CAPÍTULO 38
JOSH
—¿Pero qué cojones? —La voz de mi mejor amigo suena como las melodías de las puertas del paraíso—. Hostia puta…
Está vivo, joder.
Ya me dijeron las enfermeras que se recuperaría porque, por suerte, no se dañó ninguna parte vital y llegaron antes de que perdiese demasiada sangre.
Pero yo necesitaba que abriese los ojos y me dijese algo.
—Tranquilo, ruso cabrón, que te acaban de apuñalar hace unas horas.
—Me estiro, limpiándome las babas de la mejilla en la manga de la sudadera, esa pastilla me ha dejado totalmente empanado y, en cuanto la última doctora con la que hablé se fue, caí sobado, sentado en la silla y con la cabeza encima de la pierna de Sean—.
Joder, por fin despiertas, creí que nos íbamos a morir.
Él me mira atónito y observa su alrededor como si todavía no entendiese dónde coño está.
Luego, parece recapitular y se lleva las manos a la cara.
—Mierda… Joder, joder, joder.
Da un golpe sobre la cama, empieza a gritar de frustración y, acto seguido, se le escapa un lamento que me rompe en mil pedazos.
Sean es un tío muy duro, él nunca lloraría por que unos drogatas le hayan atracado, así que algo más ha tenido que pasar.
—Eh, colega… Colega, tranquilo. O te calmas o llamo a la enferma, ¿sí? Y te aviso, es fea de cojones, tú verás.
Intento utilizar el poco humor que en este momento puedo tener, a la vez que lucho contra él para impedir que se quite las vías que tiene conectadas a las venas.
¡Será cabrón! Es cabezota de cojones.
Entre yo, que estoy medio drogado por el pastillazo que me metí antes de venir, y él, que está hecho mierda, parecemos dos niñas de parvulito peleándonos.
Finalmente, parece entrar en razón.
—Vale, vale, tío, me calmo.
Bien, al fin se está quietecito.
—Eso es, colega, respira por la boca y relaja el puto culo.
Deja caer su cabeza en la almohada y yo me vuelvo a sentar al sentir un fuerte mareo que me sacude la cabeza.
Hostia, no me gusta el café, pero creo que debería tomarme uno. Porque parece que estoy yo peor que él.
—¿Quieres hablar? —le propongo, necesitando saber de una vez qué nos ha llevado a esta situación.
Él me mira y, con una sonrisa patética, pregunta:
—¿Te has acojonado?
Si supiera que he venido a toda hostia con la moto, haciendo zigzags con el manillar porque no podía dejar de temblar.
—Tío, pensaba que de esta no salías, mira mi búsqueda en Google. —Le estampo el móvil en la cara, mostrándole frases como: «Formas de morir sin dolor»; «quiero morirme, pero no sé cómo»; «¿existe el cielo?» o «probabilidades de reencarnarse en la siguiente vida con tu mejor amigo».
A él se le borra la expresión graciosilla de la cara, poniéndose serio.
—Joshi, ni de coña, tío, ¿eh? Ni de coña.
Un nudo se me forma en el pecho. Creo que hoy he cruzado la línea. Pero eso solo se lo contaré al doctor Fletcher.
—Colega, ha sido duro. No podría seguir adelante sin ti, eres mi otra mitad.
El hermano que siempre quise tener; el mejor amigo que llegó para salvarme; la primera persona sin contar con mi madre que me aceptó tal y como soy…
Él me da un apretón en la mano y se lo devuelvo.
—Grábate esto en la cabeza porque no volveré a decírtelo jamás —murmura, y yo asiento—. Te quiero, tío.
Joder, ya sé que me quiere.
Y yo a él.
Un montón.
—¿Cuánto? —bromeo para quitarle un poco de amargura de encima.
—Tío, ya está, no lo alargues.
—Solo dime un número del uno al diez.
—Josh…
—Por favor… —insisto, haciéndole pucheritos.
—Cinco.
Mi nariz pecosa se arruga al instante.
Será hijo de…
—¡Me cago en tu puta vida, cabrón!
¡Cinco! ¡Cinco, mis huevos!
Una enfermera entra, atiende a mi colega y le trae el desayuno, después de eso, me cuenta lo que ha sucedido y yo ahora solo tengo una cosa metida entre ceja y ceja.
Joderle la vida a Derek Stephan.