Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

JOSH

Estoy emocionado, tanto que no pude ni dormir por la noche, pensando que esto era un sueño.

Le hice una coña a Anastasia cuando la llamé para darle las buenas noches, diciéndole que si tenía la casa sola podía ir a verla y me respondió lo inimaginable: «Mañana no hay nadie en todo el día, ¿quieres venir?».

Joder, se me puso dura nada más leer ese mensaje. Fui corriendo a mi arsenal de mercancía sexual y ya tenía preparados los condones y el lubricante en el sillín de la moto, solo me faltaba el anillo de bodas, pero, bueno, eso podía esperar, tampoco quería asustarla.

No pienso hacerle daño ni la forzaré a nada que no quiera, pero no puedo tener una cita con un pibón así y no ir preparado. Imaginaos que le entran ganas y no puedo complacerla, sería un soldado caído en plena guerra, y al combate se va preparado. Siempre.

Solo falta media hora, estoy ansioso.

No puedo más, voy a llamarla.

No. No la voy a llamar, porque ¿y si se arrepiente y me dice que no vaya? De eso nada, iré a su casa ahora mismo.

—Pero bueeeeeno… —Mi madre se detiene en mitad del pasillo, con el delantal puesto y el palo de la fregona en la mano, huele a carne asada—. ¿Dónde va usted así de galán?

Sonrío atontado.

—Me acabo de afeitar, mira qué suave tengo la cara.

Ella me acaricia la mandíbula, dándome un tortazo de cariño.

—¿Cómo se llama la «desafortunada»?

—¡Eh! ¿Cómo que desafortunada? —me enfurezco, pisándole el suelo mojado para vengarme—. Anastasia, ¿a que es un nombre precioso?

—¿Anastasia?

—Sí, ¿qué pasa?

—Es la primera que no tiene nombre de pilingui , estoy sorprendida.

Pilingui , así llama mi madre a las chicas con las que me enrollo.

—Claro, porque esta va a ser para siempre. —Cojo la chaqueta para la moto del perchero y me la pongo por encima de la sudadera roja.

Mi vieja se detiene en mitad del pasillo, con los ojos abiertos como platos.

—Josh, ¿es en serio?

—Es en serio, ¿qué?

—¿Te has echado novia?

Abro la boca, sin saber ni qué decir.

—Pues…

La decepción reina en su mirada.

—Ya decía yo.

Le hago alguna broma para escurrir el bulto. Quiero ponerle nombre a esto que tengo con Ana, pero sigo sin saber qué somos del todo.

Consigo abrir la puerta de casa, saltando de una esquina a otra para no seguir pisándole el suelo mojado a Zahra o me echará de sus dominios para siempre.

—¡Ten cuidado con la moto! —es lo último que me dice antes de salir.

Abro el sillín de la moto y observo los condones y el lubricante ahí dentro. ¿A quién iba a engañar? No lo vamos a usar, Ana me cortaría los huevos primero.

Además, esto no se ve romántico.

Y con ella yo quiero que sí lo sea. Un consejo de Sean me vendría de perlas en este momento, pero no le voy a estar jodiendo.

Qué va.

Recurro a San Google y busco: «¿Cómo seducir a una chica a la que le caes mal?».

Frunzo el ceño.

No. Si le cayese mal no me invitaría a su casa. Lo reescribo de nuevo: «¿Cómo ser romántico con una chica a la que le caes regular?».

—Flores, bombones, cine, conversaciones sobre temas de su interés, paseos, atardecer…

Buf, siento que me va a explotar el cerebro. Demasiada información para un tío tan tonto como yo.

Paro con la moto en una floristería, pillo una rosa de color amarilla, porque las rojas siempre se las regalaba a las pilinguis y ella es distinta, me niego a tratarla como a una más. Luego paso por la tienda de Fátima, pillo unos bombones de chocolate y me voy directo a su casa.

Antes de desabrocharme el casco, siento el móvil vibrar en la pierna.

Srta. Halimton: ¿Vas a venir?

Yo: Acabo de aparcar, ya subo, ¿es el 2º C?

Srta. Halimton: Sip, sube directamente, la puerta está rota y siempre está abierto.

Yo: Ok, ya voy.

Abro el sillín de la moto, saco un condón disimuladamente y me lo guardo en el bolsillo del chándal que llevo puesto. Pero, ojo, que no voy con cualquier chándal, es un chándal de tío guapo, de salir de fiesta y partir la pana.

El lubricante no tengo forma de llevármelo sin parecer un lunático, así que, por ahora, se quedará ahí. Bueno, para algo tengo la lengua.

Te has venido arriba, Josh.

Definitivamente.

Agarro la rosa y los bombones, y voy directo al edificio. Mientras subo las escaleras me tiembla todo.

Yo, nervioso por una tía. No me pasaba esto desde que era un crío.

Llego a su puerta. «2º C», leo, suspiro para calmarme y toco al timbre.

Un perrito empieza a ladrar.

—¡Cookie! ¡Para! ¡Ya está! ¡Cookie!

Oigo la cerradura abrirse y su olor a frambuesa me hace flaquear de piernas para abajo. Esta chica me deja como un flan.

—Hola —saluda, supercortada.

—Ey, ¿qué tal?

Yo estoy todavía más cortado que ella. Vaya tela. Una cosa es ir de fiesta por ahí, estar con Sean y Brit, y otra en su casa.

Nunca me ha pasado esto con una chica y sé que es miedo e inseguridad a otro rechazo.

Hago todo lo posible por quitármelo de la cabeza.

En realidad, yo no soy vergonzoso ni tímido, pero sí me falta confianza en mí mismo a la hora de pillarme por alguien.

—Pasa. —Se hace a un lado, con un caniche blanco entre sus brazos, moviendo la colita y desesperado por chuparme la cara—. ¡Cookie! ¡Quieto!

—¡Holi! —lo saludo, rascándole al cabeza—. ¿Puedo cogerlo?

—Te llenará de pelos.

—No importa.

Le entrego la rosa y la pequeña caja de bombones roja, ella se pone colorada y yo también; finjo jugar con el perro para escabullirme de la situación.

—Ah…, eh…, no era necesario.

—Bueno, solo es un detalle.

Desaparece de la entrada, dejándome a solas con Cookie, el cual me lame las manos sin parar. Es un perro muy simpático.

Ana vuelve de lo que parece su habitación, me mira las manos, traga saliva y desvía la mirada.

¿Qué les pasa a mis manos? Ni siquiera las tengo tatuadas, solo hay venas y nudillos huesudos.

—Am…, ¿quieres quitarte la chaqueta? —Señala hacia el perchero.

—Vale.

Dejo al perrete en el suelo, quitándome la prenda y dándosela, ella la deja colgada encima de una rebeca que parece ser suya. El perchero está lleno de sombreros que supongo son de su padre.

—He preparado el salón, he puesto la mesa y bajé al súper a comprar unas bebidas. En la tele está listo Netflix y tengo el número de teléfono para llamar y pedir unas piz…

Mis manos se apoyan en sus hombros, sacudiéndola un poco.

—Respira, te estás poniendo morada. —Sonrío y ella copia mi sonrisa, parecemos dos niños de trece años en vez de dos casi adultos de dieciocho—. No tenías que hacerlo todo tú sola, podría haberte ayudado.

Asiente, sus ojos se aguan y me preocupo muchísimo.

No soporto verla triste.

—Eh, Anni, ¿qué pasa?

Que la llame con un diminutivo cariñoso parece desestabilizarla un poco.

Sus mejillas se enrojecen levemente otra vez, lleva un brillo de labios precioso y los ojos con un poco de rímel.

Es muy natural y no necesita más porque la tía podría ganar un concurso de Miss Universo.

Me declaro fan de su carita preciosa y de su pelo largo y moreno, también de cada curva de su cuerpo.

—No es nada, da igual.

—¿Nada? Casi lloras, hostias, dímelo.

Suspira, ahoga un jadeo y de repente, rompe a llorar, tapándose la cara con ambas manos. La abrazo rápidamente, apretándola contra mi pecho.

—Joder, tía, ¿por qué estás así? Seguro que llevas tiempo callándote cosas que te hacen daño. Sé que no soy de tu máximo agrado, pero a mí me puedes contar todo lo que quieras.

Deja de taparse la cara con las manos y hace algo que no espero para nada. También me abraza, pasando sus brazos por mis costillas y dejando sus manos sobre mi espalda. Yo rodeo su cintura.

Dios, es tan curvilínea, tan femenina, tan… rica. Se me cae la puta baba con ella.

—¿Qué pasa? ¿Eh? Cuéntaselo todo a Joshi. —Apoyo mi frente sobre la suya, mirándola fijamente a los ojos.

Por primera vez, siento que estamos fluyendo como corresponde y que no hay ninguna barrera entre nosotros. ¿Lo peor de todo? Me estoy volviendo adicto a esta sensación.

—No es nada, solo necesitaba un abrazo.

—Bueno, ya te estoy abrazando.

—Sí, lo sé.

—¿Necesitas algo más?

—¿Pedimos las pizzas ? —sugiere, y acepto, aunque me cabrea que no me cuente lo que le pasa.

El abrazo se deshace, pero nuestros cuerpos se niegan a dejar de tocarse. De forma involuntaria y totalmente automática, nos damos la mano y caminamos así hasta el salón.

Nos dejamos caer sobre el sofá marrón de tres plazas. Hay una alfombra de dibujos raros pero chulos en tono crema y café a los pies y una mesa negra al frente. Justo delante, tenemos una tele grande de pantalla plana, con unas macetas verdes a cada lado.

El piso está chulo, mucho.

Ella coge el teléfono con la mano que tiene libre, porque la otra sigue agarrada a la mía. Tenemos los dedos entrelazados y no pienso soltarla ni para comer.

—¿Qué pizza te gusta, Josh?

Una que sepa a ti.

—Pues margarita está bien.

—¿Margarita?

—¿Qué pasa?

—¿Quién se pide una pizza solo con tomate y queso? Nunca lo he entendido.

Yo soy un tío bastante simple, demasiado quizá.

—Esa es la magia de la pizza , tomate y queso fundido, ¿cuál te gusta a ti?

—Carbonara.

—Esa también está buena, pero yo no como bacon .

—No pasa nada, podemos sustituirlo por pollo, ¿pedimos una de cada y compartimos?

—Venga.

Llama, y yo solo puedo seguir apretando su mano, notando el calor y la suavidad de su piel, apreciando el diseño de sus uñas de gel.

Me gusta lo fácil que ha sido para ella entender que no como bacon y simplemente, sustituirlo por otro ingrediente. Sin guerras, sin peleas ridículas, sin reproches.

«Gracias», murmuro en mi cabeza.

Escucho la voz de un chico al otro lado, y la forma en la que ella sonríe y pide con amabilidad la comida me pone celoso.

Bueno, soy yo el que está aquí agarrando su mano, y no él.

Que se joda. Es mía.

Cuando cuelga, se centra en mí, nos quedamos los dos sentados de lado, mirándonos el uno al otro.

—Si quieres fumar o algo, puedes ir a la terraza.

—Estoy bien.

—¿Desde cuándo fumas?

—Desde los dieciséis más o menos, me ayuda con la ansiedad. En realidad, empecé con los porros de maría , luego el tabaco.

—¿Sufres mucho por la ansiedad?

Aprieto los labios.

—Un poco.