porque si observarlo en el campo a través de la pantalla era un deleite, tenerlo delante le iba a costar la cordura.

—Solo le mostraba mi admiración. No es algo común lo que ha conseguido —se justificó.

—¿Algo común, Buchanan? —preguntó el joven capitán español—. Lo que ha logrado no tiene precedentes. Es la primera mujer que llega al arbitraje internacional masculino de primera categoría. La primera. Y tiene sangre española. Es un orgullo para nosotros como jugadores de rugby y como compatriotas.

—Gracias. Lo cierto es que no ha sido un camino fácil —murmuró, de repente se sentía algo cohibida al ser el centro de atención de todos.

En ese momento, por suerte para ella, un camarero se acercó a ellos con una bandeja repleta de jarras de cerveza. Todos tomaron una y ella los imitó. Agradeció que ninguno le hubiera ofrecido una, le gustaba jugar en igualdad de condiciones por muy duro que fuera el juego.

—¿De qué parte de España es? —se interesó Conrad.

—De Granada —contestó, y no pudo evitar recordar una conversación similar que ya había tenido con Kenneth en su primer encuentro.

—Granada… La Alhambra, ¿cierto? —interrogó el entrenador inglés.

—Entre otras maravillas —añadió con una sonrisa.

—Salta a la vista —-bromeó Evans, lo que le hizo ganarse una mirada furibunda de Kenneth—. Mi esposa es de Sevilla, una ciudad hermosa también.

—Sí, lo es. España está a rebosar de lugares mágicos y con encanto.

—¿Cómo fue que dejó de jugar para convertirse en árbitra? —curioseó Conrad.

Adriana lo miró, era un hombre maduro, aunque se conservaba bien para su edad, calculaba que estaba rondando los sesenta años y se notaba que no había dejado de practicar el deporte que amaba porque su forma física era envidiable.

—Llegó un momento en mi vida en el que tuve que decidir. Y, bueno, soy mucho de leer las señales que nos da la vida.

—¿Y esas señales qué te dicen ahora?—interrogó en voz baja Kenneth, que se había ido acercando a ella hasta rozarla. Y eso la ponía nerviosa. ¡Joder! No podía ser que después de tantos años la hiciera temblar así.

—¿Me echabas de menos? —los interrumpió una suave voz femenina.

Adriana desvió la mirada hacia la recién llegada, a la que reconoció enseguida; era la periodista y esposa de Daniel Evans: Yasnaia Lira. Sus manos se enroscaban en la cintura de Daniel y su cabeza descansaba en su cuello.

—Siempre, pakeha —contestó este, acariciando las manos de su mujer.

Cuando la mujer salió de detrás de su esposo, pudo ver que en persona era más atractiva que por televisión y que su sonrisa era sincera.

—Kenneth, cuánto tiempo. ¿Has estado bien? —lo saludó con un abrazo lleno de cariño.

—Y tan bien, ¿no lo has visto? Se ha declarado a la árbitra nada más verla —bromeó Daniel.

—Vaya, entonces, ¿ella es…? —preguntó a la espera de una presentación más formal, sin apartar la mirada de la joven que tenía frente a ella.

—Soy Adriana de Vera, la árbitra del partido. Nada más. El capitán ha querido… agradecerme mi buen hacer, solo eso.

—Pensé, por un momento, que hasta querías una pedida como la mía —azuzó Daniel.

—Nada más lejos de la realidad —afirmó, rotundo.

—Lo cierto es que no ha sido una pedida —aclaró Adriana—, ha sido una ofrenda, pero no la he aceptado. No me parecía correcto.

—¿Una ofrenda? —volvió a la carga Evans—. ¿De paz? ¿Acaso conocías a la árbitra?

—Así que es ella… —susurró Yas al reconocer en ella a la joven que, en alguna que otra ocasión, Kenneth había mencionado con cariño, una joven española de su época universitaria con la que tuvo una tórrida aventura que terminó de forma abrupta.

—¿Ella? ¿Debería conocerla? —preguntó Evans a su esposa.

Kenneth miró a Yas y Adriana supo que la periodista había mencionado algo que él no quería que se supiera.

—¿Alguien quiere una cerveza? —preguntó Adriana al notar la tensión entre ellos.

—Yo, gracias —contestó Yasnaia, la única.

Adriana se alejó del grupo, incómoda. Aunque sabía algo sobre la relación de ese trío, lo cierto era que ver en directo la tensión no la agradaba y, además, no iba con ella.

Esperaba en la barra a que algún barman apareciera y le diera un par de jarras de cerveza cuando se vio sorprendida por algunos jóvenes del equipo de los Lions.

—Hola, somos parte del equipo de los Lions —dijo uno de ellos en inglés.

Adriana sonrió, ¿quizá pensaban que no los conocía?

—Lo sé. Eres Izan, él es Duncan, Cam y Bruce, ¿cierto? —contestó en su idioma, señalándolos unos a uno.

Para arbitrar partidos internacionales el inglés era necesario porque era el idioma oficial, muchos partidos se jugaban fuera y el inglés lo tenían que manejar todos los que se dedicaban a este deporte, así era mucho más fácil cuando se unían en campeonatos equipos de todos los países y de diferentes lenguas, pero ella, además, tenía la ventaja de que su madre era inglesa y había puesto todo su empeño en que su hija fuera bilingüe, algo que ahora agradecía hasta el infinito.

—¿Nos conoce? —interrogó Cam, fascinado.

—Sí, a todos. Durante mis años de jugadora conocí a muchos de los que ahora arbitro, pero, además, me confieso admiradora incondicional de los Lions —reveló.

—Vaya, eso es un honor.

—Para mí lo es. Creo que sois un gran equipo.

—Tal vez lo que pasa es que tenéis un gran capitán —los interrumpió Buchanan, acercándose a ellos.

Adriana lo miró un segundo. Su mirada era seria, oscura, y los recuerdos la ahogaban sin darle tiempo a tomar bocanadas de aire entre unos y otros.

—Sí, a eso también. Es uno de los mejores jugadores del mundo. De eso no tengo la menor duda.

Los chicos rieron, el barman apareció y pidieron cervezas para todos y una extra para Yasnaia.

—Esta es para la mujer de Evans, ¿quieres llevársela tú? —interrogó en voz baja.

—Sí, claro —contestó.

Sin apartar la mirada de él, lo vio acercarse a esa mujer y charlar con ella. En ese instante se sintió fuera de lugar. Se disculpó con los chicos y salió un momento a la terraza, necesitaba un respiro.

2 Apertura o medio apertura (en inglés, fly-half) es la denominación que recibe una posición en un equipo de rugby . El apertura integra el grupo de defensores o backs , donde forma parte de la línea de tres cuartos. Generalmente, el apertura lleva el número 10.