CAPÍTULO 55
ANASTASIA
Después de que Josh fuese al baño a limpiarse, he ido yo. También he revisado el teléfono, y viendo un mensaje de Brit que dice que está con Sean, me he quedado más tranquila al leerlo.
Todavía me tiemblan las piernas y no dejo de hacerme preguntas. He imaginado un orgasmo muchas veces, pero no sabía que sería tan… intenso.
Mi cuerpo temblaba de forma involuntaria y por un instante tuve miedo, luego Josh me pidió que me dejase llevar y así lo hice.
Y ahora, me siento unida a él en una especie de conexión extraña. La verdad es que no logro entender cómo la gente puede tener sexo y luego no volver a hablarse o estar con otras personas sin más.
La idea de ver a Josh con otra chica después de esto hace que todo mi ser se estremezca y quiera empezar a llorar.
¿Lo peor de todo? Sé que mi actitud es infantiloide y que así no son las cosas, lo cual me aterra todavía más.
—Ponte mi sudadera, así dormirás más cómoda.
Él se acerca por detrás y mete mi cabeza por el agujero, yo le miro de reojo y añado:
—Vale, no me mires mientras me quito la blusa.
Él rueda los ojos y luego se los tapa con ambas manos.
—Tranquila, doña Difícil, estás a salvo.
Una pequeña risa se dibuja en mi boca, me hace gracia que me siga llamando así a pesar de haber caído rendida a sus pies.
Porque eso es lo que he hecho, ¿verdad?
Mi mente repite el momento dentro de mi cabeza, es un bucle que ya no sé dónde empieza ni dónde acaba, y siento como si mi vida fuese a girar en torno a Josh a partir de este momento.
¿Y si me obsesiono con él hasta el punto de perderme a mí misma? ¿Y si me falla y caigo en una depresión de la que no salgo jamás?
Oh, por Dios.
Todo el mundo folla, tiene sexo, se pelea y conoce a alguien nuevo, es ley de vida. Tengo que dejar de ser tan mojigata.
—Eh, ¿estás bien? —Él se enciende un cigarro, abre la ventana, da una calada y saca el brazo tatuado fuera.
Ya tenemos la luz encendida, y es la primera vez que puedo observarle semidesnudo en la intimidad.
Su piel color canela es preciosa y cada músculo de su cuerpo se marca a la perfección.
Siempre me ha gustado mucho su corte de pelo macarra y despeinado, al igual que esa cara de niño enfadado con la vida.
—Sí, solo…
—¿Estás pensando mucho en lo que acabamos de hacer?
Me siento en la cama, junto las piernas contra mi pecho y me rodeo las rodillas.
—Sip.
—Es normal —asegura, y se lleva el cigarro a los labios por segunda vez—. Cuando yo tuve sexo por primera vez, me pasó lo mismo. No importa la edad ni si eres chico o chica, te marca, siempre.
Escuchar eso me alivia por una parte, pero me enfurece por otra. ¿Eso quiere decir que aún sigue pensando en la tía con la que se acostó por primera vez?
—¿Con quién fue? —cuestiono, apostándome el cuello a que va a decir Paula.
—Ni siquiera lo sé —dice sin más, y no parece mentir—.
Era mi primera fiesta, perdí mucho peso y empezaba a estar fuerte, quería acostarme con una chica sí o sí, para aliviar el rechazo que sentí durante toda mi vida y lo hice.
—Abre una lata de refresco de una nevera pequeña y empieza a beber.
Me doy cuenta de que esta habitación es distinta a las demás, parece que se ha quedado aquí más de una vez.
Me tiende la lata y acepto darle un sorbo—.
Ella era de fuera, estaba aquí de vacaciones y ni siquiera me gustaba, pero yo tenía poca autoestima y esa chica parecía no importarle con quién hacerlo, fue una mierda y un chasco, me sentí muy vacío.
Escuchar ese pequeño recuerdo de su vida hace que la piel se me ponga de gallina.
—Josh, ¿tú has tenido problemas de peso?
Él me mira y dice que sí con la cabeza, y en ese momento, es como si un peso enorme desapareciese también de encima de mis hombros.
—¡Dios! ¡Pero tu cuerpo es increíble! ¿Cómo lo hiciste? Necesito que me cuentes el secreto.
Joshi lanza la colilla lejos tras apagarla y cierra la ventana, aparta la manta y se sienta a mi lado. Su hombro roza el mío. Ambos tenemos las cabezas apoyadas sobre la pared, mirándonos fijamente.
—Odiándome, me odié muchísimo para cambiar y me hice mucho daño, no todas las historias de superación son dulces, Ana —responde, agarrándome la mano y acariciando mis nudillos, un segundo escalofrío recorre mi piel—.
Mira, yo nunca voy a decirte lo que debes hacer con tu cuerpo, pero mi obesidad era importante, ¿vale?
Tú eres una chica con curvas y te ves jodidamente preciosa, en cambio, mi peso llegaba a afectar a mi salud, me ahogaba y no podía hacer vida normal como el resto de los niños.
Son cosas distintas, iba mucho más allá del físico.
Sigo asintiendo, y veo que bajo los tatuajes hay algunas pequeñas grietas. Estrías.
A pesar de que su piel esté tersa por el deporte y la gran musculatura que tiene, las grietas de ese odio que sintió por sí mismo siguen así, bajo la tinta que forma símbolos egipcios.
«Eres una chica con curvas».
«Te ves jodidamente preciosa».
«Me ahogaba y no podía hacer vida normal como el resto de los niños».
«Iba mucho más allá del físico».
Las lágrimas me caen mejillas abajo, dándome cuenta de la razón que tiene Josh.
Toda mi vida me he odiado por usar tres tallas de pantalón más que el resto de las chicas, pero nunca me he ahogado, siempre he sido buena en Educación Física y mis análisis están perfectos.
No tengo miedo por mi vida y no estoy obligada a llegar al extremo de tener que atacar a mi propio cuerpo para poder superar una obesidad que atente contra mi salud.
No quiero imaginar lo que debe ser odiar tu cuerpo, sufrir bullying y, además, sentir que el lugar en el que más a salvo y cómodo debes estar, te corta las alas y te frena a la hora de vivir.
—Eh, bonita, no llores. Joder, ¿por qué lloras?
Él me abraza, apretujándome contra su pecho, y mi mejilla se apoya en su piel cálida mientras mis brazos rodean su abdomen.
—Joshi, supongo que te lo dicen muy a menudo, pero estoy superorgullosa de ti.
Ahora él me aprieta un poco más y acabo de escuchar cómo su corazón ha dado un aleteo.
—La verdad es que no suelo escucharlo casi nunca. Gracias, Ana.
—Eres perfecto —susurro.
—Eres perfecta —admite.