Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

ANASTASIA

La cama de Josh es muy grande y su habitación, también. Me encanta la repisa llena de videojuegos, se ve que es un gran fanático de este mundo.

Tiene fotografías con Sean por todas partes, tanto en el insti, como de niños en Candem, con Mary, con Zahra y, por supuesto, con las motos.

Mi corazón palpita frenético por el chico que veo en esas fotos, y no puedo estar más feliz de saber que estamos juntos.

Cuando regresa del baño, trae las gafas puestas, imagino que se ha quitado las lentillas, yo me he puesto un chándal suyo para dormir. Como es tan alto y está tan fuerte, me queda bien sin problemas, incluso me sobra tela por todos lados.

La verdad es que ponerte la ropa de tu novio es una de las mejores sensaciones del mundo.

Josh mira con recelo la puerta abierta e intenta cerrarla, pero en seguida aparece su madre.

—¿Vas a estar haciendo guardia por el pasillo toda la noche?

—Le hice una promesa a Elisabeth, no voy a devolverle a su hija embarazada.

—Mamá, si no lo hacemos aquí, lo haremos en otro sitio.

Mierda.

Intento buscar cómo esconderme detrás de la repisa para que no me vea. Soy tan torpe que se me caen algunas cosas al suelo y me agacho rápidamente para recogerlas.

—Nada de sexo, Josh, cuando os vayáis a vivir juntos, entonces.

—Ana —reclama el mismo—, empieza a buscar pisos de alquiler —dice entre risas, ayudándome a recoger lo que se me ha caído.

—Ay, lo siento, estoy nerviosa.

—Tranquila, Cleopatra, solo son juguetes de cuando era niño.

Veo como coloca dos soldaditos junto a algunas fotos, uno es rojo y el otro verde. Tienen una marca en la parte de abajo: la ese, el de color verde, y la jota, el de color rojo.

Sonrío, porque sé lo que significan.

—Quieres mucho a Sean, ¿eh?

—¿A mi siamés cabrón? Daría la vida por él.

Veo como echa una rápida ojeada a las fotos y la melancolía recorre su mirada, aprieto su mano con fuerza, le entiendo mucho.

—Josh, una pregunta: cuando Sean se junta con otros amigos…, ¿te pones celoso?

No me gusta la versión que conocí de mí misma al ver a Brit con Cindy, pero no sé si se debe a que soy una celosa empedernida o a que, desde un primer momento, supe que ella no era de fiar.

—Todo el tiempo —confiesa—. Y sé que él también, conmigo. Es normal en verdad, cuando una persona significa tanto para ti, tienes miedo de que alguien te robe el puesto.

Supongo que no es un comportamiento sano, y que a las personas que no están rotas como nosotros tal vez no les pase.

Lo cierto que es que nuestros mejores amigos han sido salvavidas en cada uno de los peores momentos que hemos vivido, ¿y quién quiere compartir algo así con otra persona?

Solo alguien que nunca se ha sentido del todo solo, pienso.

—Bueno, al menos ahora nos tenemos el uno al otro. —Josh agarra mi mano, entrelazando sus dedos con los míos—. Podemos dejarlos respirar —bromea, aunque hay mucho de cierto en esas palabras.

—Solo espero que todo se arregle pronto para ellos, no merecen pasar por tanta mierda. —Me muerdo el labio y Josh asiente, mirándolo.

Su mano se alarga lentamente hacia la puerta y, despacio, la cierra.

—Joshi, tu madre se va a cabrear.

—¿Me ves preocupado?

Acaba de echar el pestillo y, antes de que diga nada, sus manos van a mi culo, me impulsa hacia arriba y mis piernas rodean sus fuertes caderas.

Nuestras bocas se unen en un beso desesperado mientras siento como sus dedos se hunden en mi trasero, apretándolo con ganas, con las mismas con que yo rodeo su cuello y le pego completamente a mí.

No siento vergüenza, no siento malestar, no siento ningún tipo de miedo porque estoy con él, con el chico que ha aguantado todas mis tonterías y ha dejado de lado a todas las tías por ganarse la oportunidad de entrar en mi vida.

Nadie me merece más que él.

Y yo no quiero a nadie que no sea a este chico de piel morena, ojos rasgados color miel y tatuajes egipcios.

Caemos sobre la cama, el televisor del salón se apaga y escuchamos como sus padres se meten en su habitación, pareciendo que, al final, permiten que tengamos la puerta cerrada.

Su lengua continúa bailando junto a la mía y su piercing es lo más delicioso que he probado nunca, aunque todavía quiero probar muchísimas más cosas de él.

—Joshi, ¿recuerdas… recuerdas lo que me hiciste la otra noche?

—Joder, claro, ¿quieres repetir?

Sí.

Pero…

—Quiero hacértelo yo a ti.

—¿Qué? —Su cuerpo sigue sobre el mío, sus manos aprietan mi cintura y sé que la idea acaba de volarle la cabeza.

—Por favor —ruego.

—No estás obli…

—Por favor.

—Joder, vale.

Él se tumba a mi lado en la cama y yo me pongo de rodillas, apartándome el pelo detrás de las orejas. Dios, estoy muy nerviosa, pero quiero y puedo hacerlo.

—¿Segura?

—Que sí —replico.

—Vale, vale, no me regañes.

Ay, por favor, qué guapo está con las gafas.

Me quedo unos segundos embobada mirándole, hasta que me doy cuenta de que sigue tumbado a la espera de que haga lo que yo quiera.

No se ha quitado los pantalones ni bajado los calzoncillos, ¿espera a que lo haga yo? Supongo que sí.

Mis uñas levantan un poco su camiseta, viendo ese abdomen plano, fuerte y marcado. Agarro el elástico del pantalón y tiro hacia abajo, haciendo lo mismo con la ropa interior, él levanta el culo y me ayuda a desnudarle.

Cuando le veo como Dios le trajo al mundo, con postura de estrella de mar en la cama y la mirada perdida me río sin poder evitarlo.

—Te la estoy devolviendo —gruñe, y recuerdo el momento.

—¡Era mi primera vez, imbécil!

—Ya, la mía también.

—Sí, claro.

—En serio, es la primera vez que mi novia me va a chupar la polla.

Ay.

Es cierto.

Nunca ha tenido novia.

Tímidamente, bajo la mirada de sus pectorales, hacia la uve del final de su abdomen, viendo una erección grande con algunas venas marcadas y un piercing plateado en la punta. Frunzo el ceño pensando en la de sitios que habrá estado ese piercing , mejor intento desviar mi cabeza hacia otro tema.

La agarro tímidamente, notando que está caliente y que palpita entre mis dedos, muevo la mano por instinto hacia arriba y abajo, con suavidad porque tengo miedo de hacerle daño.

Josh está totalmente relajado, con las manos detrás de la nuca, mirándome fijamente como quien aprecia una obra de arte.

—¿Te quitarías un poco de ropa? —murmura, y mis mejillas arden.

Los miedos regresan, pero no quiero seguir atrapada en esa pesadilla. Él no es idiota, debe imaginar cómo es mi cuerpo y, aun así, me desea.

Él también tiene cicatrices y marcas, ha estado en mi piel y es el chico que mejor puede entenderme.

Y lo más importante: yo quiero quitarme la ropa.

Quiero estar desnuda delante de un chico. Que me mire, que me toque, que me vea y me haga sentir que soy perfecta.

Tengo derecho a vivir eso.

Su mano acaricia mi espalda, tirando de su propia sudadera hacia arriba. Levanto los brazos para dejar que me la quite y mis pechos caen por su propio peso de forma natural, pues son grandes y me molesta dormir con sujetador.

—Hostia puta, qué bonitas.

Todo él viene hacia mí, besándome de nuevo, mi mano vuelve a agarrar su erección y gime en mi boca, suplicándome que pare o se correrá.

¿Tanto le gusta lo que ve?

Tenemos la luz encendida, ambos podemos vernos el uno al otro a la perfección. Sus dedos tiran de mi ropa interior hacia abajo, sacándola por mis piernas. Cuando le veo la intención de tumbarse sobre mí, empujo su pecho para que me deje seguir con lo que estaba haciendo.

Él se coloca de pie, al borde de la cama, y yo me siento sobre esta. Su mano recoge todo mi cabello de forma cuidadosa, acariciándome las mejillas y luego enredando mi melena en su puño.

—Te quiero, Ana —dice en voz baja cuando mi mano vuelve a acariciarle—. Sé que ya te lo he dicho muchas veces, pero eres mi putísima religión.

Estoy tan excitada y llena de sensaciones nuevas para mí, que ni siquiera tengo palabras, así que mirándole a los ojos fijamente, abro un poco la boca y saco la lengua, acercándome al glande para besar esa zona y descubrir el sabor de mi chico, al igual que él conoce el mío.

Es delicioso, no solo darle placer de esta forma, sino sentir las palpitaciones de su miembro entre mis dedos y ver cómo se tensan las venas de su vientre. Su cabeza cae hacia atrás cuando introduzco todo lo que puedo.

—¿Lo hago bien? ¿Quieres guiarme? —pregunto, sintiendo mi boca llena de saliva.

—Nah, haz lo que te dé la gana conmigo, soy todo tuyo, cariño.

Sus palabras me animan a seguir, no obstante, solo introduzco su miembro en mi boca un par de veces más antes de que él abra el cajón de la mesita para sacar un preservativo y tumbarme sobre la cama, volviendo a besarme.

Sus dientes muerden mis labios y mi lengua se frota con la suya mientras noto su erección palpitante frotándose en mi entrada.

Está haciendo maravillas con los dedos sobre mi clítoris, y, justo cuando creo que me voy a correr, baja a uno de mis pechos para lamer mi pezón y conseguir que una sensación eléctrica me sacuda de pies a cabeza.

Me contraigo, abrazada a él, que no deja de lamer mis tetas, gimiendo y gruñendo contra ellas.

—Estás buenísima, Anni, eres tan perfecta, joder.

—Bésame, Josh.

Mis manos agarran sus mejillas llenas de pecas, las acaricio mientras volvemos a besarnos sin descanso, parando solo cuando nos falta el aliento. Estoy totalmente mojada y siento la humedad entre los muslos, él sigue frotando su miembro contra mi sexo y noto que ya tiene puesto el preservativo.

Alzo las caderas y las muevo, suplicándole que lo haga, que entre, que me marque para siempre y se convierta en ese recuerdo irremplazable.

Quiero que Josh sea el primero, pero no solo eso, también quiero que sea el único.

—¿Puedo? —pregunta, apoyando su frente sobre la mía, y asiento porque sé que estoy lista.

—Hazlo.

—¿Sabes que no voy a dejarte nunca? ¿Eh? No voy a separarme de ti, no voy a irme a ningún sitio, no voy a decepcionarte.

—Lo sé, lo sé —afirmo, notando que se aproxima a mi entrada, guiándola con la mano. La otra, agarra la mía y volvemos a entrelazar nuestros dedos.

Que él me necesite de la misma forma en que lo hago yo consigue que se me atore un nudo en la garganta, vuelvo a asentir, intentando relajar las piernas.

—Josh, necesito volver a escuchar que me quieres.

—Te quiero —asegura con total sinceridad, entrando cada vez más en mí. Duele, molesta y es incómodo, pero, a su vez, necesario—. Eres la única tía a la que he querido, la única que va a dormir en mi cama y la única por la que he estado dispuesto a cambiar.

—Tú no necesitas cambiar, Josh.

Una lágrima se escapa de entre mis ojos y sollozo por la sensación de dolor, por lo raro que es todo y por lo nerviosa que estoy.

Pero, a su vez, pienso que estoy viviendo uno de los momentos más importantes que puede vivir cualquier chica.

Estoy entregando mi virginidad, también mi confianza y la seguridad —mucha o poca— que hay en mí misma.

Estoy entregando cómo es mi cuerpo sin ropa, mis secretos, y permitiendo que una parte del cuerpo de otra persona esté dentro de mí, que seamos uno, encajando como las piezas de un puzle.

—Ya he cambiado, lo hice en el momento en que te vi por primera vez. Empecé a convertirme en la mejor versión de mí mismo para poder merecerte porque, joder, vales muchísimo la pena.

Sus brazos bajan a mis piernas, sujetándolas para mantenerlas más abiertas a la vez que hace presión poco a poco.

Muerdo mi labio inferior y él me besa en el cuello, moviéndose con una lentitud que agradezco.

—Ya casi estoy, cariño, falta poquito.

Algo se rompe dentro de mí, y cuando siento cómo me llena por completo, es como si mi cuerpo se relajase al instante.

Josh comienza a mover sus caderas de adelante hacia atrás, curvando un poco hacia arriba cuando termina de introducirse en mí, rozando un punto extraño y desconocido que me estimula de una forma enloquecedora.

Mis manos se apoyan en sus hombros y mis piernas ya se mantienen abiertas por si solas, abrazando sus caderas, él apoya cada brazo a un lado de mi cuerpo sobre el colchón y sigue haciendo el mismo movimiento, suspirando con la boca entreabierta, sin dejar de mirarme fijamente.

Yo soy toda una mar de sensaciones, tengo los pezones increíblemente duros y mojados por su saliva, mi vientre arde en el interior y un montón de sensaciones invaden mi sexo.

No quiero que pare, no quiero que se acabe.

—¿Te gusta follar conmigo, cariño?

No me he dado cuenta de que he cerrado los ojos un momento, cuando los abro y veo ese color miel y esas pecas que tanto me gustan, jadeo y asiento con la cabeza.

—Ahora que me has dejado entrar, voy a repetir esto todos los días, iré a tu instituto a hacértelo, me colaré por la ventana de tu habitación y te secuestraré en el baño del gym . No habrá un solo día en el que no me sientas dentro.

Dios, sí, no hemos acabado y solo deseo que vuelva a repetirse.

Mis hormonas se están volviendo locas y no hago más que recordarme que sus padres están en casa porque quiero volver a gritar su nombre como la vez que me hizo sexo oral.

—¿Te gusta así, preciosa? —El ritmo cobra intensidad, dándome más fuerte y más duro. Su aliento se derrama sobre mi boca y veo como el flequillo le cae sobre la frente. Está tan guapo, es tan sexi y tan mío…

—Me encanta, Joshi, sigue.

—Como te siga mirando las tetas, me voy a correr muchísimo.

—Hazlo, mírame y córrete.

Hazme sentir lo mucho que te gusto. Lo sexi que soy, lo perfecta que me ven tus ojos.

—Joder, Ana, me tienes durísimo.

Una embestida más, y otra y otra. Mis ojos se quedan en blanco cuando le escucho gruñir en voz baja. Maldigo al sentirle salir y me veo en la obligación de morder la almohada cuando su lengua se frota contra mi clítoris y me deshago sobre su cama.

DIOS. MÍO.

Me chupa, me succiona y me folla con los dedos hasta que ya no queda nada de mí y me he corrido tan fuerte que pensé que me desmayaría.

El dolor que siento en la mandíbula es real, él aprieta la almohada contra mi boca cuando vuelve a penetrarme hasta el fondo y, con unas duras embestidas, se estremece sobre mi cuerpo y yo tengo las lágrimas saltadas, el vientre ardiendo y una sensación de placer que ha eclosionado por cada nervio de mi cuerpo.

Qué. Puta. Locura.

—Ahora sí que eres mía, doña Difícil —jadea contra mi cuello, girando para dejarme recostada sobre él, aún con su miembro en mi interior—. Te dije que algún día te follaría, lo que no imaginaba es que acabaría jodidamente enamorado de ti.