Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

JOSH

La cena transcurre con el mismo aburrimiento que imaginaba. Hemos estado como media hora con presentaciones y tonterías. Mi padre y ese hombre ya se conocen desde hace años, sin embargo, han soltado un monólogo para alardear de esposas e hijos.

Y ahora estamos aquí, cenando.

Se ha propuesto pedir un cochinillo asado al grill para compartir en el centro de la mesa.

La cara de Zahra ha sido un poema y ha decidido pedir una simple ensalada griega, yo he optado por una hamburguesa triple de carne de Angus.

Vamos, la más cara. Me la suda quién vaya a pagar la cuenta, solo sé que no seré yo.

Albert, el hijo predilecto del compi de mi viejo, desmenuza la carne de cerdo con delicadeza, usando el cuchillo y el tenedor. Yo he cortado mi hamburguesa por la mitad y le he ofrecido un buen trozo a mi madre, quien ha chocado su rodilla con la mía debajo de la mesa.

—¿No probáis el cerdo? —cuestiona Antonella, una mujer pálida de cabello platino, delgada y envuelta en telas de alta costura que no me dicen nada. Mi madre tiene más clase y elegancia—. La carne se deshace como si fuese mantequilla.

—Soy el único que come cerdo en la familia, aunque quizá, deje de hacerlo —explica mi padre, mientras Zahra se traga un trozaco de hamburguesa casi sin masticar.

¿Este hombre acaba de decir que quizá deje de comer cerdo? ¿Esto es real?

—Somos musulmanes —replico sin más, siendo objeto de todas las miradas en la mesa—. Ella y yo, mi padre no.

Sé que ser musulmán es mucho más que no comer cerdo, así que no puedo decir que yo cumpla con la religión porque no lo hago.

La única que se merece todo mi respeto y devoción es mi madre, la que me ha criado y ha luchado por mí con uñas y dientes, pero ella sí que lleva las costumbres de la religión a rajatabla, excepto lo de cubrirse el pelo.

Hago Ramadán con ella cuando toca y de pequeño no me importaba hincar las rodillas en el suelo para rezar, luego, cuando vi que por mucho que mi madre rezase con la frente apoyada en el suelo, mi padre no cambiaba, perdí la fe y dejé de hacerlo.

En teoría, los musulmanes no pueden tatuarse, beber alcohol, drogarse ni muchas de las cosas que yo hago en mi día a día. A veces me pregunto si es por eso que las ganas de morir han vuelto a mi corazón, porque el Dios de mamá me está castigando.

Y si es así, mi respuesta es que prefiero vivir en el infierno por ser yo mismo que en su estúpido cielo dejándome pisotear por los demás.

—Así es, aunque no descarto unirme. Por cierto, mi hijo tiene un sentido del humor increíble, si no fuese porque es un genio y va a estudiar Ingeniería Informática, podría ser humorista.

¿Qué? ¿Está hablando bien de mí?

Estoy a punto de abrir la boca para enseñarle lo humorístico que puedo llegar a ser cuando mi madre clava los dedos en mi rodilla debajo de la mesa.

No entiendo una mierda.

En cuanto se nombra que soy un genio, no tarda en salir la conversación sobre lo buen deportista que es Albert, el idiota pijo que tengo sentado al frente. Parece una copia absurda de Derek Stephan.

—Juega al fútbol americano desde que tiene uso de razón, llegará muy lejos y estamos muy orgullosos de él —añade Antonella, acariciando el hombro de su hijo, el cual esboza una sonrisa cálida, correcta y educada.

—¿Y tú? —me lanza el mismo Albert la pregunta a mí, y mi cara de pocos amigos le hace tragar saliva, disfruto viendo como la nuez se le remueve dentro de ese cuello pálido.

—Odio a los deportistas —respondo sin más, porque es la puta verdad.

Y con deportistas no me refiero a la gente que va al gym , sino a los deportes grupales, tipo fútbol, hockey, rugby y cualquier cosa por el estilo, ya que mi padre estaba obsesionado con que fuese bueno en lo que fuese y me apuntaba a todos esos infernales entrenamientos en los que lo único que deseaba era que me diese un infarto para dejar de sufrir.

—Sin embargo, es un chico saludable y entrena a diario en el gimnasio—puntualiza mi padre.

—Si se me permite intervenir —dice Freddy, el compi de mi viejo, entrando en la conversación—, creo que te vendría bien unirte al equipo con mi hijo, estás en muy buena forma física.

Mi padre intenta desviar el tema porque parece saber que me molesta hablar sobre deportes. Le dejo en paz, cierro el pico y sigo comiendo.

Cuando estoy terminándome las patatas fritas, siento que el móvil me vibra dentro del bolsillo del pantalón, lo saco para ver de quién se trata, llevándome una grata sorpresa.

Doña Difícil.

—Disculpad. —Me levanto y mi madre pregunta con la mirada, no me corto en contestar—. Es mi novia, ahora vengo.

La cara de Zahra se descompone al dar por hecho que miento y que seguro que será Sean, ellos siguen con la conversación y yo salgo fuera del restaurante, respondiendo a la llamada.

—¿Ya me has desbloqueado? Cada vez tardas menos en hacerlo, Cleopatra.

—Hola, Joshi. —Mierda, no es ella—. ¿Cómo está tu tía?

¿Eh? No entiendo qué hace Brit llamándome desde el teléfono de mi chica para preguntar por mi tía.

Las únicas tías que tengo están en Egipto y ni las conozco.

—¿Mi tía? ¿Qué tía? —pregunto descolocado, me saco un cigarro y doy una calada, hasta que recuerdo toda la mierda del hospital. ¡Joder!—. ¡Ah! ¡Mi tía! —Me rasco la cabeza, maldiciendo por lo bajo—. Bien, bien, ¿y tú? ¿Ya tienes el alta?

—Alta es la hostia que te voy a dar.

Uy, uy, uy, cuánta agresividad.

Hazte el tonto, Josh, hazte el tonto.

—¿A mí? ¿Por qué?

—¡Ya puedes dejar lo que sea que estés haciendo y venir a casa ahora mismo!

—¿A tu casa? ¿Yo? Sí claro, y que me busquen la ruina. No, no. Esos Stephan apestan a coño rancio, no pienso poner un pie ahí.

Ni de coña pienso ir, vamos, acabaría hinchando a su hermanastro a hostias por lo que le ha hecho a mi colega.

—Anastasia te enseñará las tetas si vienes.

Espera.

Esto cambia muchas cosas.

Porque dos más dos son cuatro, y cuatro son ocho y ocho, dieciséis…

Lo cual significa que sé que no me va a enseñar las tetas, pero si tengo la oportunidad de volver a verla, entonces, no sé qué hago aquí perdiendo el tiempo.

—En diez minutos estoy ahí.