CAPÍTULO 50
JOSH
Los días siguen pasando y mi mente cada vez se encuentra más dispersa.
Paula ha vuelto a escribirme desde el móvil de una de sus amigas montándome una pataleta.
No me quiere cerca de Ana y yo no la quiero a ella cerca de mí.
Fui un cabronazo la última vez que hablamos en Hallow, siempre me evita desde entonces y con motivos, pero esa noche estaba muy borracha cuando empezó a mandarme mensajes de forma compulsiva.
Fue extraño, porque mi primera reacción me sorprendió: querer contárselo a Ana. Sin embargo, no lo he hecho, porque sé cómo es de insegura y porque por fin estamos tan bien que tengo miedo de que cualquier mínimo comentario la desestabilice.
Por otro lado, pienso que la base de una relación es la confianza, y que sentarme a hablar con ella es lo más sensato. No sé, es superraro, porque nunca me he sentido en la obligación de darle explicaciones a nadie.
Esta chica me está cambiando mucho. Bueno, más bien, mis sentimientos hacia ella, ya que sigue sin permitir que me acerque demasiado. A veces, fantaseo con la idea de que me deje entrar por completo en su vida y una sonrisa idiota se me pinta en la cara.
Cuanto más la conozco más sed tengo de ella, y ya sé que eso de acostarnos y un «hasta luego Lucas» ha quedado atrás.
«Dame tu palabra de que, cuando lo hagamos, te harás responsable de mis sentimientos y no me dejarás hecha una mierda».
Quiero hacerme responsable de ella desde ya, no desde que lo hagamos. Y no solo porque follemos, sino porque me gusta. Anastasia se está convirtiendo en una persona importante en mi vida, joder, si sabe cosas que ni siquiera he sido capaz de contarle a Sean.
Y hablando de Sean…
Hoy viene en el autobús junto a su hermana porque su coche se ha roto y es muy pequeña para subirla a la moto. Sé lo que pasó entre él y Brit, me lo ha contado y me cuesta mucho imaginarme la puta escena. Joder. Ahora que Brittany ya sabe la verdad, es ella la que quiere alejarle.
Sinceramente, me alivia que sepa lo que ese puto payaso de Derek ha hecho, y sé que si toma la decisión de romper con Sean es solo por proteger a la pequeña Lucy.
Al final, todo se solucionará, estoy seguro de que sí.
Y si no, ya buscaré algún conjuro de magia negra por internet para que Stephan la palme.
—¡Pero bueeeeeeeno! ¡La chica más guapa del universo acaba de llegar a Hallow! —exclamo, y le regalo una margarita de los alrededores en cuanto la veo bajar del autobús. El ruso lleva una cara de perro con rabia que flipas.
La pequeñaja se me tira a los brazos y yo busco un atisbo de paz en la mirada de mi colega.
Él asiente dándome a entender que todo va bien.
Pero qué va, esa arruga en su ceño y la forma en la que tensa la boca significa que todo va mal.
Mientras entretengo a Lucy haciéndole el avión, le hago un gesto a Sean para que se vaya a la parte trasera y se fume un porro, lo necesita, y vaya que sí.
El agradecimiento ilumina su mirada y no tarda ni dos segundos en quitarse del medio.
—¡Joshi! ¡Ya voy al cole de los niños grandes! ¡Eso significa que soy muy mayor!
—Obvio, reina, ¿y sabes qué significa también? Que ya puedes tener novio.
Este es el único tema de conversación que la desquicia tanto como para que no se acuerde de su hermano.
—¡Puaj! ¡Qué asco! ¡No pienso darle un beso a un niño nunca! Además, el tete dice que, para tener novio, primero él le tiene que hacer una entrevista y que eso será a partir de los cuarenta y tres años.
—¿Entrevista? —Me río, imaginando a Sean dándole este tipo de charlas a su hermana—. ¿Cuarenta y tres años? Yo creo que el tete se pasa un poco, ¿no, Lucy?
—No, no, si el tete tiene ochenta y seis y es superjoven.
Ochenta y seis.
Mi colega es un cabrón.
—¿Cuántos tienes tú, Lucy?
—Ocho.
—Ajá, ¿y qué velas había en la tarta que Joshi le llevó al tete en su último cumpleaños?
Ella intenta hacer memoria, con las piernas envolviendo mis caderas mientras la llevo hasta su clase. La veo hacerse un lío con los dedos, pero, al final, acierta.
—¡Dieciocho!
—Exacto, solo tiene diez años más que tú, así que dile que deje de mentir.
—¡El tete no miente! —chista, pegándome un tirón de orejas a modo de castigo justo cuando estoy a punto de soltarla.
Muerdo mi labio inferior para hacerme el enfadado, a lo que ella se ríe y se mete corriendo en su clase.
Suspiro en la puerta, vigilando cómo interactúa con los demás niños.
Me da miedo, me aterra que pase por lo que yo pasé, y en parte agradezco no tener hermanos pequeños porque estaría muy obsesionado con eso.
De hecho, no sé de dónde sacaré fuerzas para dejar a mi hijo en el colegio el día que sea padre.
—Josh.
Otra vez esa voz.
—Paula. —Me giro y la veo con los ojos rojos, no tiene buen aspecto y parece llevar una resaca terrible encima.
—Lo de anoche… —suspira—, lo siento, no debí… Yo… —solloza, y finalmente rompe a llorar. Me siento mal, joder. Muy mal.
—No pasa nada, Paula, ya está, olvídalo.
—¡Es que me siento tan idiota! ¡Estaba tan enamorada de ti!
—Llora como una niña que acaba de perderlo todo y eso me rompe en mil pedazos, ella se inclina hacia mi cuerpo y, como no quiero ser tan cabrón y además me siento fatal por como la traté la última vez, decido darle un abrazo de consuelo—.
No hay ninguna oportunidad, ¿verdad? ¿Está todo perdido?
—Yo… —Trago saliva, me siento un mierda, pero me recuerdo a mí mismo que ella me rompió el corazón primero y que siempre fui sincero en mis sentimientos—. Estoy pillado de Ana y voy en serio con ella. Lo siento mucho.
La suelto y creo espacio entre nosotros, que corra el aire. Ha sido un abrazo superincómodo y es lo único que recibirá de mí.