Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

JOSH

Las manecillas del Big Ben giran mientras me llevo otra cucharada de helado a la boca.

Ana está a mi lado. He dejado el coche aparcado en un parking cercano.

No he podido venir en la moto para no estar despeinado, y fui a lavarlo antes de presentarme en casa de Ana por si, tal y como sospechaba, mi suegro quería bajar a verlo.

Lo hizo.

Nos mantenemos en silencio, ninguno ha dicho nada después de la cena, simplemente la invité a dar un paseo y sus padres le dieron permiso, así que aceptó.

Nos dimos la mano de camino al auto, ella puso Fire on Fire de Sam Smith y ahora estamos aquí.

—Joshi.

—¿Ah? —Pego un respingo, porque estaba sumergido en el silencio y mis pensamientos.

—Gracias.

—¿Por? —Me llevo otra cucharada de helado a la boca.

—Por hacer todo esto por mí. Te has comportado como un auténtico novio de verdad.

El corazón me palpita, aunque con una punzada de dolor.

Yo no sé cómo ve ella esto, pero, para mí, nunca he ido más en serio en mi vida.

—Ana, ¿qué ha sido esto para ti?

Ella se traga el helado que le queda en la cucharilla. Está tremendamente guapa, con el pelo suelto, su maquillaje suave de siempre y esas uñitas tan femeninas y preciosas.

—Pues, sinceramente —agacha la mirada hacia sus pies—, un sueño que creí que jamás se haría realidad.

—¿Un sueño?

—Siempre quise encontrar a alguien que me quisiera y aceptase tal y como soy. Y sé que lo de hoy ha sido porque eres super buena persona y te lo he pedido, pero, aun así, yo… yo…

Mierda, ¿eso cree? ¿Eso piensa después de todo lo que hemos vivido?

—Anni, para mí todo esto ha sido real. Te puedo asegurar que no me pondría una camisa ni me quitaría todos los piercings por una chica de la que no estuviese enamorado.

Sus enormes ojos me miran y parpadean lentamente. Supongo que por el hecho de admitir en voz alta y con voz seria que estoy enamorado de ella, aunque, en mi cabeza, era más que evidente.

La cena fue un éxito, en el momento en que les dije que estudiaría Ingeniería Informática y que ya tenía curro, la tensión del ambiente se disuadió. Son buenos padres, se preocupan por su hija porque saben lo que vale.

Las campanadas del Big Ben empiezan a sonar, Anastasia deja la tarrina de helado a medias y, antes de que pueda asimilar lo que está pasando, me agarra de las mejillas y me estampa un beso en la boca.

¿Qué cojones? ¿Me está besando? ¿Ella? ¿A mí?

Mis manos van rápidamente a sus caderas, subiéndola encima de mí mientras le meto la lengua hasta el fondo.

Ella chilla por no esperarse mi brusquedad, pero es que la deseo de una forma que no es medio normal.

—Que parezca un chico bueno, no significa que lo sea, Cleopatra.

Las cosas han cambiado mucho porque ya no me insulta, no me rechaza, no sale corriendo.

Solo se queda sentada sobre mí, mirándome con esos ojos que hechizan y la melena cayéndole sobre los hombros.

—¿Vamos a tu coche?

Hostia puta.

Joder.

—Cla… claro.

Me he puesto hasta nervioso.

Se baja de mis piernas, cogemos los móviles y corremos como dos niñatos atontados hacia el coche, sentándonos en la parte de atrás.

Vuelvo a poner esa canción que le gusta, encendiendo la calefacción para que no tenga frío.

Mis ojos contemplan cómo se quita la chaqueta y me deja ver un poco más de ese cuerpazo que tiene.

Coloco una mano tras su nuca y otra en su cintura, empujándola hacia mí para volver a besarla, ella pone sus piernas sobre mi muslo derecho y envuelve mi cuello con las manos. Siento sus uñitas acariciar mi cabello y me flipa.

Qué chica tan perfecta.

Nuestros besos resuenan entre la música, el sonido de la calefacción y las estrellas que se ven a través de los cristales. Está siendo la noche más bonita de mi vida y la más especial, y todo por ella.

He estado con muchas, pero solo he sentido esto con una.

Esto no tiene nada que ver con las tías que me gustaban, con las que seguía por Instagram ni con las que me acostaba cuando salía de fiesta. Esto es real, te hace notar cosquillas en el estómago y te revienta el corazón.

El psicólogo por una vez tiene razón, estoy jodidamente enamorado de esta chica.

Sus manos bajan por mi cuello, desabrochándome los primeros botones de la camisa para acariciarme el pecho, yo las introduzco por su jersey, yendo hacia el cierre de su sujetador.

Nos detenemos un segundo, nos miramos y asentimos a la vez, volviendo a besarnos.

Mis dedos desatan su sostén con eficacia y ella sigue desabrochando mis botones y recorriendo mi piel y tatuajes.

Voy hacia sus pechos, tocándolos por debajo de la ropa interior con suavidad y cuidado. Ella gime en mi boca y sé que está nerviosa.

—¿Estás bien? —susurro contra sus labios.

—Sí.

—No iremos a más, soy consciente de que estamos en un coche y no es el lugar, tranquila.

Ella asiente, relajándose entre mis brazos.

—Gracias, pero… ¿no te aburrirás si solo nos besamos y acariciamos?

A ver, me gustaría volver a lamerla como aquella noche, pero…

No es el momento.

Mis manos dejan de tocar sus pechos, sacándolas con delicadeza de su jersey para abrazarla por la cintura.

Dios, tengo una erección brutal y casi podría correrme en los pantalones con volver a tocarla.

—Anni, no eres un polvo, eres mi novia —repito, porque tengo la sensación de que todavía no se lo cree—. Yo te quiero, tía.

Sus ojos se quedan petrificados y aguados, como dos lunas llenas que se reflejan en el mar.

—Joshi…

—Te quiero —vuelvo a decir sin dudarlo—. Sé que tardarás mucho tiempo en sentir lo mismo, pero necesitaba decírt…

—Yo también te quiero —me corta—. Te quiero muchísimo, Josh Halimton.

Oh, mierda.

Definitivamente, es la mejor noche de mi vida.