Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

JOSH

En cuanto llegamos a casa, siento el olor a cordero asado. Mi madre tiene una mano para la cocina que es una maravilla, pero sí es cierto que suele hacer comidas diferentes y no sé qué tal le parecerá a Ana.

Mierda, olvidé preguntarle si…

—¿Te gusta el cordero? —murmuro entre dientes, mirándola con preocupación.

—Josh, me gusta todo, tranquilo —susurra antes de darme un apretón de manos.

Zahra aparece con la melena arreglada de peluquería, la lleva a la altura del hombro, color castaño oscuro. Se ha pintado los ojos y los labios, está guapísima. Va con un vestido largo, por debajo de las rodillas, de punto beige , parecido al de Ana.

Mi padre también se ha vestido bien, y, mientras ellas se saludan, yo le miro a modo de aviso.

«Una sola cagada y se acabó».

—¡Señor Halimton! —Ana da un paso hacia él y una sonrisa se dibuja en la cara de mi padre. No esperaba una sonrisa por su parte, pero lo agradezco. Se inclina para besarla en la mejilla y le hace un cumplido.

—¡Vaya! ¡Qué chica tan guapa! Tienes buen gusto, hijo.

Sigo mirándole, tenso, en silencio. Porque no puedo relajarme con él ni creer nada de lo que salga de su sucia boca.

—¿Josh? —Mi madre intenta llamar mi atención.

—Eh…, sí, claro que tengo buen gusto, es la más bonita del mundo, por eso es mi novia —aclaro, y decido colocar una mano en su espalda para enseñarle la casa mientras mi madre se va a poner la mesa.

Mi padre empieza a caminar detrás de nosotros.

¿Qué diablos hace? ¿Por qué no se pira?

—Ana, ¿te gusta el golf? Tengo una colección de trofeos, ven…

—No le gusta el golf.

—Sí que me gusta —responde ella, y me suelta para seguir a mi padre.

¿Qué? ¿Ahora también me roba a mi chica?

No sé en qué momento han cambiado las tornas y soy yo el que, de brazos cruzados, los sigue a ellos.

—Mira, este lo gané a los veinte años, fue cuando despertó mi pasión.

—¡Uau! ¡Señor Halimton, es supergrande! ¿Es de oro de verdad?

Mi padre se ríe, claro, está engordando su estúpido ego.

—Es de hojalata —rechisto.

—Exacto —confirma «el marido de mi madre», y coge otro trofeo. Dios, tiene como mil, ¿en serio le va a enseñar cada uno de ellos?

Cuando siente que Ana ya empieza a aburrirse del golf, abre el piano que nunca llegó a tocar y se lo enseña, volviendo a robarme el interés de mi chica.

—No sabía que le gustaba la música, señor Halimton.

—Y no le gusta —aseguro desde el sofá.

Solo lo compró para impresionar a las visitas.

—Tuve mi época, pero reconozco que no es lo mío.

—Sus ojos cansados rebuscan entre las estanterías, ¿qué diablos quiere ahora?

—. ¿Y qué me dices de Egipto? Josh y Zahra tienen raíces, tengo un álbum de fotos de cuando viajé allí y conocí a…

—empieza, pero me mira con una expresión de súplica que me remueve todo por dentro— tu madre.

Papá siempre se ha avergonzado de nosotros, de nuestras costumbres y de todo lo que tenga que ver con las raíces de mamá, pero acaba de nombrarlo como si fuese algo de lo que se siente orgulloso.

—Adoro todo lo que tenga que ver con Egipto, siento que hay tanto misterio entre esas pirámides… Uno de mis sueños es ir, ¿iremos alguna vez, Joshi?

Asiento sin ser capaz de decir nada, viendo como mi padre saca un pesado álbum y empieza a enseñarle fotos a Ana.

Nunca las he visto porque no he querido hacerlo, pero la curiosidad me puede y, sin pretenderlo, me arrimo un poco y echo un ojo.

Lo que veo me duele, porque es distinto a lo que suelo imaginar en mi cabeza.

—¡Pero qué pareja tan bonita! ¡Sois superguapos!

—Aquí estamos en las pirámides y aquí junto con la esfinge. Mira Zahra, era tan guapa como una faraona y yo la llamaba Cleopatra.

Ana comparte una mirada cómplice conmigo, pues yo también suelo llamarla así.

Las preguntas se comprimen en mi garganta.

Si tanto la quiso, ¿por qué se comportó como un idiota? ¿Por qué se avergonzó de nosotros? ¿Por qué no pudo quererme?

Sin embargo, sé que este no es el momento para hablar de ello, y a su vez, pienso que el psicólogo tiene razón. Aunque me joda, es lo que hay, necesito hablar con mi padre y entender su comportamiento.

Veo de reojo como él y mi madre están subidos a dos camellos y su cara de miedo eleva la comisura de mis labios de forma involuntaria.

Bah, paso de esto.

Decido levantarme del sofá e ir a ayudar a mi madre con la cena.

Cuando entro en la cocina, cojo el montón de platos y lo voy colocando sobre el mantel, sin decir una sola palabra.

—Lo está intentando —murmura mamá.

—No entiendo por qué.

—Porque es tu padre y te quiere.

Las fotos de ellos juntos cuando eran jóvenes regresan a mi mente, joder, se veían muy felices. Los platos se tambalean entre mis dedos y casi se me caen al pensar que el motivo de que todo empezase a ir mal soy yo.

—Joshi, ¿estás bien?

Zahra me agarra el brazo rápidamente y yo afirmo, haciendo como si nada, trincho la pata de cordero y empiezo a cortar la carne, Anastasia y mi padre regresan a la cocina. Mi preciosa chica tiene una sonrisa resplandeciente en la cara.

—Ana, preciosa —se dirige a ella mi madre mientras yo le retiro la silla para que se siente a mi lado—. ¿Te gusta el cuscús?

En Egipto se prepara el cuscús como un plato dulce, es decir, de postre. También se suele comer para desayunar, a mí me flipa desde niño. Digamos que como la avena para la gente de aquí. Zahra lo hace con nueces, pasas, azúcar y canela.

—Nunca lo he probado, pero seguro que está buenísimo.

Anni luce radiante, sentada a mi lado con esa melena negra que me pone enfermo, es tan guapa que cada vez que la miro siento que estoy soñando con un ángel, y en parte, me alegro muchísimo de que esté en casa, con mi familia. Porque ella ha llegado a mi vida para quedarse, o eso espero.

—Todo lo que cocina mi mujer, está rico —suelta mi padre ese halago hacia mi madre, haciendo que el tenedor se miga cae sobre el plato. De repente, somos una familia perfecta.

¿Qué cojones? ¿Me he muerto y he aparecido en otro universo?

Empezamos a comer en silencio. Mi rodilla se mueve sin parar bajo la mesa y la mano de Anastasia me toca la pierna para calmarme. Compartimos una mirada en la que mi cara es de inquietud y la suya, de paz.

Mi madre empieza a hablar sobre la carrera que quiero estudiar, ella le comenta que será esteticista y a mis padres les parece un trabajo bonito.

Cuando por fin se acaba la maldita cena, ella se levanta con la intención de recoger los platos. En su casa lo hace y no puedo decir nada, pero aquí no.

—Tranquila, yo me encargo. —Soy más rápido que ella pillando nuestros cubiertos y llevándolo todo al fregadero.

Dejo los desperdicios en el cubo de basura y voy colocando las cosas en el lavavajillas.

Ella me mira de reojo, como si le pareciese raro verme hacer esto. Siempre he ayudado a mi madre en las tareas de casa, desde niño. Y me alegro, porque así he aprendido a hacer prácticamente de todo y, cuando vivamos juntos, también podré ayudarla a ella.

Un trueno estalla fuera de casa y la luz parpadea, mi madre se gira en la silla para mirarme fijamente.

—No os vais a ir en la moto con este tiempo, ¿eh?

—Tengo el coche —respondo.

Su mirada de súplica me avisa de lo que piensa, la conozco demasiado y le da muchísimo miedo que conduzca cuando el tiempo está así, pero, joder, solo es agua.

—Que se quede Ana aquí —sugiere mi padre, y mi novia traga saliva con los ojos abiertos como platos.

Oye, por fin este hombre y yo estamos de acuerdo en algo.

—¿Te quieres quedar? —pregunto, deseando que le apetezca tanto como a mí.

Ella se encoge de hombros con cara de circunstancias.

—Por mí sí, el problema son mis padres.

—Tranquila, de eso me encargo yo. —Mi madre se adelanta a mí y le pide el número de teléfono de su casa, marcándolo y llevándose el móvil a la oreja—. ¿Cómo se llaman?

—Elisabeth y Ander —murmura Ana en voz baja.

Zahra levanta el pulgar.

—¿Hola? ¿Elisabeth? ¡Sí! ¿Qué tal? Soy la madre de Josh, tu maravillosa hija ha cenado con nosotros y es un encanto.

—Se alisa el vestido y escucha, sonriente—.

Sí, sí, Joshi es un trozo de pan también, estamos muy contentos.

Claro…, claro… —Más silencio, ¿de qué coño hablan?

—. Sí, claro que tenemos que ir a comer todos juntos para conocernos.

Podéis venir mañana a desayunar de hecho, si os apetece, porque, por cierto, es que mira el temporal que hace y me da miedo que se suban a la moto así…

—Ana se ríe tapándose la mano con la boca y yo niego con la cabeza, esta mujer debería haber sido actriz—.

¿El coche? ¡Está roto! —Lo que decía, un goya se merece—.

Sí…, sí…, no te preocupes, ¿eh? Que van a dormir en habitaciones separadas, vamos que todavía no nos pueden hacer abuelas.

—Risas de gallina clueca—. Vale, Elisabeth, ¿entonces se puede quedar?

Genial, un beso, nos vemos mañana para desayunar, ahora le digo a Ana que te pase la ubicación.

Cuando cuelga, nos mira y levanta los dos pulgares.

—¿En serio vamos a dormir en habitaciones separadas? —inquiero, alzando las dos cejas.

Que lo intente, me escaparé de mi cuarto y me meteré en el suyo cuando estén dormidos.

—No, pero quiero la puerta abierta.

¿Qué? ¡Y un cojón!