Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

JOSH

Días después

—No quiero perdonar a mi padre. No quiero hablar con mi padre. No quiero contarle a mi padre cómo me siento —repito como un autómata, de verdad, estoy harto de que en cada sesión tengamos que abordar el mismo tema.

Hemos hablado de todo, de Sean, de Ana, de mi alimentación, de mi madre, y ahora… toca el tema que más odio.

—Josh, el tratamiento está funcionando, vuelves a dormir bien, no tienes problemas de apetito sexual y los pensamientos suicidas se han ido, pero si no zanjamos la raíz del problema, todo eso volverá, ¿lo entiendes? La medicina solo es un parche.

Creo que ya empiezo a recordar por qué dejé de venir. Porque perdonar a mi padre, quererle y comportarme como un niño bueno era la única opción.

—Bueno, pues seré un enfermo mental para siempre —aseguro, y el doctor Fletcher se recuesta sobre el respaldo de su silla, alisándose la bata blanca.

—Que le perdones o tengáis esa conversación no significa que tengáis que hacer cosas juntos, solamente es una forma de…

—Mira, he visto suficientes vídeos en internet de frasecitas de ese tipo de «no es por ti, es por mí», «te perdono porque no mereces mi odio» y un sinfín de mierda, y ¿sabes qué?

, me da igual. Yo no tengo depresión porque necesite sentarme en una mesa a hablar con ese hombre, estoy así porque cuando todo el mundo quiso romperme, el que se suponía que debía cuidarme, se encargó de hacer añicos cada pedazo roto de mi ser.

Me cruzo de brazos, indignado y nada dispuesto a bajarme del burro. Solo quiero curarme y seguir con mi vida, pero no con él dentro de ella. No tengo que dignarme a nombrar lo que sucedió ni reconocer que me hizo daño.

—Está bien, Josh, no pasa nada si no estás preparado, seguiremos con el mismo tratamiento y, por ahora, como estás estable, nos vemos en un mes.

Eso sí —escribe cosas en su ordenador e imprime un informe que debo entregar a Hallow para justificar la falta de hoy—, si ves que vas a peor en cualquier momento, ven sin cita por urgencias, ¿entendido, chico?

—Entendido —rechisto entre dientes.

Uf, un mes. Es genial porque para entonces Hallow se habrá acabado y mañana Sean se reincorpora a las clases, así que no tendré que inventarme excusas sobre por qué falto.

¿Y cuál es el problema de contarle a tu mejor amigo que vas al médico?

No me he dado cuenta de que ya he salido de la consulta y recorrido todo el pasillo, de que estoy junto al parking de motos y que tengo el casco en la mano, preparado para ponérmelo.

Entonces, un clic en el interior de mi cerebro activa una especie de maquinaria y me doy cuenta de que no quiero decirle a nadie que mi padre ha tenido tanto poder sobre mí como para convertirme en un enfermo mental.

Que no importa que bajase de peso, tenga una masa muscular bien trabajada, haga amigos, sea popular y me folle a cien tías. Nunca me libraré de él, porque todo lo que se ve por fuera, no es más que una fachada.

Por dentro estoy roto como aquel niño que corría en el patio tras los árboles, mirando desde lejos a los chicos que jugaban a fútbol, soñando con ser como ellos algún día.

El pecho se me agita de forma considerable, un latido estalla y me llevo la mano al corazón, tengo miedo.

Respiro como sé que debo hacer: inspiración profunda, espiración lenta. Una vez, y otra y otra.

Los coches pasan a toda velocidad y estoy aterrado de que los pensamientos regresen, de necesitar más medicación, de convertirme en un vegetal al que la depresión le gane la guerra y no pueda salir de la cama.

No quiero tomarme otra puta pastilla, no quiero drogarme, no quiero beber, no quiero acostarme con la primera tía que encuentre por ahí, ya lo he hecho por años y no ha funcionado.

¿Y qué hago? ¿Cómo me salvo? ¿Dónde se supone que buscan refugio los que solo ven infierno por todas partes?

El móvil me vibra y lo miro rápidamente, porque necesito cualquier distracción para salir de este maldito bucle, estoy a un paso de volver a la clínica y ponerme de rodillas para suplicar que me internen. Ya no puedo más contra mi mente, me siento agotado.

Quiero que mi padre se vaya, quiero que desaparezca, quiero que… quiero que se muera.

Srta. Halimton: ¿Recuerdas el día que me encontraste cerca de tu casa y nos saltamos las clases juntos para ir al cine? Bueno, hoy desearía que fuese ese día.

¿Eh?

Ana me ha escrito.

Yo: ¿Y eso se debe a…?

Srta. Halimton: Tengo un día de mierda, la gente de mi instituto es idiota.

Yo: ¿Necesitas que vaya a repartir hostias?

Sin perder el tiempo me crujo los nudillos, siempre estoy dispuesto a una buena pelea. Adoro meterme en follones.

Srta. Halimton: Más bien, que me rescates y me lleves a comer palomitas.

Srta. Halimton: Perdón, debes de estar en clases y yo aquí molestándote…, siento escribirte.

¿Qué? ¿Me pide perdón por mandarme un mensaje?

No joder, no.

Yo: Puedes escribirme siempre que quieras, por cierto… ¿hay posibilidad de que te escapes?

Srta. Halimton: ¿Me estás diciendo que sí vas a venir a por mí? Josh, no quiero que tengas problemas en Hallow.

Yo: No estoy en Hallow, hoy tocaba médico.

Y si lo estuviese, buscaría la forma de escaparme. Puedo resistirme a muchas cosas, pero Anastasia Mirren no es una de ellas.

Yo: Finge desmayarte o lo que sea, princesita. Ya voy a por ti. *Corazones infinitos*