Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 52 #2
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CAPÍTULO 52 #2

El silencio se vuelve incómodo, así que decido cambiar de tema.

—¿Sabes que me ha salido trabajo? —comento—. En una tienda gaming , programando ordenadores y demás, empezaré en cuanto acabe el curso y así ganaré un dinerillo mientras me saco la carrera de ingeniero informático.

—¡Eso es genial, Joshi! Justo a mí también me han llamado de una entrevista, debo ir mañana.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

—De camarera, en la pizzería a la que acabamos de pedir comida.

Todas mis alarmas se encienden.

¿Va a trabajar con ese al que le sonreía por teléfono? Y un cojón.

—Pero, Anni, te estás sacando el curso de esteticista.

—Ya, pero solo es tres veces a la semana, y ahora cuando acabe el insti, ¿qué haré con tanto tiempo libre? Prefiero ganar dinero y ahorrar para montar mi propio negocio.

—¿Quieres ser emprendedora?

Sonríe, asintiendo ilusionada.

—Mi padre tiene un local que está cerrado, me dijo que cuando terminase los estudios, podría montar mi centro de belleza ahí.

Joder, me alegro un montón por ella.

—¿Y estas uñitas tan bonitas? —Juego con sus dedos—. ¿Te las hiciste tú misma?

—Ajá, ¿te gustan?

—Son preciosas.

Me gustan sus manos, son pequeñas y muy femeninas, suaves, con algunos anillos de bisutería.

—Gracias.

Otra vez, está colorada.

Y yo tengo una excitación de la hostia. Me siento un enfermo mental por estar cachondo perdido solo por tocar su mano y mirarla a la cara, pero es que Anastasia es una puñetera droga para mis hormonas. Las vuelve locas.

—Pues me parece admirable que quieras sacar una carrera tan difícil, seguro que ganas muchísimo dinero y te va superbién en la vida —añade.

—Claro, hay que ganar pasta para que no les falte de nada a nuestros hijos —bromeo.

Sus dedos aprietan los míos y yo los aprieto aún más.

Buf, qué loco me tienes, Ana.

El teléfono empieza a sonar, rompiendo nuestro mágico momento.

—¿Hola? —contesta ella—. Ah… Sí, vale, qué mala suerte, bueno, no pasa nada. Está bien. —Nada más colgar, me mira con tristeza—. Se les ha ido la luz y las pizzas se retrasarán, ¿quieres que cancele y pidamos otra cosa?

Estoy tan obsesionado con ella que no tengo ni hambre.

—Me da igual esperar.

—A mí también.

—Oye, y… ¿por qué llorabas?

Lo sé, soy un cansino, pero es que no me lo puedo quitar de la cabeza.

Vuelve a suspirar y me mira de soslayo.

—Hay un chico en Salduva…

Mi cuerpo entra en tensión de inmediato.

—Un chico.

—Sip —afirma—. Se llama Peter, me gustaba cuando tenía en plan once años, se lo conté a una amiga que ya no es mi amiga y ella se lo dijo a todos.

A él le dio mucho asco porque, claro, yo era la gorda del instituto, y comenzó una etapa de burlas en la que conocí a Brit, ella se metió a defenderme y desde ahí nos hicimos inseparables.

Todo mi cuerpo sigue en tensión, el músculo de la mandíbula se me contrae con cada palabra que ella va diciendo.

—Pero eso pasó hace tiempo, ¿no? —comento.

—Sí, la cosa es que, desde ese entonces, Peter no pierde la oportunidad de hacer algún comentario cuando me cruzo con él y va con sus amigos, es como si tuviese miedo de que la gente pensase que pasó algo entre nosotros y necesitase insultarme para dejar claro que no es así.

Vaya, vaya…

—Ese Peter es… ¿Peter Williams?

Asiente.

Yo me conozco a todos los pavos de la zona, y ese nos compró drogas en alguna ocasión. Cosas blandas e inofensivas.

—Sí, el mismo.

—¿En serio te gustaba ese tipo? Pero, Anni, si es feísimo, yo soy más guapo.

La hago reír.

—Lo sé, es que, bueno, era la edad del pavo. Ahora no me fijaría en él jamás.

Uf, menos mal.

—Esta noche habrá una fiesta que organiza un colega y quiero que vengas con Brit. Será en la nave de siempre, puedo pasar a recogerte con el coche.

Voy a invitar a ese tal Peter y le voy a partir la cara.

—Gracias, le preguntaré si le apetece venir, aunque ahora está un poco decaída por…, ya sabes.

Sí, lo sé, de hecho, dudo que Sean venga por el mismo motivo.

—Y bueno, ¿qué te ha hecho «Ojos de pez muerto»?

—¿Ojos de pez muerto? —Suelta otra carcajada—. ¿Por qué le llamas así?

—Es su mote, lo bauticé el primer día que lo vi drogado, parecía una sardina.

Poco a poco, la tensión va disminuyendo, y ella cada vez está más relajada y cómoda conmigo.

Eso me gusta, mucho.

—Pues me lo crucé ayer cuando fui al súper, estaba comprando unos dulces para mi padre, él siempre merienda el café con un pastelito, ni siquiera eran para mí, y aun así… empezaron a decirme cosas.

Puedo imaginarlo.

Les voy a partir las piernas.

—¿Se metieron con alguna parte de tu cuerpo?

—Con mi culo.

No.

El culazo de Ana es mío. Todo mío.

—Sabes que ese culo es la octava maravilla del mundo, ¿no? No tienes que sentirte mal por lo que diga un gilipollas sin gusto para las mujeres.

—Josh, sé que intentas ser amable, pero…

—No soy amable, me gustas, muchísimo, cada centímetro de ti me pone muy loco.

De repente, el aire se vuelve cargado y tenso entre nosotros. Hace muchísimo calor y solo puedo pensar en desnudarme y desnudarla a ella también. Lo que daría por tenerla encima de mí mientras hundo la cabeza en esas tetas de infarto y enrollo mi puño en su cabello largo y moreno.

Buf, qué mujer más perfecta.

Mi perfecta, joder.

—Yo… —balbucea—. Cuando pasó eso, cuando me insultaron, pensé en… pensé en ti.

—¿Por? Yo jamás te he insultado, las cosas que te digo son para picarte porque quiero que me hagas caso.

—Lo sé, no me refería a eso, lo que quería decir es que… te eché de menos y deseé que estuvieses a mi lado, como ahora. Por eso te llamé anoche y te invité a venir hoy.

Ah, hostias.

—Pues hiciste bien, porque a mí me encanta estar contigo. Estaría a tu lado todo el día, y lo sabes.

Ella agacha la mirada, nuestras manos ya sudan, afloja un poco el agarre y la retira, colocándose bien el pelo tras la espalda. Cuando hace ese movimiento y su olorcito a frambuesa vuelve a mí, pierdo la cabeza.

—Anni, quiero besarte.

Ya nos hemos besado, muchas veces, pero esta vez se siente muy distinto porque, joder, ya no es un capricho ni una tía con la que quiero tener sexo. Mis intenciones con ella van mucho más allá y me asusta cagarla.

Nerviosa, muerde su jugoso labio inferior, avanza un poco más sobre el sofá para estar más cerca y aprovecho para pasarle un brazo tras la nuca y dejarlo sobre sus hombros.

Sostengo su mentón y la obligo a mirarme.

Estamos en su casa, me ha invitado, me ha dado esa confianza y pienso darle todo el respeto que merece.

—¿Puedo?

En silencio, dice que sí con la cabeza.

Le doy un pequeño pico, esperando a ver su reacción, la sigo notando relajada y a gusto entre mis brazos, así que continúo dándole pequeños besos cortos sobre los labios.

Bajo la mano y la dejo sobre su cintura, ella la quita y la vuelvo a poner. Sé de sobra lo que le pasa, no quiere que toque esa zona, pero no voy a permitir que siga pensando así de su cuerpo. Yo amo cada una de sus curvas.

—Déjame —chisto, volviendo a unir mis labios con los suyos.

—Josh, es asqueroso.

—No vuelvas a dirigirte a ti con esa palabra, eres puto perfecta, toda entera.

Agarro su barriguita con ganas y ansiedad, metiéndole mano, bajando a sus muslos, a su glúteo, pegándole una buena nalgada a ese culazo de infarto.

—Estás buenísima, hostias. Eres una diosa.

—Joshi, para, no estoy acostumbrada a esto —replica, muerta de vergüenza y con un jadeo de excitación. Sin querer, mi mano ya estaba muy cerca de su zona íntima y, al retirarla, noto un poco de humedad en sus leggings .

Dios, está mojadita para mí.

—Eh, tranquila. ¿Nunca has… nunca has tenido sexo? —Niega—. ¿Nada? —Vuelve a negar—. Ni siquiera… ¿contigo misma?

Traga saliva y, efectivamente, dice que no.

La hostia. Es supervirgen.

—No sabes lo que es un orgasmo —susurro, sin saber qué hacer.

Ella se encoge de hombros.

No puedo hacer las cosas mal, no con esta chica. Ella es especial, demasiado.

—Pues —intento calmarla, y de paso calmarme a mí también— no hay prisa, cuando quieras probar algo, yo… encantado.

—Me gustaría… probar. Eh…

—¿Sí?

—Yo…

—¿Ajá…?

El timbre suena y maldigo mi suerte.

—Creo que ya está aquí la pizza , voy a abrir —anuncia, y de ninguna forma puedo permitirlo. Tiene los labios hinchados por mis besos y se ve demasiado sexi en este momento, nadie puede verla así.

—Mejor voy yo, quédate aquí y descansa, ya has hecho suficiente con preparar todo esto sola, y quiero que cojas fuerzas para la fiesta de esta noche, ¿eh? Me debes un par de bailes.

Haciéndome el tonto, salgo del salón, sacando la cartera para pagar mientras me recoloco la jodida erección en los pantalones.

Madre mía, qué subidón.

En cuanto abro y el repartidor me da la comida, le fusilo con la mirada por si acaso ha sido él quien estaba al otro lado del teléfono, provocando sonrisitas en mi chica. Nada más cerrar la puerta, Ana empieza a gritar como una loca.

—¡Josh! ¡JOSHI! ¡CORRE, VEN!

Cookie ladra poseído a causa de la agitación.

¿Qué diablos pasa?

Dejo las pizzas sobre la mesa y me dirijo de inmediato a la ventana en la que ella está, al asomarme, no puedo creer lo que mis ojos ven.

Sean saliendo de la casa de Naomi y subiéndose a la moto.

—¿Qué cojones?