CAPÍTULO 65
ANASTASIA
Salgo corriendo de casa para subir al coche de Josh, él me recibe con una sonrisa radiante y me planta un beso en los labios.
Estoy feliz y entusiasmada porque, aunque no sea algo bonito el lugar al que vamos a ir y preferiría que Josh no lo necesitase, es la primera vez que me ha pedido que le acompañe al médico. Dice que quiere presentarme al doctor Fletcher.
Quizá no sea la primera chica por la que Josh haya sentido algo especial ni su primera vez, tampoco su primer beso, pero, ¿sabéis lo que sí soy?
, la primera a la que ha presentado a su familia de forma oficial; la primera en conocer sus secretos y sus pesadillas; la primera que ha escuchado un «estoy enamorado de ti» de sus labios y, lo más importante de todo, la que va a estar a su lado siempre que me necesite.
No sé si Josh y yo duraremos para siempre, sé que somos jóvenes y ojalá sea así, pues no me imagino con alguien distinto a él, lo que sí tengo muy claro es que este chico se esfuerza por mí cada día, por hacerme sonreír, por que me sienta bonita y por que esto funcione, así que yo estoy dispuesta a todo con él.
—Por cierto, Anni —comenta tras poner Undressed de Sombr en el coche—, ¿crees que podremos echar uno rapidito en el baño?
Le miro con el ceño fruncido y sus ojos relucen de malicia. ¿Lo peor de todo? Me muero de ganas.
—Sabes que no soy muy de…
—No habrá nadie, a esta hora la clínica está vacía.
—¿No podemos aparcar en un sitio alejado y hacerlo en el maldito coche?
—Cariño, necesito tener un buen recuerdo en ese sitio, ¿y qué mejor que el coñito rosa de mi chica?
Lo quiero matar.
—Josh, yo también quiero hacerlo, pero en el coche. No discutiremos más. Se acabó.
—En el baño.
—Josh…
En serio, es el tío más cabezota que he visto en mi vida.
—Quiero subirte encima del lavabo y mirarnos al espejo mientras me hundo en ti, Anni. Hazme caso, que va a ser brutal.
—Llevo leotardos, imbécil, ¿cómo diablos quieres que hagamos eso?
—Quítatelos antes de salir del coche y ya está.
—¡Sí, claro! ¡Y me congelo de frío, ¿no?!
Esa es otra, desde que Josh y yo hemos empezado a salir, uso cada oportunidad que puedo para ponerme falda o vestido, ya que son mi prenda de vestir preferida y no los usaba por miedo a que me quedasen mal, pero resulta que también son los favoritos del demonio de las pecas.
—Por cierto, esta noche… ¿no es el baile de graduación de tu instituto?
Trago saliva. Sí, sí que lo es, pero yo nunca he ido a ninguno, ni siquiera a los dieciséis cuando terminé la secundaria.
—A mí no me interesan esas cosas.
Josh suelta una pedorreta.
—Cielo, tienes toda la pinta de ser la típica chica que no duerme por los nervios la noche antes del baile de graduación.
—Ya, bueno, y tú tienes pinta de robar bancos y no por eso lo haces, ¿no?
—Bancos, no, pero algún que otro paquete de galletas…
Le pego un tirón de orejas y él, que ya me conoce, atrapa mi mano al vuelo, dejando de mirar hacia la carretera mientras conduce. ¡Por Dios! Me pone de los nervios que haga eso.
—Querida Anastasia Mirren, ¿quieres ir al baile de graduación esta noche conmigo?
Pestañeo perpleja y necesito decir algo antes de que nos estrellemos contra un árbol o una farola.
—Josh, ¿esto va en serio?
—Yo tampoco he ido nunca a un baile de esos.
—Tampoco tienes pinta de ello.
—Por ti, tendré la pinta de lo que sea.
Un pequeño revoloteo de mariposas llena todo mi estómago, él me observa cada vez que puede, sin perder de vista la carretera.
Nunca me han mirado con unos ojos como los suyos, quiero decir: nunca me he sentido la chica más guapa del mundo solo porque un chico se fije en mí, pero Joshi tiene ese don.
—La verdad es que mientras sea contigo, estoy dispuesta a ir al fin del mundo.
(…)
—¡Uf! ¡Anni, joder! ¡Esto sí que es terapia y lo demás son tonterías!
Mi culo está sobre el lavabo, mis leotardos se han quedado en el coche y las bragas están en el bolsillo del chándal de Josh.
Mis brazos se aferran a sus fuertes hombros y él me aprieta contra su torso, hundiéndose en mí, mientras su nariz se inserta en mi cabello y me huele como si fuese su droga favorita, tratando de esnifarme.
Un pequeño gemido se me escapa de los labios cuando le siento entrar hasta el fondo. Solo espero que en este maldito baño no haya cámaras. Al menos huele a limpio y parece que no entrará nadie. Porque he decido confiar en este imbécil. Ay, Dios mío, si mi madre se enterase de esto.
—Relájate, princesita, que estás tensa de la hostia.
—¡¿Obvio?! —jadeo, notando como sus manos me agarran del culo y me alza enterrándose más y más en mí. Mis labios se entreabren y cierro los ojos, sintiendo ese placer que solo él me hace sentir y que deseo que siga siendo algo únicamente nuestro. Para siempre.
—Eso es, cariño, me encanta cuando te dejas llevar.
Asiento y agradezco que no diga lo de la última vez: «Me encanta cuando te pones guarrilla», porque casi lo mato.
—Reconozco que lo haces muy bien —susurro, notando que las piernas me tiemblan, aferradas a sus estrechas caderas.
Joder, esto es una mierda, quiero quitarle toda la ropa y ver su increíble cuerpo desnudo.
Josh parece que adivina mis pensamientos así que se libra de la sudadera y todo su pecho suave y cálido me rodea, le miro atónita y me guiña un ojo. Maldito pirado, ¡que nos van a pillar.
¡Tiene el culo fuera y los pantalones por las rodillas!
—Deja de pensar y disfruta, hostias, nadie se asustará por verme el culo.
—¡Te recuerdo que estoy sin bragas!
—A ti no se te ve nada, ya me encargo yo de eso.
Una de sus cejas se alza cuando mis uñas se clavan en sus fuertes hombros, adoro cada uno de sus tatuajes y verlos me hace humedecerme al instante.
Acariciar su pecho desnudo ayuda mucho a aliviar la tensión del momento así que echo la cabeza un poco hacia atrás y él me muerde una teta por encima de la tela de la ropa.
—Mmm…, diosa —gruñe—. Esta noche repetimos.
—Vale —asiento, pensando que, si fuese por mí, le tendría todo el maldito día dentro.
Mierda, no me reconozco.
—Ya casi estoy, mi vida, joder, es que estás la hostia de buena, me la pones durísima.
Sí, está dura, mucho, y a mí tampoco me queda mucho para…
Me muerdo el labio inferior para no gemir muy alto, él me mete dos dedos en la boca y su vientre se contrae. Ambos gemimos de forma intensa cuando la maldita puerta se abre y la limpiadora nos pilla corriéndonos.
—¡¿Se puede saber qué es esto?!
Empujo a Josh el cual se quita rápidamente el condón antes de subirse los pantalones y recoger su sudadera, yo sigo sin bragas, pero me bajo la falda rápidamente, sin saber dónde diablos meterme.
Es que lo sabía. LO SABÍA.
—Lo siento, lo siento muchísimo —me disculpo una y otra vez, sin ser capaz de mirarla a la cara, mientras mi chico me agarra de la mano, tira de mí y lanza el condón dentro de la basura—. De nuevo lo siento.
—¡Maldita sea con esta juventud de hoy en día! ¡Son todos unos enfermos!
Josh sigue tirando de mi mano, colocándose bien la sudadera y muriendo de risa mientras me guía hacia la consulta. Reconozco que, ahora que no tengo a esa mujer delante, también me he reído.
—Algún día le contaremos esto a nuestros nietos, ¿eh, Anni?
¿Qué? ¿Está loco?
—¡Jamás!
Tropezamos con una puerta blanca y entramos a trompicones en una consulta que se siente fría y con muchísima luz. Un hombre nos mira desde detrás de un gran escritorio.
—Doctor Fletcher, ella es Anastasia, la chica de la que tanto le he hablado y de la que me he enamorado como un idiota.
No sé qué decir así que solo muevo la mano a modo de saludo, él nos invita a sentarnos, conversando con Josh como supongo que suele hacer siempre.
—¿Y sobre tu padre…?
—Hemos hablado y la verdad es que tenías razón, me siento mejor.
—¡Vaya! ¡Eso no lo esperaba! —Da un pequeño aplauso de celebración—. Entonces, ¿ya os lleváis bien?
Josh sube y baja los hombros.
—Siéndole sincero, que entienda sus motivos no quiere decir que todo deje de doler o que ya no importe, solo que, al menos, ahora sé que su odio no era contra mí, sino contra sí mismo; así que creo que más que perdonarle a él, me he perdonado yo por no cumplir con sus expectativas.
—Joshi traga saliva y mi mano aprieta la suya.
Eso es, estoy muy orgullosa de él—. Y esto me lleva a poder tener una relación cordial con mi padre.
¿Si seremos algún día los mejores padre e hijo que existan?
Lo dudo, pero tampoco lo pretendo, solo quiero seguir con mi vida y enterrar el hacha de guerra.
El doctor Fletcher asiente y apunta cosas en el ordenador.
—Has dado un paso muy importante, Josh, y si no te importa, quiero que repitamos este cuestionario, si necesitas quedarte a solas…
Unas hojas con preguntas tipo test se quedan en la mesa frente a nosotros, él acerca su silla más a la mía para que pueda ver lo que contesta a cada una de ellas.
Supongo que eso significa que quiere que me quede con él.
Cada vez que leo una de las preguntas, se me ponen los pelos de punta por miedo a sus respuestas, hay ocasiones en las que suspiro de alivio al ver que elige las opciones más optimistas y en otras, las menos malas.
La peor parte viene al llegar a la última de todas.
El pecho se me contrae y el pulso se me dispara, mientras que la mano que sostiene la mía le tiembla un poco.
Sin embargo, no duda y contesta con total convicción.
Pensamientos suicidas:
A veces, se me pasan por la cabeza, pero es algo que ni siquiera me preocupa.
Una lágrima me baja por la mejilla y él me mira sonriente, como si esto fuese algo positivo.
—Josh…
No sé ni qué decir.
Nunca pensé que…
—He mejorado, antes era peor —confiesa, y mis ojos repasan las opciones que vienen detrás, haciendo que tenga que salir corriendo de la consulta, ir al baño, sujetarme el pelo y vomitar.
—¡Ana! ¡Ana, joder! ¿Qué pasa? Eh, eh. —Sus manos toman el lugar de las mías, sujetando mi larga melena—. Cariño, está bien, todo está bien, no te preocupes…
¿Cómo que está bien?
La garganta me arde, solo ha salido ácido estomacal y me estoy bebiendo las lágrimas una tras otra.
Voy directa al lavabo, me mojo la cara y él no se separa de mí, no puedo dejar de llorar, es imposible.
—Anni…, joder… Es mi culpa, no debí…
—¡No! ¡Tú no tienes culpa de nada! —digo en voz alta, sintiéndome la peor persona del mundo—. Estabas mal, mal de verdad, y yo…y yo…, en vez de ayudarte, me he comportado como una niñata consentida e insegura. ¡Joder, me odio en este momento!
Quiero darme una bofetada a mí misma. Mis sentimientos por Josh han crecido de forma inevitable día tras día, quiero a este chico con todo mi corazón y saber esta verdad sobre él duele muchísimo.
—Chiiiis… —Entre mis estúpidos berrinches, consigue cogerme entre sus brazos y acurrucarme, dejando mi mejilla apoyada en su hombro—. Ana, ya te he dicho que he mejorado. ¿Y sabes qué? Ha sido gracias a ti.
Me separo un poco de él, mirándole con las pestañas llenas de lágrimas, tanto que incluso veo borroso. Él me limpia la cara con la manga de su sudadera y me da un beso corto en los labios.
—Anni, eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Mis días son mejores por ti, yo mismo soy mejor por ti, mi futuro es mejor porque tú vas a estar en él.
Y si ya no tengo ninguna intención de suicidarme es porque quiero estar a tu lado cada maldito día de mi jodida existencia, sin importarme la basura que me caiga encima. Todo vale la pena si tú estás conmigo.
Me tiemblan los labios y sigo llorando.
—Joshi…
—Te quiero muchísimo, mi perfecta, tanto como para querer seguir en este mundo que apesta a mierda.
—Yo también te quiero, mi perfecto chico malo.
—Joder, ven aquí, segunda ronda.
Sus manos me alzan sobre el lavabo y chillo, si esa mujer nos vuelve a pillar, nos matará, pero, qué os puedo decir…, a estas alturas, ya me da igual.