CAPÍTULO 47
JOSH
Estoy sentado en la silla junto a la camilla de Sean. Veo como da mordiscos al bocata y mastica con la vista perdida. Me da miedo preguntarle en qué piensa.
Se ha levantado un poco la venda para dejarme ver las heridas cuando he llegado, tienen mejor aspecto según él y se curarán pronto. No sé, a mí me ha temblado todo al verlo.
Podría estar muerto.
Una cosa es que te den una paliza y otra muy diferente que te apuñalen y amenacen a tu familia de muerte.
Quiero decirle que lo siento y que todo saldrá bien, aunque sé que eso no es lo que necesita escuchar, porque cuando una persona se encuentra al borde del abismo solo puede querer dos cosas: o caer al vacío o que ocurra un milagro y le salven. Las palabras no sirven de nada.
Ojalá yo pudiese ser su milagro, solucionar la enfermedad de su madre, hacer desaparecer a Derek y que por fin pueda ser feliz con su chica, pero al final solo soy un niñato de dieciocho años que no es capaz ni de solucionar su propia mierda.
La impotencia hace que me desmorone, sus ojos azules se cruzan con los míos y deja de masticar.
—Josh, ¿estás llorando?
Me río, negando y pasando la manga por mi nariz.
—Qué va, tío, es que hay algo aquí que huele raro y me da alergia, algún medicamento o…
—Josh —vuelve a pronunciar mi nombre, dejando lo que le queda del bocadillo a un lado—. Me voy a poner bien.
Ya, claro que sí.
Pero ¿y luego qué?
¿Qué hay de Mary? ¿Qué pasa con Derek y con Brit?
—Joder, es obvio —afirmo, luego amplío un poco más mi falsa sonrisa, repiqueteando con la punta de los zapatos en el suelo. Estoy un pelín nervioso—. Todo va a ir de lujo, algún día nos acordaremos de esto y, ¿sabes qué?, nos reiremos.
No lo creo, de verdad que no.
Sean asiente, se recuesta un poco y hace una mueca de dolor, me levanto rápidamente para ayudarle a colocarse bien sobre la almohada que tiene tras la espalda.
—¿Bien? —pregunto, y él se estira, acomodándose. Supongo que es un sí—. Oye, voy a ver si me pillo algo de chocolate, ahora vengo.
—Vale, tranquilo.
—¿Te traigo algo?
—Nah, estoy perfecto, gracias.
—Okey.
Tiro de la manecilla de la puerta y el frío que corre por los pasillos hace que me estremezca. Una luz parpadea sobre mi cabeza, al fondo brilla una de color verde que supongo es una salida de emergencia.
Ojalá las personas tuviésemos una de esas salidas para cuando las cosas se ponen demasiado difíciles, pero supongo que la vida es mucho más complicada que un videojuego. Joder, y tanto.
La positividad de estos días ya no está, y es como si todo fuese igual que aquella mañana en la que mi pesadilla volvió a comenzar.
Me siento triste y vuelvo a estar perdido, con un agujero tan profundo en el pecho que es incapaz de llenarse. Tengo miedo de perderme a mí mismo, de que mi cabeza deje de funcionar bien y fallarles a las pocas personas que esperan algo bueno de mí.
Apoyo la espalda contra la pared que da a la habitación de Sean y me escurro hasta que mi culo toca el suelo, encojo las piernas y abrazo las rodillas, apoyando mi frente sobre ella, tengo la máquina de vending justo en frente, pero soy incapaz de comer nada.
Mi pecho se sobrecoge y un lamento se me escapa de forma involuntaria.
Quiero gritar, romper cosas y puede que incluso matar a alguien.
A Derek, por ejemplo. No me importaría sacrificarme e irme a la cárcel para que Sean fuese feliz, el problema es que sé que no lo sería y no me lo perdonaría nunca.
Todavía muerto de rabia y perdido en un túnel mental al que no le encuentro salida, me revuelvo el pelo y tiro de él con rabia, llegando incluso a hacerme daño.
Siento ganas de pegarme golpes en la cabeza, de arañarme por todas partes, de destrozar cada centímetro de mi cuerpo, quiero convertirme en una bomba que explote y se lleve todo lo que me asusta por delante.
Quiero que esto termine.
—Chico, ¿estás bien? —Una enfermera que pasea con un carrito por el pasillo se detiene justo frente a mí, mirándome con preocupación.
Yo levanto la cabeza hacia ella y me encojo de hombros.
—¿Es por tu amigo? Está fuera de peligro, se va a poner bien —promete.
Quiero abrir la boca y decir algo.
Es una señora mayor de avanzada edad, de esas que tienen un aspecto maternal y parecen poseer el poder de solucionarlo todo con un achuchón y un bizcocho.
Como no digo nada, acaricia mi pelo revuelto, sonríe y parece querer seguir su camino.
Yo me pongo de pie y la sigo un par de pasos.
—Tengo depresión —murmuro en voz baja.
Ella se detiene, se gira y me mira bastante confundida.
—Oh, cielos, ¿y puedo hacer algo?
Niego, con los labios entreabiertos, saboreando la sal de mis propias lágrimas.
Ella suelta el carrito, corretea con sus piernas cortas hacia mí y me abraza.
Ahora mismo, soy esa persona que se encuentra al borde del abismo, la misma que solo necesita que la empujen al vacío o que ocurra un milagro.
Sin embargo, ella no hace nada de eso, solo acaricia mi espalda y pronuncia esas palabras que siempre he creído que no servían de nada:
—Todo estará bien.
Un afligido sollozo sale de mi pecho, porque es como si por arte de magia alguien me hubiese arrancado una espina del corazón.
Funciona.
Joder, yo creía que no, pero sí que funciona.
Me aparto de ella, mirándola como si acabase de encontrar una vida extra en mitad de una partida al máximo nivel de dificultad.
—Gracias.
—No hay de qué.
Y antes de que pueda decirme nada más, abro la puerta de la habitación de Sean, corro hacia su cama y le abrazo tan fuerte como mi cuerpo me lo permite.
—Josh… Josh, joder, ¿qué pasa? —cuestiona, abrumado y confundido.
—Nada, tío, que todo va a estar bien.