Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

JOSH

En serio, parece que estoy muerto. Asquerosamente muerto.

Me da asco mirarme al espejo. Es como si un rinoceronte me hubiese masticado, vomitado y pisoteado después.

Vaya tela, macho.

Abro el armarito de baño de mi madre, cogiendo su neceser de maquillaje, se supone que las mujeres usan estas cosas para tapar las imperfecciones y yo no me puedo presentar así en Hallow, más que nada porque como alguien me pregunte qué me pasa, lo mataré.

Gruño cuando se me caen las pinturas sobre el lavabo. Hoy tengo un humor de perros.

Agarro una cosa que pone «corrector de ojeras», justo lo que necesito. Por fin.

Zahra tiene el mismo tono de piel que yo, así que supongo que, si me echo un pegote de esto en la cara, se arreglará.

Saco lo que parece una barra de labios, tiene un color raro, me lo unto debajo del ojo y… ¿qué cojones? ¡Es verde! ¡VERDE!

No, no, no.

¿Será que está caducado?

Me cago en todo.

Salgo del baño, con la cara pintarrajeada de ese color y ese tubo extraño entre los dedos, y voy directo a la cocina.

—Oye, guapa, esto no corrige una mierda.

Cuando me ven, a mi padre casi se le cae la taza de café sobre la camisa y mi madre pone cara de circunstancias.

—Cariño… —murmura, dejando la tostada en el plato para venir hacia mí. Me agarra por las mejillas, examinándome de cerca—. Dios mío, ¿por qué estás así? ¿Tienes fiebre? ¿Te sientes enfermo?

—Demasiada medicación, no podía dormir.

Ella alza sus cejas y sus ojos expresan miedo.

—¿Superaste la dosis?

—No, para nada.

La de emergencia es solo para eso: emergencias. Puedo tomar hasta tres al día si la situación lo requiere, aunque lo ideal es no abusar, sobre todo porque, aparte de dejarte hecho un puto muerto, son adictivas.

No me importa engancharme al cannabis, pero, paradójicamente, sí me asusta esto.

Zahra comparte una mirada incómoda con mi padre, luego me pide que me siente a desayunar y va al baño, supongo que para traer algo con lo que arreglar el estropicio que me he hecho.

Al intentar acercarme a la silla, mis pies se tropiezan solos, no soy de desayunar, sin embargo, visto lo visto, creo que me vendrá bien meter en el estómago un poco de lo que sea.

—Mierda… —gruño, al perder el equilibrio y trastabillar ahora con la silla. Mi padre se levanta rápidamente para agarrarme y pego un tirón con el brazo. No quiero ni que me toque.

—Josh…

—Déjame, sigue tomando tu café, anda.

Los pasos rápidos de mi madre se oyen justo cuando su marido se sienta de nuevo, mirándome de soslayo, con el labio inferior apretado contra los dientes. ¿Le doy demasiada lástima? ¿No le gusta ver el producto de su odio?

—Cielo, mírame.

Doy un bocado al pan con mermelada, removiéndolo en mi boca mientras mi madre empieza a extender esa cosa verde por mi cara con una esponjita, luego me echa otra cosa más oscura encima.

—No quiero que se note, paso de aguantar a la peña preguntándome qué pasa, juro que me expulsarán de Hallow como solo una persona se atreva a hablarme hoy.

—Chiiiisss… —me tranquiliza mamá, con esa paciencia suya y esa forma tan mágica de tocarme la cara y calmarme, como cuando era un enano—. Nadie te dirá nada, todo estará bien.

—Zahra, deja de echarle tantas cosas al niño en la cara —interviene mi padre, y giro la cara hacia él.

—Tú cállate, gilipollas.

—¡Josh!

Mi padre agacha la cabeza y Zahra me agarra de la mandíbula, obligándome a mirarle, le sonrío y me da una cachetada suave en la mejilla.

—Es tu padre.

—Sí, bueno, y yo era su hijo —replico, levantándome para coger las llaves del coche.

—No, no, no. —Me las arranca, haciéndole un gesto con la cabeza a su marido para que me lleve a Hallow.

¿Qué? Está de coña, ¿no?

—Estáis flipadísimos. —Me río en la cara de los dos—. Ahí os quedáis.

Atrapo el casco de la moto que siempre tengo en la entrada, junto con mis llaves y salgo corriendo. Mi madre me grita desde la puerta que no puedo conducir así, que cualquier día la voy a matar de un disgusto y que vaya al maldito instituto con mi padre o que, mejor, ni vaya y me quede durmiendo.

Mierda, mierda y mierda.

No quiero que mi madre tenga una mala mañana por mi culpa. La conozco. No merece eso, joder.

Me detengo con el casco colgando del brazo. Ella me lo arranca, con ese entrecejo unido en una sola línea, mirándome como si quisiese echarme a los leones, y mi padre pasa junto a mí, haciendo un gesto con la cabeza para ir hacia su coche.

—Por favor —musita ella—, pórtate bien. Hazlo por mí.

Mi pregunta siempre es la misma: ¿por qué?

¿Por qué debo tener miramientos y aparcar el rencor a un lado con alguien que, cuando se supone que debía quererme y cuidarme, solo me hizo desear morir?

No me importa que esté arrepentido, que haya contribuido a traerme al mundo, que ella le quiera.

Yo le odio, y siempre será así.

—Tú sabes que el que perdona se llama Allah , ¿no? Y que yo me llamo Josh. —Le fulmino con la mirada y le quito a mi madre el casco de las manos—. Me voy en mi moto, y si tu maridito está preocupado por mí, que me siga con el coche para que vea que llego bien.

Ella pone los dos brazos en jarra, gruñendo y comunicándose con mi padre por telepatía.

Yo simplemente subo a la moto y arranco.

Que les jodan a todos. Estoy hasta los cojones ya.