CAPÍTULO 44
JOSH
No os voy a mentir haciéndome el humilde, estoy guapo de cojones.
Me he puesto unos vaqueros que marcan mis piernas gigantes del gimnasio, con unas Jordan que me compré con la primera pasta que pillé vendiendo drogas con Sean y una de mis sudaderas rojas favoritas.
He hecho el favor de peinarme bien porque hoy toca cenita con los compis del viejo y se supone que hay que sorprender.
Digamos que ver a Anastasia y comerle los morros ha hecho que mi humor crezca como si me acabase de inyectar un chute de dopamina, ¿quién quiere pastillas antidepresivas cuando puede tener a esa chica? El día que me acueste con ella, me curo de la depresión.
Llamo a Sean mientras me levanto la sudadera y aprieto el abdomen, viendo como cada línea perfecta marca mis abdominales.
Ronroneo al imaginar las uñitas de Ana acariciándolos.
Lo que se está perdiendo la niñata. Y lo que me estoy perdiendo yo.
—Eh. —La voz del ruso sigue sonando moribunda, pero, esta vez, parece estar fuera de peligro—. ¿Cómo estás, colega?
¿Que cómo estoy? ¿A quién le importa? Lo importante ahora mismo es él.
—Eso quiero saber yo, ¿qué tal? ¿Alguna novedad con Brit?
¿Cómo van tus heridas? ¿Qué tal tu hermana?
Tengo que ir a una cena con mi viejo, pero luego me paso a echarles un ojo a tu madre y a tu hermana, y después duermo contigo, ¿uhm?
¿Me harás sitio en la cama y me dejarás restregar mi enorme rabo por tu apretado culito?
Me cuelga y vuelvo a llamar.
—Josh, te tengo prohibido joderme cuando no puedo defenderme.
—Yo no tengo prohibido nada, soy tu mejor amigo, gilipollas —aseguro, pasándome la mano por el pelo.
Joder, qué bien me siento. Llevaba tiempo sin estar tan estable y…
¿contento? Mierda, que sigo preocupado por Sean, pero, a nivel mental, estoy fuerte, mucho más—. Responde a alguna de mis preguntas.
—¿A cuál de las doscientas que me acabas de hacer?
—La que más romántica te parezca, rey.
—Estoy bien, supongo. Quiero matar a Derek Stephan.
No hay novedades con Brit y mis heridas…
, pues eso, bien. Lucy está guay, cree que estoy en tu casa así que ni se te ocurra acercarte por allí, Vladimir ya las está vigilando y sobre venir…
, sí, por favor, me aburro como una ostra, pero nada de pegar tu rabo a mi culo.
Vale, vale, me gusta lo que escucho, vamos progresando.
—¿Y tú? —añade.
Me miro al espejo con el teléfono pegado a la oreja, quiero decirle que me siento contento porque no tengo ganas de morir, porque hoy no se me ha pasado por la cabeza la idea de hacerme daño ni una sola vez, ni siquiera como pensamiento intrusivo, y tampoco he tenido miedo de pensarlo, lo cual a veces hace que lo piense incluso más.
—¿Yo? Guay. —Esto es lo que respondo, pese a todo—. Tronco, salgo ya para acabar cuanto antes con esto y luego te veo, ¿eh? ¿Necesitas que te lleve algo?
—COMIDA.
—¿Un bocata de Fátima?
—Sí, joder, con mucho queso, tío, eso tiene calcio para los huesos.
—¿Qué tienen que ver los huesos con un apuñalamiento?
—Yo qué sé, tú tráemelo y ya está.
—¿Y tú vas a ser médico?
—¡Cómeme la polla, Josh!
Me relamo los labios.
—Uf, ya mismo, bebé, lo deseo mucho.
Nada más terminar de hablar con él, mi madre abre la puerta para evaluar mi atuendo.
Está demasiado guapa la tía, con su pelo medio recogido, cayéndole por la espalda en ondas y esos ojazos bien perfilados.
Me llevo una mano al corazón y me pongo de rodillas, arrastrándome hacia ella.
—¿Se puede saber qué haces, Josh?
—Si no fueses la mujer que me ha dado la vida, me casaría contigo. —Agarro su mano y huelo en su muñeca el perfume caro que le regalé la última vez que pillé pasta—. Espero que esta noche el inútil de mi padre te dé lo tuyo y lo de tu prima.
El mencionado carraspea detrás de ella y mi madre aparta la mano rápidamente, totalmente ruborizada.
Me levanto del suelo sacudiéndome las rodillas, papá me mira con orgullo y me da una palmada en la espalda; yo me quedo mirando fijamente su barriga prominente y él intenta meterla hacia dentro.
—Lo siento, no puedo decir lo mismo de ti —murmuro, y soy empujado por Zahra hacia el pasillo.
—Tengamos la fiesta en paz, ¿eh? —Sus dedos largos y delgados pellizcan una de mis orejas, tirando de mis pobres piercings —. Somos una familia feliz, ¿entendido, señorito?
—Que sí, que tú mandas, pero me voy temprano, que he quedado con Sean.
—Josh… —me advierte, y yo la ignoro, le abro la puerta del coche de mi padre para invitarla a subir, le hago una reverencia y pone los ojos en blanco antes de subirme detrás.
—Mi colega está hospitalizado, él siempre estuvo para mí —voy diciendo, con los codos apoyados detrás de los asientos de mis padres mientras mi viejo conduce—.
Me apoyó cuando era un marginado al que nadie quería y me ayudó a ser lo que soy ahora.
Porque si por este fuera —digo señalando a papá—, estaría muerto, ¿sabéis?
Así que iré a esa cena, haré el paripé un rato y me piraré.
—Este niño es imposible, Zahra —replica mi padre entre dientes, y mamá le chista.
—Te recuerdo que el que me ha invitado eres tú, yo no quería ir. ¿Quieres que me porte bien o que te deje en evidencia? —insisto, volviendo a cotillear el Instagram de Ana. Bueno, al menos aquí no me tiene bloqueado, aunque no sé en qué momento decidió aceptarme.
He descubierto que mirar sus fotos también sube mis niveles de dopamina y, de verdad, que no comprendo este extraño fenómeno.
Se lo preguntaré al doctor Fletcher.
—Pórtate bien, por favor —suplica mi padre, y los ojos me brillan con malicia.
Tener el poder de liarla parda y hacer que sufra hace que saboree entre mis labios el éxito, aunque esté dispuesto a comportarme por mi santa madre.
En fin, veremos qué tal avanza la noche. Será divertido.