CAPÍTULO 58
ANASTASIA
Salgo de la cocina y pongo la fuente con el pastel de carne en el centro de la mesa, casi no me llega el aire a los pulmones.
Mi madre no me habla y papá solo me mira por encima del periódico y gruñe. Se sienten traicionados. La cuestión no es que les moleste que tenga novio, sino que, sin ellos darles el visto bueno, me haya atrevido a pasar un momento «a solas» con él.
¿Lo que más miedo me da? Lo que puedan opinar de Josh.
Y es que, aunque yo ame que sea un chico malo, mis padres están totalmente chapados a la antigua, y cuando le vean los piercings , los tatuajes y esa jerga de barrio marginal con la que habla… me huelo que voy a estar castigada hasta el último día de mi vida.
Pero tampoco pueden ser las cosas de esta manera.
Mi madre eligió a mi padre en total libertad, y viceversa, y yo no soy una cabra loca, me pienso muchísimo las cosas antes de dar un paso en falso y me he asegurado de conocer a Josh a fondo.
Para mí, no hay un chico con un corazón más bueno que él, y si mis padres se empeñan en que no le vuelva a ver bajo la amenaza de «vives bajo nuestro techo y aquí se hace lo que digamos», tal vez, empiece a plantearme el buscarme un piso de alquiler.
Solo esperaré a ver si me va bien en mi nuevo empleo en la pizzería.
Y después, cuando termine mi curso de Estética, trabajaré de lo mío.
Tener estos pensamientos hace que dejen de temblarme las piernas bajo la mesa y pueda respirar mejor.
—¿Va a tardar mucho más? —pregunta mi padre, mirando su reloj de pulsera.
Mi madre se sienta a la mesa, con esa cara de funeral que pone cuando las cosas no van como a ella le gustaría.
Me fijo en la hora que señala la pantalla del móvil, faltan cinco minutos.
—Le avisé con el tiempo justo, quizá se retrase un poquito.
—¿Con el tiempo justo? Nosotros te dijimos que queríamos conocerle con bastante antelación.
—Mamá, él tiene una vida y cosas que hacer más allá de conoceros.
Dios, ya empieza a salirme la mala leche.
Muérdete la lengua, Ana, muérdetela.
Mi comentario no parece agradarle, y está a punto de reprocharme algo cuando el timbre de la puerta suena.
¡Por fin! ¡Salvada!
No me malinterpretéis. Quiero mucho a mis padres, les agradezco toda la ayuda, amor y protección que me dan, pero, a veces, me gustaría poder respirar un poco y no tener que explicar cada pequeño detalle de mi vida con pelos y señales.
Resumiéndolo mucho, me sucede exactamente lo contrario que a Brittany; ella necesita que alguien se preocupe por ella y yo, que se olviden de mi existencia un rato.
—Abro yo —anuncio, notando que se me suben los calores.
Madre del amor hermoso, qué vergüenza y qué nervios.
Al abrir, noto ese olor a colonia con suavizante que me pone a flotar.
Cuando levanto los ojos para verle, casi me caigo al suelo.
—Josh, ¿qué diablos?
Sigue siendo el chico más guapo que he visto en mi vida, pero parece distinto.
Va bien peinado, y no despeinado por el casco como de costumbre, se ha quitado todos los piercings y… ¿eso son gafas? ¿Desde cuándo lleva gafas?
Le repaso milímetro por milímetro, quedándome loca con lo bien que le quedan esa camisa de vestir blanca y esos vaqueros.
Es la primera vez que le veo tan arregladito con algo que no sea uno de sus típicos chándales de tío guapo para partir la pana.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Joshi? —musito, roja de la vergüenza y entusiasmada por la ilusión y el agradecimiento de que haya venido.
Una parte de mí temía que no se presentase.
—Siempre he llevado gafas, me fundí los ojos de niño jugando a la consola. Lo que solo me las pongo en casa —sonríe, y me entrega una rosa amarilla como la que trajo el día que le invité a ver la película.
—¿Y te parece normal conducir la moto sin las gafas? Cualquier día te matas, Josh.
No puedo evitarlo, me preocupo por él todo el día, todos los días, en todo momento.
Es una cabra loca.
Pero es mi cabra loca.
—Uso lentillas, pero creo que a tus padres les molará más el rollo empollón.
Oh. Entendido.
—Buenas noches. —Mamá sale del salón, seguida de mi padre, escaneando al chico que está en nuestro recibidor. En cuanto veo cómo le hacen el escáner y luego comparten una mirada de aceptación, me relajo y deja de dolerme el estómago.
Gracias a Dios.
—Buenas noches, señora Mirren —saluda educado, acercándose a mi padre para ofrecerle la mano. Cuando estira el brazo, se le sube un poco la camisa y se aprecia su muñeca tatuada. Papá se fija, pero no dice nada al respecto—, señor Mirren.
Uf.
—Ander —se presenta— y mi mujer se llama Elisabeth. Tú eres Josh, ¿no?
—Así es, señor.
Todo esto sucede sin que se suelten la mano, estrechándosela todo el tiempo.
—Estuviste en mi casa el otro día.
—Sí, señor.
—Con mi niña.
—Y con Cookie, señor.
No, Josh, momento para vacilar no, por favor.
Mi padre asiente. Siguen sin soltarse las manos. Mamá y yo observamos la escena, incómodas.
—¿Crees que es de un hombre correcto ir a la casa de una chica mientras sus padres no están y ni siquiera saben quién eres? ¿Te parecería bien que eso sucediera con tu hija?
Me voy a cagar en todo.
—Papá…, se enfría el pastel de carne… —intento intervenir.
—No, señor, el día que tenga una hija le cortaré los huevos a cualquiera que se acerque a ella con malas intenciones, y espero que usted me haga lo mismo a mí si en algún momento le decepciono.
Mi padre afloja el agarre y por fin se separan.
Mierda, ¿Josh acaba de decir algo así? Mi estómago está lleno de mariposas.
«Solo finge para ganarse a tus padres, Ana. No te flipes tanto, te está haciendo un favor». Ay, mi mente es muy cabrona.
—Entonces, puedes sentarte en mi mesa a comer —dice con voz grave y autoritaria, dándole una palmada en la espalda para invitarle a pasar al salón.