Juego de Mentiras 44
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EN VOZ ALTA

VIOLET HARPER

Dos días después del partido, la vida parecía haber entrado en un ritmo extraño. Como si todo el mundo estuviera intentando fingir que las cosas seguían siendo normales, incluso sabiendo que ya nada lo era.

Noah iba al hospital todos los días.

A veces por la mañana, antes del entrenamiento. Otras veces por la noche, después de pasar horas en la arena. Yo iba con él siempre que podía, y cada vez que entrábamos en aquel pasillo blanco y frío, veía el peso que cargaba en los hombros.

Intentaba disimular, sonreía a las enfermeras, hacía chistes con los chicos del equipo que iban a visitar a Hunter, pero lo conocía demasiado bien como para no darme cuenta. Sus ojos estaban diferentes, más cansados, más pesados.

Aquella tarde estábamos sentados en la sala de espera del hospital. Noah tenía los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Le pasé la mano por la espalda, despacio.

—¿Cómo está hoy? —pregunté bajito.

Tardó un poco en responder.

—El médico dijo que la lesión fue fea, muy fea. Si es tan grave como están diciendo… puede que nunca más vuelva a pisar una pista.

Sentí que el estómago se me revolvía.

—¿Nunca más?

Noah negó con la cabeza despacio, todavía mirando al suelo.

—No se trata de que el equipo necesite un capitán. No se trata de los Wolves. Se trata de lo que el hielo significa para él. Hunter… vive para esto, desde que era niño. Es la única cosa que siempre supo hacer de verdad. Si se lo quitan… no sé cómo va a lidiar con eso.

Le apreté la mano, entrelazando nuestros dedos.

—¿Y tú? ¿Cómo lo estás llevando?

Giró el rostro hacia mí. Sus ojos estaban rojos, como si hubiera llorado en algún momento antes de que yo llegara.

—Odio esto, Violet. Odio verlo acostado en esa cama, sabiendo que tal vez nunca más pueda hacer lo que más le gusta. Y odio todavía más saber que no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo.

Me acerqué y apoyé mi frente en la de él.

—Estás haciendo lo que puedes. Estar aquí todos los días… eso ya significa mucho para él.

Cerró los ojos un segundo.

—Solo quisiera poder cambiar de lugar con él.

Veinte días.

Veinte días separaban a los Wolves de la gran final.

Después de la lesión de Hunter, todo el equipo parecía caminar en cámara lenta.

Seguían entrenando, seguían yendo a la arena, pero la tristeza era visible en los ojos de todos.

Hunter siempre había sido el corazón del equipo, el chico que sostenía a todos cuando las cosas se ponían difíciles.

Sin él en el hielo, el vacío era enorme.

Lo veía en el rostro de Tyler, en la forma en que Ryan se quedaba más callado que de costumbre. Incluso en Hunter, que intentaba sonreír cuando íbamos a visitarlo, pero los ojos decían otra cosa.

Noah intentaba mantener a todos unidos, pero sabía que también estaba roto por dentro.

Aquella misma tarde, mientras esperábamos en la sala de espera, vi a Ivy Collins llegar.

Llevaba una mochila grande en la espalda y un suéter demasiado ancho para su cuerpo. Caminó hasta la recepción, preguntó algo a la enfermera y luego se sentó en una de las sillas del otro lado de la sala. Parecía nerviosa, las manos apretaban la correa de la mochila con fuerza.

Miré a Noah.

—Es Ivy, ¿verdad?

Asintió.

—Viene todos los días también.

Me quedé observándola unos minutos. La forma en que miraba hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones, como si quisiera ir hasta allí, pero no estuviera segura si podía. Después de un rato levantó la mirada y me vio. Reconoció que estaba con Noah.

Se levantó despacio y caminó hasta donde estábamos. Se detuvo frente a nosotros, pareciendo un poco incómoda.

—Hola… —dijo, con voz baja—. Perdón por interrumpir.

Noah la miró.

—Todo bien. Ivy, esta es Violet. Violet, esta es Ivy.

Le sonreí.

—Hola.

Ivy miró a Noah, luego a mí, y respiró hondo antes de hablar.

—Yo… solo quería decir que él va a estar bien. Hunter. Es fuerte. Y… sé que esto debe estar siendo muy difícil para ustedes también.

Asentí, sintiendo una empatía inmediata por ella.

—Lo está. Especialmente para Noah.

Ella lo miró con cariño.

—Voy a hablar con Miller, ya vuelvo —dijo Noah levantándose e yendo hacia el entrenador, que estaba conversando con uno de los médicos de Hunter.

Ivy se sentó a mi lado. Parecía nerviosa, así que la miré y dije:

—Sé cómo es… enamorarse de un jugador y ver que la vida cambia completamente.

Es aterrador al principio. Entras en este mundo de pista, entrenamientos, presión, lesiones…

y de repente todo gira en torno a eso. Es como si el hielo se convirtiera en parte de tu vida también, aunque nunca hayas pisado uno.

Ella se quedó callada, escuchando.

Continué con voz más suave:

—Pero al igual que en el juego… aprendemos a amar en voz alta. Incluso cuando da miedo. Incluso cuando no sabemos si después va a doler, animamos, nos quedamos, aplaudimos, incluso cuando todo el mundo está abucheando.

Vi que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—No tengas miedo, créeme, sé que es aterrador, nuestro mundo cambia completamente y el idiota arrogante del otro día se convierte en el amor de tu vida.

—¿Así fue con ustedes?

—Sí. Yo odiaba a Noah… y mírame ahora llevando el número 27 en la espalda como si fuera un trofeo.

—Yo solo quiero que Hunter esté bien —dijo con la voz entrecortada por el llanto.

—Va a estar bien. Todos vamos a estarlo —dije y la abracé.

Noah se acercó de nuevo y dijo:

—Ivy puede ir a verlo.

Ella asintió, dio una pequeña sonrisa y se levantó siguiendo por el pasillo que llevaba a la habitación de Hunter.

Me quedé mirándola unos segundos más. Luego me giré hacia Noah.

—A ella le gusta de verdad.

—Lo sé —respondió bajito—. Y él también le gusta a él.

Apoyé la cabeza en su hombro.

—Lo entiendo. Amar a alguien que vive encima de un hielo… a veces parece que en cualquier momento todo puede romperse.

Noah besó la parte superior de mi cabeza.

—Pero aun así seguimos aquí.

Cerré los ojos, sintiendo su calor.

—Seguimos.

Mientras esperábamos, pensé en cómo las cosas habían cambiado en tan poco tiempo. Hace algunas semanas estaba destruida, pensando que había perdido a Noah para siempre. Ahora él estaba a mi lado, sujetando mi mano, mientras enfrentábamos otro dolor juntos.

Hunter iba a necesitar cirugía. Eso era seguro. Y nadie sabía todavía cómo sería la recuperación, pero una cosa sí sabía: mientras él estuviera luchando, nosotros íbamos a estar aquí. Noah iba a estar aquí. Y yo también.

Porque eso era lo que hacíamos ahora.

Nos quedábamos.

Incluso cuando dolía.

Incluso cuando el miedo intentaba ganar.

Nos quedábamos.

Y amábamos en voz alta.