Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

JOSH

Dos semanas después

Estoy sentado sobre el retrete, con la pastilla en la mano y la báscula delante. Sigo haciendo deporte, en el espejo parece que continúo en forma, pero el miedo a volver a ser «ese niño» nunca se irá de mi cabeza.

No puedo volver a saltarme el tratamiento, no ahora que todo va bien con ella y tengo un motivo para levantarme de la cama que no sea simplemente ser el payaso que hace reír a los demás.

Siento amor por alguien, alguien que no es mi madre ni mi familia, pero con la que quiero pasar toda la vida.

Nunca me he visto a mí mismo mandándole ochocientos mensajes al día a una chica, ni preocupado por si come, bebe o respira. A veces me asusta incluso ser tan intenso, y eso que todavía no nos hemos acostado.

La quiero tanto, que es un tema que cada vez me importa menos. Creo que una sonrisa suya me llena mucho más que todo el sexo que he tenido durante mis dieciocho años de vida.

He pensado muchas veces que el amor nunca sería para mí, porque ¿quién iba a querer al niño roto cuando ni siquiera su propio padre fue capaz de aceptarle?

Resoplo, intentando ordenar mis ideas, pensar en ese hombre nunca ayuda, así que meto la pastilla en mi boca y me la trago sin necesitar agua. Me levanto y subo a la báscula, he ganado un kilo.

Antes de entrar en pánico, vuelvo al espejo, viendo que mi cuerpo sigue igual, así que cojo la cinta métrica y empiezo a tomar medidas por todas partes.

Me quedo tranquilo al comprobar, que solo es masa muscular por hacer ejercicio y retención de líquidos. No hay grasa, sigo con la misma definición.

Resoplo otra vez, dejando la cinta métrica en el cajón del baño junto a mi colonia deportiva, desodorante y cosas de uso personal.

Alguien toca a la puerta y sé que es mi madre.

Zahra asoma la cabeza, lleva el pelo recogido en un moño y verla es como verme a mí, pero en mujer y con rasgos más maduros.

—¿Qué pasa, guapa? —la saludo, y empiezo a lavarme los dientes.

Es mediodía, hoy fui a arreglar unos ordenadores porque es fin de semana, Sean está en casa de su tío visitando a Mary y Lucy.

Al final, solo fue a casa de Naomi para amenazarla sobre algo personal de Brit, que no sé qué es, pero en cuanto se lo conté a Ana, ella lo entendió todo.

Cosas de chicas, imagino.

—Te veo con muy buena cara, cielo.

Sonrío con la boca llena de pasta dental, ella me acaricia la coronilla y me despeina, apoyando la barbilla en mi hombro.

—¿Tiene algo que ver con esa chica?

Con «esa chica» se refiere a Ana.

Sabe que fui a conocer a sus padres y que salgo con ella. Me ve arreglarme más de lo normal y me ha pillado algún que otro regalo en la habitación.

—Sí, me ayuda que me quieran —comento, escupiendo en el lavabo y haciendo gárgaras.

—¡Oye! ¡Que yo te quiero! —rechista, enfadada.

—Ya lo sé, tonta, pero son amores distintos.

Zahra vuelve a apoyarse en mi hombro, viendo cómo me termino de arreglar.

—¿Vas a ir a verla?

—Su padre se ha comprado un ordenador portátil y quiere que le enseñe a usarlo además de que le instale un par de programillas.

—Oh, ganándote al suegro.

Sonrío.

Esa familia también me quiere.

Y ese hombre me trata mejor que mi padre.

—Es buen tío —respondo sin más.

—Josh. —Mi madre juega con sus dedos, poniéndose en medio para que no pueda salir del baño—. Verás…, sé que lleváis poco, pero… yo…, tu padre…, queremos conocerla.

¿Qué?

La sangre se me congela y no me llega bien al cerebro.

—Mamá, podemos ir a una cafetería a tomar algo si quieres, pero no dejaré que ese gordofóbico se acerque a mi novia.

Porque si la humilla, si hace cualquier mínimo comentario, mi relación con él se terminará para siempre y saldré de esta casa para no volver.

Ahí sí que no habrá vuelta atrás.

Zahra arruga su frente, alzando el mentón, lo cual significa que no le gusta mi respuesta.

—Josh, tu padre fue un absoluto gilipollas, en eso estamos de acuerdo.

—¿Fue?

Intento salir de nuevo, pero ella se pone en medio una y otra vez. Finalmente, me cruzo de brazos y me digno a escucharla.

—Sé que no es el padre que hubieses querido tener…

—Ajá, nos decepcionamos mutuamente.

—Pero es tu padre.

—Y yo su hijo —contraataco.

—Exacto, y él quiere hacer las cosas bien contigo, lleva mucho tiempo intentándolo y no le dejas…

—¿Y por qué debería hacerlo?

—Por mí. —Sus ojos se humedecen y sus hombros caen cansados—. He odiado a tu padre por ser como es, pero también le quiero y sabes que yo nunca me divorciaría, solo pretendo reconstruir nuestra familia y vivir en paz los años que Alá me tenga viva.

Su voz se rompe al final de la frase. El pecho le sube y le baja a causa de las emociones que deben estar chocando en su interior y no puedo hacer otra cosa que abrazarla.

Que mi padre haga que mi madre esté triste es algo que me consume el alma, pero que esté así por mi culpa es imperdonable. Haría cualquier cosa por ella.

—Josh, si todo va bien con esa chica, llegará el día en que saldrás de esta casa para hacer tu vida con ella, y yo me quedaré aquí con papá.

Solo dame la satisfacción de saber que al final todo se arregló y que mi hijo vive feliz, libre de rencores.

—Su pecho se agita contra el mío y sé que está llorando—.

No sé si tendrás hijos y algún día seré abuela, pero yo quiero que vengáis a casa a comer los domingos tu novia y tú, y en ramadán, cuando se ponga el sol, y… y…

—Chiiis… —Acaricio su pelo, intentando calmarla—. Sabes que sí, mamá, haré todo lo que necesites para que estés bien —le prometo, siendo totalmente sincero—. ¿Cuándo quieres que la traiga?

Zahra deja de llorar, me pone las manos en el pecho y me mira con una sonrisa resplandeciente.

¿Qué? ¿Ya se le ha acabado el llanto? ¡Manipuladora!

—Esta noche estaría bien, voy a llamar al supermercado para que me guarden una pierna de cordero.

—Pero…

Mi madre se va rápidamente a por el bolso, colocándose bien el moño por el camino, no tardo ni tres minutos en oír como la puerta de casa se cierra.

Joder, ni siquiera sé si a Ana le gusta el cordero.