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EL PARTIDO QUE LO CAMBIÓ TODO
NOAH WHITMORE
El vestuario estaba demasiado ruidoso, siempre era así antes de los partidos importantes, pero hoy el ruido parecía diferente, más tenso, más cargado. Era el penúltimo partido de la temporada y todos sabíamos lo que estaba en juego.
Estaba encima del banco, usando una botella de agua como micrófono improvisado, narrando una jugada que solo existía en mi cabeza.
—Y Whitmore recibe el disco… regatea a dos… tres… marca el gol… salva a un cachorro de lobo que estaba en medio de la pista… ¡y todavía recibe un beso de la mujer más linda del campus!
Algunos de los chicos se rieron, Ryan me lanzó un guante. Hunter, que estaba sentado a mi lado poniendo cinta en el stick, ni siquiera levantó la mirada cuando respondió:
—Mi mujer no va a besarte, Whitmore. Baja de ahí antes de que te caigas y necesites que te lleve el equipo médico solo por ser burro.
Lo miré por encima del hombro, sonriendo.
—Estoy hablando de mi mujer, Hunter. Y solo estás con envidia porque sabes que me vería increíble siendo cargado afuera en brazos del equipo médico.
Hunter negó con la cabeza, pero vi que la comisura de su boca se levantaba un poco. Siempre fingía que mis tonterías lo irritaban, pero conocía a mi mejor amigo, eso aliviaba un poco la tensión que se estaba apoderando del vestuario.
Miller entró unos minutos después y el ruido disminuyó al instante. El entrenador miró a todos y señaló el tablero tático.
—Vamos a repasar una última vez.
Me incliné hacia Hunter y murmuré:
—Habla “una última vez” como si no lo hubiera hecho cuarenta y siete veces desde el lunes.
Hunter respondió sin desviar la mirada de Miller:
—Cállate antes de que te oiga.
—Todo lo oye —respondí—. Creo que duerme colgando del techo del alojamiento.
Hunter se mordió la comisura de la mejilla para no reírse. Sabía que estaba tenso. Todo el mundo lo estaba, pero también sabía que mi papel allí era exactamente ese: quitar un poco de peso de los hombros de los chicos.
Miller empezó a hablar sobre las líneas rivales, sobre cómo iban a intentar empujarnos hacia la banda y provocarnos. Cuando mencionó que iban a golpear fuerte a Hunter, algunas miradas se dirigieron hacia él.
Miré a mi mejor amigo. Hunter tenía esa cara de quien estaba listo para la guerra, pero lo conocía lo suficiente para saber que esa presión extra lo incomodaba.
Después de que Miller terminó de hablar, Hunter se levantó. El stick quedó apoyado en su mano y el vestuario empezó a quedarse en silencio.
—El entrenador tiene razón —empezó, mirando a los chicos y luego a mí—. Van a intentar sacarnos de quicio porque saben que somos mejores cuando marcamos el ritmo.
Siguió hablando, calmado, directo, como siempre hacía. Cuando terminó, golpeé el stick contra el suelo una vez, luego Carter hizo lo mismo. En poco tiempo todo el vestuario estaba golpeando los sticks contra el piso, creando un sonido rítmico que parecía un corazón latiendo al unísono.
Miller miró a Hunter con esa expresión de quien estaba orgulloso, pero no iba a decirlo en voz alta.
Antes de salir hacia el túnel, caminé al lado de Hunter. Golpeó el guante en mi hombro, firme.
—Vamos a acabar con ellos —dijo bajito, solo para mí.
Asentí.
—Lo sé.
La arena estaba llena, el ruido era ensordecedor.
Cuando pisamos el hielo, busqué a Violet, que estaba en la tribuna central, sonriéndome y haciendo corazón con la mano.
Le sonreí de vuelta y le murmuré un “te amo”.
Di algunas vueltas rápidas, sintiendo el stick en la mano, intentando encontrar mi ritmo.
Miré a Hunter y lo vi mirando hacia el otro lado de la tribuna justo debajo del vidrio. Fue entonces cuando vi a Ivy Collins en las gradas.
Estaba usando la chaqueta de Hunter, el número de él en la espalda, su nombre.
Casi me río en voz alta, pero recordé lo jodidamente increíble que era ver a nuestra chica usando nuestros números en la espalda.
Miré a mi mejor amigo y él estaba intentando fingir que no la estaba mirando, pero era imposible no notarlo.
Deslicé hasta él y hablé solo para que él escuchara:
—Ah, cómo se pone lindo cuando está enamorado.
Hunter me miró de reojo.
—Ni empieces, el emocionado y loco de amor aquí eres tú.
Me reí y seguí calentando, pero por dentro estaba feliz por él. Hunter se merecía algo bueno, alguien que lo hiciera sonreír de esa forma tonta.
El silbato sonó y el partido comenzó.
Fue un partido feo desde el principio. El equipo rival vino golpeando fuerte, intentando sacarnos de quicio desde el primer minuto.
En el primer período, robé el disco y levanté la cabeza buscando a Hunter.
Nuestras miradas se encontraron por una fracción de segundo, él ni siquiera necesitó pedirlo, solté el pase fuerte, atravesando a dos jugadores.
Hunter lo recibió limpio, protegió el disco con el cuerpo y disparó… ¡gol!, un gol de puta madre.
La arena explotó. Fui hasta él golpeando el guante en el casco.
—Pase perfecto —dije, sonriendo—. Remate aceptable.
—Eres insoportable incluso cuando ayudas —respondió, pero estaba riendo.
En el vestuario, después del primer período, el clima estaba más pesado. Miller reclamó algunas cosas y regañó a Carter por casi comprar pelea. Me quedé sentado en el banco bebiendo agua, sintiendo que el segundo período iba a ser aún más difícil.
Y lo fue.
Las jugadas se volvieron más agresivas. En medio del segundo período, estaba presionando al portador del disco cuando vi a Hunter abriendo por la derecha.
Recuperé la posesión y mandé el pase hacia él.
Lo recibió bien, pero el número diez del equipo rival vino pegado a él, empujando demasiado fuerte.
Vi todo en cámara lenta.
El tipo golpeó por detrás. Hunter fue lanzado contra la banda en un ángulo malo. Vi cómo su rodilla se torcía de una forma que no era normal. Cayó de lado en el hielo y sentí que el estómago se me revolvía.
—¡Oye! ¿Qué mierda fue esa?! —grité, yendo directo hacia el tipo.
Agarré su camiseta, ciego de rabia. El árbitro pitó varias veces, pero apenas lo escuchaba. Dos de nuestros chicos me jalaron hacia atrás, pero seguía intentando avanzar.
Fue la voz de Hunter la que me detuvo.
—Noah…
Me giré al instante. Estaba en el hielo, sujetando la rodilla, el rostro pálido de dolor. El médico ya estaba arrodillado a su lado.
También me arrodillé, sintiendo el corazón acelerado.
—Hunter… ¿dónde te dolió?
Tragó saliva.
—Rodilla.
El médico tocó con cuidado y Hunter apretó la mandíbula. Le apreté el hombro.
—Tranquilo, tío. Va a estar todo bien.
Pero sabía que no estaba todo bien. Había visto la forma en que su pierna se dobló.
Cuando lo colocaron en la camilla, toda la arena aplaudió. Me quedé parado en el hielo, viéndolo ser llevado. Por un segundo pensé en salir del partido. Pensé en ir con él al hospital, pero entonces recordé sus palabras antes de ser llevado:
—Solo gana esta mierda y hazme sentir orgulloso.
Apreté el stick con fuerza.
Si Hunter quería que ganara este partido, entonces iba a ganar, aunque fuera el último partido de mi vida.
Transformé toda esa rabia, toda esa dolor, en foco. Volví al partido como si tuviera algo que demostrar. Y lo tenía, tenía que demostrarle a Hunter, al equipo y a mí mismo que podía ganar.
Empecé a robar el disco, a hacer jugadas arriesgadas, a presionar la defensa rival sin parar. Al final del tercer período marqué el gol de la victoria. La arena explotó, los Wolves ganamos.
Pero no pude celebrar bien.
Tan pronto como sonó el silbato final, salí del hielo lo más rápido que pude. Me duché en tiempo récord y salí de la arena con Violet, Scarlet, Tyler, Ryan y Miller. Fuimos directo al hospital.
Cuando llegamos, Hunter ya estaba en observación. El médico nos recibió y explicó la situación.
—Va a necesitar cirugía en la rodilla. La lesión fue seria, pero con el tiempo se va a recuperar.
Tiempo. Nosotros no teníamos tiempo. El equipo necesitaba al capitán y yo necesitaba a mi mejor amigo.
Asentí, pero sentía el pecho apretado. Violet me sujetó la mano con fuerza.
Después de que el médico se fue, me quedé en silencio un rato, mirando el suelo del pasillo. Violet pasó el brazo por mi cintura y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Va a estar bien —dijo bajito.
Asentí, pero no respondí. Porque por primera vez en mucho tiempo tenía miedo. Miedo de que el mejor amigo que había tenido en la vida acabara de jugar el último partido de su carrera y solo yo sabía cuánto significaba el hockey para Hunter Hayes.
Y no sabía cómo lidiar con eso.
Parte de mí quería venganza, quería acabar con ese maldito tipo, pero sabía que la mejor venganza no era salir corriendo detrás del tipo que lastimó a Hunter. Fue ganar el partido que él me pidió que ganara. Fue honrarlo de la única forma que sabía: jugando.