Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Es-una-mujer

—¿Has visto, capitán? —interrogó Duncan a su capitán, Buchanan.

—¿Qué tengo que ver? —interrogó de mala gana.

—Hay una árbitra en el campo de los All Blacks.

—¿Y eso qué tiene de especial, Duncan? —volvió a preguntar con un bufido.

—Es. Una. Mujer —recalcó el joven con la mirada llena de brillo. Una mezcla de admiración y sorpresa.

Y lo era. Una sorpresa. Y algo tan insólito que lo hizo levantar la mirada de la jarra de cerveza y dirigirla hacia la televisión donde proyectaban el partido. Su cerveza casi se cayó de las manos. No podía estar seguro porque la estaban enfocando de lejos, pero juraría que era ella.

Y, en el momento en que la cámara se acercó más, se dio cuenta de que era cierto. No podía creerlo. Por primera vez en meses, algo llamaba de verdad su atención y era ella. Precisamente ella.

Había estado algo apático desde que Yas había elegido a Evans y esa apatía había continuado durante un largo periodo de tiempo, ni siquiera después de presenciar la pedida de mano en directo y saber que estaba embarazada le habían hecho más fáciles las cosas.

No era la primera vez que sentía por una mujer más de lo que esta sentía por él y la prueba la tenía frente a sus ojos: esa mujer en el Eden Park, el campo de los All Blacks, había despertado su curiosidad y solo él sabía que no solo había sido porque fuera una mujer arbitrando.

—¿De verdad? —preguntó otro de sus compañeros, sentándose donde ellos y mirando la pantalla—. ¡Joder! Encima está cañón —afirmó. Nada que los demás no pensaran.

—Sí, es muy guapa —convino Duncan.

—¿Eso qué importancia tiene? Lo que tiene importancia es que pite bien. ¿Una mujer arbitrando partidos masculinos internacionales? No lo hubiera imaginado nunca —murmuró, dando otro sorbo a su pinta.

—Acabo de buscarla online . Está en todos lados la noticia, capitán. Se llama Adriana, española, y la primera y única mujer que ha logrado llegar al arbitraje internacional.

—¿Por qué no me sorprende…? —resopló, llevándose la jarra a los labios para dar un largo sorbo esta vez.

—Además, pone que fue jugadora de rugby , buena, por lo que veo. Su equipo ganó varios de los grandes campeonatos de rugby femenino. ¿Cómo es que no sabíamos nada? —interrogó Izan, uno de los más jóvenes del equipo.

Kenneth los miró, hacía pocos meses que había renunciado a una oferta para regresar a su Escocia natal.

Pero estaba feliz: siempre se había propuesto jugar su última Copa Mundial de Rugby con la selección escocesa y después…

, después se retiraría, por lo que le parecía justo terminar su carrera con los Lions, el equipo al que había dedicado toda su vida.

—Por lo general, del único rugby que se habla es del masculino, y es una pena porque hay verdaderas joyas en el femenino —aclaró Duncan, adelantándosele.

—¿Por qué dejaría de jugar para convertirse en árbitra? —interrogó Izan, más por curiosidad que porque esperara una respuesta de los demás.

—Quizás es lo que de verdad le guste, por lo que he escuchado, las pruebas para las plazas son las mismas, no hay diferencia por sexo —añadió Kenneth. Debía darle algo de crédito, si estaba ahí era porque se lo había ganado, sin duda alguna.

Otra cosa era la pregunta que rondaba por su cabeza, ¿era jugadora cuando se conocieron? ¿Era el motivo por el que estaba allí? ¿Sabía de antemano quién era él?

—Pues ha quedado muy bien, por encima de muchos de otros árbitros masculinos —informó Izan, que seguía buceando por el mar de información que había sobre ella en internet.

—Me gustaría que me arbitrara. ¡Dios si me gustaría! Aunque me temo que no dejaría de mirarla a ella en vez de al balón. Qué morbo tener a una mujer así en el campo, dando órdenes, imponiendo su autoridad… —aduló Duncan con una admiración que no se molestaba en contener.

Buchanan volvió a echarle un vistazo, debía reconocer, por más que le jodiera, y le jodía, que los años le habían sentado muy bien.

Estaba muy guapa y el hecho de que fuera la primera mujer en hacerse con el título de árbitra la hacía todavía más interesante.

Diferente. Aunque siempre lo había sido.

En ese instante, la cámara enfocó su rostro y eso lo dejó sin aire por un segundo.

Incluso sin maquillaje estaba preciosa. Esos grandes y rasgados ojos azules que destacaban en su piel morena y su oscuro cabello lo habían perseguido durante semanas.

Hasta que tuvo que darse por vencido sin saber dónde buscarla o dónde estaría.

—No está mal —dijo, sin embargo, ocultando sus pensamientos.

—¿No está mal, capitán? ¿En serio? Ya quisiera yo encontrar una mujer así. No puedo dejar de pensar en cómo sería hacerle un placaje en la cama… —susurró Izan con los ojos perdidos en la pantalla.

Las risas estallaron entre todos, incluso Buchanan sonrió, otro milagro. Desde hacía tiempo sus sonrisas estaban más cotizadas que los diamantes.

—Quizás tengamos suerte y nos pite en algún partido —deseó Duncan.

—Preferiría que tocase «mi pito» —bromeó Cam.

Kenneth frunció el ceño por el comentario.

Pero no podía impedirlos. Ella no era nada para él.

Ya no. A pesar de aquellos días tras su marcha en los que se arrepintió por haberla dejado escapar sin preguntarle su apellido, sin pedirle su número de teléfono o su perfil en cualquier red social.

Esos días en los que no dejó de darle vueltas a que, quizás, ella lo podía haber sido todo: su pasado, su presente y su futuro.

—¿Y a ti, capitán? ¿No te llama la atención? —preguntó Izan.

—Claro que sí, a quién no, ¿verdad, capitán? —afirmó con rotundidad Duncan.

—Está para pedirle matrimonio. ¿No te animarías, capitán? —preguntó Bruce en tono de broma.

Los observó a todos, jóvenes llenos de vida y con un futuro brillante por delante, él ya no era como ellos.

Esa temporada sería la última, cuando jugaran el campeonato, fuera cual fuese el resultado, se retiraría.

Su cuerpo no era tan ágil ni aguantaba tan bien los golpes.

Además, quería hacer algo diferente. Quizá dar clases de Geografía e Historia, nunca había llegado a ejercer, pero ahí estaba el título que decía que podía hacerlo.

También podía aventurarse en alguna prospección o trabajar para el gobierno gestionando el rico patrimonio escocés.

Ya lo decidiría. Todavía tenía que cerrar esa etapa de su vida como jugador profesional de rugby .

—Si consigue hacer que los All Black pierdan la concentración y, de paso, el partido contra Los Pumas, estoy dispuesto, en cuanto surja la oportunidad, a pedirle matrimonio.

Las risas no se hicieron esperar y Buchanan se unió a ellas. Sería divertido ver a los All Blacks perder, por una vez.

—Es un trato, capitán, si pierden, cuando nos crucemos con ella, tienes que pedirle matrimonio —dijo Duncan mientras extendía su mano para estrecharla con la de su capitán, sellando el trato.

—¡De rodillas y todo! —gritó Izan.

—¡Y en el campo de juego! —añadió Cam.

Buchanan dio otro sorbo a la cerveza, eso nunca pasaría, los All Blacks eran mucho más fuertes que sus oponentes, que no tenían ni un uno por ciento de posibilidades de ganarles.

—Está bien —se unió a la broma—, si pierden, cuando nos la encontremos arbitrando un partido, estoy dispuesto a pedirle matrimonio: de rodillas sobre el césped y hasta con un anillo —bromeó—. El anillo de mi abuela irlandesa —añadió para darle más emoción.

—Capitán, ¿sabes lo que estás diciendo? ¿Estás dispuesto a darle el anillo de tu abuela? —interrogó con sorpresa Aiden, que había estado callado hasta el momento.

Buchanan sonrió, sabía que, si alguien comprendía el significado de esa reliquia familiar, era Aiden.

El partido iba siguiendo su curso y no podían creer lo que estaba sucediendo.

Pero, cuando sonó el pitido final con un marcador favorable a Los Pumas y los periodistas que retransmitían el partido alucinaban con la derrota incomprensible de los All Blacks, Buchanan perdió el color de la cara y se arrepintió de inmediato de haber hecho esa apuesta.

Aunque cuando la había hecho había estado seguro de que el equipo neozelandés se haría con la victoria sin problema. Debía de tener claro que, en esta vida, no había nada seguro al cien por cien: se había pasado de listo.

—¡¡Capitán!! Ya no tienes que buscar más; te presentamos a tu futura esposa —se burlaba Duncan sin parar.

—¡Bienvenida a la familia, Adriana! —gritó con la cerveza en alto Izan entre risotadas.

—¡Bienvenida, capitana! —siguió con la broma Bruce, arrancando las risas de los demás.

—¿Os imagináis que arbitre el primer partido del mundial del año que viene de la selección escocesa y tengas que pedirle matrimonio frente a millones de espectadores? —interrogó sin aguantar la risa.

—Ve contratando gaiteros, solo por si acaso —se mofó Aiden.

Ninguno sabía el huracán que acababa de despertarse furioso en el pecho de Kenneth debido a sus comentarios. Tenía que estar loco para haber apostado algo así. ¿Pero en qué mundo alternativo los All Blacks perdían ese puto partido?

—A ver, a ver, un momento, chicos. Era todo una broma, lo sabéis, ¿no?

—preguntó tratando de calmar los ánimos. Todo se le había ido de las manos, ¿en qué maldita hora se le había ocurrido entrar al trapo?

—Ya se está rajando el capitán —protestó Izan.

Y a esa protesta la siguieron otras tantas.

—Voy al baño, ahora vuelvo —informó, aunque no fuera necesario.

Kenneth no necesitaba ir al baño, pero quería alejarse de allí, ¿de verdad pensaban que iba a pedirle matrimonio?

Estaban locos si habían creído que de verdad haría eso.

Se echó agua en la cara para despejarse.

Verla lo había impactado más de lo que estaba dispuesto a reconocer, había sido como una buena patada en los huevos.

A veces había soñado con volverla a ver, pero nunca imaginó que, cuando volviera a verla, sería…

así: arbitrando un partido de rugby masculino.

De los All Blacks ni más ni menos. ¿No habría finalizado sus estudios de ingeniería?

¿Cómo había terminado ahí? No podía evitar que las preguntas surgieran como setas en otoño dentro de su cabeza.

Había pensado muchas veces en ella. Demasiadas.

Más, incluso, de las que estaba dispuesto a admitir.

Cuando salía del baño para regresar a su sitio, escuchó a sus compañeros hablando de él. Oculto en la esquina de la pared que separaba los baños del resto del local, aguzó el oído para saber qué decían sobre su capitán.

—No lo va a hacer, ya no tiene los huevos de antes, parece que aquella periodista española se los cortó —se mofaba con tono hiriente Andrew, uno de los más antiguos del equipo.

Sabía que su rechazo a la oferta que el Edinburgh Rugby le había hecho le había jodido los planes de ser el próximo capitán, pero lo cierto era que la oferta que le hicieron, aunque irresistible, tendría que esperar.

Los Lions habían sido su hogar y no podía dejarlos tirados justo cuando la competición estaba por empezar.

—Está mayor, tenían que haberlo cedido a ese otro equipo. Ya mismo vamos a tener que pensar en otro capitán que le eche más huevos a las cosas

—apoyaba Graham.

Sabía que la mitad del equipo, los más mayores, no habían aceptado de buen grado que se quedara y, por lo que escuchaba, a pesar del tiempo transcurrido, seguían pensando igual.

—Tiene cierta edad, pero todavía está en forma y le quedan varios años en activo —defendió Duncan.

—¿Varios? Muchos me parecen a mí. Con suerte, un par de ellos —añadió Dave.

—Bueno, sois todos de la misma promoción —les recordó Cam de mal humor. Parecía no estar muy contento con las críticas a su capitán.

Tras esas palabras dejaron de hablar y siguieron con los ojos fijos en la pantalla. Las imágenes de esa mujer lo ocupaban todo, incluida la atención de sus compañeros.

Kenneth cerró los ojos con fastidio, no podía echarles nada en cara, porque lo cierto era que su mejor momento ya había pasado.

Incluso su mayor rival, y no solo en el campo de juego, Daniel Evans, se había retirado hacía meses.

Era algo inevitable, pero no por ello lo molestaba menos.

De todas formas, quizás, ya no estaba tan en forma como antes, pero huevos le seguían sobrando y se lo iba a demostrar. A todos.