Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

JOSH

Me encuentro en clases, pero no dejo de pensar en la conversación que tuve con mi padre nada más bajar de la moto.

Pensaba que no lo haría, pero sí que me ha acompañado hasta Hallow para asegurarse de que llego bien. Quizá sí que está arrepentido. Bueno, ¿y qué me importa?

Mi madre le ha defendido y eso me cabrea, cuando se pone de su parte solo quiero hacer las maletas e irme. Si aún vivo en esa casa es porque me niego a dejarla sola, porque creo que verme le hace más feliz y porque quiero protegerla de él como ella me protegió cuando yo era pequeño y vulnerable.

Él no supone ninguna amenaza para ella, solo lo fue para ti.

Ese pensamiento no mejora nada. Saber que solo me odió a mí porque fui todo lo opuesto a lo que él esperaba ver salir del vientre de mi madre, hace que parta el lápiz que tengo entre los dedos por la mitad.

—¿Señorito Halimton? ¿Todo bien? —pregunta la profe.

Yo miro de reojo el sitio vacío de Sean, pues sigue ingresado, suspiro y asiento.

—Estupendo.

Está a punto de decir algo más, cuando la campana de fin de clase suena y me levanto saliendo disparado de allí.

No soporto estar en clase ni en Hallow, ni en ninguna otra parte, de hecho. Solo quiero escapar de mi ruido mental, de todo lo que me molesta y sentirme… «en paz».

La cosa es ¿dónde diablos encuentro esa paz que mi alma pide a gritos? El doctor Fletcher no me ve hasta la semana que viene y no pienso tirar de otra pastilla de emergencia, se supone que con la medicación que toca me pondré bien, solo tengo que controlar mis emociones.

Joder, es tan complicado…

Camino a grandes zancadas, dejando a Paula atrás, también me cruzo con Naomi y Rachel, aunque no me molesto en saludar a ninguna de ellas.

«Josh, esta noche tengo una cena importante, es del trabajo. Vendrá un socio con su hijo y su mujer…, ¿puedes venir, por favor?».

Cuando era pequeño, papá iba solo, y mi madre se quedaba cuidándome en casa porque se avergonzaba de presentarse con un niño gordo, gafotas y torpe como yo. Siempre se me derramaba algo sobre la mesa o me atragantaba comiendo por culpa de la puta ansiedad.

Recuerdo que me ponía a correr por el parque dos calles más abajo, pensando que así bajaría de peso y papá me llevaría a sus reuniones importantes.

Incluso una vez fingí que ya no necesitaba gafas y que veía bien.

Coló hasta que la profesora se dio cuenta de que no entendía una mierda de lo que leía ni escribía.

Toda una vida odiándome e intentando cambiar por él. Y ahora, ¿quiere que hagamos como si nada?

Sé lo que pasará si digo que no, mi madre lo entenderá, pero se encerrará en su cuarto a llorar porque jamás seremos una familia feliz como ella sueña.

Y si digo que sí, se pondrá guapa, irá a la peluquería y sonreirá. Quiero hacerla feliz, ella se sacrifica muchísimo por mí, así que he accedido solo por Zahra.

Igualmente, aunque ya no sea ese niño, sigo sintiendo ansiedad, nervios y una presión en el pecho que no entiendo. Yo ya no quiero complacer a ese hombre, no necesito su validación para nada, ¿por qué estoy así?

Me palpo el pecho, dándome unos leves golpes mientras bajo las escaleras y esquivo el despacho de Vladimir. Voy a escaparme, no soporto seguir encerrado.

Saco el móvil del bolsillo, revisando el perfil de Ana, me sigue teniendo bloqueado y, aunque me siento perdido de cojones, creo que acabo de establecer un rumbo.

Voy a ir a su puto instituto y le voy a comer la maldita boca.

Me importa una mierda que me bloquee, ella es mía y tendrá que acostumbrarse a mí.

Que se joda.