CAPÍTULO 43
ANASTASIA
La campana del tiempo de comida ha sonado, pero yo sigo sentada en el aula. A solas con mis pensamientos.
Brittany no ha ido a clases. Le escribí y, sin embargo, todavía no ha respondido. Doy por hecho que estará llegando a casa del hospital y necesitará descansar un rato.
Repaso el chat con Josh. El corazón me da un fuerte golpe en el interior del pecho y abro los labios para poder respirar mejor. Por un momento, me lo creí todo, eso de que estaba mal, que buscaba ayuda en mí y que me estaba ganando su confianza.
Mentira. Solo quiere lo mismo que todos: sexo.
Soy lo suficientemente lista como para saber que nunca se le debe mandar una foto privada a un tío, jamás. Luego acabas en los móviles de todos sus amigos o, peor aún, subida a una web porno gratis.
Ni hablar.
Me dejo recaer sobre el respaldo de la silla, mirando la pizarra llena de borrones, me he traído un sándwich de casa con crema de cacahuetes, pero mi estómago sigue cerrado.
Anoche no podía dormir pensando en Brit y, ahora, no soy capaz de estar tranquila al creer que he vuelto a hacerme falsas ilusiones con Josh.
Cada vez que me empeño en creer que todo lo que me dice es real, que puedo y debo darle una oportunidad, suelta una barbaridad por la boca que me obliga a salir corriendo.
Escucho un fuerte ajetreo por los pasillos, lo cual me parece raro porque estamos en la última planta y, a la hora de la comida, esta zona se suele quedar desértica.
Una chica que me conoce desde que empecé en este instituto, pero que no llega a ser mi amiga, se asoma a la puerta, mirándome fijamente como si acabase de ver un fantasma.
—Ana, hay un tío de Hallow que ha venido aquí y viene a por ti.
¿Qué?
Toda mi espalda entra en rigidez, quiero preguntarle a qué demonios se refiere mientras me acomodo sobre la silla, no obstante, una mano la empuja lejos de la puerta y aparece la figura de ese demonio con la cara llena de pecas.
No. Puede. Ser.
Se apoya sensualmente contra el marco de la puerta, con una mano en su cabeza y la otra en su cadera, mirándome con el ceño fruncido y la nariz arrugada.
En serio, está pirado. Acabo de confirmarlo, ya no tengo ninguna duda.
—Hola, bebé —saluda sin dejar de asesinarme con la mirada.
—¿Se puede saber qué cojones haces aquí? —murmuro entre mis dientes apretados, arañando la madera de mi pupitre.
Él alza una de sus cejas.
—Nada en especial, solo vengo a decirte que me tienes hasta la polla.
—¿Y no me lo podías decir por mensaje?
—Nop, me tienes bloqueado.
Cierto.
Mi ceño se frunce al igual que el suyo y ambos nos miramos como si estuviésemos en una peli del oeste, a punto de disparar.
—Vale, pues ya me ha quedado claro tu mensaje, puedes irte —aseguro, observándole completamente acomodado en el marco de la puerta, sin ninguna intención de irse.
Maldita sea, está arrebatador con el uniforme de Hallow, ¿cómo es posible que todo le quede tan bien?
—Sí, claro, ¿en serio crees que voy a irme?
Te recuerdo que tengo sangre de faraones, cariño.
—Se pasa los dedos por el pelo, despeinándose aún más a la vez que me regala una sonrisa chulesca y camina hacia mí.
Todo lo que hago por escapar de su enigmático hechizo de seducción es arrastrar la silla hacia atrás, hasta que le tengo completamente al frente, con una mano apoyada sobre la mesa y la otra sosteniendo un cigarrillo que se acaba de encender.
—¡Pero bueno! ¡Que aquí no se puede fumar!
—¡No me digas! Diles que me expulsen. ¡Ah, no! ¡Que este no es mi instituto! —se ríe, soltando un aro de humo de forma sensual mientras yo ruedo los ojos y decido ignorarle para el resto de la eternidad—. Exijo mi desbloqueo, ahora mismo.
—Nop —canturreo, y empiezo a sacar apuntes que no necesito para fingir que estudio algo que ni me interesa—. ¿Te importa? —Golpeo su mano con el estuche, la quita y la coloca encima de mi libreta.
Uf, qué pesado que es.
—Bonita letra, doña Difícil. —Empieza a pasar páginas, arrugándose su ceño más y más conforme avanza—. ¿Dónde están?
—¿El qué?
En serio, cada vez tengo más claro que este chaval sufre una especie de psicosis.
—Los garabatos con tu nombre, el mío y muchos corazones.
Una risa grotesca se me escapa, es tan dura que tengo que taparme la boca con ambas manos, él me asesina visualmente y yo pestañeo de manera adorable en señal de «lo siento».
—Tía, se supone que yo te gusto, por algo te estoy esperando. —De lo más frustrado, gira la silla vacía de mi compañera para sentarse y mirarme directamente a los ojos—. ¿Cuánto más tengo que esperar para que me des «algo»?
—¿Algo? Anoche te di mi apoyo y respondiste como un maldito pervertido.
—Es que soy un pervertido.
—Bueno, pues a mí no me gustan los pervertidos.
—Entonces, ¿eso significa que nuestro acuerdo de exclusividad queda obsoleto?
¿Eh?
¿Josh me está dando a entender que piensa volver a liarse con otras chicas si no avanzamos?
El labio inferior me tiembla a causa de los nervios y la tensión, ya le dije que necesitaba ir despacio y él accedió.
—¿Sabes? —Muerdo el capuchón de mi boli con desesperación, él me lo arranca de las manos, lo lame como una piruleta y me lo vuelve a meter en la boca. ¡Puaj!—. Lo nuestro iría mejor si no fueses tan cerdo.
—O si tú fueses un poco más guarra.
Mierda. Me paralizo sobre la silla, sigo pestañeando y él continúa con esa sonrisilla que me mata lentamente.
Es irónico cómo, en este instante, solo quiero tirarme a sus brazos y dejar que me bese.
Anoche creí que solo se reía de mí (otra vez) y que todo el numerito fue para conseguir una foto de alguna parte de mi cuerpo con la que avergonzarme por el resto de mi vida.
Hay tíos que hacen eso y, aunque mis hormonas adolescentes estén por la labor de idealizar a Josh a tope, no pienso comportarme como una estúpida.
—Yo no soy ninguna guarra.
Él se relame el labio superior, como si escucharme decir esa palabra fuese música para sus oídos.
—Conmigo sí, yo te enseñaré a serlo, ya verás cuando tengas mi boca pegada a tu coño.
La rojez me come viva, quiero pegarle un bofetón en la cara para que deje de ser tan… tan Josh Halimton, pero acabo de ponerme tan cachonda que resulta imposible. No me puedo mover.
—¿Qué pasa, doña Difícil? ¿Te lo estás imaginando?
—Vuelve a repasarse el labio y esta vez, me deja ver el piercing de su lengua, ese que me gusta tanto lamer y sentir cuando nos besamos.
Que, por cierto, hace mucho tiempo que no lo hacemos—.
Estoy segurísimo de que, en cuanto mi lengua pruebe tu coñito rosa, empezarás a temblar sin poder dejar de repetir mi nombre.
En serio, no puedo más, se lo ha ganado.
Le lanzo el estuche a la cara con toda mi mala leche, pero él lo pilla al vuelo, sacando otro gracioso aro de humo de su boca. La clase va a apestar a tabaco cuando la profesora vuelva y me voy a meter en un lío que flipas.
—Josh, ¡para!
Por un extraño fenómeno que debe de ser físico o bioquímico, y que nada debe tener que ver con mi consciencia, empiezo a reírme, y es que estoy increíblemente feliz de que este gilipollas haya movido su culo hasta aquí y siga rogándome un poco de atención.
Josh Halimton cree que soy difícil, pero lo cierto es que desde la primera vez que nos encontramos, no hago más que pensar en él.
—¡Uaaah! ¿Y esa sonrisa encantadora? Princesa, que me enamoro de verdad, ¿eh?
Intento esquivar su mirada, pero él se mueve de un lado a otro para no romper la conexión visual, con esa irritante expresión chulesca y sexi pintada en sus exóticos rasgos.
¿Será verdad que tiene sangre de faraones? ¡Ay, por Dios! ¡Claro que no!
—Es que eso es lo que debes hacer, enamorarte de mí y no quererme solo para un lío sexual —refunfuño, abriendo mi estuche para buscar un lápiz mientras le hago ojitos de forma involuntaria.
Mierda, ¿en serio he hecho eso?
—Mi princesita —responde, luego se recuesta en mi mesa, metiendo sus manazas en mi estuche y desordenándolo todo. Me roba una goma de borrar en mi cara y también un boli—. Claro que sí, pero ¿quién ama sin sexo? Deja que te responda: las madres, ¿sí? Y yo tengo pinta de todo menos de ser tu mamá.
Evito una carcajada sobre su estúpida ocurrencia, extendiendo la mano delante de su cara para que me devuelva lo que me acaba de robar. Él me la toma y me da un beso sobre esta, le pego un tortazo inocente y suave en la mejilla y repito el gesto.
¡¿Se cree que soy tonta y que no he visto cómo se metía mis cosas en el bolsillo del pantalón?!
Pero entonces, muy lejos de lo que pienso que va a hacer, sus dedos largos y fuertes apresan mi muñeca, tirando de mí para plantarme un beso en los labios.
Cuando nuestras bocas chocan, su lengua entra rápidamente en busca de la mía. Le doy el gusto de conseguir lo que quiere, pues cada vez me cuesta más resistirme a él, porque me gusta, me encanta y le necesito. Es una maldita adicción tóxica lo que este chico produce en mí.
No sé qué diablos ha hecho con el cigarrillo, su boca tiene ahora un gusto mezclado a bebida energética y tabaco. No debería, pero ese sabor a «tío malote» me pone mucho más cachonda y otro gemido se me escapa.
—Lo que daría por follarte ahora mismo —gruñe contra mis labios, rompiendo el beso para empezar otro. Se yergue sobre la silla para venir más hacia mí justo cuando la campana suena y el carraspeo de la profesora rompe el momento.
No solo está ella, sino varias alumnas más.
—Está prohibido tener sex…
La pobre mujer se queda callada al ver que el alumno al que pretende regañar ni siquiera pertenece a este instituto, este da una calada al cigarro casi consumido entre sus dedos, le regala una nube de humo y luego le guiña un ojo.
—Por supuesto, puede expulsarme cuando quiera, o llamar a mis padres.
—Aplasta su cigarrillo contra la pizarra y lo deja caer al suelo, y tanto yo como el resto de chicas nos llevamos las manos a la boca—.
Aunque la amargura que desprende no se arreglará con eso —suelta, y con otro guiño de ojos insoportable, se pierde del aula y todo mi mundo se derrumba bajo mis pies.
—Señorita Mirren, ¿quién diablos era ese delincuente?
Abro y cierro la boca, señalando hacia la puerta.
—No lo sé. No le conozco de nada.
Dios, estoy temblando por la emoción de haber sido descubierta «portándome mal» por una maldita vez en mi aburrida vida.
Ella chista con la lengua, nos insta a que empecemos a estudiar y sale disparada por la puerta en busca de la directora. Supongo que ser una mojigata ha hecho que me crea. Algo bueno tiene que tener, después de todo.