Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Sin aire

Lo había imaginado muchas veces, tantas que había perdido la cuenta.

Sin embargo, no se acercaban para nada a lo que de verdad sentía en ese momento.

Adriana puso el pie sobre el verde y cuidado césped del campo y la emoción la dejó sin aire, justo como aquella primera vez que, siendo todavía una niña, se enamoró.

El sonido se colaba por sus oídos y llenaba cada poro de su piel. La emoción la contenía a duras penas en sus ojos color azul, herencia de su madre, lo único que había sacado de la parte inglesa de su genética.

Estaba nerviosa pero concentrada. Los jugadores pasaban a su lado para tomar posiciones y, cuando vio a ese jugador, ya retirado, al que había adorado desde hacía tantos años, su corazón dejó de estar en silencio para latir a toda pastilla.

¡Dios! ¡Le temblaban las piernas! Era la primera mujer que arbitraría un partido de rugby internacional y nada más y nada menos que a los All Blacks contra el equipo argentino Los Pumas.

¿Cómo no iba a faltarle el aire? Le fallaba todo el organismo, estaba a punto de sufrir una parada cardiaca o un fallo multiorgánico.

Tanta emoción era imposible de contener.

Sacudió un poco las manos y los pies. Colocó las manos en las caderas y volvió a mirar hacia las gradas.

Lo cierto era que mareaba. Había tanta gente, tanta expectación.

Y estaba tan nerviosa… Solo esperaba hacerlo bien, no cometer ningún error grave.

A veces los demás se olvidaban de que los árbitros también eran humanos y, por ello, imperfectos, y que, a veces, cometían errores.

Por eso esperaba hacerlo bien. Era la primera vez que una mujer arbitraba un partido internacional y sabía que había miles… millones de ojos sobre ella.

Los jugadores se colocaron en el césped. Los Pumas, previendo lo que llegaría a continuación, se abrazaron formando una fila: hermanados. Dejando claro que ellos también eran uno.

Pero todo cambió en el ambiente cuando los jugadores de los All Blacks, guiados por su capitán, comenzaron a colocarse y a entonar su famosa haka. Si verla por televisión la emocionaba hasta los huesos, contemplarla en directo iba a terminar con ella.

Los jugadores estaban a punto de transformarse en guerreros que invocarían a sus ancestros, convirtiéndose en uno con los espíritus de los que ya no estaban físicamente, pero que siempre formarían parte de ellos.

Y todo quedó en silencio. Los observaba sin respirar.

Imponentes. Así los sentía. Mágicos. Estar pisando el mismo suelo que ellos mientras gritaban en respuesta a su capitán, retorciendo sus cuerpos al son de esa danza antigua que invocaba a sus antepasados, que los unía a la tierra que pisaban, que los llenaba de esa fuerza que nacía de la unidad de equipo, de la seguridad de que todos ellos, dentro del campo, eran uno solo.

Se arrodillaron unos segundos, entrando en contacto directo con la tierra, su tierra, para después alzarse todos en perfecta sincronía; renovados.

Haciendo enloquecer a todo el estadio, ganándose la admiración de los contrincantes, que sabían, sin lugar a dudas, que tenían unos rivales dignos frente a ellos.

Cuando los All Blacks terminaron su danza ancestral, el estadio se levantó y aplaudió con el mismo sentimiento de orgullo y admiración que ella sentía. Y se unió a esos aplausos.

Segundos después, ambos equipos hicieron un círculo para darse ánimos, desearse suerte y comentar cómo iniciarían el juego. Adriana casi no podía respirar. Verlos había sido una de las cosas más impresionantes que había presenciado.

Una de las mejores decisiones de su vida había sido empezar a jugar al rugby cuando regresó de Escocia.

Y este momento tan especial le trajo el recuerdo de Kenneth a la mente.

Había sido imposible no seguirle la pista, él no sabía nada de ella, estaba segura, pero ella no había dejado de observar su carrera.

Sus éxitos. Al final, se enamoró de ese deporte: de sus normas basadas en el respeto, de la lealtad, de la pasión…

Y ahora, años después, estaba en Eden Park a punto de arbitrar uno de los partidos más importantes del mundo.

Y ella era la árbitra principal. No el asistente, ni la primera reserva: el principal.

El dios en ese campo de juego. Una mujer que había cambiado las reglas del rugby .

Se llevó una mano a la cara y se limpió unas cuantas lágrimas con disimulo; se había prometido no llorar, tenía que parecer fuerte, más que sus compañeros, para evitar que le echaran en cara que no tenía el suficiente carácter como para estar ahí, en mitad del campo, pero, cuando algo te toca el alma, es complicado mantener a raya las emociones: ahora empezaba todo.

Caminó con toda la seguridad de la que pudo echar mano hasta el centro del campo, desde donde se daría la primera patada al balón para comenzar. Sabía que los ojos de todos estaban puestos en ella; en ese momento llamaba la atención más que ningún otro dentro del campo.

Dio el pitido de inicio y, en ese instante, justo en ese segundo, todo cambió.

Ya no había espacio para el ruido, ni los gritos de las gradas, su parte fan se adormeció para más tarde, ya la dejaría salir después de que el partido terminara, durante el tercer tiempo1, ahora era la árbitra.

Y solo importaba aquello que sucediera sobre el campo de juego.

Lo demás, todo lo demás, incluida ella misma, dejó de existir tras ese primer pitido.

1  Se denomina tercer tiempo  (third half en inglés y troisième mi-temps en francés) a una tradición del rugby por la cual, una vez finalizado el partido (de dos tiempos o partes), los contrincantes se encuentran para compartir una bebida y/o una comida.