CAPÍTULO 64
JOSH
Los padres se Ana han venido a desayunar y, contrariamente a lo que esperaba, todo ha ido bien.
Resulta que a mi suegro también le gusta el golf así que cuando ha pasado por la estantería de los trofeos del señor Halimton todo ha sido fácil. Yo sigo sin entender este cambio en mi padre, aunque no puedo seguir comiéndome la cabeza.
Ana ya se ha ido a casa, ha pasado una hora y ya la echo de menos.
También tengo que ir a ver a Sean.
Pero, primero, necesito hablar con mi padre y zanjar esto de una vez.
Mamá se ha ido al súper para pillar unos ingredientes de un pastel que quiere hacer, no sé si lo ha hecho a posta lo de dejarnos a solas.
Supongo que ha llegado el momento.
—Ey.
Mi padre está sentado frente al piano, quitándole el polvo a las teclas con un trapo.
—Hola, hijo.
—Hola.
Y ya está.
El ambiente se vuelve espeso entre los dos. No sé cómo empezar una conversación que he evitado por años.
—¿Cómo estás? ¿Qué tal el psicólogo? Tu madre me va contando…, yo te veo mejor…
Todo esto lo dice sin mirarme a la cara, fingiendo que el piano está supersucio.
—Ya no pienso en hacerme daño. —Soy directo, porque sé que eso es lo que de verdad le preocupa—. Sé que nunca lo hubiese hecho, pero, joder, los pensamientos intrusivos dan un cague que flipas y es como perder el control de tu mente.
Ese siempre fue mi mayor terror, que de la misma forma que se colaron dentro de mi cabeza sin permiso, tomasen el control y me obligasen a cometer una locura.
No sé si algún día podré dejar la medicación, aunque, al menos, ahora sé que la salud mental es el timón que dirige el barco y que, sin ella, no hay nada que hacer. No volveré a descuidarme, nunca más.
Mi padre se levanta del piano y viene hacia mí, por un momento imagino que va a abrazarme y me tenso. Pero no lo hace, solo guarda sus manos en los bolsillos del pantalón gris liso que lleva puesto.
—Me alegra que lo hayas superado.
Yo sé que algo así no se supera tan fácilmente, que solo estoy estable y que la depresión es una sombra de la que difícilmente consigues librarte, no obstante, asiento.
—Gracias.
—Y también te pido perdón por todo el daño que te hice.
Ya está, lo ha dicho. Ha quitado la costra de la herida y ahora sangra una vez más.
Noto cómo se dilatan las aletas de la nariz a la vez que necesito una dosis extra de oxígeno.
—Antes de pedirme perdón, mejor explícame qué cojones te hice.
Él levanta la vista al techo, repasa las lámparas, las esquinas y los cuadros, pensativo. Después vuelve a mirarme y camina lentamente hacia el sofá, sentándose.
—Mi padre era muy duro conmigo, fui el único de mis hermanos que no sirvió para ningún deporte, que tuvo problemas para relacionarse con los demás y…
—Espera, ¿hermanos?
Hasta donde tengo entendido, mi padre es hijo único.
Él me mira con pesar y asiente.
—Me he odiado toda la vida, Josh. Pero el día en que conocí a tu madre, pensé que mi suerte cambiaría.
Era tan guapa, Josh, tan exótica, tan alegre, tan…
—Suspira y mi cuerpo se relaja un poco, porque no veo al hombre imbécil y arrogante que me asustaba de niño, sino más bien a alguien derrotado por su conciencia—.
Quería conocer a su familia, pero no me aceptaron, ella estaba prometida a otro hombre, de nuevo, un hombre fuerte y deportista, con las mismas costumbres que ellos.
Se rieron de mí, me humillaron y le lanzaron las maletas a tu madre a la cabeza diciéndole que no volviese nunca más después de elegir a un marido como yo.
Joder.
—¿Por eso…?
—¿Intento que deje sus costumbres? Egoístamente, sí —responde, y mis hombros caen hacia abajo—. Renuncié a mi familia porque nunca fui lo suficientemente bueno para ellos, y tu madre fue expulsada de la suya también por mí, estoy cansado de ser un perdedor, Josh.
—Bueno, ¿y qué tiene eso que ver conmigo?
Sus ojos color azul claro se fijan en mí, tienen un tono grisáceo en la zona central, mamá siempre dice que fue lo que le enamoró cuando se vieron por primera vez.
—Me recordabas demasiado a mí. Tus tíos, tus abuelos, todos se burlaban de ti, diciendo que mi genética era tan mala que solo pude engendrar a otro perdedor.
Aprieto el puño sin poder evitarlo, no recuerdo a esas personas.
—Eras demasiado pequeño y, aun así, ya te tacharon como un idiota que nunca conseguiría nada, así que decidí que estaban todos muertos para mí y me prometí convertirte en un hombre. Obviamente, no lo hice de la forma correcta.
Zahra ha llegado y no me he dado cuenta, está junto a las escaleras, con un pañuelo en la mano apoyada en su nariz, escuchando la conversación.
Ahora entiendo por qué el psicólogo me dijo que necesitaba hablar con mi padre. Supongo que he sido egoísta al pensar que era malo y ya está, que su odio hacia mí siempre fue gratuito, sin justificación alguna.
Decido caminar hasta el sofá y sentarme a su lado.
—Papá —digo por primera vez en años—, no lo hiciste bien, en absoluto —me sincero, recordando cada grito, cada pelea, cada vez que deseé que se muriese o simplemente desapareciese de esta casa—.
Pero, en parte, hoy soy lo que soy gracias a ti, y me gusta la persona en la que me he convertido.
Me siento orgulloso de mí, de mis notas, de la carrera que he elegido, de mis amigos, de mi novia y de quién soy en general.
—Trago saliva con cierta dificultad—. Nunca seré el hijo deportista que esperabas ni ganaré un trofeo jugando al golf, tampoco me voy a quitar los tatuajes ni voy a empezar a comer jamón.
—Eso último que digo le hace reír de forma triste—.
Espero que algún día entiendas que respetar las costumbres de mamá no es aceptar a esa familia, es aceptarla a ella, y también aceptarme a mí, tu familia, los únicos que debemos importarte.
Mi padre asiente y su pecho se comprime, está llorando y es la primera vez en mi vida que le veo hacer algo así.
—Lo siento mucho, Josh. De verdad que lo siento.
Cuando hace un intento vago de abrazarme y veo en él la intención de recular, soy yo mismo el que le agarro y le aprieto con fuerza contra mi pecho.
Porque ahora entiendo que antes de que sangrasen mis heridas, sangraron las suyas.
Y que antes de que yo fuese un niño dolido y abandonado por su padre, él también lo fue.
No pudo cuidarme mejor, porque a él nadie le enseñó cómo hacerlo, y eso lo cambia todo.
—Te quiero, hijo, aunque no me creas, te juro que te quiero.
Es difícil hacer como si nada y perdonar después de una conversación, pero reconozco que esto ha cambiado mi forma de verle y que quizá, con el tiempo, tal vez nuestra relación vuelva a ir bien.
Lo único que tengo claro ahora mismo es que la carga que llevo en la espalda desde hace años, en este mismo instante, parece pesar un poco menos, y eso ya es de agradecer.
—Está bien, gracias por decírmelo.