Capítulo 5
Kenneth Buchanan
Dos meses después.
Adriana estaba nerviosa, no debería, ya que solo era un partido amistoso y en su tierra, por lo que la tensión no debería estar ahí, pero, claro, no contaba con que el otro equipo eran los Lions y eso no tendría importancia de no ser porque su capitán era Kenneth Buchanan.
Y seguía pareciéndole tan malditamente atractivo que la hacía salivar.
Un escocés en toda regla, de esos que recordaban a los highlanders de las novelas románticas a las que era adicta. Bien lo sabía ella.
Entró en el campo de juego con los nervios en el estómago, así que se llevó la mano a él y tomó una profunda bocanada de aire. Debía tranquilizarse, no podía imponer más que los All Blacks interpretando su haka, ¿verdad?
El partido estaba a punto de comenzar y los jugadores fueron llegando.
Y allí estaba, abriendo la comitiva de su equipo.
Trató de mirar a otro lado, pero era imposible que pudiera apartar la mirada de un hombre así.
Estaba enganchada a la manera en que su cuerpo se movía mientras caminaba, como un guerrero preparado para la batalla que se avecinaba.
Y tenía ganas de guerra, podía verlo en su mirada.
¿Habría pensado en ella durante estos años? Ella sí.
Kenneth tragó saliva, si verla por televisión había sido jodido, ahora lo era mucho más.
Desde luego la pantalla no le hacía justicia, porque no transmitía la seguridad y el carisma que, con el paso de los años, había ganado.
Ahora era toda una mujer. Nada quedaba de aquella joven con la que pasó la mejor puta semana de su vida.
—Capitán, ¿te atreverás? —interrogó Duncan entre risitas.
Kenneth carraspeó, apretó los puños y los miró: todos tenían la mirada puesta en él y en lo que haría.
Estaba a punto de decir que no cuando vio la risa de medio lado de Graham y eso le trajo el recuerdo de aquella noche en la que dijo que no tenía huevos y en su promesa de que demostraría que no era así: lo haría.
—Adriana, venga, desvía la mirada, lo vas a desgastar… —se dijo a sí misma, tratando de girar la cabeza a otro lado, pero no era posible. El magnetismo de ese hombre era animal. Siempre lo había sido. Desde el primer minuto.
Como si hubiera escuchado sus palabras, lo observó, sin dar crédito, desviarse del camino que debía seguir.
—¿Adónde demonios va? —susurró—. Joder, ¿será posible que se esté acercando a mí? ¿Para qué? ¿Va a presentarme sus respetos o algo así? O algo peor…
Y, de nuevo, como si leyera su mente, lo observó sin poder pestañear frente a ella.
La miraba con tranquilidad, estudiándola.
Su cara tenía que ser un poema porque no tenía ni la más remota idea de qué hacer o decir.
Lógico, ¿qué mujer en su sano juicio sería capaz de pensar frente a un hombre como él?
Y cuando creyó que no aguantaría más la presión, el capitán hizo algo que la dejó más perpleja aún: arrodillarse frente a ella.
Nunca, ni en sus mejores y más húmedos sueños, había imaginado que su primer reencuentro cara a cara con ese hombre sería de esa forma.
¿Por qué demonios Kenneth Buchanan, el capitán de los Lions, se arrodillaba frente a ella?
—Hola, Adriana —la saludó, mirando hacia arriba desde el suelo.
—Kenneth… —logró balbucear—, cuánto tiempo —susurró sin fuerza en la voz.
—Nueve años, para ser exactos —carraspeó.
El dato llamó la atención de Adriana, ¿había llevado la cuenta? Eso sí que era jodido.
—¿Nueve años? —preguntó sin saber cómo continuar una conversación así.
— Sí, el tiempo pasa muy rápido.
—¿No vas a levantarte? Todos nos están mirando… —dijo sin atreverse a mirar a su alrededor. Estaba segura de que todos, pero todos, los estaban mirando.
—No, todavía no. Supongo que no te lo esperas, pero tengo algo que darte. Algo que quedó pendiente entre los dos —murmuró, acercando a ella la caja con el anillo.
Ahora se sentía ridículo y, ¡demonios!, lo último que esperaba era que esa mujer lo dejara sin respiración y con las palmas de las manos sudorosas después de tanto tiempo, ¿cuánto hacía que no le sucedía algo así? Desde que la conoció aquella maldita noche en aquel maldito pub .
—¿Qué demonios…? —murmuró, sorprendida y nerviosa a la vez. ¿Por qué demonios parecía que le hacía una petición?—. ¿Esto es una broma, capitán? —preguntó, molesta, con su perfecto acento inglés.
—No, para nada.
—Está bien, Kenneth, voy a creer que de verdad no te estás riendo de mí.
Pero, por ética, tengo que rechazar el regalo que me ofreces, de rodillas —apuntó—, porque, si lo aceptara antes del partido y lo ganarais, todos creerían que os he favorecido y no será así.
En el campo no conozco a nadie. Ninguno tenéis rostro: sois solo números.
Así que, capitán, gracias, pero no puedo aceptarlo.
—¿Me rechazas, Adriana? —preguntó, alzando esta vez la voz, y mirando a sus chicos.
Adriana se giró y le dedicó una mirada feroz. Parecía una leona defendiendo a sus cachorros.
—¿Quieres que te saque una roja antes de comenzar, capitán? —amenazó.
Kenneth sonrió, se levantó con la cajita en la mano y respiró con tranquilidad. No sabía qué hubiera hecho si de verdad hubiese aceptado el anillo. Regresó a la fila y siguió el recorrido hasta el lugar donde se saludarían ambos equipos.
—¿Te ha rechazado, capitán? —interrogó Duncan.
—¿Es que no ha quedado claro? —contestó con otra pregunta a Graham, que no podía disimular que le había encantado que lo pusieran en su sitio—.
Me ha rechazado y me ha reñido. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me riñó? —dijo entre risas, tratando de quitarle importancia a lo que había sucedido.
Los Lions se detuvieron frente a sus rivales, el equipo de la selección española, el mismo que entrenaba Evans, y en su interior el león que formaba parte de él rugió. Quería destrozar al equipo contrario, quería marcar un punto tras otro y demostrar que estaba a la altura.
Con disimulo, buscó a Evans y lo localizó justo cuando saludaba a su entrenador. En realidad, no tenía que estar molesto con él, nunca nadie dijo que el juego sucio estuviera mal cuando se trataba de amor, y Daniel había sabido jugar sus cartas mejor que él.
Saludó al capitán del equipo rival y no le sorprendió que fuera tan joven. Ya rozaba los treinta y dos y no había muchos jugadores de su edad en activo. Adriana se acercó a ellos y el joven no pudo evitar mirarla con una gran sonrisa en la cara.
Sin embargo, ella lo ignoró, como si no lo hubiera visto, se posicionó en su lugar, alzó la mano y pitó para dar comienzo al partido. El equipo español dio la patada de salida y los escoceses se hicieron pronto con el control del balón y marcaron.
El partido no dejaba de ser impresionante a pesar de ser un amistoso, la rivalidad entre ambos se palpaba, sin embargo, el juego era limpio.
Adriana disfrutaba como nunca, desde que había logrado una plaza para arbitrar partidos internacionales, en cada arbitraje.
Atrás quedaban sus años de jugadora y ahora vivía, sentía y respiraba rugby gracias al arbitraje. Y a él.
Cuando el partido terminó a favor de los visitantes, se sintió satisfecha por haber rechazado el regalo del capitán. Al pensar en él, de rodillas frente a ella, su estómago dio un vuelco: por un instante, había creído que le iba a proponer matrimonio. ¿Estaba loca?
La imagen de hacía unos meses del capitán de los All Blacks en el campo, arrodillado, pidiendo matrimonio a la mujer que amaba la golpeó con fuerza.
Quizá por las similitudes entre ambas escenas se había quedado sin habla.
Pero todo había sido un tonteo del capitán escocés, tal vez una burla al gesto de Daniel Evans por su rivalidad.
—Adriana, espera, por favor. —Lo escuchó llamarla. Nunca olvidaría su voz.
—¿Otra vez quieres tentarme, Buchanan? —interrogó, tratando de sonar entera, aunque por dentro todo su cuerpo temblaba.
Ese hombre era un puto guerrero de las tierras altas. Y esos malditos ojos verdes la invitaban a rodar por las laderas de sus valles junto a él. Enredados en un abrazo que terminaría por consumirlos.
—La verdad es que quería disculparme —dijo, llevándose la mano a la nuca, nervioso.
—¿Disculparte?
—Bueno, por lo de antes, sé que no ha sido apropiado, por eso quería pedirte disculpas y decirte que eres una gran profesional.
—¿Lo dudabas, Kenneth? ¿Acaso eres de esas raras excepciones que creen que no me merezco el puesto porque soy mujer?
Kenneth la miraba sin pestañear, no quería perderse detalle de esa joven que le robó el sueño durante las increíbles noches que pasó con ella.
Aquel tiempo en el que era joven, inexperto, y se dejó llevar por la magia que vivió junto a ella.
El destino la volvía a poner en su camino y no podía dejar de comparar a la mujer que tenía frente a él con la de sus recuerdos: una versión más madura, poderosa, con un magnetismo que no era fácil de ignorar.
—Por supuesto que no. No creo en la distinción de sexos, sí en las diferentes categorías, y no creo que la dificultad de arbitrar bien o no la defina el sexo del árbitro, sino el nivel de competición —afirmó, serio.
Adriana lo miró a esos ojos que aún la perseguían en sus noches solitarias y pudo ver en ellos que era sincero, o eso quería creer.
Ese hombre la había dejado sin habla desde la primera vez que sus miradas se cruzaron.
Y, cuando lo vio debutando como profesional por primera vez, supo que nunca lo olvidaría.
Era el único hombre que hacía que su cuerpo y su mente se pusieran patas arribas, incluso tras la pantalla de un televisor.
Verlo era brutal, no solo por su físico, ese del que ella conocía cada centímetro, sino por su imponente presencia en el campo de juego.
—Me alegra saber que piensas como yo. Hasta luego, Buchanan, nos vemos en el tercer tiempo.
—Adriana… —la llamó de nuevo.
Sin prisa, se giró. Lo cierto era que el impacto de volver a verlo había sido brutal.
No esperaba toparse con él en esta ocasión, sí más adelante, ya que era algo irremediable: ambos acudirían a competiciones internacionales, a pesar de que tuvieran puestos diferentes, pero no esperaba verlo hoy.
Tal vez debía haber preguntado quién era el rival de la selección española antes de dar el sí a la propuesta.
—¿Sí, capitán? —interrogó.
Pero los compañeros de equipo de Kenneth lo llamaron entre risitas, interrumpiéndolos.
Algo que Adriana agradeció. Si cuando lo conoció, sus ojos verdes, su físico perfecto y su cabello oscuro la habían seducido, la versión que tenía frente a ella iba a hacerla arder sin tocarla.
Se había convertido en un hombre del que sus ancestros, guerreros de las Highlands, se sentirían muy orgullosos.
—Nada… —musitó a la vez que se alejaba de ella.
Adriana lo imitó y se alejó también. Kenneth se giró para mirarla y no dejó de hacerlo hasta que se perdió por las puertas del vestuario.
Se llevó las manos a las caderas y sonrió.
¿Cómo era posible que volviera a hacerlo sentir como aquella lejana noche?
Cabeceó al recordar que le había plantado cara sin titubear, había rechazado su regalo, había hecho un gran trabajo arbitrando y, por si fuera poco, tenía las cosas muy claras: una bomba.
En eso se había convertido, y él estaba deseando probar suerte, tentar al destino y ver si le explotaba en la cara o en la cama.
Y el deseo de saber un poco más sobre su vida lo tentó tanto que sacó el móvil para hacer algo que nunca se imaginó haciendo: buscar información sobre ella.
Lo primero que encontró fueron datos como su edad: veintiocho años.
Su estatura, metro setenta y dos, su peso, sesenta y dos kilos. Color de pelo, de ojos…
Pero él quería saber más, ya que nunca tuvo la oportunidad de hacerle muchas preguntas que se quedaron sin respuesta y que ahí seguían: suspendidas en el tiempo.
Hizo cálculos y estaba seguro de que, cuando se conocieron, tendría dieciocho o diecinueve años. No era que fuera una cría: había dejado de ser ilegal mirarla y tener ciertos pensamientos sobre ella. La frase de su compañero «un placaje en la cama» resonó dentro de su cabeza.
«Si ellos supieran…».
—¿De qué te ríes, capitán? —interrogó Cam a su lado.
—De nada, estoy feliz por haberles ganado.
—Han comentado que el partido ha recaudado bastante y todo será donado a una ONG.
—Eso es genial.
—Sí, yo también lo creo. Vamos a cambiarnos, estoy deseando ese tercer tiempo.
—No hay nada como el tercer tiempo: cerveza, charla y buen rollo.
—Sí, capitán, es lo mejor del rugby : lo que pasa en el campo se queda en el campo. Y, no voy a negarlo, estoy deseando conocer a la árbitra.
—Supongo que será el centro de atención hoy…