Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

JOSH

—¿Qué tal estoy? —Bajo las escaleras y veo a mi madre y a mi padre tomar un té después de la cena.

Parece que «el marido de Zahra» se ha enganchado a las infusiones árabes. Vaya…, vaya…

Me he puesto un traje de vestir que me ha prestado Sean, al cual se lo prestó su tío Vladimir. No me juzguéis, pero es que la ropa pija no es lo mío y no me iba a dar tiempo a comprar nada.

Mi padre me echa una mirada de arriba abajo y sonríe, puedo apreciar en sus ojos algo parecido al…, espera…, eso es… ¿orgullo?

—¿Estás orgulloso de tu hijo, señor Halimton? —pregunto.

—Pues sí, ¿hay algún problema?

—¿Te han diagnosticado algo chungo y te vas a morir pronto?

—¡Josh! —Mi madre me da un tirón de orejas, pero mi padre se ríe. Supongo que sabe que nunca cambiaré y que aceptarme es el único camino hacia la paz.

Así es la vida.

—Oh…, Dios mío, mírate…, eres todo un hombre. —Zahra me hace girar sobre los zapatos, alisándome arrugas que no existen pero que su enferma mente de mujer perfeccionista ve—. Muchas felicidades por el informe médico de hoy, cielo, estamos muy felices.

Sonrío de oreja a oreja, según el doctor Fletcher, ya no tengo depresión grave, sino moderada. Quizá algún día sea leve, quizá algún día me cure, no lo sé, pero como sea, estoy bien así.

Quiero irme ya y ver a Ana, tiene que estar preciosa.

—Gracias. —Le doy un beso en la mejilla a mi madre y miro por última vez a mi padre—. ¿Algún consejo sobre lo que no debo hacer, viejo?

Él alza una ceja por encima de la taza de té.

—Contar chistes malos.

—Ja, ya te gustaría, mis chistes son la hostia de buenos.

Zahra va arrastrándome hacia la puerta, ella dice que hacer esperar a una chica es de lo peor que puede hacer un hombre, aparte de faltarle al respeto o ponerle los cuernos, claro.

—Espero que te hayas tomado la pastilla. —Empujón—. Y que no bebas, tienes que conducir. —Empujón—. Por cierto, nada de drogas, ya sabes que te sientan mal con… —Lamida de dedo e intento de aplanar mi pelo.

—¡Quieta! —chillo, dejándome el pelo revuelto como siempre, es fantástico así—. Me portaré bien, sé que tengo la responsabilidad de cuidar a la mejor chica del mundo, así que tu hijo será bueno.

—Estupendo —asiente satisfecha, no sin pegarme un fuerte pellizco en la cara antes de que consiga cerrar la puerta y escabullirme. Joder, qué mujer más intensa.

Conducir en el coche hasta la casa de Ana se me hace pesado y eterno, porque no dejo de comerme la cabeza. Sé lo importante que esta noche va a ser para ella y, de nuevo, vuelvo a tener la responsabilidad de convertirme en su primera vez.

Y solo quiero asegurarme de que no quepa la posibilidad de que alguien hubiese podido hacerlo mejor que yo.

Ni de coña.

Mi perfecta: ¿Estás cerca? ¿Voy bajando?

Yo: Estoy llegando, pero subo a recogerte.

Mi perfecta: Puedo bajar unos simples escalones sola.

Yo: Que yo subo, he dicho. *carita enfadada*

Mi perfecta: ¿Te estás convirtiendo en un novio obsesionado y controlador? *carita sonriente*

Yo: Soy un novio obsesionado y controlador. *corazones infinitos*

Yo: Acabo de aparcar, subo.

Toco al telefonillo, pues la puerta ya está arreglada, y me abren. Subo como siempre, pasando los escalones de dos en dos y, en cuanto llego, me ajusto la corbata y suspiro.

Puedo hacerlo. Lo haré bien.

Justo cuando levanto el puño para golpear la madera, Anastasia aparece con las mejillas coloradas, cerrando fuertemente detrás de sí, como si estuviese agobiada por sus padres. La entiendo, son un poco intensos a veces.

Ambos nos quedamos en silencio, con las respiraciones agitadas, mirándonos fijamente en mitad del rellano del edificio.

Sé que la conocí hace muchos meses en la fiesta de cumpleaños de su primo Charlie, sin embargo, el sentimiento es como si la estuviese viendo por primera vez.

Su pelo está suelto, pero no liso como siempre suele llevarlo, sino lleno de ondulaciones que parecen naturales. Jamás imaginé que Anni tuviese el pelo rizado y, maldita sea, ¡me flipa!

Se ha puesto un top blanco que muestra un escote de vértigo, con una minifalda negra de cuero, ajustada con unas botas blancas a juego. Me cago en mi puta vida, esperaba encontrarla muy… distinta.

Ahora entiendo que sus padres no dejasen de molestarla.

—¿Te gusta? —cuestiona tímidamente, tirando del borde de la minifalda para que le tape un poco más de esas piernas de diosa.

No, no, yo quiero verlo todo. Quiero más.

—¿Quién eres? —susurro sonriendo, porque os juro que esta chica no es la que yo he conocido durante estos meses.

—Pues… —empieza, y da un paso hacia mí, aceptando la rosa que le he traído.

Se la pone en el escote y entrelaza sus dedos con los míos— soy la chica que lleva toda una vida con miedo a ser ella misma.

—Alza el mentón, toma aire y sus ojos se vuelven un poco más brillantes—.

Esta soy yo. Así es como me gusta vestirme y como me encanta peinarme.

Y sí, me encantan los bailes de graduación, las series cursis, las películas de terror y, por supuesto, las románticas; y espero que veamos muchas juntos y me saques a bailar cientos de veces porque no pienso volver a quedarme en una maldita esquina nunca más. ¿Puedes quererme de esta manera?

Estoy volando hacia la luna y creo que acabo de tocar un par de estrellas, porque toda la oscuridad que me envolvía acaba de desaparecer y se ha convertido en luz, o quizá sea la magia que desprende mi novia, porque es la más bonita del maldito mundo.

No hay timidez ni ganas de esconderse, tampoco va con esa postura rígida ni me mira a la defensiva. Se ve relajada y, sobre todo, feliz.

—Yo te amo así, Ana. —Mis dedos acarician uno de sus rizos por primera vez.

Son suaves y sedosos, con ondas largas que caen de forma delicada sobre sus hombros.

Me recuerda a una cascada—. Y gracias por dejarme conocer a la mujer que has llevado escondida en tu interior todo este tiempo, porque pienso amarla con la misma intensidad.

Su sonrisa resplandece como cientos de luciérnagas en mitad de una noche oscura, mis brazos la rodean para pegarla completamente a mí y la beso, joder que si la beso.

Desearía que nos fuésemos a cualquier sitio juntos, solos, apartados del resto del mundo, pero esta noche tenemos otros planes. Porque Anastasia Mirren va a ser la reina del baile de graduación, pues de mi vida, ya lo es.