CAPÍTULO 49
ANASTASIA
Me he negado a hablar de lo que ha sucedido.
Solo son los mismos idiotas de siempre con las mismas ridiculeces de siempre.
Al parecer, se ha corrido la voz de que Josh vino a verme a Salduva y se empeñan en decir que le estoy acosando como acosé a Peter en su día y que vino para cantarme las cuarenta.
Por lo visto, la tal Paula ha empezado a salir con Peter y se ha dedicado a hablar mierda de mí, sin conocerme.
Me siento como una estúpida, pero, al menos, sé que no es verdad.
Necesité escribirle porque en aquel momento lo único que gritaba mi cerebro era: «Por favor, dile que venga, te abrace fuerte y te demuestre que nada de lo que dicen estos imbéciles es cierto».
Y aquí estamos.
No solo se plantó con su maravillosa Kawasaki Ninja delante de todos a la hora de la comida y yo me subí detrás de él, agarrándome a su cintura y apoyando mi cabeza en su espalda. Sino que ahora estamos en un parque lejano, tirados en el césped, besándonos como si fuésemos agua en el desierto.
Sus dedos se enredan en mi trenza mal hecha, tiran con cuidado y la deshacen mientras yo me peleo con su cazadora roja. Su boca sabe a pecado, a miel y a lujuria y yo quiero dejarme arrastrar por él al fin del mundo.
Estoy tumbada sobre el césped y él sobre mí. Se quita la cazadora, haciendo una especie de almohada al doblarla y la coloca debajo de mi nuca para que esté más cómoda, sin dejar de besarme.
En un momento de locura, él baja a mi cuello, lo muerde y tira del tirante del sujetador que sobresale de mi camiseta, a la vez que sus manos aprietan con firmeza mi culo y siento cómo todo él se pone duro y tenso.
El miedo a que vayamos a más y vea un solo centímetro de mi cuerpo me paraliza, impidiendo que pueda seguir disfrutando de esto.
Josh parece notar mi parálisis, así que levanta la cabeza, suelta el tirante del sujetador de entre sus dientes y me sonríe con encanto.
—Tranquila, no tendremos hijos hasta después del matrimonio —bromea, logrando que me ría y deje de hiperventilar.
Él entiende que no estoy lista para ir a más, al ser tan… mojigata, y que no puedo despojarme de mis miedos. Me gustaría muchísimo abrirme, sentirle, ser libre a su lado y disfrutar de lo que deben de experimentar las chicas que se acuestan con él.
Muerdo mi labio inferior, mirándole con indecisión, debatiéndome en mi interior.
—No estás preparada, tranquila, lo sé —murmura, atrapando un mechón de mi pelo para enrollarlo en su dedo y tirar suavemente, volviendo a capturar mis labios.
Nos estamos enrollando, pegados el uno al otro, conversando sin dejar de darnos pequeños besos.
—Estoy asustada, Josh.
Beso.
—¿Por qué?
Beso.
—Porque no sé si algún día podré hacerlo, desnudarme con un chico quiero decir, y si lo hago, ¿cómo sé que no saldrá corriendo y será una pesadilla?
Otro beso.
—El día que te decidas, será una puta pasada.
Mis mejillas se prenden.
Sus labios acariciando de nuevo los míos.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque me encargaré de que sea así. —Esos ojos dulzones y traviesos me miran de forma extraña, no sé explicarlo, pero me gusta ver mi reflejo en su mirada, porque son el espejo más bonito en el que me he visto jamás—. Lo harás conmigo, Ana. Prométemelo.
El estómago me explota en fuegos artificiales y, tumbada sobre la hierba y su cazadora, solo tengo fuerzas para asentir.
—Dilo en voz alta, dime que cuando estés lista seré yo a quien elijas —me pide con un tono lastimero y a la vez enfadado—. Puedo esperar todo lo que haga falta, pero no podré soportar que te entregues a otro.
Trago saliva, la brisa nos acaricia, huele a hierba mojada, tierra y madera. Los patos graznan a lo lejos y algunos niños juegan por ahí.
—Te lo prometo, cuando esté lista, será contigo.
La verdad es que no me imagino besándome, abrazándome y mucho menos teniendo sexo con alguien que no sea Josh.
Y eso me asusta. Cuando me gustó Peter fue algo divertido y raro, hasta que todo se salió de control y la cosa terminó como ya sabéis, pero con Josh esto traspasa todos los límites.
Es como aprender a volar y poder subir al cielo para tocar las estrellas con las manos.
Y ahora no sé cómo volveré a pisar el suelo si él se va.
—Pero dame tu palabra de que, cuando lo hagamos, te harás responsable de mis sentimientos y no me dejarás hecha mierda.
Él enlaza sus dedos a los míos, me mira las uñas con un diseño de arándanos y sonríe, luego me da un beso sobre la mano y apoya su mejilla en mi pecho, rodeando mi cintura con uno de sus brazos.
—Tienes mi palabra, al cien por cien.
Y nos quedamos así, en silencio.
—¿Querías ir al cine? —dice de repente mientras veo como su precioso pelo se remueve con el viento, tengo la necesidad de tocarlo. Cuando me atrevo a meter mis dedos entre sus mechones y acariciarle la cabeza, él ronronea.
Me recuerda a mi perro Cookie y eso me hace gracia.
—En realidad, me valía cualquier cosa.
Lo único que necesitaba era estar con él.
—Estoy bien aquí —añade, y yo asiento aunque no pueda verme. La verdad es que yo también estoy superbién—. Ana… —susurra mi nombre.
—¿Qué?
—¿Soy mala persona por desear que mi padre se muera? Ahora no quiero que le pase nada, pero antes se me ha pasado por la cabeza.
Vaya, qué pregunta tan compleja.
Pienso un rato, sin dejar de acariciar su pelo.
Yo he tenido disputas con mis padres y a veces he deseado que desaparezcan, y luego, por supuesto, me he sentido fatal por ese sentimiento.
—Creo que ese pensamiento es debido a una acumulación de ira, quiero decir que en realidad no le deseas la muerte, pero sí quieres que se vaya de tu vida.
Tras un corto silencio, él me aprieta contra sí mismo y se acomoda todavía más junto a mí. No sabía que Josh Halimton podía ser tan cariñoso como una mascota.
Ese pensamiento me hace curvar los labios.
—Pienso que tienes razón. No me he ido de casa por no dejar a mi madre sola, aunque esta situación me supera —confiesa, y me siento feliz de que al menos tenga la confianza suficiente como para contármelo—. Cuando me gradúe en Hallow buscaré trabajo a tiempo completo y me iré de casa.
Viendo las nubes flotar en un cielo claro, vuelvo a recordar a Paula y lo que dijo sobre mí. Por una parte, quiero contarle lo que ha pasado a Josh, pero también creo que es una tontería, comparado con los problemas que debe de tener en casa.
—¿En el médico ha ido bien?
—Más o menos.
—¿De qué habéis hablado? Si se puede saber.
—De lo mismo de siempre —responde, y doy por hecho que no quiere hablar de ello—. Y de ti.
Río nerviosa, eso no me lo esperaba.
—¡¿De mí?!
—Si —suspira. Cree que no me he dado cuenta, pero está restregando su mejilla en mis tetas. Lo peor de todo es que me gusta, así que me hago la longui—. Le he dicho que cuando te tengo cerca, me siento más feliz.
Mis ojos se iluminan un poco a causa de lo emotivo que es escuchar esto, ya que nunca he sido importante para ningún chico.
Como sigo en silencio, él continúa hablando:
—Dice que eso se debe a que el amor activa las hormonas de la felicidad, vamos, que me estoy enamorando de ti.
Ahora sí que me río de verdad.
Josh tiene muchas peculiaridades, y entre ellas está su labia.
«Te quiero, tía buena».
No respondo nada a lo que me ha dicho porque aún no le creo, aun así, me quedo pensativa pues yo sí que soy feliz cuando estoy cerca de él, y me temo que es muy posible que ya esté enamorada.