CAPÍTULO 53
ANASTASIA
Estaba a punto de decirle que quería llegar a algo más con él. No me veía perdiendo la virginidad en plan ya, pero… sí…, ay, no sé ni lo que estoy diciendo.
Sé que Sean y Brit tienen sexo, y no voy a negarlo, me pone celosa —en el buen sentido, porque me alegro por mi amiga—, es solo que yo también quiero tener la confianza suficiente para desnudarme delante de un chico y sentir lo que él puede hacer conmigo.
Además de que últimamente también he fantaseado con ver a Josh desnudo y… tocar algunas partes de su cuerpo.
Quiero que cuando piense en sexo me recuerde a mí, ni a Paula ni a ninguna otra. Y para eso tengo que empezar a espabilar.
Sin embargo, cuando vimos a Sean salir de casa de Naomi, la cara de Josh se descompuso, al igual que la mía. A los dos se nos quitó el hambre y se jodió la cita.
Josh sabe mentir bien, pero juro que por su expresión descompuesta no tiene ni idea de lo que está pasando y que realmente se preocupa por su mejor amigo.
Me niego a pensar mal de Sean, le he conocido lo suficiente como para saber que no es ese tipo de tío y estoy cien por cien segura de que tiene algo que ver con Derek.
Y, desde que Josh se ha marchado tras ayudarme a recoger los restos de pizza y demás, estoy sentada en mi cama jugando con mis dedos.
¿Debo contárselo a Brit? Ni siquiera me he atrevido a ir al gimnasio porque no quiero joderle la clase de baile. Sé que si se lo digo le dolerá, por muy justificado que esté, le va a doler. Pero, si no lo hago, ¿qué clase de mejor amiga oculta algo así?
Me dejo caer hacia atrás en la cama, pensando qué querría yo si fuese ella. La verdad es que prefiero saberlo, aunque me sangre el corazón.
Una lágrima se me escapa y me baja por la mejilla mojando la colcha de mi cama, no me gusta tener que hacer esto, aunque supongo que es lo correcto.
Abro la boca para soltar un suspiro de frustración, llevándome el móvil a la oreja después de marcar su número.
Solo espero que Josh se entere pronto de lo que está pasando y podamos arreglarlo. Ellos son buenas personas, se quieren y no merecen esto.
(…)
La amiga de mi mejor amiga viene con uno de sus vestidos —por favor, ¿rosa pálido? Solo a Brit le queda bien el rosa pálido— y agarrada de su brazo. Ambas aparecen en la fiesta y me alegro tanto de ver a mi rubia preferida que se me escapa una frase demasiado simpática.
—¡Tías! Menos mal que habéis venido, me estaba muriendo del aburrimiento.
Creo que es la única vez en la que me he alegrado de ver a la muda.
Si ha ayudado a convencerla de que venga, aunque sea en busca de guerra con Sean, en vez de quedarse en casa llorando como he temido todo este rato, entonces puedo hacer un esfuerzo por perdonar que me quite parte de la atención que me corresponde.
—Sí, y menos mal que Naomi al final no ha venido —gruñe, echando una mirada rápida a Derek. Ya está con sus colegas, bebiendo, hablando de fútbol y de tías.
—Le he pedido a Josh que le saque información a Sean, pero jura que no sabe nada, ha intentado preguntarle y… cero patatero, ni mu. ¿Creéis que miente?
Yo no lo creo y sé que puedo confiar en él; sin embargo, me siento culpable si muestro confianza ciega en él delante de Brit, porque debe de estar hecha polvo por dentro, a pesar de que esté guapísima y radiante.
Ella se lo piensa un poco y añade:
—No creo que te mienta, por cierto… —clava su mirada en Cindy que sonríe como una lunática, con la vista perdida, balanceándose al ritmo de la música—, ¿qué era lo que me querías contar?
La postura de la muda pasa de ser relajada a tensa y eso no me gusta un pelo. Todas mis alarmas y defensas contra ella se activan inmediatamente.
—Nada, una tontería.
Frunzo el ceño. Esta sí que está mintiendo.
No puedo evitar compartir una mirada de incomodidad con Brit, que no es más que un «te lo dije» que ella entiende al vuelo.
Decidimos no decir nada, bailamos un poco disfrutando del ambiente y, bueno, esperando que suceda algún milagro, como que un altavoz gigante se caiga sobre Derek y le aplaste la cabeza, por ejemplo. La vida sería mucho más fácil y bonita si el karma no fuese con tanta cola de espera.
Alguien se une a nuestro grupito y en cuanto respiro cierto olor ya sé de quién se trata. Josh.
Su brazo pasa por detrás de mi cintura, me pega completamente a él y, de forma inesperada, me da un pequeño pico en los labios. Delante de todo el mundo.
Y cuando digo todo el mundo, también me refiero a Paula, que ya he visto que está aquí.
—Estás preciosa —susurra contra mi frente, acariciándome la coleta. Siempre obsesionado con mi pelo.
—¿En qué momento hemos decidido hacerlo público? —rechisto entre dientes, con las mejillas rojas y, para qué negarlo, encantada de la vida. Solo pienso que restregarle esto a Brit por la cara no es lo ideal en este momento, a Paula sí, pero a Brit no. Joder, podríamos haber esperado un poco.
—En el momento en el que oficialmente me has presentado a Cookie.
—Me suelta una descarada palmada en el trasero que hace picar mi piel y…
otra cosa. ¡Mierda! Seguro que ya ha fumado o algo porque está más suelto que de costumbre—.
Voy a beber algo con los colegas —anuncia, y sus labios se acercan a mi oreja para susurrar en voz baja—: Hoy no me he tomado la medicación para poder portarme mal. ¿Te traigo alguna cosita?
Quiero darle un tirón de orejas, ¿cómo que no se ha tomado la medicación? No debería jugar con eso, luego le dan bajones muy fuertes. Maldita sea, ¡me preocupa mucho su bienestar!
Sin embargo, esas pecas malvadas que le tiñen las mejillas y esa mirada de «soy el diablo y esta noche quiero tu alma» me avisan de que no es el momento de llevarle la contraria.
Así que solo niego con la cabeza y le muestro mi Malibú con piña. Este idiota es el que me tiene que llevar a casa, así que espero que no se emborrache mucho.
Él me lo quita de los dedos, le da un trago y me lo devuelve.
—¿Marcando territorio? —pregunto con una ceja arqueada.
No voy a mentir, me encanta.
¡Pero no es el momento! Joder, estamos aquí para ayudar a Sean y Brit, y parece que a este merluzo se le ha olvidado por completo.
—Me vas conociendo. —Me regala un guiño con uno de sus preciosos ojos color miel y se me escapa un suspiro—. Si quieres bailar o subir a una habitación, avísame.
¿Una habitación? ¿Él y yo?
—¿Y por qué te tengo que avisar?
¿Por qué no me lo pides tú y así me lo pones más fácil?
¡Jamás le pediría que me llevase a una habitación!
—Porque eres mi chica. Mi. Chica.
Brit ya está con la mirada puesta en el lugar de la nave en la que se encuentra Sean con mi primo Charlie.
Cuando me doy cuenta, Josh ha desaparecido entre la multitud, veo su sexi coronilla y sus casi dos metros de cuerpazo con sangre de faraones —palabras suyas, no mías— moviéndose con ritmo y gracia hacia sus colegas.
Una sonrisa muy tonta se me pinta en la cara.
—Tía, ¿le has presentado a Cookie? Eso quiere decir que…
¡Joder! Hay tantas cosas que todavía no le he contado.
—Sí, le invité a casa. A solas. Ya lo sé.
—TÍÍÍÍAAAAA.
Sé lo que significa ese «tíííííaaaa» y la respuesta es:
—NO.
Sigo siendo virgen.
—¿Y no me lo cuentas? Tía, en plan, ya te vale.
—Tía, no quiero rayarte, sé que estás mal.
—¿Y qué? Que sea la última vez que me dejas sin chisme.
Mientras Brit y yo nos convertimos en dos cotorras imparables, la gente de nuestro alrededor deja de bailar, concentrándose en un punto exacto. ¿Qué diablos pasa?
Me pongo de puntillas, alzando la cabeza sobre la de Brit. Mi cara palidece al ver a la persona que más detesto: Peter.
—¡Mierda! ¿Qué hace ese imbécil aquí?
Dios, me lo encuentro hasta en la sopa. Es más difícil de eliminar que una maldita plaga de piojos.
—Tranquila —dice Brit que se aferra a mi brazo—. Yo estoy contigo, y también Josh. Si se le ocurre burlarse de ti, será su último día de vida.
Espera, ¿qué demonios está pasando?
Sean acaba de ir a por Peter, lo ha agarrado del cuello de la camisa y lo lleva a rastras hacia Josh. Lo ha dejado de rodillas y se ha cruzado de brazos delante de sus amigos para que no se metan.
Ahora Josh está frente a Peter, veo como inclina su espalda para acercarse a él, susurrándole algo en voz baja mientras le derrama su bebida por encima del pelo y le pega una patada en la cara que le deja tirado en el suelo.
El miedo me invade por completo pues veo tanta sangre que por unos segundos temo que esté muerto, en cuanto aprecio que mueve uno de sus brazos, suspiro con calma.
Maldita sea, Josh, qué bestia eres.
Sean hace un gesto con la cabeza para que sus colegas lo levanten del suelo y se lo lleven de ahí y, en cambio, Josh sigue bailando con un cubata en la mano como si fuese el alma de la fiesta, sin mostrar ningún tipo de remordimiento.
¿Ese es el chico dulce que frotaba su mejilla contra mi pecho y me abrazaba en el césped el otro día?
No, es el demonio de las pecas.
Y ambos conviven en ese lascivo cuerpo.
—Ana, por casualidad, ¿Josh sabía…?
Un chico se choca con nosotras, le miro mal y su amigo susurra refiriéndose a Brit:
—Cuidado, tío, que es la novia del ruso.
Auch, esto ha tenido que dolerle.
Los dos se esfuman y Brit hace como que no ha escuchado nada.
—Sí, se lo conté —admito.
Continúo pálida y preocupada por la cantidad de sangre que acabo de ver hace unos minutos. Josh hace contacto visual conmigo y me regala un corazoncito que forma con los dedos.
¿Es normal que esto me excite?